De amor y vodka Actos de contrición
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Actos de contrición

Llevamos dos semanas infernales en el bufete. Mi socio mayoritario me ha dado un toque: hay que clausurar alguno de los frentes abiertos. Así que trabajo como una enferma y aprieto a Carlos Mario para que me ayude.

—Venga, Carlitos Mario. Que no solo sirves para traerme el café —lo pico con bastante mala leche. Él me lanza una mirada asesina, pero yo sonrío y le mando un beso. Sabe que es una pequeña broma para estimularlo.

—Mi reina, hago todo lo que puedo.

—Lo sé.

Sé que ha faltado a varias clases de su máster para descargarme de trabajo, sé que se queda hasta bien entrada la noche en el bufete.

También sé que no es desinteresado: mi socio y yo ya lo hemos tanteado por si se quiere quedar, aunque hay otro candidato y Carlos Mario lo sabe.

Verlos juntos es como ver a dos perros peleando por el mismo hueso.

Son competitivos, agresivos, brillantes pero solo puede quedarse uno. Y yo quiero que sea él.

—Tengo información sobre el marido de Mónica.

La factura que ha mostrado es real, de una nave de refrigeración industrial.

—Yo alzo la mirada, expectante. Él sonríe, depredador—.

No es su única fuente de ingresos. Me ha costado trabajo encontrarlo, pero tirando del hilo del negocio de los congelados, he averiguado que el tipo tiene varias naves así: refrigeración, almacenamiento y carga tanto en Santiago como fuera de la capital, sobre todo en instalaciones portuarias.

Sospecho que gana al menos diez veces más de lo que dice ganar.

—¿Tenemos pruebas? —La información es buena, pero no vale de nada si no podemos demostrárselo al juez.

—Estoy en ello.

—Genial, Carlitos. Lo dejo en tus manos. —Necesito tiempo para abordar un par de casos financieros que quiero dejar atados antes de que empiecen las vacaciones de invierno de los niños—. A trabajar.

Paso la mañana enterrada en números, expedientes e información sensible de una multinacional.

Me duele la cabeza. Necesito un poco de aire, aunque sea el smog invernal de Santiago.

No se ve la cordillera de lo espesa que está la niebla mezclada con la contaminación.

Aun así, es mejor que el ambiente del bufete.

Por mucha luz indirecta, espacios amplios y plantas de interior estratégicamente colocadas, es opresivo.

—Voy a salir. Vuelvo en una hora.

Carlitos Mario hace un gesto con la mano. Mi socio está en su despacho con la cabeza metida en la pantalla del ordenador. Hay una reunión de dos de los socios minoritarios en la sala común. El bufete está on fire[5]. No puedo decir lo mismo de mi vida personal.

Salgo a la calle y aprovecho para hacerme un selfi de cuerpo entero mostrando mi elegante traje de Tweed, los tacones de charol y mi bolso de Chanel favorito.

No me gusta hacer publicidad gratuita, pero siempre etiqueto a las grandes marcas por si salta la liebre. ¿Y si les llega a interesar mi perfil?

Santiago de Chile en su más pura esencia:

frío, smog y trabajo duro. El bolso es de Chanel,

si quieres saber sobre el resto de mi sofisticado look,

mándame un privado. ¡Te lo cuento encantada!

Hashtags correspondientes, un par de emoticonos y no más, que al algoritmo de Instagram no le gusta, y las reacciones empiezan a llegar.

Miro la foto: el plano contrapicado, obtenido desde muy abajo, muestra detrás de mí el enorme edificio de acero y cristal que aloja el bufete.

Más que en Santiago, parece que estoy en Nueva York. Soñar es vivir.

Ya que tengo el móvil en la mano, reviso notificaciones. No he sabido nada de Boris en estas dos semanas. No me coge las llamadas, aunque ha sido lo suficientemente educado como para contestar mis mensajes, un poco desesperados, lo confieso. Lo malo es el contenido de su respuesta.

No quiero verte, Loreto.

No me llames más.

Esto es de hace cuatro días y, por supuesto, lo único que quiero es llamarlo una y otra vez hasta conseguir que me conteste.

O que me bloquee, que también es una posibilidad.

Tengo su contacto en la pantalla otra vez.

Joder. En mi cabeza se reproduce en bucle la bofetada con la que le crucé la cara una y otra vez.

Eso, durante el día. Por la noche, cuando se apaga la vorágine del trabajo, la casa y los niños, las imágenes mentales son otras: yo, empotrada contra la nevera.

