Lorenka y Boris #2
Apoyo mis dedos en su palma y él los hace desaparecer.
El latigazo de excitación que su contacto me genera es brutal.
Es firme y cálido, tiene la piel suave. Una corriente recorre mi brazo, se enreda en mis pezones y viaja hasta mi vientre para morir en el centro de mi sexo.
Aprieta un poco cuando me ayuda a ponerme de pie sin esfuerzo.
—Sí, vamos.
La lazada que ciñe al cuello mi blusa me aprieta y reprimo el impulso de abanicarme.
Y quiero morir cuando hace el gesto de mostrarme el camino para que pase delante de él y me conduce hacia la mesa con la mano sobre mi cintura.
Y no la quita de ahí. Pero no me resulta invasivo.
En realidad, me siento halagada, es muy caballero.
Aunque lleva los pantalones un poco cortos, ¿acaso no sabe que no deben verse los calcetines de un hombre sobre los zapatos de cordones?
Joder, que la tela también lleva los logos de YSL.
Será hortera no puedo evitar pensarlo. ¿Cómo es posible que no me haya fijado hasta ahora?
Pues porque debe medir dos metros, lleva el pelo casi rapado, cortado a cepillo, de un rubio grisáceo entrecano, y porque jamás había visto unos ojos como los suyos.
Celestes, muy claros. Ay, ¡me encanta!, pero nadie puede llevar ese reloj con correa naranja de plástico.
Si llevas un traje francés, no te pongas eso, que además es tan enorme que podrías usarlo colgado en la pared.
—¡Loreto! ¡Que si quieres más vino! —dice Inés con los ojos muy abiertos.
No sé cómo, pero estoy sentada a su lado y frente a Boris. Ni siquiera sé cómo he llegado hasta ahí.
—Ay, sí. Un poquito. —No sé cómo no me crece la nariz un metro con esta respuesta.
Mientras Erik sirve, resulta que Boris se quita la chaqueta. Oh, sí que mejora la cosa. Camisa gris de algodón grueso. Más logos de YSL. Joder, tiene el torso tan masivo que los botones están a tensión. Y las mangas casi no contienen el diámetro de sus bíceps.
—Loreto, ¿eres de blanco o de tinto? —me pregunta al ver las dos botellas.
—Depende de con qué vaya a maridarlo —respondo, haciéndome la interesante, porque en realidad viviría pegada a una botella de chardonnay—. ¿Y tú?
—Yo, ¡de vodka! —suelta con una risa estentórea que me cosquillea a la par que me incomoda. Mientras, me sirve una copa de blanco. Inés y Erik ríen con él.
—¿No es un poco fuerte para comer? —digo acusadora. Y un poco enfurruñada porque es el centro de atención y se supone que la estrella tenía que ser yo.
—No, no. Es perfecto para el frío. Y para el buen humor. ¡Podrías probar!
¿Cómo? A ver, me lo merezco por la bordería que le he soltado antes, pero me pilla desprevenida.
—No, gracias. No acostumbro a tomar bebidas de alta graduación entre semana. ¿Eso no es síntoma de alcoholismo crónico?
Boris no se inmuta con mi puyita. Se encoge de hombros y frunce los labios en un gesto que le quita importancia.
—Tal vez, aunque de baja graduación también —puntualiza, pillando el matiz—. Supongo que no, si tienes algo contundente que llevarte a la boca. Comida, me refiero.
Ay, joder. Rápido, Loreto.
—No hacía falta la aclaración —peloteo con eficacia el segundo sentido de su frase.
—Ah, ¡por si acaso! A veces mi mal empleo de la lengua me juega malas pasadas.
La sonrisa traviesa que acompaña la frase, la puntita de la lengua asomada entre los dientes blancos y fuertes y la mirada brillante me desarman. Es muy inteligente.
—No creo que tengas ningún problema con la lengua. Digo, ¡con el lenguaje! —me apresuro a corregir, delatando mi nerviosismo. Uno a cero para Boris, pero solo porque me he bajado la copa de vino demasiado rápido y eso me hace perder facultades mentales—. Con el español. Bueno, ya me entiendes.
—Llevo ya diez años en Chile, debería ser así. He tenido muchas oportunidades para practicar.
Suelto una carcajada. ¡No se puede tener tanta chulería!
¿O ha sido un comentario inocente? Lo miro de reojo, pero él está comiendo el solomillo sin hacerme ni caso.
Yo casi no he tocado mi plato y, de repente, me da hambre.
Mucha hambre. De esa que te empuja a meterte a un hombre en la boca y torturarlo hasta que se le aflojen las rodillas.
Su polla, me refiero. Ay, estoy pensando demasiado en pollas en esta cena.
—No me queda ninguna duda —suelto al fin—. O sea, que alcohol y uso de la lengua. Además de cirujano.
