Vodka, blinis, besos #2
Por un momento me desconcierta la intimidad de la pregunta.
Dejo el té de lado y me decanto por el vodka, porque lo voy a necesitar.
Por la forma, es muy literario al hablar.
Y, sobre todo, por el fondo. ¿Quién soy?
Me encuentro en un desnudo frontal y no me gusta sentirme vulnerable.
Cierro los ojos y me abandono por un instante a la imagen de ser abrazada por él, hacerme pequeña entre sus manos, fundirme en su torso de coloso y soltar. Solo soltar toda esta mierda.
Sonrío, insegura.
—No lo sé.
Él no me presiona. Simplemente, espera. Escondo la cara entre las manos y me la froto en un intento de reunir retazos de mi vida y fraguar una definición.
Me entran unas ganas inmensas de fumarme un pitillo; pese a que le juré a los niños por lo más sagrado que lo había dejado, todavía me escondo para disfrutar del placer culpable.
Me arranco de la contemplación de las manos fuertes que reposan encima de la mesa y que imagino recorriendo mi cuerpo.
—No lo sé, Boris. —Cojo el chupito, doy un pequeño sorbo y lo mantengo en mis dedos para interponer entre nosotros aunque solo sea una débil barrera—. Supongo que, tras lo que me ha pasado estos últimos años, no sé muy bien quien soy. Necesito redefinirme.
—¿Y qué te ha pasado? —pregunta con curiosidad infantil.
Yo suelto una carcajada mojada en vodka.
¿Qué no me ha pasado? Me recuesto en la silla y asiento.
Sí. Estoy lo bastante cómoda como para hablar de ello, lo bastante borracha como para que me dé igual lo que piense y, además, no existe entre nosotros una intimidad tan profunda como para que todo lo que voy a exorcizar tenga alguna importancia.
Y siempre puedo echarle la culpa al alcohol.
—Supongo que la clave está en lo que has dicho: toda mi vida me he definido por mis logros.
Primero académicos, después laborales —Al expresarlo en voz alta me doy cuenta de que es así.
Joder. Nos hemos visto dos veces y me ha calado totalmente—.
Hasta tal punto que el resto de facetas se han desdibujado y me he perdido a mí misma.
—Eres más que tu trabajo, Lorenka —asevera con esa contundencia que me desconcierta un poco. Debe pesar unos cien kilos de puro músculo y parece que los deja caer a plomo sobre cada afirmación. No me importaría tenerlos sobre mi cuerpo.
—Me casé muy joven, eso también influyó.
He tardado en aprender a estar sola después del divorcio —digo entre risas.
La concatenación de fracasos de Tinder, Meetic y Badoo no cuentan—.
Nos conocimos en el colegio, empezamos a salir en la facultad de derecho y nos casamos al terminar la carrera. Justo un año después, nació Julio.
—Es un recorrido vital que muchos escogen —dice, pensativo. Quiero preguntarle si fue así para él, pero se adelanta una vez más—. ¿Cuántos años tiene tu hijo?
—Trece años. ¡Un horror!
Reímos juntos. Oleg trae el postre y, pese a que he comido como una cerda, me lanzo sobre más blinis, esta vez con una crema dulce y recubiertos de azúcar flor. Y Boris me sirve más vodka.
—Y tú, Boris. ¿Qué puedes decirme de ti?
—¡Bah! No soy una persona interesante —dice, encogiéndose de hombros.
Me explica vaguedades sobre la desintegración de la Unión Soviética, que vivió en San Petersburgo y que se vino a Chile hace unos diez años.
No explica las razones. Tampoco quiero que lo haga.
Lo cierto es que tengo calor. Mucho calor.
El vodka tiene que ver, pero también la atracción, el deseo.
Unas cuerdas invisibles que tiran de mí hacia él.
Mi cuerpo se entona con cada una de sus palabras.
No puedo apartar la mirada de sus labios carnosos, de la lengua cuando habla, del destello de sus dientes.
Imagino esa boca en acción entre mis piernas y me entra la risa floja.
Él ríe conmigo, ¿qué pensará? Dios estoy un poco borracha.
Él también está acalorado; su rostro, enrojecido y su frente perlada de una fina capa de sudor.
Como estoy muerta de hambre, pero no de comida, dibujo en mi mente que lo lamo con suavidad. No me juzguéis. Dos. Largos. Años.
Delante de Boris hay una fila ordenada de vasos de chupito.
Los mismos que hay en desorden frente a mí.
Nos hemos bajado la botella de Beluga enterita.
Tengo la cabeza un poco ida y me da la risa tonta, porque no sé si es por el pelotazo de azúcar de esta especie de panqueques con crema y fruta o por el alcohol.
Se me ha pasado el cabreo. He dejado de fijarme en la dichosa cadena de oro desde hace rato, ahora me centro en el cuello, como el de un toro: recio, poderoso.
Tengo ganas de rodearlo con mis brazos y encaramarme a él. Tiene que ser el alcohol.
Salimos entre risas del local. Ay, joder. Hago un par de eses al andar y Boris me sostiene por la cintura.
—¡Ah, el vodka! ¡Es peligroso! —ríe él. Yo aprovecho la cercanía para hundir la nariz en su pecho. Joder, que bien huele, me aferro a su cuerpo. Es inmenso, masivo, y a la vez cálido y acogedor.
Llegamos al coche y él intenta abrirme la puerta, pero se lo pongo difícil.
Le he abierto la sudadera y busco piel. Repaso los resaltes musculares de sus hombros con los dedos, subo hacia su cuello, los entrelazo tras su nuca.
Joder, tengo que ponerme de puntillas y pegarme a su torso.
Tiro de él hacia mis labios. Necesito un beso.
Necesito un polvo. Necesito que me folle. Ya.
—Boris —La voz sale desde el centro mismo de mi vientre.
—Lorenka, Lorenka —susurra sobre mi boca. Siento un mareo que nada tiene que ver con el alcohol—. ¿Qué haces, mujer?