De amor y vodka Vendettas, vino y las vueltas de la vida
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Vendettas, vino y las vueltas de la vida

Todos los miércoles la misma historia. El eterno día de la marmota. Yo ya no puedo más.

—Mamá, ¿por qué tenemos que ir? ¡Es un coñazo! —Se queja Julio. Tira su mochila a los pies de la escalera y le da una patada desganada—. Papá está hasta el culo de trabajo y no nos hace ni caso. Y los bebés no paran de berrear. ¡Quiero quedarme en casa!

Me cruzo de brazos, me planto en el primer escalón e impido que suba de vuelta a su habitación.

Últimamente, tenemos esta discusión todos los malditos días que les toca ir con su padre.

Alguna vez he cedido, pero entonces, al miércoles siguiente, es mucho peor.

Y encima, su padre está esperando cualquier excusa para quitárselos de encima.

Es un buen padre, pero está totalmente sobrepasado y cualquier disminución de su cuota de responsabilidad le viene genial.

Y yo no estoy por la labor, ya me los he quedado un fin de semana que no me tocaba.

Ya bastante es tener la custodia de los niños, ¡debería ser compartida!

Pero Elena es muy pequeña y Julito, al conocer las razones de nuestro divorcio y enterarse de que La Ordinaria estaba embarazada, no quiso ni oír hablar de irse a vivir con su progenitor.

—Julio, entiendo que aguantar a los bebés es un rollo, pero tenéis que pasar tiempo con papá. No es negociable.

Elena se queda clavada en la escalera cuando Julio le mete tal patada a la mochila, que choca contra mi ficus, lo tira al suelo y esparce tierra de hoja por todo el recibidor.

—¡Julio, joder! —Tengo ganas de darle una bofetada con la mano abierta, pero hago una labor de contención digna de un monje tibetano. Para no estampársela, me voy a la cocina y cojo la escoba y el recogedor.

—Mamá, ¿te ayudo? —Suena la vocecita de Elena. Me sorprende la seriedad de su rostro, la pena y la conmiseración. Y me da una rabia enorme que exprese sentimientos tan adultos.

—No, mi amor. ¿Tienes todo listo? Anda, ve a la entrada.

Tu padre estará a punto de llegar —digo con una sonrisa un poco tensa.

Tengo que darme prisa y recoger este desastre antes de que venga Julio.

No suele entrar en casa, pero, por si lo hace, siempre tengo todo como los chorros del oro.

No pienso enseñar ni un solo signo de debilidad.

—Vale. Se está retrasando un poco —dice Elena un poco preocupada. Adora a su padre.

Me llevan los demonios y me cago en todo.

Son sus hijos, joder. La empatía se me va al tacho cuando veo que ha pasado ya casi media hora desde las cinco, que es la hora en la que debería estar aquí.

Y Boris llega a las seis. Yo sigo en bata y sin peinar.

Llevo toda la tarde trabajando en el caso de Mónica y otros asuntos del bufete.

Soy tonta por ceder en esto: si Julio fuera a buscarlos al colegio, esto no pasaría.

Pero claro, en el colegio no permiten retrasos ni margen de error.

Un bocinazo doble anuncia que por fin está aquí.

Elena me da un beso y un abrazo, y se va dando saltitos al encuentro de su padre.

Echo un vistazo por la ventana, esta vez no ha traído a los bebés.

Se baja del coche y le da un abrazo inmenso a Elena.

La besa en la frente. Acaricia su pelito.

Sonríe. Tiene que echarla de menos. Cuando estaba en casa, eran inseparables.

Alza la mirada y lo leo en sus ojos. Se arrepiente, al menos en lo que respecta a cómo ha manejado el tema con los niños.

Ahora, que se joda. Yo tengo la custodia y no pienso ceder.

Suena el timbre. Espero a ver si Julito se digna a abrir y marcharse con su padre, pero ha desaparecido. Cierro los ojos, respiro hondo un par de veces y abro la puerta.

—Hola, Loreto. —Me mira, nervioso. Compone una sonrisa forzada—. ¿Y Julito? Tenemos que irnos ya.

—Estará con el móvil o con el ordenador, como llegas media hora tarde —dejo la frase suspendida en la acusación—.

¡Julito, cariño! ¡Tu padre está aquí! —grito desde la escalera.

Ni hablar de subir, porque sé que me seguirá y no quiero que pise el suelo de mi casa ni un minuto más—. ¡Julio! ¡Baja ahora mismo! ¡Ya!

—¡Ya voy! —contesta desde su habitación. Con rabia. Encabronado. Se escucha un golpe seco. Vamos a tener que hablar seriamente de esas patadas al mobiliario familiar.

—La adolescencia es una época difícil —dice Julio a mi lado, más cerca de lo que estoy dispuesta a soportar. Me aparto, asqueada.

—Lo que es difícil es aguantar el divorcio de tus padres, tener dos hermanastros pequeños en tres años, que tu padre pase de ti cuando está contigo y, además, la adolescencia —digo con sorna ante su tonito condescendiente—. A ver si les haces un poco más de caso.

—Eres injusta, Loreto. Lo hago lo mejor que puedo. Intento hacerlo bien.

—Comprarles un helado y enchufarlos a la televisión mientras tú trabajas o te encargas de tus otros hijos no es hacerlo bien —corrijo, cabreada. Siempre fue un mediocre. Me cuesta encontrar en él al hombre del que me enamoré.

