Epílogo(s)
Hadley
T ENNESSEE
—Los veo —dije echando dos fichas de póquer gastadas al centro de la mesa de jardín, que también había visto tiempos mejores, con mis cartas abiertas en abanico casi a la altura de mis ojos.
El sol apretaba. En Tennessee siempre lo hacía en esa época del año, pero la brisa que llegaba moviendo las hojas de los árboles y el olor a hierba lo hacían terriblemente soportable.
—¿Qué tienes? —preguntó Cody Lee sentado enfrente.
Yo entrecerré los ojos.
—Tú primero.
—No, tú.
—No, tú.
Los dos nos quedamos callados, observándonos, un duelo de miradas.
—¿Tú tienes algo? Porque yo no tengo nada —planteé honesta, cambiando el tono de voz.
Cody Lee aguantó un segundo haciéndose el interesante.
—Yo tampoco —confesó al fin.
Volvimos a mirarnos y nos echamos a reír.
La puerta sonó en ese momento seguida del suave golpe de la de malla metálica. Después, unos pasos haciendo crujir el porche.
—¿Quién gana? —preguntó Jesse dejándose caer hasta sentarse en el primer escalón.
—Empate —respondí con seguridad.
Él sonrió. Mi sonrisa favorita, incluso cuando me ponía de los nervios.
No dijo nada más. Solo se echó hacia atrás hasta apoyar la cabeza en la madera y le dio un trago a su cerveza sin levantar los ojos de mí, pero mi cuerpo lo interpretó a la perfección.
La manera en la que estaba sentado, cómo tenía la muñeca descansando desinteresadamente sobre la rodilla.
La forma en la que me miraba. Nada era inocente.
Con Jesse, nunca lo era. Era una provocación.
Podría haber aprendido de Cody Lee y hacerme la interesante, pero ¿quién quería perder un segundo cuando podía estar en el mejor lugar del mundo?
Me levanté y caminé hasta él con una sonrisa indisimulable en los labios.
Mientras, esa perezosa, un poco engreída y absolutamente increíble seguía en los suyos.
Hay quien podría pensar «Ya la tiene donde quiere», pero estaría equivocado porque yo estaba yendo exactamente al único sitio a donde quería ir.
Sin embargo, estaba a un mísero paso cuando un claxon nos sobresaltó a los tres.
Llevamos nuestra vista a la entrada a tiempo de ver un precioso Range Rover recorrer el camino de tierra.
Yo sonreí encantada. Tenía claro quiénes eran. Jesse fingió poner los ojos en blanco, pero sabía que estaba contento como yo y de reojo creí ver a Cody Lee alisarse la camiseta.
Me hice una nota mental: indagar en eso después.
—Sí, señor, me encanta este sitio —fue lo primero que dijo Presley al bajarse del asiento del copiloto, levantando su vista hasta las copas de los árboles y mirando a su alrededor.
Mientras iba hasta ella y le daba un abrazo, la otra puerta se abrió y directamente sonó una protesta.
—El asfalto se inventó para algo —se quejó Edward.
—Eddie, no seas gruñón —lo riñó Presley.
Y automáticamente todos menos él sonreímos.
—El diminutivo ha calado, ¿eh? —lo pinchó Jesse.
—Y la culpa es toda tuya.
Después de una visita guiada por la casa y el garaje, me cambié de ropa y fuimos hasta el Memphis International Raceway, el circuito de la ciudad. Aquella noche había carrera, pero nosotros solo seríamos espectadores.
Nos lo pasamos genial, sentados entre la gente que no tenía ni idea de quiénes éramos, comiendo nachos y bebiendo limonada helada, riéndonos fuerte y queriéndonos más. Era el efecto Tennessee.
Acabamos en un bar de la calle Beale hasta la bandera, con un par de mesas de billar al fondo, mesas de madera rebarnizadas con asientos corredizos de cuero y una canción de Blake Shelton sonando desde una gramola.
—¿Me estás diciendo que al final robasteis las piezas equivocadas? —planteó Edward tratando de asegurarse de que no había oído mal mientras Presley se moría de risa y Cody Lee asentía resignado con los ojos cerrados.
—Casi me matan con los pantalones bajados para nada —se lamentó.
Jesse sonrió.
—Tendríamos que haberlo planeado mejor —convino.
—O haberos dado cuenta de que era una mala idea —aporté yo.
Jesse negó con la cabeza.
—Las malas ideas son lo nuestro.
—Somos famosos en Tennessee por eso —apuntó Cody Lee.
—No solo aquí —les recordó Presley.
— Signorina, per favore —recitamos a coro Edward, mi amiga y yo, recordando la mejor anécdota de Monza—, mi amico necesita ayuda.
Tan pronto como pronunciamos la última palabra, todos rompimos a reír, incluido Jesse desde detrás de su botellín de cerveza mientras Cody Lee aguantaba el chaparrón.
—Era una pelirroja muy guapa —se defendió.
—¿Qué pasa, vaquero? —replicó Presley—. ¿Solo te van las pelirrojas?
Cody Lee la miró y negó con la cabeza.
—Para nada.
—¿Quién me presta veinticinco centavos? —pedí moviendo la mano con la palma abierta.
Jesse fue el más rápido. Estiró ese cuerpo diseñado para el placer y el pecado levantando solo el culo del asiento y se sacó una moneda del bolsillo de los vaqueros.
