Negociaciones
—Vaya, vaya. Mira a quién tenemos aquí.
Lorenka, Lorenka ¿Por qué has venido? Eso es lo que quiero saber. No dejo traslucir mi sorpresa. Mis años en el ejército ruso me enseñaron que es mejor no expresar lo que sientes o piensas. Una faz hierática, ausente de emociones, es una protección más eficaz.
¿Ella? Ella es un libro abierto para mí. Está nerviosa. Confusa. Arrepentida. Rehúye mi mirada, su seguridad se ha ido, titubea.
—Hola, Boris. Verás —Se detiene, no sabe qué decir.
Yo espero, sentado en mi butaca, con el escritorio entre nosotros como parapeto defensivo, las manos cruzadas frente a mí.
Nada digo—. He quedado con Andrea, no sé si la conoces, es obstetra, es mi amiga, para tomar un café —divaga sin rumbo, una sonrisa pugna por escapar de mis labios, pero mantengo mi pose—.
Y, bueno. Ya que estoy aquí y como no hemos podido hablar
—No he querido.
—¿Perdón? —Ella pestañea un par de veces, desconcertada.
—No he querido hablar contigo —especifico con claridad meridiana. Ya tenemos una edad—. Has dicho: «No hemos podido hablar». Y no es así. No quiero hablar.
—Boris, ¿sigues enfadado? —Pone los ojos en blanco y mi irritación se dispara. ¿Cómo se atreve?—. Te he pedido perdón, ¡ya he perdido la cuenta de los mensajes! Y te he llamado un montón de veces para hacerlo en persona. ¡Eres tú el que no me contesta!
—Ah, sí. Claro que contesto. —Cojo mi móvil para reproducir las palabras exactas y le muestro la pantalla—. «No quiero verte, Loreto. No me llames más». ¿Qué parte de la contestación no entiendes? Soy ruso, tengo problemas con la lengua, a veces. Quizá me he expresado mal.
Quiero que se vaya. Quiero que se aleje. No lo hace. Se queda masticando mis palabras, reajustando tras el golpe. Me levanto y voy hasta la ventana, necesito distanciarme un poco más.
—Te has expresado perfectamente. Y no tienes ningún problema con la lengua. Pero ¿qué hay de lo que quiero yo?
No la miro. Ignoro lo que quizá quiso ser un guiño o una broma por la mención a la lengua. Me quedo en silencio, expectante, mirando hacia el patio de ambulancias.
—Porque yo sí quería verte. Pedirte perdón por lo que pasó. Por la bofetada, ¡lo siento!
Su voz parece sincera. Le cuesta articular todas y cada una de sus palabras, así de soberbia es.
Pero aquí está, pidiéndome perdón. Seguro que su humillación es mayor que la mía.
Yo estoy acostumbrado a recibir golpes de la vida.
Ella ¿Un divorcio? ¿Los hijos? ¡Me río de sus problemas! Me vuelvo hacia ella.
—Nada entiendes, Loreto. Nada. ¿La bofetada?
—Suelto una risotada—. No me hagas reír.
No era necesaria, pero créeme que he encajado golpes mucho más fuertes.
¿Ves esto? —Señalo mi cara. Aún guardo el puño de Santiago en forma de hematoma en mi sien izquierda—.
¡Esto sí es de verdad! Tu «bofetada» es una tontería.
No es lo importante. ¿Sabes qué es importante? No. No lo creo.
—Claro que lo sé. No debí echarte así, lo siento.
¡Boris, mírame! —Yo me vuelvo, obstinado, hacia la ventana.
No quiero verla porque me hace daño. ¿Qué se cree?
Insultándome, apartándome, provocándome—.
¡Mírame! Y lo entiendo. Quien no entiendes eres tú.
¡No podía entregarme a ti! No así. No en la cocina, donde desayuno todos los días con mis hijos, donde pasé años con mi exmarido.
Y no en ese momento, con ellos a punto de llegar.
—¿Sigues enamorada de tu ex? ¿Es eso? —pregunto sin piedad.
—No. No es eso —responde, abatida—. No tiene nada que ver.
Por primera vez, quizá por única vez, está siendo sincera conmigo. Me vuelvo hacia ella y cruzo los brazos en espera de que extienda su explicación.
—Te escucho.
Ella suelta un gruñido. Ah, gatita furiosa. ¿Quieres mimos de Boris? ¡Gánatelo!
—Hace hace mucho tiempo que no estoy con un hombre.
Es difícil vencer la inercia, ¿sabes? —Ha suavizado su tono beligerante.
Su cuerpo se afloja en derrota. Me gusta así, vulnerable y sin la fachada de mujer dura que construye a su alrededor—.
Me hiciste sentir. Y me cuesta dejarme llevar. ¡Me cuesta soltarme!
—¿Por qué, Lorenka? —Lo pregunto de corazón.
Intrigado. Quiero saber qué pasa por su cabeza—.
Ya no tenemos veinte años. No podemos perder el tiempo, es algo precioso.
Un día pasa y jamás se repite. Quizá tengas la fortuna de que exista otro, pero ¡ya no será ese que pasó!
Ese ya lo perdiste, no hay vuelta atrás.
Ella me mira. Por primera vez, veo que sus ojos castaños tienen unas vetas verdes, como el musgo sobre la madera. Como la hierba sobre la tierra. Ojos salvajes. Ojos fieros. Ojos de mujer que me miran, sí.
—Porque es difícil de explicar, Boris.
