Celestina
Hoy estoy pasando consulta. Oh, ¡adoro el quirófano!
, pero comprobar los buenos resultados de una cirugía y los pacientes agradecidos son un buen aderezo a este trabajo.
Hay que mantenerse alerta y poner límites, o te absorbe hasta borrar tu esencia.
También debo gestionar el papeleo, la distribución de las guardias de urgencias, presenciales y localizadas, y debo entrevistar a una candidata para un puesto en Traumatología infantil.
Me gusta la rutina, me aporta serenidad.
He tenido en mi vida el suficiente caos y destrucción como para valorar mi calendario mensual de guardias, los días marcados en rojo en los que toca entrenar en el gimnasio y mi visita semanal a las librerías de la calle San Diego para ver qué ejemplares acabarán en mi poder.
En realidad no sirvo como jefe de servicio.
Se lo dije a Erik en múltiples ocasiones: valoro demasiado mi tiempo libre y tiendo a ser benevolente.
Permisivo. Confieso que eso me trae problemas.
Pero sospecho que soy el único capaz, o con ganas, de lidiar con el equipo.
Y con él. Es difícil, el vikingo. Como gerente.
Y como paciente, también. Tiene pendiente la revisión de una pequeña cirugía que hice a su codo.
Un trabajo de joyería magnífico, por cierto.
Camina hacia mí por el pasillo la doctora Morán. Inés. Su mujer. Un soplo de aire fresco en este hospital. Sonrío y hago un gesto de saludo, pero ella está en las nubes, parece contar las luces del techo con cara de interrogación. Ni me ha visto. Carraspeo, y tampoco escucha.
—Doctora Morán. Inés. ¿Estás bien?
Debe de ser una mujer extraordinaria para haberlo encarrilado. ¿Por qué lo pienso? Porque mi compañero de andanzas en ese expediente por escándalo era él. Quién te ha visto, amigo, y quién te ve.
—Ay, perdona, Boris. Tengo un millón de cosas en la cabeza y a veces me cuesta encontrar la que necesito. ¿Te toca quirófano? —Ametralla cinco palabras por segundo. Cuesta seguirle el ritmo.
—No, no. Hoy tengo consulta. Por cierto —comento mientras caminamos por el pasillo, ella me arrastra del brazo para que siga su taconeo rápido—, tienes que decirle a ese marido vikingo tuyo que todavía estoy esperando a que venga a verme.
Entiendo que todo va bien, pero me gustaría echarle un vistazo a ese codo.
Ella suelta un suspiro resignado.
—Este hombre es imposible con los temas de salud: no se pone protector solar, no va a las revisiones médicas, ¿qué hacemos con él, Boris? —pregunta, enojada. Tiene carácter.
Me divierte lo del protector solar. Las mujeres y su manía de embadurnar la piel propia o ajena con cremas. Levanto las manos en señal de inocencia y suelto una carcajada.
—Si no puedes con él, ¡no esperes que lo haga yo! Llegamos al mismo tiempo al San Lucas, ¿lo sabías? —digo en un arranque de confianza que me sorprende, pero su calidez y cercanía me sueltan la lengua—. Nos pegamos unas buenas juergas los dos. ¡Sí, señor! Buenos tiempos. ¡Tenemos que rememorarlos!
Me doy cuenta de lo inapropiado de mi comentario cuando veo la expresión suspicaz en su rostro.
—Me lo puedo imaginar. Perfectamente. Menudo peligro, tú y Erik juntos. —Su voz está revestida de malicia y picardía. Oh, oh espero no meterme en un lío—. ¿Echas de menos a tu compañero de andanzas? Porque está retirado del ruedo. Por si no lo sabías.
Creo que he enrojecido hasta la raíz del pelo. No me salen las palabras. Son amigos, pero, en el San Lucas, Inés es mi jefa. Y Erik es mi jefe.
—¡No, no, no! Me refería a tomarnos un vodka y recordar. Es bueno para el vodka, el vikingo. —Oh, madre. Con cada palabra me hundo más en la miseria. Ella alza las cejas—. Quiero decir, ahora es un hombre casado. Jamás volvería a las orgías que nos montamos. ¡Juergas! ¡Una vez! ¡Solo fue una vez!
Cuando estoy nervioso me fallan las palabras, quería decir juerga y no orgía, pero las palabras se parecen demasiado. Llevo ya diez años en Chile y sigo con problemas de lengua. Debería conversar más.
Ella suelta una carcajada sincera que suaviza mi turbación.
—No te preocupes, Boris. Sé muy bien quien es mi compañero de vida.
—Parece pensar en algo y lo que dice a continuación me sorprende—.
Para una juerga, no. Pero, si te invitamos a cenar, ¿te animarías a venir?
Solo por si acaso, te recuerdo que tenemos dos niños pequeños, así que será una cena tranquila.
Sé que lo dice en broma, de pronto la losa pesada de tensión sobre mis hombros desaparece y no me queda otra que reír.
