De amor y vodka Epílogo
100%

Epílogo

Tres años más tarde.

Lugansk, Este de Ucrania.

Rompe el corazón ver un país al que he amado tanto antes de odiarlo devastado por la guerra.

Los rusos han retirado sus tropas, pero los estragos siguen oscureciendo los rostros del pueblo ucraniano, orgulloso, poderoso, imbatible.

Es mucho lo que han perdido pese a resultar vencedores en el sinsentido que ha sido esta invasión.

—Joder, ¡cuánta destrucción! —se le escapa a Loreto el exabrupto. Ella conduce, yo miro por la ventana en silencio—. Tenemos que dar gracias cada día por lo que tenemos.

Atrapo su mano sobre la palanca de cambios y aprieto sus dedos para darle la razón. Giro con el pulgar el anillo de compromiso junto a la alianza que la hace mi esposa.

—Estamos cerca. Terminemos el recorrido hasta la plaza caminando. —Señalo un hueco entre dos vehículos llenos de polvo, que nadie ha movido quizá en meses. O años. Quizá sus dueños nunca pudieron volver a casa en ellos—. Aparca por donde puedas.

La gente de la ciudad ha improvisado un monumento al soldado desconocido, es lo que busco.

No hay tumba a la que pueda acudir para despedirme de Katya y Sasha, esto es lo más parecido que puedo ofrecerles.

Loreto me acompaña en silencio, respeta mi duelo.

El dolor está amortiguado por el paso de los años y la felicidad con la que he vivido todo este tiempo junto a ella.

—Con permiso —se disculpa una anciana, que porta unas flores, y que coincide con nosotros en la angosta escalera.

Me hace sonreír porque, por un momento, he visto en ella a babushka.

Vestida de negro y con un pañuelo floreado en la cabeza, muestra el dolor y el sufrimiento en un rostro ajado que quizá sea mucho más joven de lo que aparenta.

Con devoción, deja las flores sobre el improvisado pedestal.

Nosotros permanecemos un poco apartados, respetuosos de su memoria, pero ella se vuelve y nos invita a acercarnos.

—¿Ustedes también han perdido chicos en esta guerra? —pregunta con voz acogedora. Loreto me anima a conversar con ella sin que traduzca. Se aleja un poco hacia un pequeño puesto con ofrendas.

—Mi mujer y mi hijo. Pero no en esta guerra. Murieron en 2014, en los bombardeos de Lugansk. —La emoción escapa por cada palabra que empuja mi aliento. Ella asiente—. Estaban acuartelados en la sede del partido prorruso.

—Esa guerra, esta guerra Todas las guerras son iguales. Todas son la misma. A los muertos no les importa —murmura mientras enciende unas velas. Retira también unas flores marchitas que entristecen el color de las frescas—. Y a los vivos, en realidad, tampoco.

—¿Usted ha perdido a su marido? —pregunto, impresionado por la resignación de sus palabras.

—A mis hijos, en combate. Ninguno de sus cuerpos fue recuperado.

El único consuelo que me queda es venir aquí, como tantos otros familiares que siguen esperando a que nos devuelvan a nuestros caídos.

—Una risa suave, que me choca por su sonido límpido entre la dureza de su discurso, emerge de sus labios arrugados—.

No podemos exigir, ni pedir. Ni siquiera rogar.

—¿Por qué? —pregunto extrañado.

—Porque aún hoy se sigue considerando disidencia solicitar que busquen e identifiquen a los muertos. Ni civiles ni soldados. Al menos he podido enterrar a mi marido.

—¿Cómo murió?

—Por culpa de las minas, hace no mucho. La guerra acaba, pero las consecuencias permanecen durante mucho tiempo.

En la gente, en la tierra —Abarca la ciudad, que intenta ponerse de pie después de haber sido humillada por tanto tiempo—.

Por cada año de guerra, son cinco años de minas que quedan enterradas y siguen cobrándose vidas como en una venganza macabra.

