Noches de desenfreno, mañanas de ibuprofeno #2
«Noches de desenfreno, mañanas de ibuprofeno. Chicas, mucho cuidado con el vodka. ¡Es muy peligroso!».
Avalancha de likes y comentarios de apoyo, pero veo que Carlos Mario me espera al final del pasillo. Lo hace para interceptarme antes que nadie, y eso quiere decir que hay algo gordo. Entro en el bufete. Las luces de los plafones me queman las córneas, lo juro.
—Buenos días, Loreto. Por Dior ¿qué te ha pasado? —Me mira de hito en hito, alargándome el café. Yo suelto un gemido en agradecimiento—. ¡Parece que te hubiese atropellado un camión!
—Algo parecido, Carlitos Mario. Ya te contaré. —Guardo las gafas y agradezco también que no haga ningún comentario sobre mis ojeras. Sí. El corrector tampoco ha funcionado—. ¿Cómo tenemos el lunes?
—He hecho pasar a tu despacho a una mujer. Una potencial cliente. —Lo suelta y compone un mohín culpable que me fastidia en sobremanera.
—Carlos Mario. Sabes que NO podemos aceptar más casos individuales por el momento.
¡Tenemos en marcha mucho más de lo que podemos gestionar!
—recalco el «no» con un gesto tajante de las manos.
Trabajo, los dos lo hacemos, por encima de nuestras posibilidades.
Prometí a los niños que pasaríamos más tiempo juntos y, si quiero que mi vida social se mantenga en el buen camino con Boris, Andrea y las chicas, debo negarme—. ¡No quiero saber nada!
—Lo sé, mi reina. Lo tengo claro. Solo déjame exponerte el caso.
—Tienes cinco minutos.
Coge aire y estira las manos a ambos lados del cuerpo como si se dispusiera a hacer un salto acrobático de gimnasia artística y se lanza.
—Mónica Ruiz. Cuarenta años. Dos hijos. Ya tiene el divorcio.
Separación de bienes. Acuerdo inicial amigable, ella tiene la custodia.
—Se detiene unos segundos y sé que ahora viene lo bueno—.
Él paga, religiosamente, una pensión de mierda con la que ella tira a duras penas, pero —Nueva pausa.
Me estoy cabreando por momentos—, ha descubierto que él vive con otra pareja y un hijo, y el tren de vida de Donald Trump.
Mónica reclama el doble, que es lo que le corresponde por ley como manutención.
Él se niega, aduciendo que no gana lo suficiente.
Arrugo la nariz. Algo huele mal, pero me hago la dura. Aún no me ha convencido.
—¿Situación económica de la nueva pareja? Quizá sea ella la que pone la pasta.
Carlitos Mario sonríe, depredador.
—Veinteañera cursando un máster de administración de empresas con varias interrupciones por la maternidad.
El hijo es de él. Nunca ha trabajado. —Yo he dejado de escuchar en la primera palabra.
Veinteañera. Putos hombres que solo piensan con los ojos y la polla—.
Para justificar sus ingresos, el marido presenta una factura de rédito mensual de dos mil quinientos dólares, y le pasa setecientos de pensión.
Se está construyendo una casa en Chicureo, así que no le dan las cuentas.
No contesto, pero Carlos Mario sonríe. Sabe que mi vendetta personal hacia los cabrones infieles destrozafamilias y asaltacunas, que además racanean el dinero, hace que tenga una debilidad malsana por estos casos.
Entramos en mi oficina y no me voy por las ramas. El tiempo es oro y dinero contante y sonante.
—Buenos días, Mónica. Soy Loreto Morán Vivanco, Carlos Mario me ha puesto al día de tu situación.
—Se la resumo con brevedad. Ella tan solo ha musitado un saludo y me mira con ojos huidizos y una sonrisa vacilante.
Soy experta en baja autoestima. He levantado la mía a base de perfeccionar una coraza externa mientras que por dentro estaba hecha una mierda, hasta que he logrado deshacerme de dicha mierda interior a base de terapia, alcohol e Instagram.
