De amor y vodka Formas de lidiar con la frustración #2
20%

Formas de lidiar con la frustración #2

Me quito el protector dental; trago de agua; me seco el sudor con la toalla. Compruebo mi hombro izquierdo, la metralla me dejó una vieja lesión y a veces me juega malas pasadas. Todo está bien y me encuentro con Santiago y el referí en el centro del ring.

—Segundo asalto. ¡Tiempo fuera! ¡ya!

Y aquí vamos de nuevo. Ah, ahora sí tiene hambre.

Sin previo aviso, encadena varios golpes secos.

Me abruma y retrocedo, subo la guardia y concentro mi peso en los antebrazos, que reciben una lluvia de directos.

Pretende darme de mi propia medicina, lo sé.

Así que oculto mis rostro tras los guantes y pego los codos a mis costados para protegerlos también.

Se desespera. Yo río. Eso lo cabrea y endurece los golpes.

Es cosa de tiempo que vuelva a cometer un error, y en eso puedo ayudarlo. Engañarlo otra vez.

—Ah, niñito. ¿Te cansas? ¿Quieres parar? —Mi tono de voz es invitador, suave, el de una serpiente—. No es nada malo, ya sabes. Tirar la toalla. Rendirse. Retirada estratégica para ganar el siguiente asalto

—¡Cabrón!

La provocación se vuelve contra mí. Santiago ruge como un león cegado por el sabor a sangre y arremete golpeando con un derechazo justo sobre mi hombro lesionado.

El dolor extiende una pantalla blanca ante mis ojos.

Un pitido agudo deja mis oídos sordos. Mi defensa se cae, porque no puedo mover el brazo izquierdo, que cuelga inerte.

Mi rostro queda a merced de Santiago. Y estalla su puño en mi sien.

—¡Boris! —Es lo último que escucho en español antes de caer como un fardo en la lona.

—¡Capitán Strogoff! ¡Capitán! ¡Levántese! ¡Levántese, por favor! ¡Tenemos que salir de aquí!

Su uniforme ya no muestra el verde de camuflaje, es granate, pardo y negruzco. Está empapado en sangre.

—¡Fuera de aquí, soldado Radchenko! ¡Es una orden! —Todo su cuerpo tiembla. Sé que es por la hemorragia masiva. Está entrando en shock. Y sé que debería huir o yo seré el siguiente. El estruendo de los morteros y las bombas al caer es ensordecedor. Pero no soy capaz. No puedo abandonarlo.

—No, señor. No voy a dejarlo aquí.

El capitán de mi pelotón cierra los ojos y sonríe, resignado.

—¡Déjeme, soldado! Yo ya he cumplido. ¿Es que quiere morir? ¡Váyase! ¡Es una orden!

Yo parpadeo, desorientado. Las bombas revientan todo a nuestro alrededor; los moldavos están dejando caer toda su artillería sobre nosotros. Silban las balas perdidas, pero igualmente mortíferas si te alcanzan por azar.

—Capitán Strogoff —balbuceo. Cuesta no plegarse a la cadena de mando. Soy solo un soldado raso, pero he tenido tiempo de aprenderlo a fuego en la inflexible instrucción que nos han dado los rusos—. No puedo abandonarlo aquí.

Tengo la boca llena de sangre. Escupo. Me invade un acceso de tos. A mí también me ha alcanzado la metralla, no siento el hombro izquierdo. Pero él está peor. Su pierna está reventada. De la rodilla hacia abajo solo se intuye un amasijo de carne bajo la tela ensangrentada.

—¡Váyase! —Le cuesta trabajo respirar. Me habla en un hilo de voz—. ¡De inmediato, soldado!

Desabrocho un poco mi guerrera y me examino el hombro. Sangra poco, pero un rayo de dolor me atraviesa y me arranca un gemido que sofoco como puedo. No quiero mostrar debilidad ante el capitán. Valoro la situación. Lo mío no es nada, puedo aguantar.

—No. No pienso dejarlo aquí.

Soy fuerte. Puedo hacerlo. Aprieto los dientes y lo cargo sobre mi espalda a duras penas. Él me insulta, me amenaza con un castigo por insubordinación, con un consejo de guerra. Grita de dolor cuando echo a correr.

—Solo unos metros, hasta la línea de nuestros tanques. Ahí estaremos a salvo. ¡Vamos, mi capitán!

No contesta. Está inconsciente. O muerto. Y eso, en una paradoja macabra, facilita mi misión.

Estoy corriendo a ciegas. En torno a nosotros cae una lluvia infernal. No veo por dónde voy. Solo hay humo, sangre, barro y los destellos de las explosiones y las balas. Es solo cuestión de tiempo que nos alcancen.

De pronto, como si hubieran extendido sobre nosotros un manto protector, el ruido y el caos se amortigua. Hemos regresado a nuestra línea defensiva. Los tanques Proriv avanzan.

—¡Ayuda, aquí! ¡Es el capitán Strogoff, está herido! ¡Ayuda, por favor!

Veo los brazaletes blancos con la cruz roja del equipo médico y sonrío, aliviado.

Asisten al capitán, no sé si está vivo o muerto.

Yo caigo sentado en el suelo, borracho entre la adrenalina y el dolor.

Ya no me tengo en pie. Mi campo de visión mengua.

Se convierte en un punto de luz en el que solo veo el rostro desencajado de una enfermera que corre hacia mí.

O quizá estoy muerto y es un ángel que viene a buscarme.

—Boris, joder. ¡Despierta!

Alguien me da palmaditas en las mejillas y abro los ojos, atontado.

—¡No entiendo nada! ¡Está hablando en ruso! ¿Qué mierda dice? —reconozco la voz de Santiago.

—Pomogite! Pomogite, pozhalusta![4]—Poco a poco me despejo y me doy cuenta de que estoy gritando en mi idioma natal. Intento incorporarme, braceo para que me dejen un poco de aire—. Estoy bien, ¡estoy bien!

Me ataca un acceso de náuseas, pero consigo controlarlo. Estudio a mi alrededor. Estoy en la lona. Hay sangre. El sabor metálico en mi boca confirma que es mía. Supongo que es eso, junto al dolor y la pérdida de consciencia, lo que ha traído los recuerdos a mi cabeza.

—Joder, Borya, ¡qué susto! —Santiago está arrodillado junto a mí, me acerca una botella de agua. Yo escupo el protector y le doy un buen trago—. Te has quedado K.O. unos cuantos segundos, ¿eh?

—Ah, Santi. ¡Has ganado! Pero quiero la revancha. En unos días. ¡Pronto!

—Se acabó, Boris. Deja de desvariar. Nada de combates por ahora —dice el presidente del club, que conoce perfectamente mi antigua lesión—. ¡Eres cirujano, joder! ¿Cómo vas a operar si tienes el hombro congelado?

Me froto la articulación. Siento el dolor del golpe, pero nada más. Lo muevo en círculos con cuidado. Está todo bien. Y si no lo estuviera, ¿qué le voy a hacer? Debería estar muerto. Vivo a crédito desde hace más de treinta años. Yo debí morir aquel día. Y ella, Katya, me salvó.