De amor y vodka Vendettas, vino y las vueltas de la vida #2
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Vendettas, vino y las vueltas de la vida #2

—Hola, Boris. Pasa. Hoy llegas tarde solo veinte minutos. —Recalco el «solo» con tono mordaz—. Así que, me lo he tomado con calma.

Él entra, turbado. Se pasa la mano por el pelo cortado a cepillo y compone una sonrisa culpable. Amusgo los ojos, ¿qué coño lleva puesto?

—Lo siento, Loreto. Podría decirte que ha sido el hospital, pero no es así. He calculado mal el tiempo para llegar hasta tu casa. El atasco en la Avenida Kennedy a estas horas es demencial.

—Tampoco ha sido por lo que has tardado en escoger tu atuendo.

—Me sangran los ojos. De verdad. Lleva una puñetera camiseta de malla elástica y apretada bajo la americana marrón, y unos vaqueros azules, ¿quién mezcla marrón y azul oscuro en el siglo XXI?

La cruz ortodoxa y la cadena, gorda como mi meñique, reluce en toda gloria y majestad—.

Y esas deportivas son igualitas a unas de mi hijo.

Te recuerdo que tiene trece años. Siéntate aquí, ahora vuelvo.

Lo conduzco al salón y señalo un sofá cualquiera. Yo quiero volver a mi copa de vino. Estilizada. Sencilla. Elegante. Adulta. Él no me hace ni puto caso. Se queda de pie, ahí, en medio del salón, mirándome y con los brazos abiertos en un gesto cargado de incredulidad.

—¡Al menos estoy vestido! ¿Qué es eso que llevas? ¿Pretendes salir a la calle así?

Estoy agotada. Drenada. Exhausta. Vuelvo a la cocina y él me sigue refunfuñando en ruso, supongo, en una amalgama de erres y kas.

—No, perdona. No pretendo salir así. —Le sirvo un poco de chardonnay en son de paz—. He tenido un día duro, solo necesito reiniciar la tarde.

Él no dice nada. Se sienta en el taburete a mi lado y arrastra su copa sobre la isleta de la cocina hasta acercársela. Bebemos sin decir nada, en un silencio cargado de promesas.

—¿Por qué ha sido un día duro? —pregunta él tras unos minutos en los que he tenido que rehuir su mirada celeste.

Suspiro. Las lágrimas afloran una vez más sin permiso y cierro los ojos. Es un defecto de las Morán Vivanco. A Inés, mi hermana, le pasa igual. Herencia del drama de mi madre, supongo. Todo se hereda. Hasta la forma de llorar y de sentir.

Y entonces, abro la compuerta.

—Estoy sobrepasada de trabajo. Mis hijos están perdidos: el mayor se lía a patadas con las cosas y la pequeña se esconde en un mundo de purpurina y unicornios.

Mi exmarido es un mediocre que escurre el bulto con lo duro de la paternidad en cuanto dejo de presionarlo.

Mi vida social consiste en mi hermana y su círculo de amistades, y la vida sintética que cuelgo en Instagram.

—Lo suelto todo de golpe, sin respirar, en tono de cachondeo pero con un nudo en la garganta.

Me siento en un desnudo frontal y necesito cubrirme—.

Y el único hombre que me presta un poco de atención se viste como una mezcla de adolescente pandillero y un mafioso de la Bratva.

Él esboza una pequeña sonrisa ante la descripción y aparta la copa. Acerca el taburete hacia mí y me abraza.

—Ven aquí, Lorenka. Ssshhh, ssshhh —Intento defenderme de la potencia de sus brazos—. Ya pasó.

Es refugio. Es protección. Es fuerza y ternura a la vez.

Me doy el lujo de dejarme caer en el contacto.

Él me envuelve en su torso de coloso. Huele ¡Hum!

Qué bien huele. A piel masculina, madura, a un perfume deportivo algo almizclado.

A jabón de Marsella. A algo que no logro definir, pero que parece exótico, ¿incienso, quizá?

Los abrazos curan. Los abrazos sanan. Los abrazos apretados ayudan a unir unos con otros los pedazos cuando estás rota. Recomponen, reconfortan, reparan.

No sé cuántos tiempo pasamos así, me hago un ovillo en su pecho y me siento pequeñita, él me besa el pelo. Despacio. Sin presionar.

Lo aparto con suavidad y me alejo unos pasos.

—Tengo que vestirme.

—No es necesario, podemos quedarnos aquí si quieres.

—No tardo nada, es solo cambiarme. Necesito salir. De verdad.

—Lo que tú quieras, Lorenka. Te espero.

Una idea absurda, loca, pero llena de posibilidades escapa de mi boca antes de procesarla con racionalidad. Clavo la mirada en él y la expectación suspendida entre nosotros cambia de matiz.

—También puedes subir conmigo a mi habitación.

El brillo de sus ojos también cambia. Se vuelve alerta, su sonrisa también.

—Oh, no hace falta ir a tu habitación para lo que estás pensando. Puedo apañármelas bien aquí mismo. —Deja la copa a un lado y se levanta—. En esta encimera, por ejemplo.

Y me muero de miedo, porque el chardonnay no me ayuda en nada. Me tiemblan las piernas cuando se acerca a mí. Su cuerpo parece crecer por la tensión. Yo retrocedo.

