Lorenka y Boris
Escojo el traje negro. La cadena de oro con la cruz ortodoxa no me la quito jamás, es de los pocos recuerdos que guardo de mi familia. La camisa gris. ¿Cuántos botones desabrochados? ¿Dos? ¡No! Que vea lo que tengo que ofrecer. Tres. Pruebo cuatro, pero me parece excesivo.
La ropa es de Yves Saint Laurent, lo pone por todas partes en la tela.
El dependiente me dijo que era la última moda, ¿qué voy a saber yo?
No he hecho más que vestir uniformes toda mi vida: militares, médicos.
Me queda como un guante, eso sí lo sé. No me gusta pasar desapercibido, no hay nada más que ver mi coche para darse cuenta.
Además, por mi tamaño, me cuesta encontrar ropa que no sea deportiva y que me quede bien.
Este traje y la camisa están hechos a medida.
Mientras conduzco hacia Lo Barnechea, pienso si no me habré quedado corto con el detalle que llevo a mis anfitriones; no he sido muy original, he hecho exactamente lo que Erik me ha dicho: vino y unos bombones.
Y una buena botella de vodka, eso jamás puede faltar.
Por supuesto, también he traído un libro. Para ella.
¡Qué lejos del centro viven! Pero el paisaje rural cerca de una ciudad tan hostil como es Santiago se agradece.
Las casas familiares son un respiro después del bloque de cemento gris en el que resido.
Pienso en el edificio de inspiración soviética en el que llevo viviendo desde que pedí asilo político.
¿Quizá pensaban que echaría de menos el estilo de construcción?
Rio solo en el coche, ya estoy llegando.
¿Qué más da? Es económico y, para mí solo, basta y sobra.
El recuerdo de una pequeña dacha a orillas del Dniéster nubla mis pensamientos, pero aparto las nubes oscuras. Debo pensar en mis anfitriones, no querrán un invitado taciturno y hosco.
La sonrisa de Inés al abrirme la puerta espanta la nostalgia. Huele bien, a comida casera, a chimenea encendida. A familia y a hogar.
—Buenas noches, Inés. Aquí tienes esta pequeña ofrenda como agradecimiento a tu invitación —digo con cierta ceremonia. Ella ignora la elegante bolsa y me da dos besos en las mejillas.
—Gracias, Boris. ¡Pasa! Erik está en el salón abriendo el vino. ¿Me esperáis allí?
Ya conozco la casa, Erik me ha invitado alguna vez. Hubo un tiempo en que éramos más cercanos, pero ¡la vida! Él ha sentado cabeza. Yo también quiero hacerlo. Quizá. No lo sé.
—¡Doctor Thoresen!
El vikingo se levanta y me palmea la espalda. Yo lo trituro con un abrazo de oso.
—¡Bienvenido! ¿Una copa? —Me sirve y la conversación deriva a su tema favorito: las cirugías cardiacas a las que se dedica. Pero yo no logro aguantar mi curiosidad.
—¿Quién será mi acompañante esta noche? —No es la primera vez que lo pregunto, pero hasta ahora ni él ni Inés han soltado prenda—. Vamos. ¡Dímelo! Por una vez, me gustaría jugar con ventaja.
—Siempre juegas con ventaja, Borya. ¿No prefieres mantener la intriga hasta el final?
Esboza una sonrisa perversa.
—¿Te ríes de mí? No deberías. ¡Soy peligroso! —bromeo y me señalo el pecho—. Tengo mucha información sobre ti que puedo utilizar en tu contra.
No parece entender la chanza, porque un destello de preocupación cruza sus ojos azules.
—Es Loreto. La hermana de Inés. —Suelta sin negociación alguna. Yo reprimo una sonrisa, su mujer lo tiene bien agarrado de las pelotas.
—¿Loreto? ¿La abogada? —Mi expectación aumenta y se convierte en auténtica ansiedad por el encuentro—. ¿Le habéis hablado de mí?
Me sorprende. Erik es muy reservado. Y me halaga. De pronto, me siento nervioso como un colegial. He divisado a Loreto en el hospital y me parece una mujer imponente, de esas con las que es mejor no jugar.
—No pienso decirte nada más. Mira, aquí viene.
Me preparo para recibir a la mujer que, en los próximos meses, me va a volar la cabeza y me va a poner a sus pies.
—¡Llegas tarde, Loreto! —dice mi hermana. No está enfadada, solo impaciente.
—Lo siento. No tenía ni idea de qué ponerme. ¿Estoy bien así? —pregunto y me arrepiento al segundo. ¿Por qué lo he hecho? Toda la seguridad que me define como abogada se volatiliza cuando tengo en perspectiva un hombre. Así de tocada me ha dejado mi ex.
Además, Inés me mira de arriba abajo y tarda un par de segundos más de lo normal en contestar.
—Estás perfecta. ¡Vamos!
Y, claro, me pregunto cuál es el problema.
Lanzo una última mirada de reojo al espejo de la entrada antes de seguirla hacia el salón.
¡No estoy tan mal! Me dan ganas de pedirle una explicación, pero ya hemos llegado.
Frente a la chimenea, un hombre inmenso se pone de pie al vernos entrar.
Sé quién es. Demasiado llamativo para no recordarlo, lo he visto en el San Lucas.
Inés me empuja con disimulo hacia él, ¡qué idiota!
