De amor y vodka Intercambio
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Intercambio

Hoy he quedado con Andrea. De hecho, nos hemos juntado, ella y yo solas, un par de veces después del día del Tiramisú.

Será la afinidad por estar ya en los cuarenta o por la manera similar que tenemos de mirar las cosas, pero siento que encajo mejor con ella.

Y reconozco que no me apetece aguantar a Inés con su vida perfecta y sus problemas del primer mundo, ni a Nacha con su depresión postparto.

Lo siento, de verdad. Las quiero con locura, pero estoy hasta el culo de trabajo, Carlitos Mario está de vacaciones y necesito a alguien que no sean mis hijos o con un contrato de por medio para desahogarme y hablar.

Inés me ha llamado para sonsacarme, claro, pero es Andrea a quien me apetece contarle la jugada. Entre unas cosas y otras no hemos logrado sacar un rato hasta hoy.

También podría llamar a Boris.

Miro el móvil y sonrío al ver que tengo una llamada perdida de él marcada en negrita desde hace días. Aún no se la he devuelto porque fue seguida de un mensaje un poco irritante. Vuelvo a abrir el WhatsApp.

Para que tengas mi número,

lo de las lenguas no me corre prisa

por el momento.

¿Por el momento? ¡Ja! Pues ya puede esperar sentado, porque no pienso llamarlo.

Han pasado ya diez días desde su mensaje.

La primera semana no lo llamé porque el finde me tocaba estar con los niños.

Esta, porque no he tenido ni un solo segundo libre.

Encima, los bebés de mi ex y La Ordinaria están enfermos.

Los dos. Gastroenteritis. Y me han pedido que, solo este fin de semana y como excepción, Julito y Elena se queden conmigo en casa.

Ya les cobraré bien caro el favor, aunque en secreto lo prefiero.

No quiero provocar una pandemia intrafamiliar.

Por cambiar un poco hemos ido al Tavelli de Providencia, en vez de al Tiramisú. Mientras espero a mi amiga, saco una foto artística del chocolate y el pionono de crema que me voy a zampar. Estoy famélica. Comparto en Instagram y escribo la capción

El mundo gira más despacio con un poco de dulce y una buena amiga para charlar.

Qué cursi, joder. Pero a mi audiencia le gusta, porque empiezan a llegar los likes y los comentarios, y voy contestando, distraída.

—Hola, Loreto. Perdona la tardanza, he dejado a los niños en clase de pintura antes de venir. —Llega como una exhalación, todavía empujada por la inercia de su tarde de locos y todo el peso de su carga mental—. ¡Un café y un cruasán! —pide al vuelo al camarero que pasa junto a nuestra mesa.

Nos ponemos al día de las últimas novedades de trabajo, niños, casa. Pero yo estoy deseando soltarle lo mío y obtener información de primera mano.

—¿Sabes quién era el de la cita a ciegas? Creo que tú lo conoces, es del San Lucas. —Hago una pausa efectista al lograr la total y completa atención de Andrea—. Boris. Boris Radchenko, ¿sabes quién es? ¿Qué datos jugosos puedes darme?

Suelta un silbidito admirado y asiente con vehemencia.

—No lo conozco mucho, pero desde luego, es una de las razones por las que vale la pena ir todos los días a trabajar. ¿Y qué tal ha ido?

Le cuento los detalles de la velada y no podemos parar de reír. Cuando describo el atuendo de Boris, tengo que hacerla callar porque las carcajadas hacen que la gente nos mire mal.

— y ese es el resumen. —Le enseño su mensaje con el doble visto azul y sin contestar en mi móvil—. Es de hace unos días. En algún momento tendré que decirle algo.

Andrea recoge su melena, la arrampla sobre su nuca y se hace un práctico moño. Parece calibrar la situación. Debería darle las gracias a Inés por ponerla en mi camino, hacía mucho tiempo que no encajaba tan bien con una amistad.

—¿Y qué vas a hacer? Está claro que tiene interés por ti, ¡llámalo!

