De amor y vodka Telarañas #2
4%

Telarañas #2

Me atraganto con una aceituna y hago un esfuerzo por no montar un espectáculo.

Toso un poco. No quiero desviar la atención hacia mí.

Me lloran los ojos y carraspeo una y otra vez hasta que el trozo cabrón vuelve a su sitio y puedo respirar con normalidad.

Nacha especifica: ocho meses sin follar. No está mal. ¡Aficionada!

—No lo sé —responde con aspecto de estar muy perdida—. Empezó con las molestias típicas del embarazo

Soy lo peor, pero vuelvo a desconectarme un poco de la conversación.

Porque este tema me abruma. Me fustiga. Me obsesiona en realidad.

¿Ocho meses? Me río por no llorar e Inés me fulmina con la mirada.

Nacha nos cuenta sobre lo que le pasa a ella, a Juan, a las niñas Los minutos transcurren y yo solo puedo pensar en una cosa.

Una polla. Grande, gorda, tensa y turgente.

Surcada por venas prominentes. Andrea, que es ginecobstetra, menciona algo sobre la posibilidad de una depresión postparto, pero ese no es mi problema.

Inés recuerda también su propia experiencia, cuando estuvo tan grave en la UCI que casi no lo cuenta.

Normal que se fuera a la mierda su impulso sexual, pero lo ha superado.

De pronto, mi hermana dice algo tan estrambótico, que no me queda más remedio que prestar atención otra vez.

— ¡Cuando menos te lo esperes, llegará el momento y acabaréis en el suelo follando entre panqueques celestinos, manzanas confitadas y azúcar flor, cubiertos de dulce de leche!

No. No quiero saberlo. Erik es rarito en sus gustos sexuales, a saber que fetichismo extraño con la comida comparte con mi hermana. Las otras dos ríen a carcajadas.

—Estás como cabras —dice Nacha entre risas.

Yo fuerzo la mía. Tengo algo que quiero confesar y no sé si soltarlo.

Pero hay tan buen rollo entre nosotras, el clima de confidencias y sororidad es tan precioso y escaso para mí, que lo hago.

Por una vez, me da igual lo que pueda pensar Inés.

Sí, estoy en eterna competición con mi hermana pequeña. Soy una mujer complicada.

—Nacha, no te preocupes. La que va a morir con telarañas en la vagina soy yo —suelto con mis ya dos gin-tonics encima—. ¿Ocho meses, dices? Yo llevo dos años sin echar un buen polvo. Ni malo. Dos. Largos. Años.

Me siento una estrella del rock porque las miradas de las tres convergen hacia mí con respeto reverencial, cierta incredulidad y ni una sola gota de cachondeo. Bien por ellas, porque mi situación es tragicómica. Yo me habría reído.

—¿Ni un candidato? ¿Ni en Tinder ni en Meetic o en el trabajo? ¿Nada?—Inés balbucea. Pobre. Intenta entenderme. Nacha y Andrea mantienen un silencio prudente y las adoro a las dos por ello. Aunque más adoro a mi hermana por darme la oportunidad de desahogarme al fin.

—Nada. Los hombres me salen todos rana o me tienen alergia.

Me conformo con la cacharrada sueca que me recomendaste —digo en alusión a los magníficos productos de Lelo ©.

Inés me había regalado el primero hacía ya años.

Yo me aprovisioné de varios más—. Me basto y me sobro solita para los orgasmos, apero sí reconozco que echo de menos sentir una piel masculina contra la mía.

Que me abracen y me hagan sentir. Que me follen como Dios manda.

—Cómo andamos, joder —dice Andrea, que niega con gesto incrédulo—. Y yo que me quejo cuando no tengo sexo una vez por semana.

—¡Una vez por semana! ¡Inconformista! ¡Exigente! —digo en un intento de rebajar un poco la tensión. Inés sigue muda y me vuelvo hacia ella—. Venga, hermanita. ¿Tú no tienes ninguna queja al respecto? ¡Confiesa!

Se pone roja como un tomate y yo entrecierro los ojos.

No puedo evitar sentirme suspicaz. ¿Hay algo ahí?

¿Algún problema en su maravillosa y perfecta relación con el vikingo?

Me siento un poco miserable por desearlo.

Solo algo pequeño. Que no haga mucho daño a nadie, y que me sirva de consuelo.

¿Qué le voy a hacer? Ya he dicho que soy una mujer complicada.

—El sexo no es un problema para nosotros, es verdad. Y estamos pasando por un momento muy dulce después del año que estuvimos en Noruega, en el que no todo fue felicidad —reconoce ella.

Yo me arrepiento en el acto de mi pensamiento intrusivo anterior.

Jamás podría desearle algo malo a su familia.

Además, es cierto que el año que estuvieron en Noruega fue movidito para ella: salida forzada de Chile, sola sin familia con un bebé, un lío judicial de Erik la cojo de la mano y aprieto sus dedos.

Ella sonríe y mi mundo vuelve a su eje normal.

—¿Pero? —dice Nacha con expectación.

—Pero todavía tenemos temas que resolver.

A veces me cuesta mucho conseguir tiempo para mí misma al margen de Erik y los niños.

—Suspira y se encoge de hombros. Reconozco la sensación.

El agotamiento—. Él es muy expansivo y se las arregla para que parezca que todo lo suyo es lo más importante y a mí me cuesta no ceder terreno.

Ya me conocéis, siempre huyo del conflicto. ¡Pero estoy trabajando en ello!

Hace el gesto de enseñar bíceps en un despliegue de empoderamiento feminista y Andrea y Nacha la jalean. Yo no. Vamos. Tiene que estar de coña.

—Inés. Dos años sin follar. Dos. Años. ¿Y tú te quejas de que te cuesta sacar tiempo para hacerte las uñas? ¡Vete a la mierda! —exclamo con exagerada indignación fingida.

Acabamos en un estallido conjunto de carcajadas, complicidad femenina y cariño. Las adoro. He decidido que a Andrea también: intercambiamos teléfonos y quedamos en llamarnos cuando nos despedimos al dar por concluida la noche.

Mientras conduzco hacia mi casa me envuelve un sentimiento anticlimático.

Necesito más noches como esta y sé que todas nos habríamos quedado hasta el amanecer de charla y confidencias, pero la realidad se impone: todas trabajamos, todas madrugamos.

No se puede aparcar la vida así como así.

Deberes que cumplir, facturas que pagar.

A veces sueño con dejarlo todo y viajar a un lugar muy muy lejos.

El problema es que, por muy lejos que vaya, no puedo dejarme atrás a mí misma.