De amor y vodka Días duros y difíciles #3
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Días duros y difíciles #3

—Tienes Espera, no te muevas. —Apoyo la servilleta en su boca y se la limpio, con suavidad—. Ya. Ya está.

Vuelve a atrapar mi mano, pero esta vez no la aparta.

Nuestras miradas se engarzan, me está calibrando.

Tira de la servilleta y la deja de nuevo sobre su muslo.

Estamos bastante cerca, sentados junto a la barra, nuestras rodillas se rozan.

No me suelta los dedos. Ay, ¡por fin, joder! Los roza con sus labios.

—Gracias, Lorenka.

«Lorenka». Siento que avanzo un paso de gigante y me arriesgo.

—¿Quieres postre?

—Claro que sí.

—¿Aquí o en mi casa? —Estoy loca, lo sé. Me muero por llevármelo a la cama.

Él parpadea un par de veces, desconcertado, pero se recompone con rapidez.

—Por el momento, aquí. Un helado de limón, ¿tú quieres algo?

—No.

Traslada su petición al camarero y yo encajo su rechazo con deportividad. Me están entrando unas ganas enormes de mandarlo a la mierda, pero no pienso capitular. Quiero que sea mío y no me queda otra que trabajármelo.

Traen el helado de limón. Son dos bolas generosas recubiertas de almendra crocante y sirope de chocolate. Él sonríe como un niño pequeño y hunde la cuchara en él.

—Tiene buena pinta, ¿me das un poco? —De perdidos al río.

Boris tiene la boca llena, no contesta, solo empuja la copa de cristal hacia mí. Yo sonrío, maléfica. Esta vez no lo ve venir.

Me acerco a él, lo agarro de la nuca sin demasiadas contemplaciones y poso mi boca en la suya.

Suave, con firmeza. Blanda, pero exigente.

Dejo que la lengua entre en juego y saboreo el limón y el chocolate de sus labios.

Los abre, muy poco, pero lo hace. Lo incito con la punta.

Y aunque se la metería hasta la campanilla, es más, me lo follaría encima de la barra, se cuándo toca una retirada a tiempo.

Lo dejo con la miel en los labios y los ojos entornados por la sorpresa y el placer.

—Hum. Tienes razón —digo con tono inocente—. Sí que está rico.

Él me mira, diría que con admiración, y por fin, se abandona en una grave y sonora carcajada que resuena en mi interior. Poco a poco estoy venciendo sus resistencias y eso me envalentona. Tengo muy claro el próximo paso. Mi cama. Entre mis piernas. Dentro de mí.

—¡Ah, Lorenka! Eres una caja de sorpresas. Creo que nunca había tomado así el helado.

—Siempre hay una primera vez para todo. A veces damos algo por hecho, creemos que lo tenemos controlado, pero con un poco de imaginación podemos hacer que resulte sorprendente.

Nuevo. Mágico. —Lo miro a los ojos. Ya no estoy hablando de helado y él lo sabe, pero por si acaso, le doy una pista más—. Como los besos. ¿No te parece?

El aparta la copa, aún queda postre, pero ya no le interesa. Posa también la servilleta en la barra. Parece rumiar algo. Yo espero. Estoy aprendiendo que Boris tiene una manera de ser a fuego lento para todo. No se enfada con facilidad, pero cuando lo hace, tampoco perdona a la primera de cambio.

—Loreto, no quiero forzar nada. Solo respóndeme a una cosa, ¿vas a huir otra vez?

—Estoy aquí, ¿no? —Reafirmo mi respuesta con una sonrisa.

—Responde la pregunta, por favor.

—No. No voy a huir. He tenido tiempo para pensar con calma. Ya te lo he dicho, quiero esto. —Atrapo su mano sobre la barra y entrelazo mis dedos con los suyos—. He puesto en orden, al menos un poco, mis mierdas mentales.

Boris no se aparta, pero lo noto tenso.

—Tempus fugit, Loreto. Lo que te dije en el hospital es cierto.

Los días pasan y ya no somos jóvenes. Nos quedan menos años hacia adelante que los que dejamos atrás.

—Sus ojos celestes, certeros como flechas afiladas, me miran serios—.

Al menos a mí. ¿Me vas a hacer perder más tiempo, mujer? ¿Qué quieres de mí?

Hay una levísima amenaza en su pregunta. El tono me subleva, pero me muerdo la lengua. No quiere doblegarme, solo que responda con sinceridad.

—No. —Me bajo del taburete y me acomodo entre sus piernas.

Rodeo su cuello con mis manos y lo atraigo hacia mí.

Él se inclina y yo dejo caer las palabras en su oreja—.

No te voy a hacer perder el tiempo. Y lo que quiero, lo tengo muy claro, es follar contigo.

De mil y una formas distintas. Quiero que me la metas hasta el fondo, que me hagas gritar —susurro y lo rozo con la lengua, atrapo el lóbulo entre mi dientes en un truco que sé que es infalible y tiro con disimulo—.

Vamos a mi casa. ¿Me vas a hacer perder el tiempo tú a mí?

Me aparto de él con suavidad y espero. Él me mira, boquiabierto. Lo he dejado sin palabras, es mío, lo tengo en mis manos. Pido la cuenta y está tan desconcertado que pago y él sigue sin rechistar.

—¿Y bien? ¿Nos vamos? He venido en taxi, así que tienes que llevarme —digo con una sonrisa. Qué bien se siente dominar por fin la situación.

Reacciona cuando me pongo de pie. Se toma el vino de un trago y me coge de la mano.

—Nos vamos. Pero no a tu casa. Te dije que no pisaría tu casa y voy a cumplirlo.

Yo sonrío.

—Hay un hotel estupendo a cinco minutos de aquí.

Joder.

Por fin.