—Uhm eso no lo tengo tan claro, Andrea. Ha sido muy divertido, no lo voy a negar. Pero no voy a llamarlo —aclaro ante su expresión desilusionada—. Necesito otra cosa en mi vida. Alguien que sepa combinar la ropa que se pone como un adulto funcional, joder.

—Pues a mí me parece que te ha gustado. Llevas casi una hora hablando de él —rebate ella echándole una mirada significativa a su reloj—. ¡No me has dejado ni abrir la boca!

—¿En serio? Joder puede ser. —Lo cierto es que sí, me ha impresionado, lo reconozco con la boca pequeña.

Todavía no tengo la confianza suficiente con Andrea como para contarle que, después de la cena y al llegar a casa, me masturbé como una enferma pensando en él—. Pero no, no me convence. No es para mí.

Y porque el destino se cachondea de mí continuamente o quizá por la mentira flagrante que acabo de soltar, suena mi móvil y en la pantalla aparece el nombre de Boris bajo una foto del tanque absurdo que es su automóvil. Me pongo como una niña pequeña.

—¿Qué hago? ¿Lo cojo?

—¡Cógelo, tonta! ¡Es él! —suelta dándome una palmada en el hombro que me pica bastante. Siento que vuelvo a tener dieciséis.

—¡Boris!

—Hola, Lorenka. —Lorenka hum me encanta como suena. El nombre se enreda en su lengua, lo dice lento, saboreándolo—. No me has llamado.

—No he tenido tiempo. ¿Acaso necesitas asesoría legal? —No me atrevo a mencionar las lenguas, pero sé que, al igual que a mí, le rondará en los pensamientos. El ríe.

—No, no. En realidad pensaba invitarte a unos chupitos de vodka para que aprendieras a beber de verdad, pero quizá sea mejor empezar por un café y unos blinis —dice sin inmutarse. Tiene valor, el ruso.

—¿Blinis? ¿Qué es? —pregunto, curiosa. Andrea abre los ojos, se pasa la lengua por los labios en la señal universal de alimento delicioso y alza su pulgar en aprobación.

—Ah, mejor lo pruebas. ¿Te parece?

—¿Cuándo? ¿Ahora mismo?

—¡No, no! ¡El viernes! —dice riendo. Y yo soy boba; ¿tantas ganas tengo de verlo? —. Ahora estoy en el hospital. Mejor el viernes.

Busco en mi agenda mental compromisos importantes, pero mi vida social, hasta hace muy poco, era inexistente. Me hago un poco la interesante antes de contestar.

—Sí, el viernes tengo un hueco. ¿Cómo hacemos? ¿Me pasas a buscar al bufete sobre las ocho? Te mando la dirección.

—Perfecto. El viernes. Tu bufete. A las ocho. Ahí estaré. Da svidániya!

Doy un gritito de entusiasmo. ¡Tengo una cita!

Andrea, que ha escuchado toda la conversación, me mira con cara de cachondeo supremo.

—¿No era que no te gustaba?

—Ay, ¡déjame disfrutar un poco de mi victoria! —protesto ante su puyita.

—No, si a mí me parece genial. Pero

—¡Pero, qué! —me impaciento—. ¡Alégrate por mí, joder!

—¡Claro que me alegro! Pero ¿tú este fin de semana no tenías a los niños? Porque es lo que me pusiste como excusa para no venir a cenar a casa. —Se apoya sobre los codos y amplía aún más su sonrisa. Disfruta con mi sufrimiento—. Y por eso estamos aquí hoy, que es miércoles.

Pestañeo un par de veces. Mis hijos se acaban de volatilizar de mi planificación semanal. ¡Puf! Desaparecidos. Mala madre es poco.

—Joder. ¡Es verdad! ¡La gastroenteritis! ¿Y ahora qué hago? —digo con un tono que no esconde ni por un segundo mi desesperación. La mera idea de llamar a Boris y deshacer el plan me mata.

—¡Pues sí que te ha dado fuerte el ruso! —exclama Andrea entre risas—. Anda, déjamelos a mí. Haré plan de cine casero, palomitas y pizza. Seguro que tus hijos y los míos se llevan bien.