Yo, a punto de alcanzar un orgasmo. Yo, con las manos de Boris por todo mi cuerpo.

He obtenido material onanista para dejar sin batería toda mi cacharrada sueca.

Pero no es suficiente. Lo necesito a él.

En vez de a Boris, llamo a Andrea.

—¡Hola, Loreto! ¿Dónde estabas metida? ¡Hace semanas que no sé nada de ti! —Su reproche me aguijonea con culpa, de la real. ¿Por qué descuido a mis amigas? Por inercia de una década de encerrarme en el trabajo y en mi matrimonio, ya lo sé—. ¿Qué tal estás?

—Andrea, te echo de menos. —Es verdad. Lo juro. Aunque el motivo de la llamada haya sido otro—. ¿Tienes tiempo para un café?

—Pues, a ver Puedo escaparme media hora de la consulta, pero tiene que ser en el hospital. ¿Puedes tú venir hasta aquí?

Miro el reloj. Son solo un puñado de paradas de metro. Si voy en taxi, en diez minutos estoy allí. Alzo la mano y la meneo con gesto impaciente.

—Voy para allá. ¿Dónde quedamos?

—Espérame en la cafetería de la clínica. Si no estoy allí cuando llegues, dame un toque.

—¡Genial!

La perspectiva de ver a Andrea me hace mucha ilusión.

Cuando el taxi se detiene frente al San Lucas, la culpa me ataca de nuevo.

No le he dicho nada a Inés y también está aquí.

Ella me llama de vez en cuando, pero su vida perfecta me encabrona.

Me da envidia y de la mala. Nuestras conversaciones se limitan a saber que estamos vivas, que los niños van bien y poco más.

No le he contado nada de Boris, pero, en realidad, ¿qué hay que contar?

Ya me he tomado un espresso cuando llega Andrea. Sonrío al verla impecable, con su bata blanca y el uniforme violeta de Obstetricia. Le hago un gesto al camarero, que ya tiene el encargo de traernos un par de cafés. Sé que tiene poco tiempo.

—Gracias por hacerme un hueco.

—¿Dónde te metes? —pregunta, todavía sorprendida de verme aquí—. Tus mensajes se limitan decirme que estás liada, pero ¿ha pasado algo en casa o en el trabajo?

Cierro los ojos. Soy lo peor. Encima se preocupa por mí.

—Tengo varios frentes abiertos y me gustaría tener más cosas que contarte que lo de siempre. —A veces siento que mi vida se limita al trabajo y a los niños. Y a mi cuenta de Instagram, lo que es bastante triste—. Perdona por desaparecer así.

Andrea suspira y niega con gesto resignado. Se deja caer en la silla, derrengada, y todavía no llegamos a la hora de comer. La vida.

—Sé lo que es. Yo ando igual, pero una llamadita no cuesta nada. —La miro con cara de circunstancias, tiene razón—. ¿Y qué hay de Boris? ¿No ha pasado nada desde la borrachera?

Aprieto los labios, no quiero reírme porque la situación no es que sea para dar palmas, pero asiento y la sonrisa se me escapa.

—Sí, claro que sí. Y estuvimos estuvimos a punto de hacerlo. A esto. —Marco un pequeño espacio entre el índice y el pulgar. Andrea me contempla anonadada—. Hacía años que no me sentía así, Andrea. Mujer. Al margen de ser madre y abogada. Simplemente yo.

—¿Y qué pasó? —suelta con impaciencia.

—No fui capaz. No pude. No en la cocina donde he pasado diez años de mi vida compartiendo en familia con Julio y mis hijos. ¿Lo entiendes? —Chasqueo la lengua con impaciencia—. Me costó quitármelo de encima, él parecía un toro ante un paño rojo. Acabé por darle una bofetada.

La miro, culpable. Andrea está con la boca abierta, alucinando en colores. Normal.

—¿En la cocina? ¿Bofetada?

—Sí. Empotrada contra la nevera. ¡Me rompió las bragas!

—¡Chist! —dice riendo, acercamos las cabezas y bajamos el tono—. ¡Que yo trabajo aquí! Suena bien. ¡Suena genial! ¿De verdad le diste una bofetada?

—Creo que me dio un ataque de pánico, o algo así. —Me encojo de hombros, no tengo ni idea de qué pasaba por mi cabeza en ese momento—. Y es es tan enorme, tan masivo. Necesitaba que parase y no supe conseguirlo de otro modo.

