Los cuentos de Pushkin
El recepcionista del hotel Director nos mira de reojo mientras hace el registro.
Nosotros repetimos el beso del bar. Lánguido, obsceno, maduro.
Había olvidado lo mucho que me gusta besar.
Y Boris tiene una boca generosa, entrega más que pide.
Encadena roces tenues de los labios, enreda su lengua en la mía sin avasallar, me incita con pequeños mordiscos.
Y yo me derrito, hago aguas, sé que voy a naufragar.
Nos separamos unos centímetros, aunque toda mi piel grita en protesta, cuando escuchamos un carraspeo educado.
—Sí, sí, gracias —lo interrumpe Boris sin demasiadas contemplaciones. Atrapa con un gesto rápido las dos tarjetas blancas y compone una sonrisa de circunstancias.
Yo hundo la cara en su pecho. Me da un poco de palo lo desesperados que estamos, nos enroscamos el uno en el otro en cuanto entramos en el ascensor.
—¡Los documentos de identidad! —Alcanzamos a escuchar que alza la voz el recepcionista y yo hago el amago de darle al botón que abre las puertas, pero Boris me retiene.
—Mañana. No ahora, Lorenka. —Me besa otra vez, con dedicación, sosteniendo mi rostro entre las manos—. Ahora te necesito. Llevo pensando en esto desde la primera vez que te vi. No me hagas esperar.
Dios me siento tan pequeña a su lado, tan frágil.
Y, al mismo tiempo, como una diosa del sexo.
«Te necesito». Me encanta la seguridad que destila al manifestarlo, no hay ni rastro de debilidad pese al ruego y la ansiedad en su voz.
Tiro de su camiseta y busco la piel de su espalda, pero él me estrecha tanto contra su cuerpo que me lo pone difícil, así que cambio de estrategia y abarco con las dos manos ese culo cincelado en mármol que tiene y lo aprieto también contra mí.
Las puertas del ascensor se abren y esta vez soy yo quien tira de él hacia la habitación.
Me siento un poco mareada y no es el alcohol, voy puesta hasta las cejas del cóctel mágico de las endorfinas de la atracción y el deseo.
Tengo la boca hinchada, me duele el sexo por la necesidad de sentirlo dentro, las yemas de los dedos me arden por la necesidad de tocarlo, me molesta la ropa.
Su ropa. Entramos a la habitación y regamos las prendas por el suelo de camino a la cama.
Joder, la penumbra es perfecta, las luces de la ciudad nos regalan una iluminación tenue que perfila nuestras siluetas y crea un ambiente íntimo.
Su respiración es profunda, lenta. La mía, rápida y errática.
—¿Cómo?
—Aquí, en la cama.
Boris se sienta, solo lo cubre el bóxer negro.
Yo estoy en sujetador y bragas y de pronto me cae encima la realidad de estos dos años de no exponer mi cuerpo de cuarentona a ningún hombre.
La flaccidez de la piel, la puta celulitis del culo, mis pechos que siempre me han parecido pequeños Estoy delgada, es cierto, pero me siento pellejo y huesos. Titubeo al acercarme a él.
—Acércate. Estás demasiado lejos —dice en un susurro ronco.
Extiende las manos hacia mí y me atrae entre sus muslos. Me envuelve entre sus brazos. Su rostro queda a la altura de mi vientre y alza esos ojos celestes que tocan algo muy íntimo dentro de mí.
—Eres bella. Eres —Aplasta la cara en mi piel y yo abro las manos sobre su cabeza.
Su pelo corto, áspero, me cosquillea en las palmas.
La fuerza con la que me sujeta me pone a mil.
Cubre mi abdomen de besos húmedos, me adora a golpe de besos y yo me derrito.
Borra con ellos mi inseguridad, que pelea de nuevo por surgir cuando me desabrocha el sujetador y desliza la prenda por mis brazos. Su mirada está fija en la mía—. Quiero
—Sí. Sí, Boris.
No hace falta que me lo pida, yo también lo quiero.
Su boca en mis tetas, lamiendo mis pezones.
Juguetea con ellos, muerde uno y otro con delicadeza.
Dios, se me había olvidado lo que es estar así de cachonda, que me tiemblen las piernas, notar esa pesadez húmeda en mi interior, que mi boca se anegue en saliva.
Lo necesito dentro de mí, quiero sentir como esa polla magnífica que tiene me parte en dos.
Joder Ahora desliza los dedos bajo mis bragas y roza mi vulva, arranca un gemido agónico de mi garganta.
Yo quiero darle paso y apoyo una rodilla en su muslo.
—Ah, tu olor me vuelves loco, Lorenka —habla sobre mi piel, no se aparta de mí. Succiona uno de mis pezones, tira de él entre sus dientes, provocador.
Yo no es que esté muy creativa, solo clavo los dedos en su cuero cabelludo, en su cuello poderoso, en los músculos de su espalda.
No puedo pensar, solo sentir. Él abarca mis nalgas y me empuja hasta sentarme a horcajadas en su regazo, me acerca, me aprieta contra el bulto de su erección.
Yo me froto sin remilgos, buscando el roce en el lugar perfecto.
Sus gruñidos me envalentonan. Jadeamos, sedientos, y nos besamos de nuevo.
¿Qué tendrán los besos que son tan adictivos?
