De amor y vodka Noches de desenfreno, mañanas de ibuprofeno
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Noches de desenfreno, mañanas de ibuprofeno

Por supuesto, me he levantado con un dolor de cabeza apoteósico. Andrea acaba de llegar con los niños y mi aspecto debe de ser deplorable, porque me ofrece llevárselos de vuelta para comer por ahí.

—Mejor te los traigo después eh de la siesta —dice intentando aguantarse la risa.

Yo quiero morirme. Todas las intoxicadas neuronas de mi cerebro gritan que acepte su ofrecimiento, pero no puedo ser tan caradura.

—No, no. ¡Ya has hecho demasiado! Estoy bien. —Fuerzo una sonrisa valiente y hago entrar a los niños. Julito me echa una mirada que no sé si es acusadora o divertida. No me gusta verme juzgada por mi propio hijo—. Es solo que me ha sentado mal la comida rusa.

—Ya, ya —replica Andrea con sorna—. Será la comida del ruso. Dime que ha sido eso.

Yo suelto una risita tonta y niego con la cabeza. Un par de bocinazos le recuerdan que su marido y sus hijos esperan dentro del coche, en la calle.

—No. Lo invité a pasar, pero estaba —bajo la voz. Mis hijos tienen el oído muy fino y el puto don de la oportunidad—. Estaba borracha. Demasiado vodka. Él no quiso.

—¡Qué caballero!

—Qué desperdicio, querrás decir.

—Anda, pide una pizza y ponles una película. Va a llover. —Miramos el cielo sobre nuestras cabezas. De un tono plomizo y cargado de agua—. Mientras, duermes la mona.

—Oye, que ya no estoy borracha.

—Dijo la abogada con aliento a Stolichnaya.

—Beluga Gold Line —corrijo, un poco preocupada. Ahueco la mano sobre mi boca y me huelo el aliento. Antes lo hacía para esconderme de mis padres. Ahora, de mis hijos.

—¡Lávate los dientes y usa doble de enjuague bucal! —aconseja Andrea, muerta de la risa ante mi gesto. De nuevo, bocinazos insistentes—. Me voy. ¡Ya me contarás!

Vuelvo dentro de casa con la idea de redimirme como madre y subo hasta la habitación de Julito.

—¿Qué tal con los hijos de Andrea? ¿Lo habéis pasado bien? —Silencio total. Mirada clavada en el móvil—. ¡Julio! —llamo con impaciencia y el grito retumba en mi cabeza. Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por maternar.

Mi hijo me mira con cara de interrogación y saca de una de sus orejas, escondidas bajo la maraña de rizos negros, un auricular inalámbrico.

—¿Qué pasa, mamá? ¡Estoy escuchando música!

Advierto el fastidio y la impaciencia en su tono de voz. Tiene tantas ganas de hablar conmigo como yo con él, pero su cierta animadversión me hace insistir. Quiero que me busque. Que me quiera y me necesite como antes. Paradojas de la maternidad.

—Te pregunto si lo has pasado bien con los hijos de Andrea. Y si te apetece pizza para comer.

—¡Genial! Sí a la pizza. Y ha estado bien. Tienen la Play Station nueva.

Y, rehuyendo mi mirada, se coloca el auricular y da por concluido nuestro intercambio madre-hijo. Podría ser peor.

Noto el aviso de un mensaje en el móvil y voy a buscarlo antes de cumplir con Elena. Solo será un momento, pero es que necesito saber si es Boris. Decepcionada, leo el mensaje de Andrea.

Por cierto,

tu hija y la mía se quedaron de palique

hasta las seis de la mañana!

Así que, cuando me asomo a la habitación de Elena, está frita.

Siento una ternura abrumadora al verla así, abrazada a su osito de peluche.

Me recuerda a la bebé apacible y dormilona que siempre ha sido.

El dolor por lo perdido, por el ideal de familia que pudimos ser y no fue, me golpea sin piedad.

Maldito Julio. Maldito seas. Maldita crisis de los cuarenta, que te llevó a buscar en veinteañeras lo que no encontrabas en mí.

Maldito trabajo, en el que me refugié para no ver lo evidente.

Maldita Yulissa, que se cruzó en su camino y mató la posibilidad de reconstruir nuestro matrimonio.

—Mamá, ¿estás bien? ¿Pides ya la pizza, porfa? Tengo un poco de hambre.

Escucho la voz de Julito tras de mí. Me doy cuenta de que lágrimas de rabia y amargura ruedan por mis mejillas y las borro con las mangas de mi pijama. Porque aún estoy en pijama. Fuerzo una sonrisa sintética.

—Claro, mi amor.

Él sabe que no estoy bien, ni es un bebé ni es tonto, pero asiente con una sonrisa enorme y baja las escaleras con un grito de entusiasmo.

Ojalá yo tuviera esa capacidad infantil de confiar en que siempre habrá alguien que se ocupe de todo.

¿Quién coño me cuida a mí? No quiero ser egoísta ni olvidar que tengo amigas como Andrea, familia como Inés.

Pero una vocecita anhelante en mi subconsciente me dice que quiero otro tipo de cuidados.

Otro tipo de cariño. Otro tipo de amor. Como una promesa lejana, el recuerdo de Boris me hace mirar de nuevo el teléfono. Nada.

Llamo al Domino´s Pizza y encargo nuestras favoritas: jamón con champiñones y una de carne con salsa barbacoa. Me sirvo una copa de vino blanco, esta vez sin rastro de culpa. Me ayudará con la resaca y con la soledad.

Mientras mis hijos se meten la panzada de hidratos de carbono, me pregunto, con el móvil en la mano, si no debería ser yo quien lo contacte a él.