—Claro que sí. Acepto encantado. ¡Y me encantan los niños! —Intento excusarme, es injusto que aquello que ocurrió hace mil años siga pasándome factura—. Que sea un poco que me guste divertirme no quiere decir que no sepa comportarme. Ya no soy esa persona. He cambiado.
Un pensamiento cruza mi mente, ¿para mejor o para peor? ¿Quién debería ser el juez de esto? Porque yo no lo tengo claro.
—Perfecto. Hablaré con Erik y te concretamos una fecha.
—Maravilloso, Ineshka. Ahora debo irme. ¡La consulta! —Miro el reloj de la muñeca y alzo los brazos, sorprendido. Llevamos hablando un buen rato—. Da svidániya[2]!
Al final de la tarde, cuando solo me queda el último paciente para acabar la jornada y ya comienzo a mirar por la ventana más veces de lo adecuado, recibo la llamada de un largo número corporativo.
Mi primer impulso es tragar saliva, ¡algo habré hecho!
, pero me sorprende el acento noruego marcado de Erik.
—Hola, Boris. —Es el único que lo pronuncia con corrección. «Barís»—. ¿Todo bien? Tengo una invitación para ti, ¿puedes el sábado, a las nueve?
—¡Hola, Erik! Todo bien, todo bien. —Apenas me deja tiempo para contestar—. Hum, el sábado tengo entrenamiento.
No tengo una agenda muy apretada, pero me esperan en el gimnasio. Soy sparring de boxeo del equipo juvenil nacional, y los chicos cuentan conmigo para besar la lona. Erik suelta una palabrota, imagino que en noruego.
—Tienes que decir que sí. Viene alguien más una mujer.
—Ah. La cosa se pone interesante. —Creo que voy a llamar al gimnasio y que no cuenten conmigo—. ¿Quién es?
—Inés me ha hecho jurar por lo más sagrado que no te diría nada. Solo te digo: comida casera, buen vino, buen whisky —Ya solo por eso vale la pena decir que sí—. Y una mujer inteligente. E interesante.
Lo dice con cierta precaución. Pica mi curiosidad.
—¿La conozco? ¿Es del hospital?
—No. Sí. No exactamente —Suelta otra imprecación bárbara—. La verás el sábado. ¿Cuento contigo?
—Cuenta conmigo.
Estoy muy intrigado, debo reconocerlo. ¿Quién será?
—Bien. Si no nos vemos antes, hasta el sábado.
Y cuelga. Así es mi querido amigo. Nulas competencias sociales, ¡pero qué gran amigo es!
Llamo al gimnasio y, aunque las protestas del entrenador me provocan unos pocos remordimientos, me encanta esperar algo diferente para el fin de semana más allá que puños, vodka, mis vinilos y una lectura en soledad.
***
Estoy sola.
Y es viernes. Combinación bastante deprimente, la verdad.
Este fin de semana le toca a Julio, mi ex, quedarse con los niños.
Cuando viene a recogerlos, con puntualidad británica, es decir, media hora tarde, me invade una sensación de justicia poética.
Lleva detrás a los dos bebés que ha tenido con «La Ordinaria» en el plazo de dos años.
Creo que no se llevan ni un año entre ellos.
Los críos berrean en las sillitas a contramarcha con las caritas embadurnadas de lágrimas y mocos.
Él me mira con una sonrisa forzada de circunstancias; mientras, Elena se acomoda entre ellos con cara de odio profundo y Julito en el asiento del copiloto con expresión similar.
Dos casi adolescentes de once y trece años y dos bebés. Que sufra. Se lo tiene bien merecido.
Yulissa, que así se llama su amantísima, dulcísima y jovencísima nueva mujer, a la que yo denomino La Ordinaria por las pintas que lleva —la última vez, unos leggins de licra rosas, un jersey de falsa angora y unas botas de imitación Ugg—, brilla por su ausencia.
No se acerca ni a un kilómetro de mí y la entiendo.
Irradio hostilidad por todos mis exfoliados poros.
No la soporto, porque, aunque sé que la culpa de la infidelidad fue en un cien por cien de Julio, en secreto sigo convencida de que fue ella quien rompió nuestro matrimonio de manera definitiva.
Quien eliminó cualquier posibilidad de reconciliación.
Es viernes. Y estoy sola. Así que me abro una botella de chardonnay y lo escancio en una copa de cristal de bohemia a la que le quito la pegatina.
Curioso. Nos regalaron esta cristalería a Julio y a mí por la boda y nunca la estrenamos, porque, según él, era demasiado valiosa para usarla en el día a día.
A la mierda. Ya es lo bastante triste beber sola como para hacerlo en una copa de vidrio opaco por culpa del lavavajillas.
Necesito mimarme. No. Necesito que me mimen.
Estoy tan deprimida que tengo tentaciones de llamar a Inés.
Y quizá porque tenemos una conexión especial de hermanas y sabemos cuándo nos necesitamos la una a la otra, suena el teléfono y es ella. Carraspeo para aclararme la voz porque llevo horas sin hablar, y además dos copas de vino bajadas demasiado rápido.