Nos comemos las bocas como dos adolescentes, las lenguas engarzadas, los dientes entrechocando; paladeo su aliento cálido con un deje lejano al limón del helado que hemos compartido, a su sabor particular, masculino y con notas de vodka, que ya identifico como el suyo.
Me muerde los labios, luego los calma con suavidad.
Después clava mil pequeñas agujas de placer con el rastrojo de su barba sobre mi cuello y entre mis pechos.
Un dedo, al que después se suma otro, me penetran con una cadencia firme y se me escapa un pequeño grito.
No recuerdo si alguna vez me habían tocado así.
—Túmbate, necesito te necesito —No es capaz de acabar ni una sola frase, pero tampoco hace falta. Me gira sin esfuerzo y me tiende sobre la cama. Expectante, lo miro en silencio. Está de rodillas, frente a mí—. Voy a quitarte
—Sí. Quítamelas —digo en un susurro entrecortado—. ¡Oh, joder!
Me arranca las bragas, sin contemplaciones, y después entierra su cara entre mis piernas.
Cierro los ojos y me arqueo para recibirlo cuando coloca mis muslos sobre sus hombros.
Me abrazo a él como una boa constrictora, me retuerzo, gimo y jadeo porque une sus dedos de nuevo a la tortura deliciosa de su lengua y sus labios sobre mi sexo, mientras me devora sin dejar un resquicio por saborear.
No puedo más. Escucho mis propios sollozos, me voy a quebrar en mil pedazos.
Y me corro, en su boca, a gritos, cuando atrapa el centro más candente de mi cuerpo con una succión cálida e intensa y una pericia que me sorprende.
Me deja muda. Sin aliento. Mis dedos, clavados en su cuero cabelludo, caen inertes.
Él sonríe, travieso y un poco arrogante, cuando se asoma sobre mi monte de Venus, y me da un último beso.
—Boris —murmuro, exhausta. Cierro los ojos, flotando en ese sopor lánguido en el que te sumerges tras un orgasmo potente, que yo llevo años, años, sin sentir.
—Ah, no, sladkaya. Nada de dormir —murmura al tiempo que gatea sobre mi cuerpo exhausto, cubierto en sudor y que todavía no se recupera de recibir su merecido—. No he acabado contigo. Mira cómo me tienes
Me besa y percibo mi sabor en sus labios. ¡Joder!
—No puedo —susurro, con los ojos cerrados. Pero él me cierra los dedos en torno a su erección e inicia un vaivén lento. En realidad, necesitaría las dos manos para abarcarlo.
—¿No? ¿Lo comprobamos? —En su tono baila el juego, la provocación, el deseo y las ganas.
Se me escapa una sonrisa, porque sabe muy bien lo que hace cuando se deja caer entre mis piernas y me cubre con su enorme magnitud.
Yo dirijo su polla hacia la entrada de mi sexo, preparado por la sesión anterior.
—Espera, cojo un condón —dice, algo preocupado. Su voz es más bien un gruñido ronco.
—No. No es necesario. Ven ya —repito con firmeza al cazar un destello de sorpresa en sus ojos claros. Me aferro a sus hombros para no dejarlo escapar.
Estoy en una edad en la que calibro los riesgos con plena consciencia de sus consecuencias. Tengo las trompas ligadas, no creo que él sea portador de ninguna enfermedad. Y me merezco esto. A pelo, joder. Sin barreras. Ya no puedo esperar más.
Los primeros centímetros son sublimes, tantean mi entrada, disparan mi excitación.
—Más, Boris. Ven dentro, más profundo —susurro y estrecho el cerco de mis piernas, con el que mantengo prisionera su cintura.
Él empuja, se entierra en mí con un jadeo.
Mi carne se abre para él, lo acoge y lo abriga, y no reconozco el gemido ahogado que brota de mi garganta.
Me aferro a su espalda como a una tabla de salvación.
—¿Así, sladkaya? Puedo darte más
Sé a qué se refiere, aún se reserva, no quiere hacerme daño.
El vaivén es acompasado, pero firme. Yo basculo la pelvis para que el roce sobre el clítoris sea mayor, me conozco bien y sé lo que necesito.
Y él entiende el movimiento a la perfección, porque alza un poco más los hombros, busca el núcleo de mi placer con los dedos y lo fricciona.
Sublime. Grito en puro deleite y él besa mi risa al escucharme, también feliz.
Así tiene que ser. Aumenta la potencia de sus embestidas y yo me acerco al punto de no retorno, mi cuerpo se licúa como nieve al sol, me hago inmaterial, pierdo solidez, me desvanezco. Esto es distinto, más primario. Mejor.
—Oh, Boris. Ahora ahora ahora —suplico.
Él se hunde por completo en mí y yo siento por un instante el delicioso dolor de mi sexo al acomodarse a su envergadura, la falta de costumbre de recibir tanto, de que se llene ese vacío que es virtual, pero que tan presente se hace a veces.
Y me corro otra vez. Con un orgasmo brutal, esperado, largo y que se prolonga con cada embestida.
Se enlazan mis gritos con sus gemidos hasta que él emite un gruñido agónico y se desploma sobre mí al dejarse ir
Como siempre después del buen sexo, sucio, intenso, incluso un poco violento, me quedo dormida.