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D E VUELTA EN EL G RAN P REMIO DE A BU D ABI
El número de Jesse.
Antes de darse permiso, volvió a sentirlo... el levantar la mirada hacia el trazado y verlo montado en el monoplaza, con el casco puesto, a punto de salir disparado, cómo él la miraba a ella.
—Hadley.
Su cuerpo se paralizó. Ningún recuerdo podía ser tan real. Se giró y allí estaba, con sus vaqueros gastados, con su camisa de cuadros, con la bolsa colgada al hombro, el pelo revuelto y esos ojos de tantos colores a la vez poniéndoselo complicado.
Quiso pronunciar su nombre. Quiso preguntarle muchas cosas, pero guardó silencio. Porque otro recuerdo se materializó entre ellos, ella pidiéndole que no se fuera y él marchándose igual.
—Si has venido para correr ahora que la FIA ha limpiado tu nombre —dijo rápido antes de arrepentirse—, Legacy te lo agradece. Tu número está inscrito y tu coche, listo. Prepárate.
Jesse le mantuvo la mirada mientras todos en el box contenían la respiración.
—No he venido solo a correr. Pero tú decides.
No era cómo Jesse pretendía enfocar las cosas, pero eso no iba de lo que él necesitaba o de cómo pensaba que podía arreglarlo. Le había hecho daño, la había jodido y tocaba dejar que ella marcara el ritmo. El que necesitase. Cuando lo necesitase. Él no iba a cansarse de esperar.
Hadley no respondió, solo giró sobre sus talones y se alejó.
Se obligó a no caminar rápido, a no flaquear, y cuando la puerta del despacho se cerró a su espalda, se desparramó.
«Está aquí». Se sentó. Apoyó los codos en la mesa y las mejillas en las palmas para un segundo después pasárselas por la cara.
«Está aquí». Cerró los ojos mientras sentía el corazón latiéndole como un loco, uno de sus tacones golpeteando nervioso contra el suelo.
—Está aquí —susurró.
Respiró hondo, o al menos lo intentó, sin saber qué paso dar a continuación.
Habría elegido quedarse encerrada en su despacho hasta que todos estuviesen de vuelta en el hotel, pero, uno, era una adulta, no había hecho nada malo y no iba a esconderse, y dos, Edward habría estado riéndose de ella durante meses.
El plan estaba claro: salir, ignorarlo, seguir adelante con su vida. Pero el universo decidió ponérselo complicado y, al abandonar su despacho, prácticamente se chocó con Jesse, que venía de cambiarse, con el mono de carreras abrochado solo hasta el esternón.
¿Por qué tenía que ser tan estúpidamente guapo? Le parecía una broma cruel del destino.
—Hadley —la saludó con el south drawl modulando su nombre de la manera más cálida y sexy del mundo.
Ella aguantó el tirón. No contestó. Pero entonces lo vio caminar como si nada de vuelta al box y la sangre le hirvió.
—¿De verdad vas a comportarte así? —estalló antes de poder controlarse.
Jesse se giró despacio y la miró a los ojos sin dudar, lleno de esa aplastante naturalidad.
—Te estoy dando tiempo y espacio. Todo el que necesites. Todo el que quieras hasta que decidas que podemos hablar.
Se lo estaba poniendo tan fácil, estaba siendo tan comprensivo, que eso le molestó aún más porque ella no se sentía para nada así.
—¡Yo no quiero hablar contigo! —siseó dando un paso hacia él clavándole el índice en el mono—. ¡Ni ahora ni nunca!
¡Estaba tan cabreada! Como si toda la rabia, la tristeza, la desesperación que había sentido las semanas pasadas hubiesen explotado justo en ese momento.
—¡¿Te haces una idea de cómo han sido estas semanas?!
Jesse odiaba verla así, pero no tenía a nadie a quien culpar más que a sí mismo. Se equivocó y le hizo daño y lo odiaba.
—Sí, Hadley, me la hago porque para mí también han sido un infierno.
—La diferencia es que tú elegiste meternos en él —escupió Hadley furiosa y más triste que nunca.
—Hice lo que creí que era correcto. —Jesse necesitaba desesperadamente que lo creyera.
Sabía que se había equivocado, pero no fue porque no le importara ni porque por un solo segundo hubiese dejado de pensar en ella—.
Ahora sé que la jodí eligiendo por ti, pero necesito que sepas que pensé que estaba haciendo lo mejor, no para Legacy, para ti.
Podía aguantar el recibir los golpes, pero no podía soportar que fueras tú quien los recibiera.
Los ojos de Hadley se llenaron de lágrimas. Entendía que no había sido egoísta ni impulsivo, que se había sacrificado por ella, pero, al final, fuera por el motivo que fuese, el resultado era el mismo.
—Me correspondía a mí decidirlo.
—Lo sé.
—Y me correspondía a mí elegir si Legacy valía más para mí que tú.
Jesse tragó saliva.
—Lo sé.
Hadley no pudo luchar más y las primeras lágrimas empezaron a caer.
—Me habría ido a Tennessee contigo, maldito idiota.