Me quedo en silencio.

—Sasha, mi hijo, era un idealista. Estudiaba medicina cuando decidió alistarse en el ejército y combatir en el bando prorruso.

Supongo que, siendo Katya y yo militares, de alguna manera, lo llevaba en la sangre —le cuento sin que nada me haya preguntado.

Ella me mira y asiente, me anima a que continúe.

Y me doy cuenta de que, aunque Loreto ya sabe todo sobre mí y mi pasado, incluso los pasajes más oscuros, hablar con esta mujer me conforta.

Es la primera vez que lo hago con alguien que ha vivido lo mismo, y eso nos acerca.

Nos hermana—. Siempre le decía, ¡estudia Sasha!

¡No te creas siempre lo que te cuenten! ¡Utiliza la sesera!

—Me río con cierta amargura—. Su madre era la que realmente defendía la causa.

Yo con el tiempo, me fui volviendo más y más escéptico hasta que ya no creía en nada.

—¿Estabais juntos cuando ocurrió? ¿Tú sobreviviste y ellos murieron? —pregunta, solidaria. Posa su mano en mi antebrazo, me consuela.

—No. Nos convocaron, a mí también, a la sede del partido para darnos instrucciones, pero yo esgrimí mi condición de médico.

Estábamos hasta arriba de trabajo en el hospital con los bombardeos y yo hacía ya mucho tiempo que evitaba entrar en combate —digo casi en un susurro.

La culpa me golpea como un viento lejano, pero aún lo hace—.

Le dije: no vayáis. Es peligroso. ¡Quedaos conmigo en el hospital!

Katya era enfermera, mi hijo era estudiante de medicina.

Podrían haberse quedado. O yo debí ir con ellos. Debí morir aquel día. O ellos vivir.

Las lágrimas ruedan serenas por mis mejillas. Ella niega con gesto decidido.

—No. Tu mujer y tu hijo eligieron un camino. No dejes que la culpa empañe el recuerdo que tienes de ellos —dice con una clarividencia que me sorprende—. Debes despedirte, pero no aquí. Hay una fosa común en aquel lugar, donde tu mujer y tu hijo murieron.

—¿En el mismo lugar en el que estaban los edificios?

Ella asiente.

—Algún día lograremos que nos escuchen, pero todavía nos vemos obligados a agachar la mirada y a callar.

Todavía vence el miedo. —La rabia hace que su voz tiemble—.

Pero los que quedan atrás no olvidan. Hay una placa conmemorativa.

Es pequeña, pero la encontrarás junto a unos rosales y unos arbolitos. Si es que no los han arrancado.

—Gracias, babushka. Soy Boris, ¿cuál es tu nombre? Me gustaría recordarte.

—Soy Masha. Ve. Tu mujer tiene frío.

Yo sonrío, y pienso en las coincidencias de la vida, por mucho que Maria sea un nombre tan común.

Me señala a Loreto, que pasea sin querer romper la intimidad que hemos alcanzado. Yo me despido y sonrío. Masha. Como mi babushka Masha. No la olvidaré.

***

Ahora conduce Boris, sabe dónde vamos. Su rostro se contrae en un rictus lleno de determinación.

Ha cumplido con la promesa que me hizo de cerrar la herida de su pasado que todavía sangra.

Hay heridas que jamás cicatrizan del todo, pero si podemos restañarlas de algún modo, creo firmemente que debemos hacerlo.

Para seguir adelante hacia el futuro con el aprendizaje de lo vivido, pero sin lastres que nos encadenen al pasado.

Todavía despierta alguna noche entre gritos y sudores fríos, hablando en esa lengua dura y extraña que es el ruso.

No siempre ha sido fácil caminar a su lado estos años, pero juntos nos hemos reparado y somo mejores de lo que éramos cuando estábamos solos.

Aunque sigo fracasando en mejorar su indumentaria.

