Formas de lidiar con la frustración
Recojo uno a uno los imanes esparcidos por el suelo de la cocina.
Hay un recuerdo asociado a todos y cada uno de ellos.
Uno bonito. Del viaje a Disney, a las islas Galápagos, a la Rivera Maya me doy cuenta, a medida que los coloco de vuelta a su sitio en la nevera, de que los buenos momentos son, sobre todo, de los inicios.
De los primeros años de nuestro matrimonio.
Los viajes, las fotos, son de cuando los niños eran pequeños.
Me trago la ganas de sexo junto con una tonelada de amargura.
Al principio, hacíamos un viaje familiar al menos dos veces al año.
Uno a algún lugar de Chile, otro al extranjero.
Después, solo por el país, porque era importante que los niños no perdieran clase.
Y no demasiado largo, no más de cinco días o una semana, porque teníamos que trabajar.
Yo tenía que trabajar. Después, no nos poníamos de acuerdo.
Yo prefería un viaje urbano o a la playa.
Julio, al campo. A zonas rurales. Al principio, yo cedía.
Después, esas cesiones se transformaron en rencor.
Ya casi está. Coloco los dibujos, un poco torcidos.
Joder, me duele el cuerpo por el cambio de marchas y me abrazo a mí misma, presa de un frío súbito.
Miro el móvil. Tengo que llamar a Boris y pedirle perdón.
Algo me dice que he metido la pata hasta el fondo.
Y me invade el pánico porque sé que, esta vez, no va a ser fácil abordarlo.
Mejor lo hago antes de que todo se enfríe y, con ello, analice lo rota e irreparable que estoy. Que soy.
Busco su contacto y lo tengo la pantalla cuando los gritos y risas de los niños invaden la casa. Entran en tromba, dejando a su paso mochilas, cazadoras y jerséis.
—¡Hola, mamá! ¿Sabes qué? ¡Papá nos ha llevado al parque Bicentenario y hemos estado jugando al fútbol y al vóley! —Elena derrama sobre mí un torrente de entusiasmo infantil. Me abraza y me besa. Tiene la cara manchada de chocolate—. ¡Lo hemos pasado genial!
Cojo una servilleta y la humedezco en el grifo. Le limpio los churretes.
—¿Qué habéis tomado? ¿Un helado? —Sonrío, un poco trémula. Mi corazón se debate entre la alegría por ella y la tristeza por mí.
—¡Sí! En el parque. —Me aparta, impaciente—. Y después hemos ido a tomar una hamburguesa. ¡Nosotros tres solos! ¡Sin los bebés! Y sin ella. ¡Solos con papá!
La abrazo. Cómo me alegro. Así es como tiene que ser. Que quieran estar con su padre. Ignoro la vocecita maligna que me susurra que me encanta que no quieran estar con Yulissa y con los bebés.
Julito entra un poco después. Un poco sudado. Risueño. Sonríe apenas, pero eso ya es un cambio más que bienvenido. Guardo las distancias, no quiero atosigarlo. Últimamente parece que nos relacionamos en un equilibrio precario.
—¿Qué tal, hijo?
Amplía la sonrisa y asiente, se diría que un poco sorprendido.
—Bien, bien. Ha estado genial. Hemos jugado al fútbol en el Bicentenario y nos ha llevado por ahí.
No da más detalles y yo tampoco insisto. Va camino de su habitación cuando se para y compone un gesto de extrañeza. Se agacha y levanta algo del suelo.
—Mamá, aquí hay unas bragas tiradas —dice algo cortado—. Creo que son tuyas.
¡Joder! Un poco brusca, se las quito de las manos.
Las bragas que Boris me ha quitado hace un rato.
Se me habían olvidado por completo. Este es el tipo de cosas por las que me cuesta encajar la Loreto madre con la Loreto mujer.
Maternidad y sexo. No existe la una sin el otro y, sin embargo, son fuente de eterna contradicción.
—Sí. Dame. Se me deben haber caído al llevar la ropa sucia a la lavadora. —Siento que mi cara va a estallar de vergüenza cuando se las arrebato—. Ya las cojo yo.
Él me ignora, ya está a otra cosa. Pero estas bragas, que por cierto, tienen el encaje desgarrado, son el signo de todo lo que podría haber ido bien y ha ido mal esta tarde.
Le lanzo una mirada al móvil abandonado encima de la mesa, pero mañana trabajo, tengo que hacer la cena de los niños y supervisar los deberes, porque veo que mi ex se ha pasado el tema escolar por el arco de triunfo.
Y una ducha fría no me vendría mal.
El ring de boxeo del gimnasio mide 5 por 5 metros, dentro de las medidas estándar de competición, aunque algo pequeño para mí.
La lona está suspendida un metro por encima del suelo, pero yo no uso la escalinata.
Salto entre las cuerdas y entro al tapiz.
Golpeo los puños uno contra otro, solo cubiertos con las vendas y cojo las manoplas de entrenamiento.
—Vamos, Santi. ¿Dónde está tu garra? —Le doy un manotazo en los guantes para picarlo. Es un peso pesado, de los pocos que pueden hacerle frente a mis dos metros y cien kilos de cuerpo—. ¿Quieres ir a tomarte un té?
Él me mira y sonríe, retador. Golpea sus guantes también para indicarme que está listo y levanta la guardia escondiendo su rostro.
—¿Qué pasa, Boris? ¿Tienes ganas de bailar?
No contesto, solo alzo las manoplas y le hago un gesto con la cabeza.
