El tamaño de la billetera
¡Ah, cómo me gusta el quirófano de reemplazo de cadera para terminar la jornada! Intenso, sangriento, satisfactorio. Una viejecita llega postrada en la cama sin moverse por el dolor y, en pocas semanas, con algo de rehabilitación, una prótesis de titanio y mi magia, estará de nuevo perfecta.
Ha sido, literalmente, un hueso duro de roer.
De serrar, más bien. Miro mi aspecto en el cristal del quirófano, más vale que me quite toda esta sangre de la cara, en vez de cirujano, parezco un carnicero.
O un soldado. Este último pensamiento amarga mi buen humor y puebla de tinieblas mi mente con recuerdos malditos.
—¡Doctor Radchenko! ¡Estoy viva! —me llama la paciente, una mujer de ochenta y dos años, ¿Violante? ¿Violeta? No lo recuerdo.
—Claro que estás viva, ¿qué te pensabas, Vio? —improviso con una sonrisa—. Dentro de unas pocas semanas podremos jugar juntos al golf.
Se ríe, aún bajo los efectos de la anestesia. Hace un gesto coqueto con la mano y dibuja una sonrisa pícara.
—¡Qué canalla eres, Boris! Seguro que eso se lo dices a todas.
Alzo las cejas en pura indignación fingida.
—¿No me crees? Esa cadera de titanio te va a permitir los mejores swings del Club de Campo. —Asiento con vehemencia para apoyar mi afirmación—. Vendré a verte mañana, ¡pórtate bien!
Ella ríe una vez más. Una mirada reprobatoria del anestesista me dice que mi manera de tratar a los pacientes es poco ortodoxa, pero lo ignoro.
¿Acaso no es mejor la vida con un poco de buen humor?
Hago un saludo militar y me despido de mi equipo.
Las enfermeras se cuadran entre risas, el anestesista me ignora.
¡Bah, peor para él! Yo necesito cambiarme.
Apesto después de tres horas de esfuerzo en quirófano.
Mejor que el boxeo. Y casi tan bueno como el sexo.
Ya en mi despacho, y después de una buena ducha, me cambio de ropa.
Hoy no tengo planes. Un buen libro, un vinilo de Tchaikovsky y un poco de vodka son mi mejor plan.
Llevo unos meses de retiro ascético, quizá sea la crisis de los cincuenta, no lo sé, pero huyo cada vez más de ambientes ruidosos y conversaciones vacías.
Anhelo la calidez del cuerpo de una mujer y aún más su compañía, pero este último tiempo no sé qué me pasa.
Tengo entre las manos la camiseta deportiva que me voy poner cuando un carraspeo me saca de mi línea de pensamientos.
Me vuelvo, sorprendido. Juraría que he dejado la puerta cerrada, pero últimamente tengo la cabeza en otra parte. Las pesadillas han vuelto y la falta de sueño me pasa factura. Son rachas, y esta es mala. Ya pasará.
—Hola, Boris.
—Oh. Buenas tardes, ¿doctora?
Dejo en el aire la pregunta, porque no tengo ni idea de quién es. Me suena, pero no es anestesista ni parte del personal de quirófano. Y yo no salgo mucho de mi zona de batalla: el ala quirúrgica del segundo piso del Hospital San Lucas.
—Soy Estela, Boris. Me hiciste una interconsulta por la infección de la herida operatoria de un paciente, ¿no te acuerdas de mí?
—Oh. Estela. ¡Estela de Infectología, claro! ¡Tonto de mí! —Hago un gesto de impotencia y le pido perdón. Detecto cierta coquetería en la última frase, no le ha gustado que no la recuerde—. Sí, sí. Claro. Gracias a tu intervención, el paciente mejoró y ya está de alta.
Ella ríe. Me gusta la risa musical que emerge de una boca femenina. Tiene una fuerza especial. Ríe y me lanza una mirada ponderativa. Y me doy cuenta de que sigo con la camiseta en la mano y, por lo tanto, mi torso está desnudo.
—Me alegra saberlo. Quizá podrías agradecérmelo de algún modo.
Me recorre de arriba abajo. Y me siento incómodo, porque sus ojos se detienen en las cicatrices que la metralla ha dejado sobre mi hombro izquierdo, atravesando mi pecho en diagonal hasta el costado derecho y la cadera.
Aún hago sonar las alarmas en los aeropuertos por culpa de las esquirlas metálicas que siguen enterradas bajo mi piel.
—Claro. Dime qué necesitas. ¿Algo traumatológico? Encantado de ayudar.
Me pongo la camiseta, avergonzado, pero ella no deja de mirarme. Se pasa con suavidad la lengua por los labios. Es un gesto inconsciente, sutil, pero que aumenta mi incomodidad.