Bueno, más bien estoy en ello. La identifico en ella al instante, tanto la mierda como la baja autoestima—. ¿Qué podemos hacer por ti?
Incluyo a mi asistente porque es cierto que estoy hasta el cuello de trabajo.
Ahora mismo, el bufete está inmerso en la fusión de dos grandes compañías de telefonía móvil, un litigio con una gran constructora, una fuga de capital de una empresa de software y los casos de divorcio pendientes por cerrar; eso, además de la asesoría legal habitual a banca.
Cierro los ojos un par de segundos por el agobio que me genera hacer el repaso.
—Solo quiero lo que es justo —dice un poco más segura.
Es la rabia. Te sostiene en los peores momentos, no hay que subestimarla—.
Soy maestra de infantil, pero tuve que pedir reducción de jornada porque mis hijos son pequeños: cuatro meses y dos años.
—Me jode que lo diga como pidiendo disculpas—.
Setecientos dólares no es suficiente. Solo la guardería y pagarle a la chica que los cuida mientras yo estoy en el trabajo me cuesta eso.
Mis padres viven en Punta Arenas, no pueden ayudarme. Ellos tienen sus propios problemas.
Me siento tras el escritorio y me tomo un momento para calibrar su ganas. Porque estos casos pueden tomar dos caminos. Uno, el fácil: la otra parte no tiene ganas de meterse en litigios largos y caros. Dos, el correoso: la otra parte no cede y hay que enfangarse. Por no decir enmierdarse.
—Muy bien, Mónica. Una cosa antes de seguir. —Prefiero abordarlo de manera directa. No somos baratos—. ¿Te ha explicado Carlos Mario nuestras tarifas?
—Sí. Y estoy dispuesta a gastar todos mis ahorros o pedir un crédito con tal de que se haga justicia —dice con los ojos brillantes y los dientes apretados.
Eso es lo que quiero de ella—. Ese cerdo me ha robado los mejores años de mi vida, se desentiende de dos niños que también son de él, alardea de que derrocha generosidad y ahora esto.
¡Durante todo este tiempo tenía una relación paralela!
¡Otra familia! —La rabia toma las riendas y su tono de voz se clarifica, las palabras son más contundentes, su espalda se estira y su mirada es más directa—.
Viene a pasear a los niños veinte minutos en un puñetero Mercedes y me dice que no tiene dinero.
He tenido que dejar el piso porque no puedo pagarlo.
¡He vivido cinco años con él a todo trapo!
¿Y ahora me viene con que no tiene dinero? ¡Mentiroso!
Está que echa chispas y yo cruzo una mirada significativa con Carlos Mario.
Es de esos. De esos cabrones, psicópatas bien integrados, que mantienen una fachada perfecta durante unos años, cinco suele ser lo habitual, y que buscan una nueva víctima porque ya no son capaces sostener la farsa.
Borran su vida anterior como si no hubiera existido, sin mirar atrás. Sin importar las consecuencias.
—Mónica, déjalo en nuestras manos. Haremos unas averiguaciones preliminares y podremos decirte algo en un par de semanas.
—Carlitos Mario abre su portátil y empieza a teclear.
Redes sociales, buscadores de internet, lo que sea que demuestre que está mintiendo.
Tomo su mano y la aprieto, lo que voy a decir a continuación es importante—.
Tienes que saber que esto puede levantar mucha mierda.
Trapos sucios, secretos conyugales, miserias que quizá no quieras airear.
Ella alza la cara con expresión decidida y un rictus amargo. Sostiene mi mirada sin vacilar.
—No soy yo quien ha abandonado a sus hijos y ha vivido una relación paralela. No soy yo quien miente. —Yo escondo una sonrisa. Eso es lo que necesito. Hambre. Ganas de ganar. De desplumar al hijo de puta me ocupo yo—. No tengo nada que esconder.