Claro que tengo ganas de pelea. De derribar algo o a alguien a base de puñetazos.
Por eso es tan bueno venir aquí. Solo esfuerzo físico, nada de pensar.
Nada de sentir, salvo que sea el dolor de los músculos o de un buen gancho conectado en la mandíbula por tu rival.
Te atonta, sí, pero luego despeja tu mente y aclara tus ideas de una forma primitiva y muy efectiva.
O estás atento o puedes terminar escupiendo sangre en la rinconera.
—Vamos, niñito. ¿Qué tienes para mí? —Lo provoco. Él golpea con furia las manoplas, pero no me mueve ni un centímetro.
—Joder, Boris. Relaja, que parece que le estoy pegando a una pared —se queja y agita los guantes.
El acolchado de estas manoplas es escaso.
Cuando golpea, rebota con un sonido mate y compone un rictus de dolor.
Yo suelto una carcajada y, tal y como espero, se enfada—.
¿Qué mierda te pasa hoy? ¿Quieres un poco de mambo o qué?
Me lo pienso. Es joven y tiene hambre. Ya ha llegado a semifinales en los nacionales y es duro.
Muy duro. Yo tengo cuarenta y ocho años, demasiado vodka a la espalda y mis músculos no son lo que eran.
Pero lo necesito. Necesito sentir algo que no sea rabia, lástima de mí mismo y nostalgia. Bajo las manoplas.
—Muy bien, bebé. Tú lo has querido. Bailemos. ¡Mis guantes!
Uno de los chicos de las categorías inferiores corre a mi taquilla.
—Voy a buscar el protector dental —masculla Santiago, que salta al suelo.
Ahora no hay vuelta atrás. Ah. ¿Qué he hecho?
Todos los que están en el gimnasio se agolpan en torno al ring, las voces masculinas —porque aquí no ves a una mujer en un kilómetro a la redonda, es la realidad.
Y no puedo evitar el pensamiento amargo: mejor para mí— suben de volumen con entusiasmo.
Me recuerda a otros tiempos. A los campamentos.
A las campañas. A las operaciones militares. A la guerra.
Santi salta entre las cuerdas. El presidente se acerca a ver qué hacemos.
—¿Seguro que esto es buena idea? Santi, con cariño, que a Boris tenemos que cuidarlo. Es valioso para el club.
—Pero no le vendría mal besar la lona de vez en cuando —replica el aludido. Su mirada mezcla peligro y juego—. El viejo tiene demasiada chulería encima. Necesita que le bajen los humos.
Yo me encojo de hombros. Nada tengo que perder.
—Muy bien —afirma el presidente—. Yo me encargo del cronómetro. ¿Quién asiste?
Dos de los más habituales se sitúan en rinconeras opuestas. Sonrío al chaval que coge mi toalla con seriedad, no recuerdo su nombre, pero viene mucho por aquí.
—Muy bien, viejo. ¿Preparado? —Santi intenta picarme, pero nada consigue. Soy un perro viejo, sí. Hace tiempo que lo asumí.
—Estoy listo. ¿Qué necesitas tú? —lo provoco. La cantidad de peligro en su mirada es mayor ahora que el juego. No contesta.
—¡Segundos fuera! —exclama el presidente. Levanta el brazo y se escucha el clic del cronómetro metálico, que parece de otra época, con el que controla los tres minutos del asalto.
Santiago tiene un buen juego de pies. Es rápido. Con nervio. Yo alzo mi guardia, sé que soy más lento de reflejos y estoy agotado, pero tengo algo que a él le falta.
Experiencia. Picardía. Conozco un par de trucos de los que no se enseñan en un gimnasio.
Bajo un poco el guante derecho como una trampa.
Quiero que se centre en mi rostro. Ah, bien.
Ha mordido el anzuelo. Golpea, pero yo alzo la defensa de nuevo y choca contra mi guante.
Una. Otra. Otra vez. Se impacienta y sus puñetazos pierden definición.
Ahora que está cansado, dejo que conecte un golpe.
¡Ah!, pega fuerte pese a todo. Me envía un directo sobre la mandíbula que me nubla la vista unos segundos y sacudo la cabeza para despejarme.
Él sonríe. Su cuerpo se contrae, se inclina un poco. Prepara un buen derechazo. Perfecto. Coge impulso y yo aprovecho que su lado izquierdo queda por completo desprotegido para atacar sus costillas.
—¡Ugh! ¡Cabrón! —exhala al recibir mi puño por primera vez en sus costillas. Encadeno varios ganchos, avanzando al tiempo que él retrocede, en ese baile agresivo que es el boxeo. Baja la guardia para protegerse el cuerpo y deja descubierta su cara.
BUM.
Directo contra el pómulo. Se tambalea. Cae sobre las cuerdas.
—¡Santi, joder! ¡Espabila! ¡El ruso va a por ti! ¡Despierta! —Las voces de los espectadores lo animan y se entrecruzan en un rugido de alerta y aliento. Santi se incorpora y yo corro hacia él. Si tengo suerte, esto acabará en el primer asalto. El sonido metálico de la campana me saca del trance.
—¡Fin del asalto! ¡Vamos, chicos! Cada uno a su sitio.
Desde su rinconera, Santi me manda una mirada letal. Yo lo saludo con el guante y casi puedo escuchar como rechina los dientes. No le gusta perder. Es una de las joyas del gimnasio, pero es demasiado impulsivo. Hoy aprenderá una cosa o dos de este perro viejo.