Días duros y difíciles #2
Ese pequeño empujón del universo termina por decantar la decisión de un modo casi involuntario.
Avanzo hacia ella, reacio. Me atrae, me fascina, y a la vez, tengo el terrible presentimiento de que volverá a rechazarme.
Soy un hombre de instinto, he aprendido a detectar el peligro y aquí mis alarmas me indican que entro en zona de guerra.
—Hola, Boris. —Ella es todo dulzura y miel. Se baja del taburete, posa una palma en mi pecho y se alza para besarme en los labios.
Sonrío en tensión; me las arreglo para girarme un poco y ofrecerle tan solo la mejilla. Me roza con los labios y yo inhalo, como un adicto, su aroma floral. Sigo enfadado. No me gusta que me rechacen y menos por las razones que ella esgrime. ¡Son absurdas! Y temo que vuelva a emplearlas otra vez.
—Hola, Loreto.
Me apoyo en el taburete, no quiero acomodarme demasiado. Estar cómodo significa bajar la guardia. Ella arrastra el suyo un poco y acorta la distancia entre nosotros. Busca roces, ¿o son fortuitos? No. No lo son. Apoya su mano en mi antebrazo y lo aprieta.
—Tenía ganas de verte.
Yo no contesto.
—¿Tomas un copa?
—Prefiero agua.
Ella me mira desconcertada durante un par de segundos, pero se recompone y le hace una señal al camarero.
—Dos aguas frías. No me gusta beber sola, es demasiado deprimente. Si después te animas tú, bebo yo también —aclara ante la mirada significativa que lanzo hacia su gin-tonic al que le faltan tan solo unos sorbos—. Tienes carita de cansado.
Ladea su rostro y sonríe. Yo amusgo los ojos, suspicaz. ¿Qué pretende? No puedo evitar que me guste que se preocupe por mí, pero, cuando extiende los dedos hacia mi rostro y dibuja mis ojeras, atrapo su mano y detengo el movimiento.
—De acuerdo. Mantendré las distancias —dice con un mohín de decepción, después sonríe. Replico con una sonrisa que no llega a mis ojos.
—Es mejor así.
—¿Tan enfadado estás conmigo? —Deja el agua a un lado y vuelve a su copa. La entiendo, yo también recurro al alcohol a veces, al vodka en mi caso, cuando quiero reunir un poco de valor.
—No. No me enfado con facilidad. —Es una verdad a medias; tampoco quiero reconocer que no me gusta sentirme humillado—. Solo que no me gusta que jueguen conmigo. Ni que me hagan perder el tiempo.
No suavizo el tono de voz, que es duro y encierra una advertencia.
—Lo entiendo. ¡Y lo siento! Pero podrías darme un poco de margen, ¿no? —Loreto suspira y hace una señal al camarero—. ¿Nos dais una mesa ya? Llevamos un buen rato esperando.
—Lo siento, estamos a tope. ¿Os importa comer aquí en la barra? —pregunta el joven, con expresión contrita.
—¿Boris?
Me encojo de hombros. No me importa. Además, no creo que me quede mucho tiempo. No me siento cómodo, no consigo relajarme. Loreto mantiene ese talante dulce y complaciente que me genera desconfianza y miro el reloj. ¿Cuánto tiempo debo aguantar para marcharme sin ser descortés?
—Quédate a cenar. Te va a gustar, ya lo verás. Si después no te apetece continuar con la velada, nos vamos —me ofrece, adivinando mis intenciones de evasión. Sé que hace un esfuerzo para contener su enojo—. ¿De acuerdo? Los postres son exquisitos
Deja la frase suspendida en el aire a modo de invitación y yo asiento. Me gusta su propuesta. Me permite otorgarle el beneficio de la duda a la vez que cuento con una salida fácil si la cena termina en desastre.
—Está bien. —De pronto me siento como un bebé enfurruñado. Tengo derecho, pero no desempeño bien el papel.
—¡Genial! —dice ella. Su sonrisa se amplía y sus ojos brillan—. No hace falta que mires la carta. Ya me encargo yo.
Dicen que a los hombres se los conquista por el estómago y espero que sea cierto, porque hoy Boris parece inmune a mis encantos.
Y me lo estoy currando, pero es imposible desplegar maniobras de seducción cuando ha alzado ante mí un muro de hielo más inexpugnable que el de Juego de Tronos.
Tartar, carpacho, jamón ibérico, una tablita de quesos no puedo equivocarme con todo.
Pido un buen rioja también, pero él solo le da unos pocos sorbos a la copa.
Hace rato que he dejado de llenar el vacío entre nosotros con conversación igualmente vacua.
Pienso pedirme un postre de cinco mil calorías, estrechar la mano de Boris como los buenos perdedores y marcharme a casa sin pan ni pedazo.
Así manda el fairplay, ¿no? Tuve mi oportunidad y la perdí. Me está bien empleado.
Llega el último plato y ya no tengo hambre. He comido bastante, aunque solo ha sido para tapar los silencios de algún modo. Boris zampa como un león, al menos sé que he acertado con la comida.
—¿Qué es esto? —Mira las bolitas tostadas con suspicacia.
—Son croquetas. Hechas con bechamel, lacón, grelos y todo lo que lleva el cocido. No hace falta que uses cubiertos. —Me llevo una a la boca y sonrío—. Saben mejor con la mano. ¡Está buena! Pruébala.
Él duda, pero es glotón. Coge una entre los dedos y se la come. Abre los ojos, sorprendido, y luego los cierra para saborearla con gesto dramático.
—¡Hum! ¡Qué delicia! Nunca había probado algo así —dice, sorprendido. Yo escondo una sonrisa porque el sonido erótico que emite me hace pensar en saborear algo que no es comida—. Pensé que estaría dura, pero se deshace en la lengua.
Ay, joder.
Come un par más y las croquetas obran el milagro que no he logrado yo. Baja la guardia. Se relaja. Quiero tocarlo, besarlo, destrozarlo en la cama. Pero en los dos intentos anteriores de acercamiento me ha frenado en seco, así que pruebo algo un poco más indirecto.
Cojo su servilleta y aprovecho para rozar, tan solo un poco, el muslo embutido en un pantalón negro con bolsillos de estilo militar.
De la camiseta verde con cuello ancho, que muestra la cadena de oro, mejor no hablar.
Pero hoy se lo perdono, porque está guapísimo.
Tiene unas miguitas en la comisura de los labios.
La levanto, despacio y él se echa hacia atrás, suspicaz.