De amor y vodka Vodka, blinis, besos #3
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Vodka, blinis, besos #3

Y me besa. Experto, dominante, sabio. Me derrito como hielo al sol, la humedad entre mis piernas lo delata. Oh, joder. ¡Qué bien besa! Ya no pienso, solo siento. Cómo mi corazón se acelera, mi respiración se entrecorta, mis músculos se aflojan y la excitación se exacerba.

—Vamos a mi casa —jadeo cuando se aparta.

Él me mira durante unos segundos con intensidad y no dice nada.

Solo abre la puerta del coche y me ayuda a acomodarme en el asiento.

Se inclina sobre mí para atarme el cinturón de seguridad y ríe con suavidad cuando vuelvo a atraparlo entre mis brazos y busco más de ese beso. Él solo me regala un roce de labios.

—¡Qué tacaño! —me quejo, mimosa. Él vuelve a reír entre gestos de negación.

No recuerdo muy bien cómo llegamos a mi casa, solo sé que el viaje empeora la sensación de mareo.

Necesito salir del coche y abro. Dios, ¿hace cuánto tiempo que no me dejaba llevar así?

Bebiendo desinhibida; riendo a carcajada limpia, sin importarme una mierda las consecuencias años.

Lustros. ¿Décadas? El pensamiento me deprime un poco.

Me bajo del coche, trastabillo y caigo de rodillas.

El contenido de mi bolso se desparrama por la acera.

Ahora mismo, estoy a cuatro patas frente a mi lujosa casa de arquitectura vanguardista intentando recopilar mis pertenencias.

Los vecinos van a alucinar. Los focos sensibles al movimiento se encienden e iluminan mi borrachera en toda su magnitud.

—¡Loreto! —exclama Boris, preocupado. Corre hasta mí y se agacha para ayudarme a recuperar mis posesiones. Algunas han rodado bastante lejos—. ¿Qué es esto?

Mierda. Entre el índice y el pulgar levanta la pequeña tira de la que cuelga mi pequeña bala vibradora. Es muy cuqui, azul reina y con una banda plateada. Me entra una risa tonta.

—¡Oh, nada que vaya a necesitar esta noche! Al menos, eso espero.

Intento llegar hasta él y acaba por levantarme en brazos. ¡En brazos! Como si fuera una pluma. Me siento delicada y femenina. Será una chorrada, pero ¡cómo me gusta la sensación!

—¿Cuál es el código, Lorenka? —pregunta frente al panel electrónico de la entrada.

—293746 no, espera. —Lo cambié cuando Julio se mudó, pero mi mente alcoholizada se va al recuerdo afianzado durante más años. Es difícil deshacerse de las viejas costumbres. Las que se transforman en hábito automático—. Joder al revés. 647392.

—No muy original, pero supongo que seguro —murmura él mientras teclea los números en el panel.

No sé cómo lo hace, pero se las arregla para hacerlo conmigo en brazos. Me sostiene con una mano en mi culo y yo recostada sobre su hombro. Loreto, contrólate. Tengo infinitas ganas de refregar mis tetas contra él.

Recuerda el código sin que tenga que repetírselo cuando llegamos a la puerta de casa. Hora de la verdad. Hago un esfuerzo por incorporarme y rodeo su cintura con mis piernas. Encierro su rostro entre las manos y lo obligo a mirarme.

—Llévame a la cama, arriba. Quiero acostarme contigo.

Y para apoyar mi afirmación, lo beso yo a él.

Me da por pensar que he perdido la práctica, dos años sin besar a un hombre y unos cuantos más haciéndolo por inercia, por costumbre o incluso por obligación.

Ahora que lo pienso, es un poco patético.

Pero el gruñido bronco de su garganta me anima a estrechar el cerco, atenazarlo con fuerza entre mis muslos, hundir los dedos en su pelo corto y duro y fundir mi boca con la de él.

La mezcla entre borracha y cachonda perdida no es una mala combinación.

No conoce la casa, pero no tarda en subir por las escaleras. Seguimos fundidos en este beso, ahora un poco torpe en movimiento. Me sobra la ropa. Me hace gracia tocar esa cadena de oro sobre su cuello. Me mareo, joder.

Después de un intento fallido en la habitación de Julito, acierta con la mía.

Me pongo un poco nerviosa, nunca ha entrado un hombre aquí después de mi ex.

Él me deposita en la cama con delicadeza, me quita los tacones, ¿se puede ser más tierno?

Yo abro las rodillas y estiro los brazos hacia él cuando se aparta.

—Ven. Quiero tenerte encima de mí. Vamos. ¿A qué esperas? —Me encanta, y me viene muy bien, que el alcohol me otorgue la valentía necesaria para invitarlo.

Una sonrisa triste cruza su rostro. Desliza un dedo por mi pómulo y me coloca la melena desordenada tras la oreja. Se inclina sobre mí y me besa. Soy caramelo caliente en su lengua.

—No, Lorenka. Está hablando el vodka —susurra sobre mis labios y yo intento retenerlo, lo agarro por la cinturilla del pantalón, pero él me retira la mano con suavidad—. En otra ocasión.

No sé muy bien qué pasa después de que se va.

Sé que golpeo el colchón con los puños y que lo llamo a gritos, enfadada.

Que intento masturbarme ante la inmensa frustración que me envuelve, pero estoy perdida entre el calentón y el alcohol.

Por fin, me duermo con su aroma masculino clavado en el centro de mis pensamientos. Y sueño con él.