Me duele el cuerpo por la necesidad que tengo de ella.

Loreto se cuela una y otra vez en mis pensamientos.

Me meto bajo la ducha con el objetivo de que las agujas de agua fría me despierten del letargo por la falta de sueño y de sexo.

Llevo dos noches sin dormir. Hoy he despertado con una erección rabiosa y cubierto de sudor.

Loreto. Lorenka ya para mí. La abogada agresiva.

Mi gatita furiosa. Suelto una risotada. ¡Me mataría si supiera que la llamo así!

Y sin embargo qué vulnerable la sentí. Frágil. Expuesta. Necesitada de mí. Me toco los labios cuando el recuerdo evoca en ellos el ardor de sus besos. La urgencia de su abrazo. Su aroma de mujer, a perfume caro, de diosa, y el almizclado de su piel, que ya no olvidaré.

—Qué tonto eres, Borya —digo en voz alta.

Reflexiono mientras me seco y termino de vestirme. Iré al gimnasio. O llamaré a Erik para ir a correr. No quiero estar solo hoy. Quizá me acerque hasta la iglesia ortodoxa, aunque sé que entonces el remedio será peor que la enfermedad.

¿Por qué no accedí a sus deseos? Habría sido tan fácil

Suspiro. Por puro egoísmo. Por pura vanidad.

Porque quiero que me desee de verdad, sin vodka de por medio.

Y también preferiría que lo hiciera sin despecho ni rencor, aunque quizá pido demasiado.

No soy quién para exigir que el pasado no lastre el presente o condicione el futuro.

Hay apuestas arriesgadas que haces en un momento de tu vida y, cuando pierdes, después cuesta tiempo pagar.

Nadie lo sabe mejor que yo, que lo he perdido todo.

—Perdóname, Katya. Y tú, pequeño Sasha.

Me beso los dedos y los poso sobre las imágenes que me acompañan desde que salí de Rusia, en torno a las que he improvisado un pequeño altar. Ya se han cumplido diez años de mi exilio. Y también desde que los perdí. Cómo pasa el tiempo.

Suena el móvil y me arranca sin contemplaciones de mis pensamientos. Debe ser del hospital, estoy de guardia localizada.

Loreto.

Me invade el pánico. Es ella. Como un adolescente, me abalanzo sobre el aparato y los nervios tornan en inútiles mis manos. Como si tuviera vida propia, el móvil salta entre mis dedos y cae al suelo.

—Maldición

Vuelve a sonar. Tengo que calmarme, parezco un niño.

—Buenos días, Lorenka.

—Hola, Boris. —Su voz suena algo pastosa y sonrío. No está acostumbrada al vodka. Maldito vodka aunque también tengo que darle las gracias por esos besos. Te quita y te da. Como Dios—. ¿Qué tal estás?

—Un poco cansado. No he dormido demasiado bien. —Me gustaría decirle que es por su culpa. Por su piel. Por su aroma. Por su carácter de mierda, eso también.

—Vaya, lo siento yo tengo una resaca que me dura hasta hoy. —Suelta una risa suave que me sana por dentro—. Mi primer encuentro con el vodka me ha tumbado.

—Ah, pero has aguantado como una fiera. ¡Tienes buena resistencia, mujer! —digo admirado. Es verdad. Solo había que contar los vasitos de cristal frente a nosotros. Y me consta que más de uno de ellos recibió doble o triple ración.

Un silencio expectante se alza entre nosotros. Yo no sé qué decir. Ella suspira.

—Boris, quería quería pedirte perdón. Por lo del viernes. —Suena sincera. Y aunque todavía no la conozco demasiado, imagino que no es fácil para ella—. Me comporté como una adolescente descontrolada.

Una carcajada escapa de mi garganta.

—No seas tan dura contigo misma, Loreto. El vodka es así, quita las máscaras y también las inhibiciones. —Me detengo unos segundos y pondero lo que voy a decir. Pero la vida es demasiado corta como para rechazar las cosas buenas que te ofrece—. Me gustaron tus besos. Me gustó tu invitación, pero

—Ay, respecto a eso, gracias. También. —Suena mortificada—. Por ser un caballero.

Me divierte y enternece su turbación.

—No lo hice por caballerosidad, Loreto.

—Lo hiciste por lástima, claro. —Su voz se endurece un poco. Se castiga por su desliz y yo prefiero sacarla de su error. Quiero tenerla complaciente y un poco arrepentida, sí, pero no con dudas.

—No. Lástima, no. Jamás. ¿Por qué no nos vemos? Puedo explicarte.

Otro silencio. Cierro los ojos y ruego. Sí, ruego. Que diga que sí. Que diga que sí.

—Esta semana lo tengo complicado, me quedo a los niños el fin de semana. Hasta la semana que viene

—Demasiado tiempo. Quiero verte antes —interrumpo yo, algo impaciente.

—Entonces el miércoles. Los niños pasan la tarde con su padre, ¿puedes recogerme en mi casa?

—El miércoles. ¿Sobre las seis?

—A las seis está bien. Boris

—¿Sí?

—Tengo ganas de verte. Hasta el miércoles.

—Da svidániya, Lorenka.

Mi ánimo se aclara de pronto diez tonos de gris.

Estoy vieja. No es normal que sea ya lunes por la mañana y siga con un dolor de cabeza equivalente al de un botellón.

Me saco una foto en el ascensor con las gafas de Gucci que me cubren media cara y la otra media me la tapo con la mano.

Así luzco manicura y oculto el tono amarillento de mi piel.

No he logrado esconderlo ni con dos capas de maquillaje.