—No sabes lo que quieres, sladkaya.[6]
Me ablando un poco. Es terrible, pero cierto. Juré que no la miraría, que no le hablaría, que me cerraría en banda a cualquier acercamiento por su parte y aquí estoy.
—Puede ser. ¿Recuerdas cuando cuando me preguntaste quién era yo?
Me costó darte una respuesta y la focalicé en mis logros laborales, en cosas externas.
—Sonríe, desarmada. Abre las manos en un gesto de aquiescencia y me da esperanza.
Esperanza de que quizá algo pueda salir de aquí.
De nosotros dos—. Si me preguntas lo que quiero, también me cuesta mucho darte una respuesta.
Pero hay algo que sí tengo claro. Quiero que terminemos lo que dejamos a medias.
Ah. Esto cambia las cosas. Es directa en sus palabras y la expresión de su rostro dice todavía mucho más. No lo esperaba. Quiere acabarlo. Yo también. Hace dos semanas que no duermo pensando en ella. Tengo clavado en la mente su aroma de mujer.
—No sé. Quizá una cena. —No voy a ponérselo fácil, quiero garantías. Una prueba de que lo que dice es verdad.
—De acuerdo. Este viernes, en mi casa.
—No —me apresuro a negar—. No pienso pisar tu casa. Jamás.
—De acuerdo, un lugar neutral. ¿Te gusta la carne? Hay un sitio
Suena el móvil de guardia, me llaman de quirófano. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Lo siento, Loreto. Debo irme. Tengo una cirugía ahora.
Daría oro puro por escuchar todo lo que parece pender de sus labios, pero llego tarde ya.
—Te enviaré todo por mensaje después. ¿Sobre las ocho?
—No. Muy temprano. Mejor a las diez. —No pienso cancelar a mis chicos de boxeo. Ellos no me hacen sufrir. No de la manera en que ella lo hace—. O el sábado, si prefieres.
—El viernes a las diez está bien.
—Da svidániya, Lorenka.
—Adiós, Boris. Me ha gustado verte.
Yo sonrío, pero no digo nada. Prefiero no tender lazos que caigan en el vacío y que luego tenga que recoger.
Vuelvo al bufete. Mi hora para respirar se ha transformado en media mañana. Vale que soy la jefa, pero tengo que dar ejemplo. Carlos Mario me aborda en cuanto entro por la puerta.
—Tengo noticias.
—¿Buenas o malas? —Suspiro. Necesito otro café. Encima de mi mesa hay un paquete de mi marca favorita de maquillaje, pero no me hace ilusión. Debería hacer un unboxing, subirlo a redes, y ahora mismo se me antoja una soberana gilipollez. Boris ha resultado ser un hueso duro de roer.
—Malas. El abogado del ex de Mónica es Álvaro Adams.
—Mierda. Ese hijo de la gran puta —No suelo ser tan explícita en voz alta.
Ay, sí. Mis pensamientos están poblados de insultos y mucho napalm, pero intento guardar las formas.
Carlos Mario no se inmuta, ya me conoce.
Con él puedo ser yo. Como con Boris. Y aquí está el ruso otra vez, colándose en mis pensamientos.
—Loreto, mi reina. ¡Céntrate! —Mi mano derecha me echa la bronca y se lo permito, porque tiene razón—. Viene a verte a las cuatro. Tenemos que preparar la reunión.
—De acuerdo. Vamos a masacrar a ese cabrón.
Álvaro Adams es un misógino relamido que esconde, tras una perfecta educación y un aspecto impecable, a una serpiente sin escrúpulos y con bastante éxito como abogado.
Me lo cruzo de vez en cuando en los juzgados.
Nuestro último caso importante quedó en tablas, alcanzamos un acuerdo antes de llegar a juicio, pero su cliente debió perder.
Esta es mi oportunidad de equilibrar el karma y hacerlo morder el polvo.
Repaso con Carlitos Mario todo lo que tenemos.
Ha hecho una labor de investigación soberbia y así se lo hago saber.
Gracias a él, tenemos caso. Ha encontrado el nombre del ex de Mónica en la nómina de directivos de una potente pero turbia empresa en Uruguay, donde las facilidades fiscales son bien conocidas por los evasores de impuestos.
—Pero no vamos a mostrar todas nuestras cartas.
Conozco a este hombre. Es mejor mantenerse a la expectativa y escuchar lo que tenga que decir.
—Escribimos los puntos importantes para mantener la reunión bajo control—.
Cuando veamos que muestra cualquier punto débil, entonces nos lanzamos a su yugular.
—Perfecto. Es decir, me jode que tengamos que esperar a que ellos den el primer paso —reconoce con fastidio. Me gusta que sea agresivo y, más aún, que sepa cuándo es mejor echar el freno—, pero tú lo conoces mejor que yo.
Aún nos queda un buen rato para que lleguen.
—¿Qué hacemos? ¿Más café? —ofrece, aburrido.
—No. Si meto más cafeína en mi organismo voy a tener una crisis nerviosa. ¿Vemos que tiene la caja? —Sonríe con entusiasmo. Estas cosas le gustan tanto como a mí.
—¡Ay, me encanta! Yo te grabo. ¿Directo rápido?
—Vamos.
Entre risas, abrimos la caja. ¡Qué ilusión!
Aparto a Boris de mis pensamientos y me concentro en el contenido.
Trae una crema facial hidratante de día, otra de noche y un montón de muestras.
Además, un labial y una máscara de pestañas.
Yo pruebo el maquillaje, Carlos Mario se pone un poco de crema en la cara.
—Se agradece. La piel sufre muchísimo con el aire acondicionado.
—Tienes toda la razón.