De amor y vodka
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Paz y armonía por las mañanas
La maternidad es una explosión de amor. El problema es que, en mi caso, estalla en una mezcla de mierda y purpurina a partes iguales. Ahora mismo, la mierda me llega hasta el cuello y es difícil verle el brillo a todo esto.
—¡Mamáaaaaaaa!
Esa última sílaba, sostenida hasta el infinito con la voz aguda de mi hija preadolescente, me perfora los tímpanos.
Cierro los ojos muy fuerte durante unos segundos.
Es un intento de que la idea que orbita en mi cabeza, y que va a cerrar las conclusiones del alegato de un juicio complicado que tengo hoy, no se transforme en una gelatina informe en mi cerebro.
—Mamáaaaaa, Julito no sale del baño y necesito entrar. ¡Me hago caca! —BUM. BUM. BUM, resuenan los golpes sobre la puerta—. ¡Sal ya, imbécil!
Inspiro. Lentamente. Luego suelto el aire poco a poco. Uno las palmas de mis manos frente al pecho y presiono una contra otra para canalizar la tensión. Se supone que eso me ayudará a mantener los chakras alineados y, de paso, la calma y la paz mental.
—¡Julio! Sal de la ducha, ¡ya! —grito de manera automática.
El hecho de que, con tres cuartos de baño completos en la casa además de un aseo, Elena necesite precisamente ese váter en particular es un misterio para mí.
Veamos. ¿Por dónde iba? Oh, sí. Este cabrón le va a pagar a su exmujer hasta el último céntimo que le debe.
Además, añadiremos las costas, intereses de demora, daños y perjuicios morales hacia la madre y el menor...
por no hablar de que la casa familiar quedará en usufructo también para ellos.
La nómina entrará en su cuenta y no la va ni a oler.
El hecho de que lo voy a desplumar me genera una maravillosa satisfacción.
—¡Mamáaaaa! Lo digo muy en serio —lloriquea Elena.
Escucho un portazo y más gritos. ¡Qué bonita es la vida en la casa Morán!
Todo paz y armonía. Los ignoro, que arreglen sus problemas entre ellos.
Sigo tecleando a toda velocidad mientras miro de reojo el reloj de la cocina.
Acelero el ritmo, que la hora empieza a echarse encima.
Ya casi no escucho los gritos, tal es mi concentración.
Y entonces, el sonido de una bofetada me hace alzar la cabeza en un gesto brusco que manda a la mierda mi estudiado recogido y mi paz mental.
—¡Imbécil! ¡Me has pegado! —La voz de Julio suena indignada. Forcejeos. Empujones. Ya no soy capaz de controlar la respiración. Mis chakras se desalinean por momentos.
—¡No me tires del pelo!
Subo a toda velocidad las escaleras antes de que se desate una batalla campal.
—¿¡Se puede saber qué os pasa!? —chillo como una hidra. Noto que mis fosas nasales se abren y cierran como las de un toro a punto de embestir. Estoy hiperventilando—. ¿Es que no podemos tener una mañana normal?
—¡Elena me ha dado una hostia en la cara! —se queja Julito.
—¡Y tú llevas una hora metido en el baño, subnormal! —replica ella casi al mismo tiempo.
—¡Silencio! ¡Ya está bien! —Mi cara debe ser bastante amenazadora porque se callan en el acto—. Julio, ¡esa boca! Y vístete que vamos a llegar tarde. Elena, haz lo que tengas que hacer en el baño y bajad los dos de una vez. ¡AHORA! —grito desencajada cuando veo que cogen aire para replicar.
Bajo las escaleras e identifico el momento exacto en que el cabreo se diluye y da paso a la culpa.
¡Qué bonito sentimiento, la culpa! Sentirse una mierda de madre porque les gritas a tus hijos con cero asertividad; porque eres incapaz de educarlos; porque una voz maligna en tu interior te dice, con todo el peso del heteropatriarcado sobre el que cada día intentas triunfar, que necesitan una figura paterna que ponga un poco de firmeza y autoridad en la vida de tus puñeteros hijos de 11 y 13 años.
Precioso. ¿Dónde está la purpurina en el asunto?
A veces me cuesta encontrarla. La mierda es más fácil de ver.
Me inclino de nuevo frente al ordenador.
A ver. ¿Cuál era esa idea brillantísima para dejar con la boca abierta al juez?
Me devano los sesos en un intento de recuperarla, pero, por algún extraño motivo, solo puedo convocar la palabra «caca» con la voz de Elena.
Tecleo un par de frases y siento que la idea está ahí, rondando mi cerebro, con todo su brillo y esplendor.