Ahora mismo lleva un abrigo largo de piel que escandalizaría a todas las plataformas de defensa de los animales y un ushanka, el gorro ruso con orejeras.

Aunque hace tanto frío hoy en Lugansk que sus pintas le dan la razón.

—¿De qué te ríes, sladkaya?

—De ti. Que pareces recién llegado de Siberia con esa abrigo y ese gorro. —Le saco la lengua, porque sabe que lo hago por meterme con él un poco—. ¿Qué te contó la anciana?

—Perdió a toda su familia en la invasión rusa.

No ha recuperado los cuerpos de sus hijos, así que los llora en la llama del monumento al soldado desconocido.

—Señala un descampado, en el que hay montones gigantescos de escombros y chatarra, como en muchas calles de la ciudad, y detengo el coche—.

Lo cierto es que el lugar está muy desangelado.

Hay que buscar una placa y unos rosales.

Yo me quito el cinturón porque él duda. Flaquean sus fuerzas.

—Vamos. Cae la noche y aquí casi no hay iluminación.

Caminamos juntos, abrazados. Un cartel enorme con una señal de peligro nos detiene.

—Avisa de que este lugar ha sido desminado, tanto por procedimiento de detonación como mecánico, pero advierten que nunca es del todo seguro. —Me mira, indeciso—. No quiero ponerte en peligro por nada del mundo, sladkaya. ¿Quieres quedarte en el coche?

Siempre me antepone a todo lo suyo, aunque lo suyo sea, como ahora, de la máxima importancia. Niego con vehemencia.

—No. Te acompaño. Quiero hacer esto contigo. —Enrosco mis manos en su brazo y lo conmino a seguir—. Vamos.

A los pocos minutos de caminar por los terrones helados descubrimos un pequeño altar.

Es poco más que unos ladrillos cementados y una placa de bronce con un grabado.

Junto a ellos, un par de rosales raquíticos, pero que increíblemente, tienen un par de rosas amarillas, embellecen el precario homenaje junto con restos de velas, flores y fotos.

Hay algunos niños. Es aterrador y bello presenciarlo.

No quiero desarmarme ahora, debo estar fuerte para sostenerlo a él.

—El cemento parece fresco —digo al arrodillarme junto a Boris.

—María me comentó que no dura mucho. Pero los familiares vuelven a erigirlo en memoria de los que murieron aquí cuando las autoridades lo destruyen.

—Boris saca de los bolsillos de su abrigo sendas fotos en pequeños marcos de madera de Katya y de Sasha.

Las deposita junto a otras ofrendas—. Da svidániya! Vechnaya pamyat.

Murmura una pequeña plegaria. Está sereno. Yo aprovecho para dejar una pequeña corona de flores secas que he traído desde Chile. También enciendo unas velas triangulares, de cera de abeja, que he comprado en un pequeño puesto de la plaza mientras Boris hablaba con la anciana. Él sonríe.

—Al final haré de ti una buena rusa —bromea, ya que conoce mi urticaria ante cualquier rito religioso.

—¿Estás triste? ¿Quieres que te deje solo un momento? —Me da miedo que se haga el duro delante de mí, que esas bromas oculten el dolor, pero él sonríe y la risa llega a sus ojos celestes.

—No, Lorenka. Gracias por estar conmigo. No, no siento dolor. Ni pena. Ni culpa —dice con cierta sorpresa—. Solo me quedan recuerdos bonitos de ellos, aunque un poco difuminados. Ahora solo quiero mirar hacia el futuro y ser feliz junto a ti.

Saca un pequeño botellín de vodka y cuatro chupitos de cristal. Dos de ellos los posa sobre la tierra y los llena. Los otros dos son para nosotros. Chocamos con fuerza los pequeños vasos llenos de amor y vodka.

—Za Vashe Zdorovie, sladkaya! ¡Por el futuro que nos espera!

—Salud, mi dragón. También por el pasado que nos ha traído hasta aquí. Aunque duela.

КОНЕЦ

Fin