—¿Y qué pasó después?

—Lo eché de mi casa. De mala manera. —Decirlo en voz alta me hace entender que me he pasado de la raya, por mucho—. Me mataba la culpa por mancillar el centro neurálgico de mi vida familiar

—¿Has sabido algo de él?

Advierto en su tono de voz que debe de tener prisa por volver a la consulta, así que no me regodeo en la historia.

—Nada. Me ha dicho que no quiere verme y que no lo llame más.—Bebo el café, desanimada—. Así de crudo. En un wasap.

Se lo enseño, abatida y Andrea me mira. Le echa un vistazo al reloj, apura el café y se levanta.

—Vamos. Acompáñame y me cuentas. Tengo que volver.

La sigo por un largo pasillo mientras nos ponemos al día.

Subimos un piso por uno de los ascensores, porque yo llevo taconazos y no estoy para subir escaleras.

No voy a las revisiones ginecológicas aquí, prefiero conservar mi intimidad e ir a la Clínica Alemana, pero conozco dónde están casi todos los servicios. Y me siento un poco perdida.

—Oye, tu consulta no está aquí.

Andrea sonríe y yo veo el cartel de metacrilato sobre las puertas batientes de acero. TRAUMATOLOGÍA.

—No, claro que no. Pero el despacho de Boris, sí.

Mierda.

Mi cara de pánico debe ser un poema, porque se echa a reír.

—No. No puedo hacerlo. ¡No quiere verme! —Me defiendo como gato de espaldas pese a que ella no ha dicho nada más—. Ni siquiera quiere que lo llame. ¡No puedo abordarlo así!

—Yo tengo que irme. Tú decides. Te llamo esta tarde o mañana para una noche de chicas con Inés y Nacha. —Se da la vuelta y se pira. ¡Se va por el pasillo sin mirar atrás! —. Y más vale que vengas.

Vale. Estoy sola. Lanzo una mirada rápida por el ojo de buey, se ve el trajín habitual de un hospital por la mañana. Son las doce y media, debería volver al bufete. Además, seguro que Boris está operando.

—Disculpe.

Me aparto. Un par de celadores empuja una camilla con una anciana adormilada y con unas gafas de oxígeno en la nariz.

Lleva un aparatoso vendaje desde los dedos hasta la axila.

Parece estar tranquila y sin dolor, pero verla así me hace ser consciente de lo viva y sana que estoy yo.

Respiro un par de veces y, antes de que terminen de cerrarse las puertas, entro en la planta.

Las enfermeras tras el control levantan la mirada, curiosas.

—Buenos días. ¿El doctor Radchenko?

Se miran entre ellas con suspicacia.

—¿Es visitadora médica? —pregunta la más veterana, que será la que maneje el cotarro.

Yo sonrío sin decir ni que sí ni que no, no me gusta mentirle al personal sanitario.

—Al final del pasillo, en el área de despachos médicos. Tras la puerta de cristal.

—Mil gracias. Buenos días.

Ellas murmuran algo y se sumergen de nuevo entre pantallas de ordenador, planillas y papeles. Ya hay tres personas esperando detrás de mí para ser atendidas.

Ahora no me puedo arrepentir. El pasillo se alarga hasta el infinito como en una visión de foco, la puerta de cristal se me antoja lejos, muy lejos.

¿Qué coño le voy a decir? ¿Qué quiero de él, de verdad?

Al margen de pedirle perdón, me refiero.

¿Solo follar? ¿Solo sexo? Le he dado mil vueltas estos días.

No se trata solo de mis dos años de sequía.

Es él. Me interesa como hombre. Como algo más. ¿O no?

Empujo la puerta con decisión antes de que me dé por huir.

La zona de despachos está tranquila. Veo una placa con su nombre junto a una de las oficinas.

«Dr. Radchenko». Está cerrada. Seguro que no está aquí.

Mejor me voy. Mierda. Cierro los ojos y levanto el puño para llamar. Estoy temblando, joder. Toc, toc, toc.

—¿Sí? ¡Adelante, adelante! —responde la voz grave de Boris con ese tono de impaciencia que le imprime a todo.

Trago saliva y abro la puerta por fin.

—Hola, Boris.

Su mirada es hielo puro. ¿Ese hematoma que luce en su cara es por culpa de mi bofetada? No puede ser. Tarda unos segundos en contestar.

—Vaya, vaya. Mira a quién tenemos aquí.