Telarañas
No lo tengo nada claro. ¿Hay que arreglarse para una noche de chicas o no?
¿Me permito un poco de relax o me esmero igual que siempre?
Echo un vistazo a mis vaqueros favoritos y las bailarinas planas, pero una vocecita maligna me susurra que he quedado con Nacha y con Inés. Las dos más jóvenes que yo.
Inés. Mi hermanita pequeña. Cardióloga. Gerente de una clínica privada a los treinta años. Madre de dos niños perfectos, con una vida perfecta y un marido perfecto que es un dios nórdico cirujano con pinta de darle como a cajón que no cierra. Sí, lo reconozco. Le tengo un poco de envidia.
Y, sin embargo, ella y su círculo conforman un noventa y cinco por ciento de mi escasa vida social.
Nacha es su mejor amiga y mía lo es por extensión.
¿Por qué? Lo tengo claro. Porque yo me lo he buscado.
Me encerré tanto en el trabajo, mi matrimonio y la maternidad, que mis amistades acabaron por alejarse.
Y ahora que estoy divorciada y mis hijos son mayores, me he quedado sola.
Al menos soy una abogada cojonuda. Y no olvidemos mi Instagram.
Opto por un término medio que no me haga parecer desesperada ni por dejadez ni por excesivo esfuerzo y, aunque mantengo la idea de mis vaqueros, los combino con unos botines de Jimmy Choo, una camisa de seda con una caída perfecta y un fular.
Bendita tienda Boutique Chic de Vitacura por el paquete promocional. Me hago una foto y la pongo en mi feed.
Noche de chicas. Hay que disfrutar y soltarse de vez en cuando, ¡aunque sea entre semana! El maravilloso fular es de una tienda nueva de Vitacura, @BoutiqueChic. ¡No dejéis de visitarla! Si queréis saber sobre el resto del look, pregúntame por privado. No me esperéis despiertas
Emoticonos correspondientes. Hashtags. Reviso que no haya faltas de ortografía y envío.
No es que le dedique mucho tiempo, pero tengo mi público y no puedo mandar cualquier cosa.
Además, así cumplo con la tienda, cuya dueña me ha mandado ocho mensajes preguntando por el maldito pañuelo.
Que por cierto, es de Hermès. Jamás me gastaría lo que cuesta pero, oye, si me lo regalan, no le voy a hacer ascos. Para algo bueno que tengo en mi vida
No me rompo la cabeza para aparcar, Inés me ha ofrecido sitio en su edificio y es perfecto para cuando vamos al Tiramisú, nuestro restaurante favorito.
Pongo los ojos en blanco al ver la colección de motos de Erik, su marido.
Si no fuera porque ya lo he visto desnudo una vez, diría que trata de compensar algo.
No es el caso. Y prefiero no acordarme de la vergüenza que pasé.
El Tiramisú siempre está lleno. El galimatías de voces y sonidos de vajilla entrechocando, el aroma a queso caliente con orégano y las luces me estimulan, y sonrío.
Localizo a Nacha, que ya tiene un copazo en la mano, pero no calza bien con el rictus amargo que luce su rostro.
Esta quedada de emergencia ha sido por ella.
Las cosas con su marido van mal. Muy mal.
No conozco los detalles, aunque mi estado vital actual me hace pensar que siempre pueden ir peor.
No quiero hacer de Nacha una víctima de mi cinismo, así que la abrazo por la espalda con cariño, pego mi mejilla a la suya y cierro los ojos. Intento transmitirle coraje. Fuerza. Ánimos. O un poco de calor humano. Aunque no sé quién lo necesita más, si ella o yo.
—Hola, Loreto. ¡Qué bien que hayas llegado! —Se aferra a mí. Diría que estamos empate en eso de necesitar contacto con otra piel—. Inés, como siempre, llega tarde. Viene con una amiga. Una colega. No te importa, ¿verdad?
—Hola, bella. ¿Crees que eso va a detenerla? —Nacha se ríe y yo con ella. Me siento a su lado y le hago un gesto al camarero. Moreno. Alto. Fibroso. Me lo tiraría sin pensarlo—. Necesito uno de esos, sea lo que sea. ¿Qué es?
—Un gin-tonic —dice con tono culpable.
—Joder, Ignacia. ¡Empiezas fuerte!
—Créeme, necesito mucho alcohol. Ya tiraré la leche de la próxima toma después. —Parece hacer cálculos mentales y asiente—. Tengo reservas de sobra.
La miro sin entender. A los pocos segundos caigo en la cuenta.
La lactancia materna. Yo no le di el pecho a mis hijos.
Cuando Inés me vio darle el primer biberón a Julito en el hospital, sutilmente, me sugirió que la leche de fórmula no era la mejor opción para un recién nacido.
Recuerdo que la fulminé con la mirada. Le dije que no fuera condescendiente conmigo, que yo sabía muy bien cómo quería manejar mi maternidad.
No volvió a mencionarlo, así que, debo decir que respetó mis deseos.
Nunca le dije que, cada vez que están enfermos, me culpo por no haberles dado esa protección.
Elena es asmática y la lactancia materna también es un factor protector. Mala madre. Madre de mierda.
Pido mejor una cerveza y una ración de pan de ajo con aceitunas. Total, ¿a quién voy a besar? Y Nacha necesita hacerle contrapeso a todo ese octanaje alcohólico o tendremos que llevarla a casa. Y vive en el quinto coño.
