Lorenka y Boris #3
Erik nos mira a las dos de manera alterna, también incómodo, así que cojo mi bolso y mi chaqueta, les doy un abrazo rápido para acabar pronto el trámite y le dedico a Boris un gesto seco con la cabeza.
—Adiós, Boris. Ha sido interesante conocerte.
—Da svidániya, Loreto. Lo mismo digo.
Estaba ya caminando hacia la puerta, pero las palabras en ruso me detienen y me vuelvo hacia él. Su mirada es serena, parece muy seguro de algo y me gustaría saber de qué.
De pronto, siento unas inmensas ganas de quedarme, pero ya he hecho demasiado el ridículo.
—Lo siento mucho, Boris. Loreto está un poco estresada estos días. Tiene mucho trabajo en el bufete
—No hay problema, Ineshka. No pasa nada.
—Me conmueve que se preocupe tanto por mí, son buenos amigos y, además, no creo que la cosa haya ido tan mal.
Los beso a ambos con cariño—. Me gustan las mujeres difíciles y me da la impresión de que Loreto va a ser todo un desafío.
Creo que yo también voy a dejarlo aquí por hoy —digo con cierta prisa, porque acabo de descubrir un móvil olvidado bajo la servilleta blanca de tela de Loreto.
Aprovecho un intercambio de confidencias entre ellos y, con un movimiento rápido, me apodero de él y lo meto en mi bolsillo junto al libro —.
Muchas gracias por la velada. Ha sido, en verdad, muy interesante. Nos vemos en el hospital.
Me doy prisa en salir, es cuestión de tiempo que el teléfono suene o que ella vuelva sobre sus pasos.
El móvil tendré que devolvérselo. ¿Y el libro?
No lo tengo claro. Me subo al coche y el motor se enciende con un rugido satisfactorio.
Meto primera y ¡Eureka! Ahí está ella, en un diminuto Porsche gris metalizado.
Me detengo detrás y pienso con cierta malicia que, si acelerase tan solo un poquito, lo haría puré con mi enorme todoterreno.
El portalón de entrada está cerrado y no tiene cómo avisar. Cuando sale del coche hecha una furia, yo bajo la ventanilla y la recibo con una sonrisa educada.
—¡Argh! ¡Me he dejado el móvil dentro e Inés se ha olvidado de abrir! ¡Y estás obstruyendo el camino de vuelta! —Alza los brazos en un gesto airado de impotencia—. ¡No puedo girar el coche aquí!
—Siempre puedes caminar. —Estoy muy tentado de dejar que lo haga, descalza como está, porque se ha quitado los tacones. Unos pocos cientos de metros hasta la casa. Nada muy terrible, pero quizá suficiente para bajarle los humos—. Aunque no va a ser necesario.
Me bajo también. Es pequeña, no llega al metro setenta. Lo sé porque podría extender los brazos y pasaría debajo sin rozarme siquiera con la cabeza. Ella bufa como un gatito enojado y no puedo evitar reír.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué no va a ser necesario? —pregunta, ofuscada.
Yo saco su móvil del bolsillo de mi chaqueta y se lo ofrezco. Y, cuando alarga su mano para cogerlo, me arrepiento y lo alzo fuera de su alcance.
—Un momento.
—Boris. Dame el móvil. —Su voz es letal.
—¿Qué obtengo a cambio?
—Pero ¿qué te has creído? ¡Dame el móvil ahora mismo!
—¿Qué tal tu número de teléfono? —Ella me mira de hito en hito, la boca abierta y la mirada llena de indignación—. Es solo por si necesito asesoría legal. ¿O acaso piensas que tengo algún interés en ti?
—Tienes un coche de lo más ridículo. ¿Quién conduce un Hummer en pleno siglo XXI? ¡Seguro que tiene una huella de carbono mayor que la de un avión!
Buen intento de desviar el tema, Lorenka. Es rápida, tengo que reconocerlo.
—¿Y el tuyo? ¡Una caja de cerillas! Para subirme ahí tendría que plegarme en cuatro —contraataco, despectivo.
Me vuelvo hacia mi querido Proriv, con el chasis reforzado de color negro y amarillo, y suspensiones off-road.
¿Cómo es posible que no le guste?—. En cambio el mío, ¡espacioso!
, ¡enorme! Fíjate en las posibilidades de los asientos de atrás. Puedes probarlo cuando quieras.
Ella suelta un bufido incrédulo.
—Sigue soñando. ¿Me das mi móvil, por favor?
El portalón corredero se desliza de repente. Inés o Erik han debido de acordarse o quizá nos ven discutir desde la casa. Yo sigo con el móvil sobre mi cabeza, fuera del alcance de Loreto.
—Entonces ¿Me das tu número? —Ella abre la boca, exasperada, a punto de decirme algo. Está claro que quiere irse—. O mejor no. Lo he pensado mejor.
Le devuelvo el aparato y ella rechina los dientes de la rabia. Ni siquiera obtengo un «gracias», así que vuelvo a mi coche.
—Eh, Boris. —Recita un número de teléfono y yo doy gracias por mi prodigiosa memoria. Lo repito mentalmente para que no se desdibuje mientras me habla—. Ese es mi número, por si quieres practicar lenguas. Soy de letras, y muy buena. Algo podré enseñarte.
Y ahora quien se queda boquiabierto soy yo.
¿Practicar lenguas? Oh, sí. Trazar el alfabeto cirílico con la boca entre sus piernas, eso me gustaría, sí.
Pero ella ya se ha subido a su caja de cerillas y con un acelerón que deja los neumáticos marcados en la gravilla, desaparece.
Yo grabo su número en mi iPhone antes de que el calentón que ahora mismo se ha apoderado de mi polla le robe todavía más riego sanguíneo a mi pobre cerebro.
¡Qué mujer!