—¡Hola, Loreto! —saluda con su voz alegre de niña.
No me queda otra que sonreír, pese a que me irrita un poco también.
Alguien tendría que explicarle a Inés que está permitido tener malos días, hablar a latigazos y odiar al mundo.
Así en general—. Este fin de semana estás sin niños, ¿verdad?
Te tengo una propuesta. Y creo que te va a encantar.
—Hola, Inés. —Se me escapa un suspiro fuera de lugar, pero es que su energía me resulta agotadora—. A ver qué se te ha ocurrido esta vez.
—Oye, ¡ten un poco de fe en mí! —responde indignada. Yo me echo a reír—. Vente a cenar con nosotros mañana. Quiero que conozcas a alguien.
Me quedo sin habla durante unos segundos. Claro. Inés al rescate después de la última quedada de chicas, hace ya un par de semanas. A Nacha la manda a terapia y a mí me quiere encajar un proyecto de polvo. Menos mal que Andrea pone un poco de cordura en este grupo de chaladas.
—No. Ni hablar, Inés. No voy a ir.
—¡Venga! Te vas a pasar el finde en pijama con la nariz metida en papeles de abogados y juicios. ¡Tienes que venir!
—Eso no es cierto. Yo no me paso mis días sin niños así —respondo bastante picada. En realidad, son leggins y una camiseta vieja, y la nariz la meto en el ordenador.
—Solo digo que te pongas guapa y vengas a cenar con nosotros. Y un amigo.
—¿Qué amigo?
Soy tonta por preguntar, porque sé que se está haciendo la interesante. Ella suelta una risita divertida. Qué jodida.
—No pienso decirte nada.
—¿Lo conozco? —pregunto sin demasiado interés.
El círculo hospitalario de Inés no me va.
Solo trato con Erik y porque es su marido.
Llevo la parte legal del Hospital San Lucas y no tocaría a ningún hombre de esa panda de energúmenos trabajólicos y ególatras con vidas sin horarios y sacrificios continuos de su tiempo libre ni con un palo.
—En realidad sí, pero no voy a decirte quién es. —Se ríe, la muy hija de su madre que es también la mía—. Solo que es MUY interesante y que ha preguntado por ti.
Mierda. Soy idiota. Muerdo el cebo como una idiota.
—Inés, joder. ¡Cuéntamelo!
—No. Para averiguarlo, ven a casa mañana. Sobre las nueve. ¡Trae vinito!
—GRRRR
Ella me manda un beso. Así de cabrona es.
De modo que el sábado me encuentro con la mitad del contenido de mi armario esparcido entre la cama, el chaise-longue y el secreter de mi habitación sin saber qué demonios ponerme.
¿Pantalón de cuero y camiseta de lentejuelas?
No. Demasiado discotequero. ¿Un vestido de gasa?
No. Demasiado parecido al estilo de Inés.
Me devano los sesos y echo una ojeada hacia la otra mitad de mi armario, en la que guardo mis outfits para el trabajo.
Tengo auténticos tesoros aquí que todavía no he estrenado gracias a la generosidad de las tiendas y marcas que me buscan como influencer.
Mujer, madre, ejecutiva, exitosa en todas sus facetas. ¡Si supieran...!
Suelto una risita irónica y le quito la etiqueta a una blusa de seda sin mangas ceñida y con cuello de lazo.
Morada, un color que me queda bien. La combino con una de mis inseparables faldas negras de tubo y suspiro aliviada.
Es la ropa con la que me siento más cómoda.
Una fachada como otra cualquiera que emite señales de eficacia, elegancia y sofisticación.
Y con la que pretendo también mantener un poco las distancias.
¡A saber qué espécimen masculino me pone enfrente mi querida hermanita!
Quizá no debí contarle lo de las telarañas. Eso me preocupa un poco. Inés tiene un grave problema de filtro cerebro/boca. ¡Argh! Me retuerzo con solo pensar que se lo haya contado a su marido. ¡O a su amigo!
Me hago un moño alto y tirante que agudiza el aspecto de mujer poderosa.
Por otro lado, en el San Lucas he visto que hay buenas piezas.
El mismo Erik, si no fuera por los horribles tatuajes y su carácter despótico, no está mal.
Joder. Ahora estoy valorando como material comestible al marido de mi hermana, lo que delata que estoy fatal.
Me tiemblan las manos al hacerme la raya del ojo y me queda más gruesa de lo normal al tratar de igualarla.
Parezco una vampiresa. Mejor no me pinto los labios de rojo, ¿o sí?
Mierda. Se me hace tarde. Me calzo los stilettos de charol y tacón de acero, cojo el bolso con mis imprescindibles y busco, cagándome en todo, las llaves del coche por todo el salón. Al final están en el bolso.
En un estado de nervios que no tengo ni idea de cómo manejar llego por fin a casa de Inés y Erik. Aparco y respiro hondo. Vamos, Loreto. Es solo una cena.
Nada puede prepararme para lo que estoy a punto de presenciar.