De amor y vodka Días duros y difíciles
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Días duros y difíciles

Vaya. Puta. Mierda.

Mónica entra en barrena cuando le contamos la jugada de su ex. Carlos Mario y yo estuvimos preparando la estrategia hasta bien entrada la noche, pero ella ni siquiera nos escucha.

—¡Quiere quitarme a los niños! ¡Me sobran los dedos de una mano para contar las veces que ha cogido en brazos a la pequeña! ¡Que le ha dado un puré al mayor! —En pleno ataque de histeria manda al suelo de un manotazo las pastitas caseras que siempre nos trae—. ¡Maldito cabrón malnacido!

No quiero cobrarle por esto y los minutos pasan. Sigue en plena tormenta emocional.

—Mónica, llévate los documentos a casa. Cuando puedas, los miras con calma. Ahora no vale la pena hablarlo —intento tranquilizarla y miro de forma significativa el reloj—. Llámanos cuando lo hayas leído. Por el momento, no tiene ninguna prisa.

—¡No voy a darle a mis hijos! ¡Fue él quien nos abandonó! No puedo creerlo.

Se deshace en lágrimas. La prefería fuerte, a gritos, pero esto ha sido un mazazo enorme para ella.

Carlos Mario la abraza por los hombros, le acaricia el pelo con dulzura y la calma durante un rato.

Después, ya más serena, la acompaña a la salida.

Cuando vuelve, yo fumo un pitillo para templar los nervios en la rendija de la ventana.

Me estoy jugando que salte la alarma antiincendios, pero de verdad que ya no puedo más.

—¿Qué posibilidades reales tienen de quitarle a los niños? —pregunta Carlos Mario, preocupado.

Yo suelto el humo de la última calada, que he aspirado tan profundamente que creo que me llega hasta los riñones, y exhalo de golpe para cerrar la ventana. Fuera llueve y hace frío. El día está feo. Húmedo. Gris.

—La niña pequeña no podrá llevársela, aunque quiera.

La ley dice que hasta los dos años tiene que estar con su madre salvo causa de fuerza mayor.

—Pongo mis neuronas a funcionar, estoy segura de que Álvaro tiene ya algo en la cabeza que no logro detectar—.

Pero con el niño podría ser. Si demuestra realmente que con él estará mejor, puede ponerse complicado.

—¿Crees que busque quitarle la patria potestad? Si va a por los dos, sería la única alternativa —dice Carlos Mario, inseguro. Yo abro los ojos como platos y doy un golpe seco con la pluma sobre la madera del escritorio.

—Eso es exactamente lo que va a hacer. Eres un genio, Carma querido.

—¡Déjame a mí ocuparme del caso! —Junta las manos en señal de ruego. Está deseando hacerse cargo—. Voy a averiguar si Mónica tiene algo de lo que este cabrón pueda agarrarse.

Veo que su mente prodigiosa funciona ya a pleno rendimiento. Sé que quiere llevarlo él solo, pero aún está muy verde. No es el momento.

—Lo llevarás a medias conmigo. Te lo has ganado. —Ignoro su cara de desilusión—. Yo lo dejo por hoy.

Me espera una noche movidita. He quedado con las chicas a las ocho y después con Boris a las diez.

Menos mal que he venido arreglada de manera más o menos decente, aunque mis ojeras están nivel mapache.

Es viernes, así que con código de vestimenta casual.

Vaqueros pitillo, una camiseta ajustada de licra, cazadora vaquera y taconazos para intimidar.

Llego al Tavelli y Nacha y Andrea ya están allí.

Como siempre, Inés llega tarde. Estoy resignada a esperar a las personas que son importantes en mi vida.

Un momento. Joder. Acabo de afirmar que Boris es importante en mi vida.

Las saludo, un poco distraída, y sonrío al ver que justo llega mi hermana.

Genial, porque así no tendré que repetir dos veces lo que quiero contar.

Porque quiero contarlo. Necesito más perspectivas femeninas, ánimos, buenas vibras y mucho consuelo. Sé que lo he hecho todo mal.

—Loreto, ¡estás muy guapa! Y yo con mallas de andar por casa y una camisa vieja de mi marido —se queja Andrea entre risas. Compone un poco su moño, algo despelucado—. Es lo que tiene estar saliente de guardia.

Inés nos besa a todas y también me mira, impresionada. Vale. La camiseta es de licra con lentejuelas negras.

—¿Tenemos algo que celebrar y yo no me he enterado?

Andrea se hace la sueca. Ella es la única que sabe en qué ando metida.

—Vamos, ¡confiesa! —Es una amiga leal, porque no le ha dicho nada a las chicas.

—He quedado —suelto al fin. Se me escapa una sonrisa que crece hasta que no me cabe en la cara—. Con Boris.

—¿Con Boris? —Inés da un pequeño aplauso y clava los ojos en mí—. ¡Qué calladito te lo tenías!

Yo la rehuyo, ya hablaremos más adelante. O no.

—¡Cuéntanos los detalles! —Nacha, como siempre, al grano y sin anestesia—. ¿Has limpiado ya las telarañas de tu cueva?

La carcajada es generalizada, claro. Creo que se han enterado en diez mesas a la redonda, ¿y qué coño contesto yo a eso? Porque telarañas ya no quedan, está claro. Creo que ya he fundido mi último vibrador, pero lo que se dice romper la racha, pues no.