—¡Ja! ¿Estás loco? ¿Qué te hace creer que sabes lo que estoy pensando? Eres un arrogante. ¡Y un bocazas!

—Puedo demostrarlo.

Se quita la americana y esa horrible camiseta ceñida muestra el relieve de unos músculos en su pecho y abdomen que me hacen salivar.

—Espera un momento. ¡Boris, joder! —Alzo mis manos para detener el tren de mercancías que viene hacia mí.

Y no sé cómo, estoy empotrada contra la nevera de acero de doble puerta. Me abre la bata, me levanta del culo, me calla la boca sin contemplaciones con la suya, agresiva, deliciosa, brutal. Jadeo. He cambiado de opinión. Soy una mujer complicada.

—Oh, Boris Sí, por favor.

No me deja hablar. Muerde mis labios, los succiona, batalla con mi lengua. Nuestros dientes chocan, hundo los dedos en su pelo áspero, los clavo en su cuero cabelludo, después me aferro a su nuca.

Y de pronto todo me importa una mierda. Esto es exactamente lo que necesito. Forcejeo con su cinturón, que tiene una hebilla de bronce gigantesca y elaborada.

—Dios, qué hortera eres, joder —Lo desabrocho por fin y ataco su bragueta.

—Juro que voy a follarte hasta que retires una a una tus palabras —gruñe, enfadado.

Me arranca las bragas, no sé cómo lo logra, de un solo tirón.

Me mueve como si fuera una muñequita de trapo, ingrávida y sin materia—.

Voy a borrar a base de orgasmos todos y cada uno de los insultos y los desplantes que me has dedicado.

—Una mano acaricia con inesperada suavidad mi vulva, dada la fuerza de todos sus movimientos.

Me ahogo en deseo y placer—. No soy ningún arrogante.

¿Esto es lo que ves? Esto es lo que hay.

La otra mano me agarra un pecho y, esta vez, no hay delicadeza.

Suelto un grito de sorpresa que él calma con su pulgar jugueteando con mi pezón.

Yo bajo sus pantalones y me echo a reír.

Va en plan comando. Tiene un culo como una roca y me doy el lujo de hundir las uñas en él, que gruñe en contestación.

—¿No llevas ropa interior?

—Una buena costumbre del ejército.

—¿Qué? —suelto una carcajada. ¿El ejército?—. Pero ¿tú no eres médico?

No me contesta porque sus vaqueros caen y yo no puedo indagar más porque, ahora mismo, tengo entre las piernas una erección que, por un momento, me deja muda.

No me atrevo ni a tocarla. Es ¡enorme, joder!

Una vez más, no me deja pensar. Comienza a moverse rítmicamente, nuestros sexos meciéndose, pero sin penetración.

—Ah, Lorenka. Todo lo fría que eres ¡pura fachada!

Te derrites Como la cera de las velas con el calor del fuego No eres hielo, eres agua, eres fuente.

—Con cada pausa, mueve las caderas. Lo noto.

Construirse tras las compuertas. Las oleadas de placer.

El calor. La dureza de su carne contra lo blando de la mía.

—Más. Por favor, más. Fóllame —suplico. Las palabras salen antes de que las piense.

—Así me gusta. Que sepas lo que quieres. Y que me lo pidas —susurra él sobre mi boca.

Aumenta el tempo. Me azota contra la nevera una y otra vez.

Me voy a correr. Me voy a correr y ni siquiera me he penetrado.

Los gemidos escapan de mi garganta y no reconozco el sonido de mi propia voz.

Y, de pronto, me doy cuenta de que los imanes con los que decoramos la nevera están cayendo en una lluvia a mi alrededor.

Y me desconcentro. Los viajes. Los dibujos de Elena.

La planificación semanal, una foto familiar, el diploma de ciencias de Julito. No.

—Espera, Boris. No. Aquí no. No puedo —me sale más bien un graznido ahogado.

Él no parece escucharme. Mi libido se desploma y ahora me molesta la fuerza de su agarre. No puedo seguir. No aquí. No en la cocina, donde me siento todos los días a desayunar con mis hijos. Donde pasé tantos años con Julio.

—Boris. ¡Boris! —No puedo quitármelo de encima. Lo empujo, pero es como tratar de mover un tanque—. ¡Para!

Me entra el pánico y, sin esperar respuesta, le cruzo la cara de derecha a izquierda con una bofetada que resuena en la cocina como un cañón.

Se detiene en seco. Un relámpago de furia atraviesa su mirada celeste. Soy perfectamente consciente de que no es la fuerza de mi mano, que ni siquiera ha movido un par de centímetros su rostro. Es la humillación. Y no creo que sea un hombre al que le guste que lo humillen.

Se aparta de mí, transformado en hielo. Con un par de movimientos bruscos, recompone su ropa. Yo, desesperada, intento recuperar el control también.

—Boris lo siento —susurro, aún jadeante—. Pero no puedo. Vete. Vete de aquí, por favor. ¡Vete!

No responde. Recoge las llaves del coche, ¿un libro?, el móvil y su billetera de la encimera. Se vuelve unos segundos, está a punto de decir algo, aprieta los puños, rechina los dientes

Se da la vuelta y se va.

Joder.