—Eso ha sido muy sexy —dije justo antes de darle un beso rápido.
Él no dijo nada, pero no levantó la mirada de mí y, en cuanto osé alejarme, me agarró de la muñeca y tiró hasta que nuestras bocas se chocaron para besarme. De. Verdad.
En la rockola busqué entre las canciones con el pie siguiendo el ritmo de la que ya sonaba y sonreí al encontrarla. Eché la moneda, pulsé los botones y regresé a la mesa.
Más chistes malos. Más anécdotas de unos, de otros, de todos. Más cerveza y mi canción empezó a sonar.
No dudé, me levanté y empecé a bailar junto a la mesa. Daba igual, solo era una chica riéndose y pasándoselo bien en un bar. Jesse se levantó, me agarró de la mano y me hizo girar haciendo que el bajo de mi vestido se moviera también al ritmo de la música.
—Esas botas de vaquera sí que son jodidamente sexis —susurró en mi oído sin que dejáramos de bailar, encendiendo cada centímetro de mi cuerpo, haciendo que las ganas se multiplicaran por mil.
Me mordí el labio inferior, busqué su mirada y la encontré. Sabía que siempre la encontraría, que siempre sentiría su mano sosteniéndome si la necesitaba, que nuestra cama, fuera donde fuera, estuviéramos donde estuviéramos, no volvería a ser solo mi cama.
Presley rompió a reír escandalosa, Edward y Cody Lee lo hicieron un segundo después contagiados, como Jesse y como yo.
Era la mejor sensación del mundo. Estar todos juntos. Disfrutar. Y saber que, al cabo de unas horas, cuando quisiéramos, habría un porche desde el que observar el atardecer.
Jesse
N UEVA Y ORK
«La casa es enorme», eso es lo primero que pensé. No como un rollo vital, sino más bien como «¿Cuánto tiempo tardas en llegar a la cocina para pillar un vaso de agua?».
—Mi padre está deseando conocerte —dijo Hadley a la vez que detuve la camioneta en el patio delantero.
No llevaba las botas de vaquera, una lástima, pero con ese vestido también se me estaban ocurriendo unas cuantas cosas que...
—Jesse —me llamó al orden divertida, sabiendo exactamente qué estaba pensando.
Yo me incliné hacia ella. Su olor mezclado con el de flores de su champú hizo que mi autocontrol tuviera que trabajar mucho y muy duro para dejar las manos quietas.
—En cuanto volvamos al apartamento —le advertí quedándome muy cerca de sus labios—, pienso follarte en el suelo de cada habitación.
Su respiración se aceleró y algo dentro de mí se volvió invencible. Provocarla, jugar con ella, tocarla, todo era una puta delicia, pero sentir cómo se derretía despacio entre mis brazos porque deseaba lo que hacíamos tanto como yo era otro puto nivel.
—¿Es una amenaza? —preguntó con voz trémula, mirándome con esos ojos castaños despiertos, dulces y llenos de curiosidad.
Sonreí. Solo para ponérselo un poco más difícil y, de paso, dejarle claro que sí, cuando estuviéramos solos, no pensaba dejar de hacer que se corriera hasta que estuviese satisfecho.
—Sí, es una amenaza —concluyó por sí misma.
Casi en el mismo segundo, se le escapó una sonrisita tonta, absolutamente encantada, y no me quedó otra que volver a sonreír.
—No hagas eso —me riñó, pero no dejaba de sonreír, así que no obtuvo el efecto deseado—. Mi padre nos está esperando. No puedo entrar ahí pensando en todas las cosas que estoy deseando que tú vuelvas a...
La media sonrisa se colgó de mis labios incapaz de irse mientras no podía levantar los ojos de ella. Era preciosa y un millón de cosas más, empezando por mucho más inteligente que yo, y todas me volvían completamente loco.
—Si te sonrojas ahora, juro que doy media vuelta a la camioneta y bato el récord de velocidad hasta el barrio de Chelsea.
Hadley rompió a reír otra vez por esa mezcla de excitación y diversión y yo solo pude morderme el labio inferior sin dejar de observarla. La quería. Y la necesitaba cerca. Siempre.
Una empleada de la casa nos recibió. Debía de tener unos cincuenta años y, al ver a Hadley, le dio un abrazo. Yo sonreí y asentí con un «Encantado» cuando nos presentó.
Como vaticiné, la casa era enorme; podía tener cualquier cosa, incluido su propio código postal, y, sin embargo, no me esperaba para nada lo que me encontré.
El señor Carmichael y Viv no nos esperaban en un salón gigantesco con suelo de mármol y alguna estatua para decorar, estaban en un salón... normal. Tamaño normal, muebles normales. Todo... normal.
—¿A que no te lo imaginabas así? —preguntó Hadley en un susurro de listilla mientras su padre y su madrastra se acercaban.
—Para nada —contesté sincero.
El señor Carmichael y yo nos saludamos —nos conocimos, más o menos, en Montecarlo— y Hadley me presentó a Viv.
No iba a negar que al principio de la comida hubo un poco de tensión, pero lo cierto es que enseguida se diluyó.
En realidad, era fácil de entender. El señor Carmichael era el padre de Hadley, era lógico que, después de lo que había oído sobre mí, le pareciese peligroso.
Por eso lo importante no era lo que hubiese pasado en Montecarlo, sino lo que estaba pasando en aquella cena.
Él se estaba esforzando en conocerme y yo, en dar una buena impresión.