De amor y vodka Vodka, blinis, besos
11%

Vodka, blinis, besos

Llega el viernes. El estado de nervios en el que he pasado estos días me desespera, pero también me encanta. ¿Hace cuántos años no tenía esas mariposas en la tripa por una cita?

Hay una regla maravillosa en la oficina para celebrar la llegada del fin de semana: código de vestimenta informal, así que en la foto que subo a mis redes sociales llevo vaqueros, botas de tacón y un jersey suelto de angora que insinúa con suavidad mis formas.

Y otro pañuelo de la tienda. Le he echado un poco de morro y lo he pedido de colores que me favorecen más. Etiqueto, pongo capción.

Tengo una cita, ¡no me esperéis despierta!

No espero a las reacciones.

Joder, son pasadas las ocho y Boris no llega.

El primer pensamiento que me invade, yo siempre tan amable conmigo misma, es que me ha dejado plantada.

No debería, pero me sirvo otro café que termina por ponerme los nervios de punta.

El bufete está en silencio. ¿Le mando un mensaje?

¿A la mierda? ¿Me voy? ¿Lo espero? Pongo una serie de Netflix estúpida pero muy divertida sobre una loca en París que me encanta en un intento de diluir mi desazón.

—Doctor, ¿me puede explicar de nuevo la terapia anticoagulante? No la entiendo.

Cierro los ojos un segundo y me armo de paciencia.

La anciana que acabo de dar de alta pasará encamada una buena temporada y, si no se inyecta la heparina, podría sufrir una trombosis.

Le he entregado instrucciones por escrito con las partes importantes resaltadas en amarillo fluorescente.

Se las he explicado ya dos veces, pero ni ella ni la familiar que la acompaña parecen procesar la información.

Echo un vistazo a mi reloj, ¡tarde, tarde!

Llego tarde. No es una buena carta de presentación.

Quiero cenar con Loreto hoy y quizá llevármela a la cama.

Busco desesperado una solución y diviso al residente de primer año deambular sin propósito en la vida por el pasillo

—¡Eh! ¡Futuro traumatólogo! ¡Ven! —No recuerdo su nombre y él me mira inseguro, se señala el pecho con cara de interrogación—. Sí, tú, ¿quién va a ser? Ven un momento.

—Doctor Radchenko, ¿algún problema?

—Ningún problema. Esta paciente, Marta Ruíz, ya tiene el alta, pero quizá estoy fracasando en explicarle la terapia anticoagulante.

—Le lanzo una sonrisa a la ancianita y a su acompañante, que mira al residente barbilampiño con suspicacia—.

Ya sabes, ¡soy ruso! ¡Mal manejo del idioma!

—Paso el brazo por los hombros del jovencísimo médico para reafirmar su posición—.

Este magnífico doctor eh doctor Martínez —leo en la placa de su bata—, le va a explicar con todo detalle lo que hay que hacer. ¡Nos vemos en la consulta!

Apunto que le debo al residente un par de chupitos de vodka, aunque más bien le vendría mejor un plato de borsch bien cargado o un biberón para crecer.

Le doy las gracias, una palmada en la espalda que lo hace trastabillar y huyo sin mirar atrás.

Necesito salir del hospital y esprinto hacia el vestuario.

Una ducha rápida, vaqueros, camiseta y una sudadera sencilla.

No quiero críticas, así que voy sobre seguro.

¡Qué lengua tan afilada tiene esta mujer!

Tarde, tarde, tarde. Voy tarde. Pienso en mandarle un mensaje, pero prefiero conducir como un loco hasta su bufete. Así no me arriesgo a que desaparezca. Aparco en un carga y descarga rezando para que no me valga otra multa, y maldigo mi mala suerte por la eternidad que tarda en subir el ascensor.

Paro un momento para observar el lujo del vestíbulo de madera clara, acero y cristal templado al que llego: «Morán, Aristegui y asociados». Me resulta un poco pretencioso, desde luego rezuma agresividad.

—¿Loreto? —llamo, inseguro. El interior está en penumbra. A través de una puerta entreabierta sale un poco de luz y avanzo—. ¿Estás ahí?

—Hola, Boris. Pensé que ya no llegabas.

Está tensa, enfadada. Intenta disimularlo con una sonrisa forzada, pero sus ojos no mienten. Me fulmina con la mirada.

—Ah, Loreto. ¡Lo siento! —Junto las manos en señal de contrición—. He venido en cuanto he podido. Me han retenido en el hospital.

—Podías haberme avisado. Me hubiera ido a casa.

Se cruza de brazos y se le cae una de las comisuras de la boca en un gesto triste y cruel.

—No. No te he avisado, porque te habrías ido a casa —digo con lógica aplastante—. Me apetecía mucho verte. Y cenar contigo. Si todavía quieres

Ella suspira y hace ese gesto exasperado de levantar las manos al cielo.

—¡Argh! Ahora ya estás aquí. Vamos. Es tarde y tengo hambre —gruñe, cogiendo el bolso con un gesto brusco. Ahí está de nuevo la gatita furiosa—. Más vale que sea bueno.

Cuando le abro la puerta y lucha por encaramarse al asiento del copiloto, muy elevado, resisto la tentación de agarrarla por el cinturón y subirla, pero no quiero enfadarla más.

—Este coche es ridículo. —Sigue con sus refunfuños.