La voy a estrangular cuando estemos solas.
A medida que me acerco, tengo que alzar la vista para alcanzar sus ojos celestes, muy muy claros. Y eso que llevo unos tacones de catorce centímetro como parte de mi estrategia de intimidación.
—Boris, esta es mi hermana: Loreto Morán—me presenta Inés.
Mi estrategia no me sirve de nada y me siento diminuta cuando alzo el rostro para recibir su beso en mi mejilla.
El roce de su barba de tres días me genera un cosquilleo de excitación que sacude bastante mis telarañas—.
Loreto, Boris Radchenko. Es traumatólogo del hospital.
Probablemente os habéis cruzado en alguna de las reuniones.
¿Radchenko? ¡Es ruso! Desde luego, su aspecto imponente cuadra con un paisaje helado en Siberia partiendo troncos con un hacha gigante. La imagen mental me hace estremecer. Él amplía su sonrisa y el cosquilleo se transforma en un latido inesperado en mi sexo.
—Sí. Claro que me había fijado en ti. Encantado de conocerte.
Vaya. Noto que el blush de mi maquillaje acaba de quedar enterrado bajo diez tonos de enrojecimiento natural. ¡Ya se había fijado en mí! Saberlo me halaga más de lo que estoy dispuesta a reconocer y no puedo evitar el coqueteo.
—Yo ahora mismo no me doy cuenta, la verdad.
Pero sonrío diciendo lo contrario. Me gusta lo que veo. Y el hecho de que sienta vivas partes de mi anatomía que llevan difuntas desde hace años tiene que ser una buena señal.
Educado y caballero, posa una mano con suavidad en mi espalda y me muestra un sofá.
La inocente caricia me tensa, soy plenamente consciente del calor que traspasa la tela hasta mi piel.
Obedezco su invitación tácita y me acomodo.
No puedo con los nervios cuando se sienta a mi lado y su seguridad me apabulla un poco cuando toma las riendas de la conversación; estoy acostumbrada a ser yo quien tome la iniciativa, pero me ha impresionado. Lo reconozco
—Dime, Loreto. ¿A qué te dedicas?
Tiene una voz ronca, un acento rudo. Relajado y dominando la situación, acomoda un talón sobre la rodilla contraria y se recuesta un poco en el respaldo del sofá. Tengo que inspirar y soltar el aire con disimulo para tranquilizarme.
—Soy abogada. Me dedico principalmente a asuntos financieros.
—Hablar de trabajo me da un poco de seguridad, pero tengo que atajar continuamente gestos de coquetería que se me escapan: me toco el pelo, los labios, estiro la falda sobre mis muslos.
Él permanece tan inmóvil como una roca, me perfora con esos ojos claros circundados por pequeñas arrugas de expresión que le dan calidez a su mirada.
Me doy cuenta de que desvarío con el relato de la adquisición del San Lucas cuando capto una risita irónica de mi hermana.
¿Qué habré soltado? Ni idea. Mejor cambiar de tema—. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
Joder. ¡Soy idiota! ¡Pero si me lo acaban de decir! Él esboza una sonrisa por primera vez, me doy cuenta de que ríe muy poco, y hace un gesto con la mano que parece quitarle importancia a mi turbación. Lo que es un poco displicente de su parte, de hecho.
—Soy traumatólogo, especializado en extremidad superior —dice como si fuera el trabajo más fascinante del mundo.
Extiende un brazo que debe tener el ancho de mi muslo y flexiona.
Saca bíceps. Really? ¡Venga ya! Se me escapa un ronquido de incredulidad—.
¿Sabías que en la articulación del codo participan tres huesos y ocho músculos distintos? ¡Pura ingeniería!
Y se lanza a darme una clase de anatomía.
Debe estar de broma. Yo, en lo único que puedo fijarme es en que lleva una chaqueta de Yves Saint Laurent.
No sé cómo no lo he visto antes, porque lleva bordado el logo por todas partes con hilo negro brillante sobre la tela negra mate.
Las solapas también son satinadas. Parpadeo.
Eso que se ve en su cuello ¿es una cadena de oro?
Joder, pero si debe tener el grueso de mi meñique.
Reprimo el gesto de asomarme sobre el último botón abrochado que muestra el inicio de unos pectorales prometedores, sí.
Pero es que no puedo apartar la mirada de esa aberración dorada.
¿Será auténtica? Me caza pasándole el escáner. Ups.
—Guau. ¿De verdad esta charla te sirve para ligar con las mujeres?
Él se echa hacia atrás como si hubiera recibido un golpe y yo alzo las cejas en espera de una respuesta, pero, de nuevo, mi querida hermana interviene. Se me había olvidado que estaba ahí.
—¿Pasamos al comedor?
—Sí, vamos, coged vuestras copas —añade Erik, que no esconde la cara de cachondeo. Nos preceden hacia allí y cuchichean entre ellos.
El problema es que llevo una falda tubo muy ceñida y me cuesta levantarme del sofá tan bajo, los taconazos tampoco me lo ponen fácil.
Boris ya está de pie frente a mí y extiende su mano.
Ay, joder una mano enorme. Me fijo en las venas resaltadas y, porque estoy loca y no cato una polla desde ya ni me acuerdo cuándo, pienso en esas mismas venas hinchadas en un lugar muy distinto.
—¿Vamos? —dice ceremonioso.