—Estaba pensando en otra cosa. Y no está relacionado con la medicina.
Me desconcierta un poco, no puedo negarlo. Echo un vistazo a mi reloj, es tarde, pero no tanto como para una pequeña visita a alguna de las cafeterías cercanas.
—Vamos, te invito a un café. ¿Te parece?
Ella vuelve a reír de un modo artificial. Ah, no. Eso no. Desconfío de las personas que ríen demasiado, siento que desvían la atención de lo importante y la estudio con algo de interés por primera vez desde que llegó. Joven, bonita, un poco insulsa.
—Bueno en realidad había pensado en una cena. En especial, en el postre. —Se muerde el labio inferior, sus ojos chispean diversión y deseo, y espera mi respuesta, expectante—. Puede ser en mi casa.
La miro unos segundos en silencio. Conozco a las mujeres.
Puedo vanagloriarme de ello. Tengo casi cincuenta años, y tras una única relación formal hace ya mucho tiempo, han pasado por mis brazos infinidad de mujeres.
En todas sus formas, colores y sabores. Risueñas, serias, inteligentes, superficiales, casadas, solteras, tímidas, atrevidas todas me enamoran de algún modo y no suelo rechazarlas.
Pero, como he dicho, llevo unos meses con una permanente sensación de hastío.
—Estela, gracias por tu propuesta, pero tengo un compromiso ineludible —digo con amabilidad—. Quizá en otra ocasión. Pero, si necesitas cualquier cosa de mí en el hospital, quedo a tu disposición.
Su rostro cambia y se endurece; no encaja bien mi negativa. Yo cojo mi chaqueta y miro el móvil. No quiero ofenderla, pero necesito llegar a casa y un buen trago.
—Me han dicho que eres un hombre generoso, en el hospital y en otros lugares. Me gustaría comprobarlo —dice al fin, volviendo a su expresión coqueta—. Puede ser mañana. O el fin de semana, así tenemos más tiempo.
Su rostro se viste de rubor. Y me lo pienso.
No ha debido ser fácil para ella abordarme, pero ese es el problema.
Me gusta que me inviten, sí, pero no que me invadan.
Ni las insinuaciones en mi puesto de trabajo.
Debo tener cuidado. Aunque ya han pasado varios años, sigo teniendo abierto un expediente por escándalo.
Tuve un estreno en el San Lucas bastante salvaje y mi reputación no ha cambiado demasiado pese a mis esfuerzos.
—Soy un hombre corriente, Estela. Y muy simple —digo con sinceridad. Además, no creo que llegue a los treinta. Podría ser su padre y eso me deprime—. Quedo a tu disposición como traumatólogo. Debo irme, si me permites
Está bloqueando la puerta y de pronto me golpea un intenso agotamiento. Me invade la impaciencia. Estoy cansado. Hastiado. Aburrido. Ella no se rinde.
—Además, me han dicho que la «Ley de la ele» no se cumple contigo y quería comprobarlo por mí misma, también —dice, esta vez con una voz insinuante que no calza bien con su juventud—. ¿Es verdad?
La miro, sin entender.
—¿Ley de la ele?
—Bueno se supone que, si eres muy alto, el tamaño de tu de —Pierde seguridad, suelta una risita tonta y lanza una mirada hacia mi entrepierna—. Que la altura es inversamente proporcional al tamaño de la billetera. Y en tu caso, no se cumple. Que la tienes enorme, vaya.
La sorpresa me inmoviliza por un momento y después suelto una grandiosa carcajada. Es tan ingenua y burda en su abordaje que no me queda otra que reír.
—Yob tvoyu mat![1] —se me escapa la frase de los labios antes de pensarla—.
Oh, te han mentido. Te decepcionaría mucho.
¡Mucho! Debo irme, Estela. —Aun riendo, pero con suma delicadeza, porque no quiero que exista ni la más mínima confusión, la aparto con las manos sobre los hombros—. Gracias por alegrarme el día.
¡Qué perdidos están los jóvenes en el arte de seducir y conquistar!
Después de este intercambio, que entrará a formar parte de mi anecdotario secreto y personal, me siento más viejo que nunca.
Y solo. No me faltan mujeres, pero ninguna me llena.
¿Qué quiero? Ah. El cielo con el sol, la luna y las estrellas.
Una compañera de vida con quien compartir los grandes triunfos así como las pequeñas miserias.
Que camine conmigo a su lado, pero que siga su propia senda.
Me dejo abrazar por los libros y la música cuando llego a casa: Pushkin y Tchaikovsky. Cuando me meto en la cama, las sábanas frías me envuelven y un relámpago de nostalgia destella en mi pecho. Quizá debí decirle a Estela que sí.