De amor y vodka Negociaciones #2
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Negociaciones #2

Susana, la secretaria de recepción a la que apodamos cariñosamente «Guardiana del castillo», interrumpe sin piedad nuestro momento distendido con una llamada que nos aterriza de vuelta en el mundo real.

—Loreto, Álvaro Adams y su cliente están aquí. Los hago pasar a la sala de juntas.

—Perfecto, Susana. En cinco minutos vamos para allá. —Suspiro y saco la caja de circulación. Le regalo las cremas a Carlos Mario—. Todo lo bueno se acaba.

—Quien dice cinco minutos, dice diez —propone él con una sonrisa cómplice, pero yo niego con la cabeza.

—No. Con este espécimen, no. Lo vas a calar enseguida, así que no te digo más.

—Me levanto, arreglo el aspecto de mi traje frente al espejo y aprovecho para colocar la corbata de Carlos Mario también—.

Recuerda: sin dejarnos apabullar, sin permitir que nos haga perder los papeles, y con máxima educación.

Así es como hay que manejar a los reptiles de su calaña.

Empujo la puerta de cristal de la sala de juntas y saludo a los hombres, que hablan en voz baja.

A Adams ya lo conozco, así que me centro en el ex de mi clienta, tengo solo un par de segundos.

Veamos. Traje de sastre, no de la mejor factura, pero caro.

El reloj es un Tissot, la pluma con la que juguetea entre los dedos es una Dupont.

¿Mil quinientos dólares al mes? Y una mierda.

—Loreto Morán. El terror de los juzgados. ¿Cómo estás? —Extiende su mano con un gesto obsequioso. La estrecho con fuerza, pero brevemente. Me da asco y lo gritan todos y cada uno de los gestos de mi expresión corporal.

—Álvaro. Señor —Dejo en el aire el interrogante para dejarle claro que debería de haber presentado primero a su cliente. Además, no quiero charlas insustanciales. El tiempo es oro y la economía de Mónica, precaria—. Este es mi asitente, Carlos Mario Muñoz.

—Este es Pedro Silva, mi defendido. —A Carlos Mario le dedica una mirada cargada de sorna—. Señor Muñoz, eso que huelo es ¿crema de mujer? Curiosos gustos.

Y ahí está el veneno corrosivo de su talante reptiliano. Carlos Mario parpadea, sorprendido.

—Así es —contesto yo con toda naturalidad—. ¡Qué bien enterado te veo! Se nota que controlas del tema. ¿Te recomiendo las mías? O mejor nos centramos en lo que hay que hacer.

El ríe suavemente. Sabe que conmigo no puede enredarse en batallas dialécticas. Aprieto con disimulo la mano de Carlitos Mario durante unos segundos para que sepa que me tiene de su lado y el asiente de modo casi imperceptible. Nos conocemos tan bien que nos leemos el pensamiento.

—No vamos a quitarte mucho tiempo. Solo vengo a entregarte las condiciones de la nueva demanda de custodia de mi cliente.

—Me alarga unos papeles en un dosier igual de relamido y petulante que él, de color crema y letras con arabescos dorados.

Es tan casposo que da grima. Ni lo miro, no voy a picar pese a que él se detiene unos segundos—.

El señor Silva ha considerado las aspiraciones económica de su exmujer y es cierto.

Se encuentra en una situación sumamente delicada —se lamenta con expresión cariacontecida—.

Hemos llegado a la conclusión de que lo mejor es que él tenga la custodia total de los niños.

Maldito. Cerdo. No me lo puedo creer. Escucho a Carlos Mario coger aire un poco más fuerte de lo debido, pero creo que solo yo me doy cuenta. Yo no muevo ni un solo músculo.

—Estudiaremos la propuesta con nuestra clienta y os comunicaremos por escrito su decisión —digo metiendo el dosier en mi maletín sin abrirlo siquiera y me levanto—. Buenas tardes.

El ex mira a Álvaro un poco desconcertado. Se ve que no le han advertido de qué palo voy con los cabrones de su calaña, o no le ha tomado el peso a la información. Álvaro le hace un gesto hacia la salida. Me extraña que no le haya dicho nada, porque conoce bien mi fama en los tribunales de familia.

—No tardes demasiado, Loreto. Espero noticias tuyas la próxima semana. —Coloca la silla con un gesto afectado y hace una floritura con la mano para despedirse—. ¡Suerte con tu clienta! A ver qué le parece nuestra propuesta.

—Gracias por tus buenos deseos. Adiós.

No volvemos al despacho. La pared entera de cristal nos permite ver que hablan un momento con Susana, la secretaria de recepción, que sabe perfectamente que no puede facilitar absolutamente ninguna información, así que al poco tiempo se marchan.

—¡Argh! Hijo de la gran puta —mascullo entre dientes. He sujetado mi fachada hasta ahora, pero saldría corriendo detrás para estrangularlo. En vez de eso me vuelvo hacia Carlos Mario—. Y ahora sabes por qué opino que es una maldita alimaña.

—El comentario de la crema me ha pillado volando bajo.

Y la mirada de odio ha sido inesperada. Qué tipo —dice, algo tocado.

En el bufete, su homosexualidad es respetada, de hecho, diría hasta que ignorada porque mi socio, Andrés Aristegui, lo es también.

Todos lo saben—. Destila intolerancia por todos los poros.

—A mí no me sorprende: misógino y homófobo. No le falta nada, es una joya de hombre —digo con sorna. Cojo la maldita carpeta—. Vamos. Leamos esta mierda y llamemos a Mónica. Esto no le va a gustar.