Pero los niños bajan en tromba a la cocina y, ¡puf!
, desaparece de manera definitiva. ¿Puede una mirar con odio a sus hijos?
Más culpa. Suspiro y pongo una frase genérica que apela a la inteligencia del juez, dando a entender que no es necesario añadir nada más porque está todo muy claro, y cierro la tapa del ordenador.
—Vamos, hay que irse. ¿Dónde he dejado mis tacones?
Los busco. Recolecto por el camino las llaves del coche, mi bolso, mi blazer de Chanel, pero no hay rastro de los putos zapatos.
—Mamá, el ordenador —me dice Julito, con cara de cachondeo.
—Joder —mascullo entre dientes.
Hace tiempo que he dejado de intentarlo.
Lo de no soltar tacos en dos de cada cuatro palabras que digo delante de mis hijos.
Guardo el ordenador e identifico mis tacones bajo la isleta de la cocina.
¿Será demencia precoz? No es normal la cantidad de olvidos que tengo.
Lo que no anoto en mi Moleskine personalizada no existe y a mi casa no puedo traerme a mi abogado asistente del bufete.
Pienso en Carlos Mario y sonrío. Va a ser un abogado extraordinario, aunque todavía no pueda volar solo.
Me siento dos segundos en el pequeño taburete de la entrada en una superstición que me ha pegado mi madre, y que se supone que te protege contra olvidos y despistes antes de salir de casa. Mis hijos me miran con cara de resignación.
—Vamos. Solo diez minutos tarde hoy.
Observo a mis retoños entrar corriendo por el portalón de hierro del exclusivo colegio británico al que asisten.
Suena la campana en ese momento, así que, técnicamente, no hemos llegado tarde.
Tengo los nervios un poco crispados porque he conducido como una psicópata por las calles de la ciudad en plena hora punta, ganándome bocinazos de los conductores y algún que otro dedo medio.
Me ha dado igual, porque estaba concentrada además en echarles el sermón a mis hijos que tiene más por objetivo el calmarme a mí que el educarlos a ellos: amor y armonía familiar, dejar a un lado gritos y malas palabras, respeto entre nosotros bla, bla, bla.
Porque la primera que comete errores soy yo. ¿He dicho ya que soy una mala madre?
Por si no ha quedado claro.
Soy Loreto Morán Vivanco. Cuarenta años. Divorciada. Dos hijos. Abogada. Influencer. Y una madre de mierda.
Llego al bufete, situado en la planta veinte de un exclusivo edificio en el World Trade Center de Santiago de Chile.
Ya he empezado mi rutina de maquillaje exprés en el coche, soy experta en ponerme el rímel y hacerme la raya sin necesidad de mirarme al espejo.
Dejo los labios, hoy rojo Dior, para el trayecto en ascensor.
Su espejo es perfecto para la primera story de la mañana.
Estudio mi aspecto con ojo crítico y busco el plano que sé que me favorece más.
Buenos días. ¿Listas para empezar la jornada? Let´s go!
Me niego a usar filtros, soy la que soy, pero sí modifico la iluminación para darle más fuerza a la foto.
La subo. Últimamente, las únicas emociones positivas que me alimentan son los likes y el aumento sostenido de seguidores en mi cuenta de Instagram: Mommy&Lawyer.
Triste, lo sé. Pero el café de la tienda gourmet más famosa de Latinoamérica me sale gratis y sé que me espera un paquete de colaboración de una boutique de lujo que acaba de empezar.
A falta de follar, vida social y un hombre en mi vida, tengo Instagram. Viva el siglo XXI.
—Buenos días, Loreto. Estos son los pendientes urgentes que tienes que resolver hoy. Café.
—Hola, Carlitos Mario. Eres el mejor. —Muá, muá. Nos besamos en las mejillas, pero en el aire. No quiero que se me estropee el maquillaje, y él no quiere lucir en su cara un rastro de mujer—. ¿Novedades?
Sonríe, depredador. Me encanta el hambre que tiene siempre de ganar, su perspicacia y su garra.
Además de su aspecto siempre impecable, su agresividad un poco amanerada y la seguridad que destila desde su reconocida homosexualidad.
Es joven, hace solo dos años que ha salido de la facultad.
Está cursando un máster de derecho especializado en familia y eso impide que pueda dedicarse al cien por cien al bufete, pero él sabe que es solo cuestión de tiempo.
Si hace las cosas bien, se convertirá en el socio más joven en no mucho tiempo.
—Te tengo una sorpresa. Me ha llamado el abogado de Martínez. Quiere llegar a un acuerdo.