—No. Sí. Quiero decir, estuvimos a punto. Hemos quedado para arreglar las cosas, en realidad.

Las caras de no entender nada de Nacha e Inés no tienen precio. Andrea se muerde la lengua. Yo no termino de arrancar y mi hermana aprovecha para hacerle a Nacha una descripción rápida y muy acertada, todo hay que decirlo, de cómo es Boris, porque no lo conoce.

Me armo de valor, cojo aire y les hago un resumen de nuestro cuasi-polvazo.

Creo que no debería ser tan explícita, porque me doy cuenta de que las tres me miran a punto de sacar las palomitas, pidiéndome más detalles.

Y me encanta recibir la atención de seres humanos, de carne y hueso, y con reacciones que no son comentarios en redes sociales y likes.

—A punto, niñas. Quiero decir que él ya tenía los pantalones en los tobillos y yo estaba abierta de piernas contra la nevera —suelto un gemido con la cara escondida entre las manos. Cada vez que pienso en ello, me entra un sofocón—. ¡Hace mil años que no me sentía así!

Inés suelta un grito y aplaude. Nacha y Andrea me jalean y brindan con sus cafés en tacitas de porcelana blanca.

—Fue increíble. ¿Sabéis lo que es que un hombre te levante como una pluma?

¿Que te bese de verdad, con deseo? ¿Que se ponga a mil y sea por ti?

—Niego con la cabeza, incrédula—. Tú lo sabes, Inés.

Tienes eso con Erik, pero yo jamás lo he vivido.

No así. ¡Es abrumador! Durante unos minutos me sentí como una diosa.

¡Joder! —Estoy desvariando, es oficial—.

Pude sentirlo, piel con piel. Su fuerza. Su calor

—¡Llamad a los bomberos! —dice Nacha, abanicándome con una servilleta—. Loreto, estás a punto de arder por combustión espontánea.

No hago caso de su broma. Además, es verdad. Llevo en un estado de calentón perpetuo desde que Boris se marchó de mi casa.

—Me tenía a punto de caramelo. Se mueve bien.

Besa bien. Es experto en besar ¡Dios! ¡Nunca me habían besado así!

Con tal intensidad que me temblaban las piernas, ¿sabéis?

—Me reconforta soltarlo así, con todo lujo de detalles, a las mujeres de mi vida, a mis amigas, a mis flotadores existenciales—.

Pero lo paré. ¡No pude! —Les explico mis razones: los niños, la casa, los recuerdos, los imanes y los dibujos, Julio un poco errática, pero creo que la idea se entiende—.

Me bloqueé. Demasiado tiempo sin sexo. Me entró pánico escénico.

Quería detenerlo a toda costa y acabé por darle una bofetada y echarlo de casa—.

Las tres componen caras de auténtico horror, Nacha suelta un gemido.

Somos todas una panda de intensitas—. Se marchó cabreadísimo, claro.

Y a mí me ha costado un montón convencerlo de que volviéramos a vernos.

Después de estar un ratito con vosotras, he quedado para cenar con él.

—Ay, Loreto. ¡A ti te va el mambo! —dice Inés. Y yo no replico, porque tiene toda la razón—. ¿Qué piensas hacer?

Miro la hora, son casi las nueve. Quizá un poco pronto, pero la urgencia por irme ya al lugar donde me he citado con Boris, en el Jardín Secreto, me empuja a levantarme

—No lo sé, Inés. No tengo ni idea. Pero he metido la pata y de alguna manera lo tengo que arreglar. —Mando unos besos por el aire a todas como despedida—. Me voy.

Las chicas me insuflan ánimos, me desean suerte, me conminan a que les cuente detalles después, pero yo estoy un poco cagada, la verdad. ¿Y si no aparece? Me estaría bien empleado.

El Jardín Secreto es el restaurante de moda en Santiago por estos días: farándula, gente vip y joven.

Muy joven. Podría ser la madre de varios de los yogurines que están allí, con sus cortes de pelo de estilista, sus chaquetas de cuero y sus sonrisas perfectas con blanqueado artificial.

El pensamiento me deprime un poco, porque no me atraen.

En mi triste época de cosecha de fracasos sentimentales canalizados vía Tinder, pude catar su material y puedo decir que se me queda pequeño.

Escaso. Puede que tengan mucho aguante para el sexo, pero si no saben cómo emplearlo, es un gasto inútil de energía.

Me siento en la barra a esperar a Boris. Pido un gin-tonic, pese a que tengo que conducir. Juro por lo más sagrado que es el único alcohol que voy a tomar. Y, por encima de todas las cosas, el vodka está prohibido hasta nuevo aviso.

Pese a que sé que suele retrasarse un poco, me desalienta ver que es la hora y no está aquí.

Ahí está. Sentada en la barra, con aspecto abatido y dándole vueltas al hielo de una copa que parece no haber probado. Está guapa. Me gusta cómo se coloca la melena rubia con gesto nervioso. Me vuelve loco, toda ella. Si quisiéramos, esta noche podría ser mágica.

Pero yo no sé si quiero.

Me detengo en el estrecho pasillo que da acceso al local. La gente viene y va mientras yo la contemplo desde una distancia prudencial. Boris, Boris. Aún estás a tiempo de marcharte. Estoy entorpeciendo el paso y una camarera me sonríe.

—¿Necesitas algo?

Salgo de mi trance y hago un gesto despreocupado con la mano.

—No, gracias. Me esperan.