—¿Qué tal estás? —Casi me da miedo preguntar.
—Voy tirando, que ya es mucho. —Tiene pinta de que se va a echar a llorar y se me encoge el corazón—. ¿Y tú? Me encanta el fular, ¿vale la pena la tienda?
Entendido. Nada de temas trascendentales. Necesita un poco de frivolidad.
—Es espectacular si tienes un sueldo de cinco cifras al mes en euros. ¡Es carísima!
—Vaya mierda. Yo con la reducción de jornada cobro menos de la mitad de mi sueldo y el de Juan no es que sea para tirar cohetes. —Suspira mientras toca la seda—. Hace mil años que no voy de compras para otras cosas que no sean del supermercado o la farmacia.
No lo pienso ni un segundo. Me quito el pañuelo del cuello, envuelvo el suyo con un nudo apretado para que no se lo pueda quitar pese a sus protestas y después le arreglo el pelo.
—Te lo regalo. Además, te queda mejor a ti. Son colores cálidos que les van mejor a las morenas. —Es cierto. Y la cara de Nacha vale más que mil pañuelos de seda. Aunque sean de Hermès.
—¿Seguro? Inés también es morena. ¿No prefieres regalárselo a ella?
—No. ¡Que su vikingo multimillonario se lo compre!
O ella misma, que para eso son dueños de Industrias Thoresen Morán —digo con un retintín un poco repelente.
Ella se echa a reír, sabe que tengo razón.
Erik está podrido de dinero y, por extensión, ella también.
Todavía no entiendo cómo él se ha negado a una separación de bienes, que es lo que les recomendé como abogada—. ¡Mira! Ahí está Inés.
Nacha se vuelve y hace un gesto de saludo. Yo también. Estudio a la mujer que la acompaña, es más bien de mi edad. Esas patas de gallo y las arruguitas del cuello no mienten. No es exactamente guapa, pero camina con la fuerza de una mujer segura de sí misma. Intuyo que me va a caer bien.
—¡Hola, chicas! ¿Lleváis mucho tiempo esperando? Nos hemos liado en la consulta con una paciente interesante que
—Inés, ¡no empieces! No queremos saber —la corto antes de que monopolice la conversación con su trabajo y me dirijo a la mujer, que sonríe indulgente—. Hola, soy Loreto.
—Andrea. Amiga y compañera de Inés en el hospital. ¿Tú eres su hermana? —Me hace un repaso de arriba abajo, pero no en plan criticona, sino para tantear las posibilidades, al igual que hago yo—. Sois muy parecidas.
—Ella es la guapa. Yo, la de la mala leche.
Me da un beso entre risas y se vuelve para saludar a Nacha, ellas ya se conocen; nos sentamos todas por fin.
Además, llega el camarero con mi cerveza.
Andrea se pide otra, así que me gusta todavía más.
Inés, un Sanfrancisco sin alcohol. Ella todavía le da el pecho a su hija pequeña y veo la culpa en los ojos de Nacha, que aparta un poco la copa de su gin-tonic.
Soy experta en culpa. En la mía, por supuesto, soy doctorada.
Pero la vasta experiencia propia me hace serlo también en la de los demás.
Inés no se da cuenta, pero con su comportamiento perfectito de siempre, ha hecho que Nacha se sienta como una mierda.
—Un gin-tonic, para acompañar a mi amiga —añado al pedido de una pizza vegetariana familiar, una ración de aceitunas picantes y las bebidas de las demás. Nacha pide otro Sanfrancisco sin alcohol. Una pena.
Inés abre los ojos en una sorpresa maravillada. Qué intensa es. Me hace reír, pero también me agota un poco.
—¿Qué celebramos?
—Que Lena ha hecho una siesta de cuatro horas seguidas y Juan y yo hemos podido dormir —dice Nacha entre risas un poco trémulas.
Se lanza a un desahogo de llantos irritables, celos de la hermanita mayor, cólicos y otros problemas infantiles.
Yo la escucho, compasiva, pero en mi interior estoy dando gracias al universo por mis hijos preadolescentes.
No volvería ni muerta a la etapa de bebés.
La verdad es que llega un momento en que la conversación se me hace un poco pesada, me desconecto y me dedico a estudiar a mi hermana.
Inés.
¿Qué puedo decir de ella?
La quiero con locura. Es una de las personas más importantes de mi vida, si no la que más.
Cabecita loca con un gran corazón. Una hermana maravillosa, aunque a veces algo desapegada.
Una tía espectacular, aunque demasiado consentidora con sus sobrinos.
Una mujer formidable aunque a veces se lo tenga un poco creído.
Erik ha sido la horma de su zapato, en cierto modo.
Me alegro sinceramente de que ahora las cosas vayan bien entre ellos porque hubo un tiempo, en los inicios de la relación, en que ella lo pasó fatal.
¿Su consuelo? Que él lo pasó igual de mal o peor.
De pronto, no me queda otra que prestar atención de nuevo. Mi querida hermanita acaba de detonar una bomba con más megatones que la de Hiroshima.
—Vale, muy bien. Pero ahora suelta lo gordo. ¿Cómo has dejado que pase tanto tiempo sin tener sexo con Juan? ¡Con lo que tú eres!