Alzo las cejas con cierta incredulidad. Uno de esos exmaridos correosos y miserables, que le racanean cada céntimo a sus hijos y su mujer.
—¿Antes del juicio?
Carlos Mario no contesta, solo amplía su preciosa sonrisa.
—Oh, pero qué buena noticia. ¿Se ha rajado? —Río entre dientes—. No me lo puedo creer.
Llevamos meses en litigio, pero ahora le ve las orejas al lobo, claro.
Me alegro sinceramente por mi clienta, que no quiere un enfrentamiento cara a cara que airee todas las miserias de un matrimonio destrozado, pero que estaba dispuesta a todo con tal de asegurar un futuro para ella y su hijo.
Las mujeres sin trabajo reconocido quedan muy desprotegidas en estos casos: sin sueldo, sin prestación de desempleo, sin pensión y cabrones como su ex, que le había puesto los cuernos y pretendía dejarla poco menos que en la calle, se merecían que los metieran a todos en la cárcel.
Como no puedo asegurarles eso, al menos intento sacarles lo máximo posible económicamente. Es un tema de justicia moral.
—Se ha rajado. Está en la sala de espera.
—¿No en el despacho? —Le doy un sorbito a mi café y me encanta cómo se dibujan mis labios en la tapa blanca de cartón.
—No. Que sufra un poquito —dice con cierta malicia.
—Me encanta tu perversidad.
Caminamos a buen paso hacia mi reino, la más grande de las oficinas, con unas vistas maravillosas de la cordillera y el skyline de la ciudad.
—Está muy nervioso. Pretende llegar a un acuerdo y que se lo anunciemos al juez hoy mismo.
Echo un vistazo al reloj de mi muñeca.
—Pues tenemos todas las de ganar, porque hay que estar en la sala dentro de tres cuartos de hora —digo con una sonrisa de triunfo—. ¿Podemos sacarle algo más?
Carlitos Mario se encoge de hombros con un gesto desafectado y elegante. Una pena que sea tan joven. Y tan gay. Pone los ojos en blanco.
—Llegados a este punto, puedes pedirle que te sirva de felpudo para la puerta del bufete.
Lo tienes agarrado de los huevos —expone con lucidez afilada—.
Pero no creo que debamos apretarlo más. Si se endeuda, pondremos en peligro el futuro de nuestra clienta y su hijo.
Que le vaya lo mejor posible en la vida para que pueda pagar mucho y bien.
Lo amo. Es que lo amo.
—Carma, querido. Eres el mejor.
—Lo sé, mi reina.
Solo a él le permito que me llame así. La primera vez que me lo dijo, me cabreé mucho con él.
Turbado, me explicó que no era machismo ni falta de respeto.
Es que lo era. Una diosa. Como le parecía excesivo llamarme «Diosa» en el bufete, en reina se quedó.
Y, secretamente, me encanta. No voy a mentir.
—De acuerdo. Vamos allá.
La negociación dura poco. El otro abogado no tiene nada que hacer salvo aceptar nuestras condiciones y lo sabe. Mi clienta respira aliviada al conocer la noticia.
Cuando dos horas después, tras la espera inevitable por los retrasos de otros casos, nos acercamos al estrado a comunicárselo al juez, siento la necesidad de celebrar. Vamos a cobrar una fortuna con las costas más el porcentaje de la indemnización.
—Carlitos Mario, ¡te invito a comer al Pimpilinpausha! Nos merecemos brindar con un buen vino y atiborrarnos de tapas.
Estoy eufórica. Me lo merezco, joder. ¿Hace cuánto tiempo que no me tomo una copa acompañada y con una carta de dos estrellas Michelín? Años.
Carlos Mario me mira, culpable.
—No puedo, Loreto. Me esperan. Sabes que mi prioridad eres tú —es un maldito camelador, pero no puedo evitarlo. Le creo—, pero he quedado con mi próxima víctima y, según mis planes, hoy triunfo. ¡Pero me guardo tu invitación para una próxima vez!
—¡Oh! Pero eso es mucho más importante. A por él, tigre. —Mi sensación de victoria se diluye un poco y fuerzo una sonrisa algo tensa—. Vete ya. Nos vemos a las cuatro en el bufete.
Carlitos Mario tarda entre dos y tres minutos en esfumarse entre el gentío del centro de Santiago. Yo busco el encuadre perfecto, con el edificio de Tribunales de Familia a mi espalda. Me ahueco la melena rubia platino, sonrío y clic. Subo la story.
¡Hoy es el día perfecto para triunfar!
Lluvia de corazoncitos.
Y de pronto tengo unas ganas inmensas de llorar.