Jesse le mantuvo la mirada, la suya también se volvió vidriosa. Dicen que el último golpe siempre es el peor y aquel le había dado de lleno.
—Lo sé —contestó con la voz ronca.
Hadley lo miró. Lo quería. Al final, esa idea era la que siempre sobrevivía.
«¿Por qué tuvo que acabar todo así?», era lo único que conseguía pensar.
—Pues espero que sepas también que lo estropeaste todo, Jesse.
No dijo nada más, no le dejó decirlo a él y regresó a la zona central del box. Jesse apareció unos segundos después. Quería seguir hablando, tratar de convencerla de que volviera a confiar en él, pero sabía que le debía el parar y esperar, por mucho que doliera no poder correr a abrazarla.
—¿Ahora compartes tu tiempo con los mecánicos? —comentó Jesse sorprendido al salir al asfalto y ver a Edward, al mismísimo Edward Haistead, agachado junto a su fórmula uno, trabajando en el motor como uno más.
—Bueno, alguien debía hacer tu trabajo —bromeó concentrado todavía en lo que tenía entre manos—. Ya sabes, para mantener alta la moral del equipo.
Jesse asintió. Quería seguir bromeando, pero resultaba complicado. Cada vez que se quedaba callado, veía la cara de Hadley llena de lágrimas.
Los preparativos de la carrera siguieron su curso, pero el aire entonces era diferente. Sabía mejor porque el equipo volvía a estar unido.
Después del pit lane , los invitados vip y el himno, por fin dieron la señal de arrancar motores.
En su monoplaza, Jesse giró la cabeza hacia el box y vio cómo Hadley se colocaba los cascos. El director de equipo estaba recordando los puntos principales de la estrategia de la carrera.
Las cinco luces.
Los pilotos salieron disparados.
Todos menos uno.
Jesse.
Julian y los demás en el muro de boxes se giraron hacia él. Hadley frunció el ceño y dio un paso al frente. El fórmula uno seguía quieto.
—Jesse, ¿todo bien? —preguntó Julian.
No contestó.
Un segundo más de silencio.
—Hadley —su nombre sonó claro en mitad del ruido constante de la carrera, aunque lo único que ella era capaz de oír era el sonido de su corazón.
No respondió, pero Jesse sabía que lo estaba oyendo.
—Dime que me quieres. —Jesse tragó saliva—. Me equivoqué. La jodí donde otras personas que te importaban la habían jodido antes que yo, y dan igual las excusas, da igual si me perdonas algún día, lo siento y no espero nada a cambio por decirlo. Solo quiero que lo sepas.
Hadley bajó la cabeza sintiendo lo que esas palabras significaban. No le estaba pidiendo perdón para conseguir algo, lo estaba haciendo porque ella merecía oír esa disculpa.
—También quiero que sepas que no voy a irme a ninguna parte.
No me importa lo feo que se ponga todo, que crea que es lo mejor.
Me has enseñado que querer no es decidir por otro, es quedarse y decidir entre los dos cómo afrontar todo lo demás.
Juntos. Así que la única manera en la que me alejaré de ti será que tú me lo pidas.
Por eso necesito que me digas que me quieres.
Si todavía lo haces. Porque necesito saber por quién voy a ganar esta carrera, si por ti o por nosotros.
Jesse respiró hondo. Sintió la adrenalina de la carrera, de ese momento concreto de su vida entremezclarse con el alivio de saber que estaba poniéndolo todo en el sitio correcto. Estaba en paz.
—Yo te quiero, nena. Pase lo que pase, te voy a querer toda la vida.
El silencio se comió la radio. Nadie se atrevió a hablar. La respiración de Hadley se aceleró. Saltar o no saltar, no había más.
—Te quiero, Jesse. Gana por nosotros.
En cuanto oyó esa frase, sonrió y aceleró. En cuanto ella la pronunció, una risa nerviosa, liberadora, feliz, se escapó de sus labios.
Había saltado, sí. Pero estaba segura de que había merecido la pena.
La carrera fue una locura. Pero también emocionante. Preciosa. Inesperada... Y Jesse ganó porque voló.
En cuanto el coche se detuvo a unos metros de la meta, lanzó las protecciones, se bajó, se deshizo del casco y corrió hacia la zona de boxes. Hadley se quitó los cascos e hizo lo mismo.
Se encontraron, ella saltó a sus brazos, él la sostuvo con fuerza. La conexión, el circuito, Abu Dabi, brillaron.
Hadley hundió la cara en el cuello de Jesse, con sus brazos rodeándolo, con sus piernas haciendo lo mismo con su cintura mientras él la estrechaba más y más.
—Te quiero.
Él volvió a sonreír al oírselo decir y sintió que el puto vacío por fin se llenaba, que había llegado a su hogar. Porque su hogar era ella.
—Te quiero.
Ella respiró por primera vez en semanas y no dolió. Ese segundo que le recordaba que se rompería después se apagó. Estaba entera. Seguiría estándolo.
Los dos habían aprendido.
Los dos habían crecido.
Y los dos habían entendido que lo que pasó en aquella carrera de la NASCAR no fue casualidad. Se eligieron desde que se vieron por primera vez en Daytona.