Los cuentos de Pushkin #2
Loreto duerme tendida sobre las almohadas.
La línea delicada de su espalda me atrapa y cuento los suaves resaltes de su columna vertebral sin tocarla.
No quiero perturbar su sueño. Sonrío al ver su ropa diseminada por el suelo de la habitación y la recojo.
Como un adicto, inspiro su aroma femenino, floral, de la tela del sujetador.
Estoy tentado de llevarme sus bragas como trofeo por esta noche inolvidable, pero dejo el encaje delicado sobre la butaca junto a lo demás.
Tengo que hacer una intensa labor de contención para no desnudarme de nuevo, volver junto a ella a la cama y despertarla para hacer el amor.
Anoche fue no tengo palabras. Cierro los ojos unos segundos y respiro hondo para controlar las reacciones de mi cuerpo al recordar.
Unos golpes discretos me centran en el ahora. Abro sin hacer ruido y poso mi índice sobre los labios para que el camarero, que trae un suculento desayuno, se mantenga en silencio también. Echa un vistazo discreto hacia la cama y empuja la mesita con ruedas. Le doy una propina y se marcha.
Yo solo tomo un café, tengo que irme. Ni en mis sueños más salvajes habría esperado el desenlace de anoche. Loreto ha abandonado sus dudas y sus absurdas excusas por fin. No contaba con quedarme y mírame ahora. ¡Llego tarde al hospital!
Saco el libro que guardo para ella desde la primera vez que la vi.
Los cuentos de Pushkin. Primero no quise dárselo, me parecía un regalo demasiado personal y que quizá ella no valoraría.
Después, tuve miedo de dárselo, por los mismos motivos.
Y las últimas veces que nos hemos visto, no he tenido la oportunidad. Ahora es perfecto.
Mientras apuro el café, escribo unas palabras en la segunda hoja, donde hay un pequeño dibujo de un corcel con un cosaco y una zarevna bajo el título y el nombre del autor. Sé que es arrogancia, pero quiero que me recuerde. Que no olvide esta noche jamás.
Dejo el libro junto a un pequeño ramillete de margaritas que adorna la mesa.
Sonrío por la coincidencia: la manzanilla es la flor nacional rusa.
Las cuento y veo que son veinte, un número par.
Me llevo una para la buena suerte, mía y de ella, y me marcho de la habitación sumido en un estado infantil de maravillosa felicidad.
Despierto con la sensación de haber dormido diez horas seguidas. Estoy destrozada. Por una milésima de segundo, me desoriento y no tengo ni idea de dónde estoy. Y después, los recuerdos de lo que pasó anoche acuden a mi mente en tropel. Se resumen en una sola palabra.
—Boris
Lo digo en alto, pese a que estoy sola en la habitación.
Lo primero que pienso es que he roto la racha de dos años a palo seco (a vibrador lubricado, más bien), y de qué manera.
Después me toco la boca, la tengo hinchada.
Me acaricio la vulva, todavía húmeda y sensible.
Con el recuerdo permanente de que lo he tenido dentro de mí.
Cierro los ojos y encierro mis pechos en las manos.
Es como si pesaran una tonelada cada una. Los pezones me arden.
—¡Joder!
Busco mi móvil, porque voy a llamarlo ahora mismo para vernos otra vez. Cuanto antes. Ahora. Por la tarde. Esta noche. Cuando sea. Me levanto porque no lo encuentro y casi choco con una mesita con ruedas plantada en medio de la habitación que antes no estaba ahí.
Un desayuno.
Me ha dejado un desayuno completo. Levanto las campanas de plata: fruta, huevos, salmón con aguacate, una panera de la que sale un aroma exquisito a pan tostado y cruasanes.
Sonrío como una niña pequeña, mantequilla y mermelada también, que es mi plato favorito por las mañanas.
Se enreda en mi nariz el aroma a café y veo que él ha tomado una taza.
Me sirvo en la misma, porque la ha usado él.
Soy una demente. También hay un ramito de flores.
¡Y un libro! Me entran ganas de llorar. ¿Dónde está el puto teléfono? Necesito llamarlo.
La intriga por el libro me desvía de mi objetivo y acabo por sentarme frente al desayuno, envuelta en una sábana.
Le doy un trago al café y leo el título: Cuentos de Aleksandr Sergéyevich Pushkin.
Antología de los mejores cuentos y poemas del autor ruso.
Lo abro y huelo las hojas, es una edición de bolsillo con una colorida imagen de un soldado a caballo que lleva a una princesa. Creo que voy a llorar.
El regalo más imperecedero e inmortal es un libro. Siempre puedes volver a él.
¿Es arrogancia desear que recuerdes para siempre esta noche?
Para que me recuerdes y vuelvas a mí.
Borya.
Es oficial. Las lágrimas se me escapan. Recupero mi móvil y lo llamo por fin. No contesta y suelto un gruñido. No pasa nada. Tengo la total seguridad de que me va a llamar.
Tengo mil notificaciones de redes sociales, pero las ignoro.
Varias llamadas de las niñas para saber cómo me fue y las ignoro también.
Pongo el modo de ahorro de batería, me acomodo en la butaca junto a mi desayuno, abro el libro y me pongo a leer mientras devoro tostadas con mantequilla y mermelada que mojo en el café.
Unos golpecitos en la puerta me arrancan de La zarevna muerta y los siete guerreros, voy casi por la mitad del libro. ¿Qué hora es? Atino para ir al baño y ponerme el albornoz antes de abrir la puerta.
—Disculpe, vengo a recoger la mesa —dice una camarera, un poco apurada.
—Claro, pase, perdón —me excuso yo, más roja que un extintor.
Le echo un vistazo al móvil. Joder. Son casi las dos y tengo que dejar la habitación. He perdido por completo la noción del tiempo. En cuanto la camarera se va, me doy una ducha rápida y me hago la loca cuando llego a recepción bien pasadas las dos y cuarto.
Salgo a la Kennedy lateral y me doy cuenta de que tendría que haber pedido un taxi en el hotel, pero me da un poco de vergüenza volver sobre mis pasos. Voy a alzar la mano para parar uno que se acerca hacia mí.
Menos mal que no lo hago.
El teléfono suena. Es Boris. Escucho su voz y recibo un latigazo en mi sexo.
—Hola, Lorenka. Acabo de salir del hospital. Quiero verte —su voz deja traslucir tanta ansiedad como la que yo siento—. ¿Dónde podemos vernos?
—Hola, Borya. —Es la primera vez que lo llamo así, supongo que con la dedicatoria, tengo su permiso—. Estoy todavía aquí, en el hotel Director. Ven, te espero.
—Voy para allá.
Me río sola cuando doy media vuelta y entro de nuevo en la recepción. Pido otra habitación. Una vez arriba, me desnudo, abro el libro y espero a Boris.
No puedo parar de sonreír.
***
Abro la puerta con la tarjeta magnética que Loreto ha dejado a mi nombre en recepción. Vengo con el cansancio acumulado de la mañana metido en los huesos, el uniforme de quirófano guardado en la mochila y la sospecha ridícula de que, al entrar, ella ya no estará aquí.
Pero está.
Recostada sobre las sábanas blancas, con el albornoz entreabierto dejando ver sus pechos y el pelo rubio revuelto sobre las almohadas. Sobre su vientre, abierto por la mitad, descansa el pequeño ejemplar de bolsillo de Pushkin.
Al verme, no dice nada. Solo alza sus ojos castaños con vetas esmeralda, me sostiene la mirada y apoya la yema del índice en la primera página, justo donde escribí la dedicatoria.