—¿Música? —Yo no quiero discutir, pese a que me duele en el alma que insulte a mi Proriv[3]. Pongo Prokofiev a un volumen bajo—. Llegaremos enseguida.

Las arias de ópera suavizan un poco la tensión mientras me concentro en el tráfico infernal de la ciudad. Una de las mejores cosas de este coche es que todos se apartan a mi paso, pero aún quedan las «micros», que no tienen ninguna piedad.

—¿Qué es esto? —pregunta por los iconos que cuelgan del retrovisor entre sus dedos.

—Santos. Me protegen. ¡No deben tocarse! —digo supersticioso al ver que ella los separa para estudiarlos—. Santa Mariya, San Basilio, San Isaías todos me guardan.

—¿Eres muy religioso? ¡Nunca lo hubiera dicho!

Yo no puedo evitar reír.

—Tú eres muy prejuiciosa. ¡Nada sabes de mí!

No le gusta mi comentario, vuelve a su mueca enfurruñada y gira su rostro hacia el cristal. ¡Qué caprichosa!

—En realidad es más tradición que fe, sladkaya. Aunque consuela un poco confiar en que existe algo más allá de la muerte —añado para llenar el silencio entre nosotros. No contesta, pero al menos se gira hacia mí y me lanza una mirada intrigada.

Llegamos a la Sociedad Gastronómica Rusa y, mientras nos conducen a mi mesa habitual en la esquina más protegida del comedor, la veo examinar el decorado con una profusión de reliquias soviéticas: banderas, gorras militares, charreteras, pasquines y carteles, con el ceño fruncido.

Como siempre, el galimatías de voces, risas, brindis y discursos encendidos puebla el pequeño restaurante.

Hago un gesto de saludo hacia algunos conocidos, habituales como yo por aquí.

—Muy pintoresco —dice aguantándose la risa. Mala mujer. ¿Por qué no ríe abiertamente?

—No es nada lujoso, pero la comida ¡Ah, la comida! —exclamo al pensar en lo que nos espera—. Te va a encantar. Fíate de mí.

—Ya veremos. No sé si eres de fiar.

Porque sigue enfadada, esa es la respuesta; y yo empiezo a sentirme incómodo. La culpa es mía y busco algo con lo que aplacarla. Guardo el pequeño libro de Pushkin para ella en el bolsillo, quizá podría obsequiárselo ahora pero aún no. No es el momento.

—Boris, ¡la carta está en ruso! —dice enfadada. Lanza el tarjetón sobre la mesa.

—Lorenka dale la vuelta —explico con paciencia. Si no fuera porque tengo grandes planes para esta noche, la mandaría a la mierda—. La tienes en español atrás.

No dice nada, solo la gira en un movimiento brusco e impaciente. Su actitud comienza a molestarme. Me gusta su rapidez mental, nuestro juego de bromas y puyas, pero está a la defensiva y su conducta roza la mala educación.

—No entiendo nada de los platos, ¿qué se puede comer?

La miro durante un par de segundos. Y lo decido en ese preciso instante. Voy a borrar a base de orgasmos ese rictus amargo, voy a hacerla tragar todos sus desplantes junto con mi polla y, a gritos, me va a pedir perdón.

—¡Oleg! ¡Comida y vodka! Un poco de todo —alzo la voz al aire. El resto de clientes me mira con cierta sorpresa, pero el bullicio vuelve pronto a su volumen anterior. El enorme ruso que regenta la barra me hace un gesto con la mano.

—¿Qué has pedido? ¡Has hablado en ruso!

—Ya lo verás.

Me dedico a estudiar a Boris mientras degustamos los distintos platos.

El borsch de remolacha está espectacular.

Me explica los detalles de cada receta y es cierto que, cuando pruebo el blini de salmón con crema agria, casi muero del gusto.

Entre bocado y bocado, bajan los chupitos.

Así, a palo seco. Oleg nos ha servido vodka de al menos cinco clases distintas y el cabreo se diluye en miradas y risas.

Boris es expresivo y cálido. Ahora, en confianza, ríe a carcajadas estentóreas, hace aspavientos con los brazos para enfatizar alguna frase, su mirada es fiera cuando apoya una afirmación, aunque sea tan simple como que debo probar el filete o cuando me niego —débilmente, es verdad— a un nuevo trago.

Es atractivo. Es muy atractivo. Tanto, que ignoro su sudadera deportiva negra, blanca y verde fosforito que, por muy Hugo Boss que sea, es hortera a matar.

—Loreto, háblame de ti —pide tras un silencio expectante. Las luces se han atenuado, ya no somos tantos en el comedor. Oleg ha puesto un precioso samovar en la mesa y sujetar la taza de té entre las manos genera una atmósfera especial entre nosotros, cargada de expectación.

Yo me lanzo a explicarle mi papel en el bufete, mis cuentas de clientes, los últimos casos ganados quiero impresionarlo, pero él me interrumpe con un gesto impaciente.

—No, no, no. ¿Por qué te defines con tu trabajo?

Quiero saber quién eres, al margen de la productividad.

—Hace una pausa y sus ojos celestes, perturbadores de tan claros, me observan con intensidad.

Nada de té para él, se sirve el vodka que más nos ha gustado, el Beluga Gold Line, y me pone otro chupito a mí—.

¿Quién es Loreto, la mujer fascinante que está sentada frente a mí?