—Joder, Loreto. Sabes que estoy hasta el cuello. Yulissa está preparando oposiciones, es una buena oportunidad para ella

—No me cuentes tu vida. Solo te digo una cosa: Julito ya me ha pedido varias veces quedarse aquí.

No solo los miércoles, también el fin de semana.

—Julio palidece. Traga saliva. Me doy cuenta de que sus entradas son cada vez más pronunciadas, y las canas ya le ganan al negro en su pelo.

Está en forma —Yulissa es profesora de educación física— pero su piel está ajada, su ropa mal planchada y su móvil es el mismo que tenía cuando se marchó de aquí hace cuatro años—.

Y yo no tengo por qué mediar en vuestros conflictos y menos hacerte la vida más fácil a ti.

Solo a él. Si vuelve a pedírmelo, quedarse conmigo, me refiero, si se lo pide al juez, no me negaré.

Él me mira por primera vez con algo de resentimiento. Sabe que es culpable de la desintegración de la familia y, por el momento, agacha la cabeza y cierra la boca. No le queda más remedio que tragar, pero ahora está enfadado.

—Loreto, dame un respiro. ¿No te llega con haberme echado del bufete y desangrarme económicamente?

Yo me echo a reír. Hace tiempo que sus manipulaciones psicológicas han dejado de afectarme. La culpa vendrá después, lo sé, pero ya me ocuparé de gestionarla cuando llegue el momento.

—Te recuerdo que el bufete hizo una votación de todos los socios. O tú o yo. Y ganó quien era mejor abogado —dije con frialdad. Es cierto. Julio peca de mediocre en todos los aspectos de su vida. También en el laboral.

—¡Pero fuiste tú quien propuso la votación!

—Tú rompiste la relación matrimonial. Yo rompí la relación laboral. —Me encojo de hombros, ahora ya está fuera. Y no tiene ni el dinero ni las competencias ni las agallas para volver—. Estamos empatados.

—Esto no es una competición, Loreto. Ese es tu puto problema. Quieres ganar, ganar, ganar

—Creo que he perdido muchas cosas en mi vida.

—Lo he perdido a él, pero antes muerta que decirlo en voz alta.

Aprieto los labios y espero en silencio a ver si tiene los huevos de decirlo, pero no se da cuenta de mi debilidad.

Nunca lo ha hecho, para él siempre he sido invulnerable, indestructible.

Pese a diez años de matrimonio, no tiene ni puta idea de quién soy.

Y ahora ya es tarde—. ¡Julito, baja inmediatamente o te quedas un mes sin jugar a la Play!

Joder, son ya las seis menos cuarto. Boris va a llegar en cualquier momento.

Lo bueno de cumplir a rajatabla con los castigos, y eso es algo que he aprendido después de años de ser demasiado permisiva, es que tus hijos saben que ya no vas de farol. A los pocos segundos se escuchan las pisadas rabiosas de Julio por las escaleras.

—Adiós, mamá —dice con rencor.

Yo lo engancho del cuello y lo abrazo. Le planto un beso en la mejilla y le revuelvo el pelo, aunque ya casi mide lo mismo que yo.

—Nos vemos en unas horas. Aprovecha para pasar tiempo con tu padre. Es importante —digo bajito cerca de su oreja. Pese a todo lo que le suelto a mi exmarido, sé muy bien lo que tengo que hacer.

—Con papá, estaría bien. Lo malo es compartirlo con una ordinaria y dos críos insoportables que no paran de llorar.

Julio escucha lo que dice su hijo. Alto y claro. De hecho, ha encajado el golpe mirándolo a los ojos. Yo trago saliva porque ese «ordinaria» es culpa mía. A veces se me escapa delante de los niños, hablando por teléfono con Inés o con mi madre. Joder

—No hables así de Yulissa y tus hermanos. —Lo coge por los hombros y salen fuera, hacia el coche, donde Elena los espera desde hace un buen rato ya—. Tienes que respetarlos.

—¡Son hermanastros, lo que es muy diferente!

Ya no escucho sus voces. Cierro los ojos mientras toda mi fachada de mujer de hielo se rompe en mil pedazos. Suelto un suspiro de alivio al oír que el coche se aleja. Necesito una copa de vino. Me trago como puedo las ganas de llorar.

El timbre de la puerta me pilla saboreando el chardonnay.

¿Qué hora es? Miro el reloj de la cocina.

¡Joder! Son las seis y veinte. Es Boris.

Y llega tarde. Por un lado lo agradezco, porque he logrado recomponerme tras la debacle emocional.

Por otro es la segunda vez que llega tarde y eso me cabrea. Y mucho. Odio que me hagan esperar.

Compruebo mi aspecto en la puerta del horno.

No hay mucho que hacer, el maquillaje suave de esta mañana aguanta y el moño suelto puede valer.

Menos mal que llevo el batín de seda en vez de los leggins con agujeros y la camiseta de los Ramones.

Los miércoles siempre me arreglo. No para Julio, hace mucho tiempo, mucho tiempo antes incluso del divorcio, que no me arreglo para él.

Es un tema de poder. El aspecto exterior construye una coraza de eficiencia, de confianza, de superioridad. El timbre suena otra vez, impaciente.