—Ah, entre otras muchas cosas. No todas que se puedan decir en voz alta. —Me taladra con esos ojos azules y divertidos—. Esas se tienen que descubrir poco a poco.
—No estoy interesada, gracias —suelto. Demasiado rápido. En un tono demasiado agudo y tenso.
Él vuelve a encogerse de hombros.
—No te las estaba ofreciendo.
—¿Cómo?
No puede ser tan chulo y prepotente. Que vale, que es cierto que yo lo estoy picando bastante, pero podía cortarse un poco, ¿no?
Aparto la mirada de él y recuerdo de repente que no estamos solos en la mesa.
Inés y Erik están a punto de sacar las palomitas.
¡Qué rabia! Seguro que son ellos los que me ponen nerviosa.
Si estuviera a solas con él lo pondría en su sitio.
Entre mis muslos y placado sobre la cama, con una mordaza, enterrado en mí.
Estoy fatal, ¿de dónde coño sale ese pensamiento intrusivo?
—Boris, ¿dónde estudiaste Medicina? ¿En Rusia?
Inés es experta en desviar momentos tensos y agradezco el respiro para encauzar la deriva de mi mente calenturienta. Él sonríe, educado.
—Sí. Tras la guerra por la independencia de Transnistria, tuve que marcharme a San Petersburgo. Allí hice la carrera. —Un destello de algo diferente, ¿recuerdos? ¿dolor?, cruza sus ojos—. Después, ejercí durante bastante tiempo en Yalta. Es una ciudad maravillosa
Dejo de escuchar lo que dice porque mi mente se queda paralizada en una única palabra.
¿Guerra? No tengo ni idea del mapa político ni de la historia de la antigua Unión Soviética.
Ni siquiera sé dónde está ese lugar que ha dicho, Transnistria.
Me encantaría preguntarle, pero ¡cómo no!
, los tres se meten en una conversación corporativista del tema favorito de los médicos, que es hablar de sí mismos, de otros médicos, de la Medicina, de batallitas de las facultad, de sus pacientes suelto un suspiro significativo y picoteo el postre, aburrida.
No sé cómo han llegado esas natillas con canela frente a mí, pero quiero recuperar su atención, no que mire a Erik, y menos a Inés. Quiero que me mire a mí.
Carraspeo no tan discretamente y los tres vuelven las cabezas hacia mí. Por primera vez, veo en Boris un relámpago de irritación. He interrumpido su relato de cuando le dieron un premio por algo de una cirugía y se ve que no le ha gustado nada perder su momento de gloria. Je.
—Loreto, ¿has estudiado en un colegio de monjas? —suelta con cierto enojo. La verdad es que me pilla un poco de sorpresa.
—Pues sí. ¿Por qué me preguntas semejante cosa?
—Porque pareces recién salida de una escuela católica.
—¡Ja! —suelto indignada. Ahora sí que me ha tocado la moral y contraataco con toda la caballería—. Yo al menos me visto con gusto. ¡Tú pareces salido de una serie B de narcotraficantes!
—Disculpa, ¿cómo dices? —Se mira la camisa y estira unas arrugas de la pechera, con lo que expone todavía más la horrenda cadena de oro, de la que cuelga, ¡horror!, una cruz ortodoxa. Cojo aire, se me ocurren unas cien puyas al respecto y no puedo dejarlo pasar.
—¡Bueno, bueno, bueno! —interrumpe nuestro intercambio Inés.
Agita la servilleta blanca en un gesto que, si no fuera porque estoy muy cabreada por el insulto, me habría hecho gracia; parece que nos llama a la paz—.
¿Qué tal si nos tomamos una copa junto al fuego?
¿Un whisky? ¿Un vodka? —Se levanta un momento y saca de una elegante bolsa de la tienda gourmet más famosa de Santiago, Delicatessen, una botella de vino y una de vodka.
También unos bombones—. Boris, aquí hay un libro.
Saca también un ejemplar que parece nuevo. Aleksander Pushkin, alcanzo a leer el autor.
—Ah, es mío. Disculpa, Ineshka. Lo olvidé —responde Boris. Se lo mete en un bolsillo de la chaqueta, que se acaba de poner, y yo me quedo con las ganas de saber el título del pequeño volumen.
Erik se levanta y hace aparecer entre las manos una botella de Talisker de 25 años, pero no voy a picar. Creo que me he pasado. Varios pueblos, a juzgar por la expresión herida de Boris, que no hace más que estirarse las solapas de la chaqueta.
—No, no. Muchas gracias, Inés. Creo que ha sido más que suficiente por hoy.
—Le lanzo una mirada significativa a Boris, que sigue con el ceño fruncido—.
Mañana Julito tiene partido y hay que madrugar.
Así que me marcho, si no tenéis ningún inconveniente —añado al ver la cara de mi hermana, que parece estar a punto de ponerse a llorar.
—No. Claro que no —responde con voz triste. ¡Tan melodramática, ella!