Daytona Epílogo(s) #2
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Epílogo(s) #2

No debería ser difícil si obviaba todas las anécdotas que comenzaban con un «Estaba con Cody Lee en un bar...».

A la hora del postre, el señor Carmichael se levantó para ir a buscarlo a la cocina y Hadley se ofreció a ayudarlo.

La seguí con la mirada y sonreí como un idiota. Cuando devolví la vista a la mesa, me di cuenta de que Viv tenía sus ojos clavados en mí.

—Así que tú eres Jesse James —constató el hecho con una voz peligrosamente calmada.

—Eso dicen —respondí.

—Theodore me habló de ti cuando os conocisteis en Montecarlo y la verdad es que no le caíste muy bien.

—Puedo imaginarlo.

—Está claro que en esta cena te lo has ganado.

Sentí el alivio recorrer mi cuerpo. Su padre era muy importante para Hadley, quería hacerlo bien por ella.

—Pero no debería preocuparte él, debería preocuparte yo —sentenció Viv usando un tono aún más siniestro.

Estuve a punto de fruncir el ceño, pero me contuve a tiempo.

—Si le haces daño a mi pequeña —me amenazó en toda la extensión de la palabra—, acabaré contigo. Me he criado en un parking de caravanas de Omaha, no me da miedo ensuciarme las manos.

Yo le mantuve la mirada. Por un lado, estaba contento de que hubiese personas como ella guardándole las espaldas a Hadley, pero, por otro, era el momento de dejar claro que el primero que iba a protegerla, pasara lo que pasase, era yo.

—No tienes nada de qué preocuparte. Hadley es mi prioridad. Aprendí la lección cuando casi la pierdo, así que, créeme, no pienso volver a joderlo jamás.

Ella entrecerró los ojos, observándome, y finalmente asintió satisfecha.

—Ya podéis pasar —casi gritó tomándome por sorpresa.

Un segundo después el señor Carmichael y Hadley entraron con una tarta de chocolate, platos y cubiertos. Nunca había estado tan perdido en mi vida.

—¿Qué tal? ¿Cómo ha ido? —preguntó Theodore sentándose.

—Genial —contestó Viv sin dudar—. Prueba superada.

—¿Le has soltado lo del parking de caravanas? —inquirió Hadley repartiendo los platos.

—Toda la frase y ni se ha inmutado.

Hadley asintió y una sonrisita empezó a trepar por sus labios mientras yo no dejaba de mirarla.

—Pero ¿qué demonios...? —solté al fin.

Ella no pudo más y rompió a reír. Justo después lo hicieron su padre y Viv. ¡Me habían tendido una trampa!

—Es una novatada —me explicó mi chica chupando la cuchara con la que acababa de llevarse a la boca un trozo de tarta—, porque ya eres uno de los nuestros.

Theodore sonrió.

—Le has aguantado la charla mirándola a los ojos. Con Viv eso tiene mérito.

Asentí sonriendo también. Estaba claro que se sentía muy orgulloso de su mujer y de esta bromita en la que yo había caído hasta el final.

Sin embargo, cuando mi mirada se cruzó con la de Viv, pude verlo claramente. Cada palabra que había dicho sobre acabar conmigo si le hacía daño a su pequeña iba completamente en serio. Esa mujer defendería con uñas y dientes a Hadley.

Genial. Porque ella vio en los míos que seríamos dos en esa tarea, daban igual las circunstancias.

Después del postre, hablé un rato con Theodore a solas y, más o menos una hora después, regresamos a Manhattan.

—¿Lo has pasado bien? —preguntó Hadley cuando aparqué frente a su edificio.

Yo asentí.

—Me ha sorprendido —contesté sincero—. No pensé que sería tan fácil.

Hadley me miró confusa.

—¿El qué?

—Encajar.

Relajé los hombros y no fue un gesto literal, fue una metáfora de toda mi vida.

Desde que podía recordar, nunca había sentido que perteneciera a algo.

Primero fuimos mi madre y yo, después Cody Lee y yo, pero entonces este torbellino de pelo castaño se coló en mi garaje de la NASCAR y me dio la oportunidad de formar parte de Legacy, de esa extraña pandilla que hemos aprendido a ser Presley, Eddie, Cody Lee, ella y yo.

Y ahora su familia.

—El mérito es solo tuyo. Es muy fácil quererte, ¿sabes?

Sonreí.

—Lo mismo digo.

Hadley me devolvió el gesto y la maldita camioneta, toda la calle, se iluminaron.

—¿Subimos? —planteó.

Yo perdí la vista en el volante.

—Espera un segundo.

El corazón empezó a latirme con fuerza en el pecho.

—Antes he hablado con tu padre, a solas.

—Sí —respondió despacio sin entender a dónde quería llegar.

—Necesitaba su permiso para algo.

Ella me miró. Su cuerpo lo entendió antes que su cabeza y una suave sonrisa se coló en sus labios.

—Hadley —comencé a decir, y mi voz sonó torpe pero no me importó. Me estaba dejando llevar porque sabía exactamente dónde quería llegar—, ha sido una locura, pero ha sido la mejor locura del mundo. ¿Me harías el honor de casarte conmigo?

Me metí la mano en el bolsillo de los pantalones y saqué el anillo.

No había cajita, se habría dado cuenta de que la llevaba y me habría arruinado la sorpresa.

Ella abrió la boca, pero, antes de que pudiera contestar, rompió a reír y, sin entender por qué, pero sabiendo que quería hacerlo, rompí a reír con ella. Y de pronto allí estábamos, riéndonos, felices, en la Chevrolet, en una calle cualquiera de Nueva York... y, joder, qué bien sentaba.

—Sí —dijo cuando nuestras carcajadas se transformaron en sonrisas.

La miré con la felicidad adelantando posiciones dentro de mí.

—Dilo otra vez —le pedí.

—Sí.

—Otra vez.

—Sí.

Y la besé, sin dudar, sin querer ninguna otra cosa en el mundo, sin que dejásemos de sonreír.

—Vamos a casarnos —dijo cuando por fin nos separamos.

No tenía ni idea del tiempo que había pasado besándola.

—Voy a hacerte feliz —afirmé—. Cada día, nena.

Ella torció los labios divertida y adorable.

—Es una promesa muy grande, James.

—O una amenaza, ¿quién sabe?

Hadley volvió a reír. Por Dios, ¿podía haber un sonido mejor?

Me incliné sobre ella. Volví a dejarnos muy cerca.

—Eres idiota.

—Sí, señora —sentencié contra sus labios.