Daytona 44
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D OS DÍAS ANTES

Jesse estaba sentado en el porche de su casa.

Tenía una cerveza helada en la mano, su marca; el atardecer era especialmente bonito, naranjas que iban escalando tonos rojizos hasta casi alcanzar ese color; el campo, poco a poco, iba cayendo en esa extraña serenidad mientras las hojas de los árboles se agitaban.

Todo estaba en paz.

Y, sin embargo, todo estaba vacío.

Cuando Jesse y Hadley habían estado allí después de Monza, él comprendió, como se comprenden las cosas importantes, sin intentarlo, que su casa ya no era un refugio, era un hogar.

Jesse volvió de Las Vegas pretendiendo usarlo como la primera opción y se dio cuenta de que ya no servía porque no había marcha atrás.

Esas cuatro paredes ya eran un hogar y eso, sin la persona que había hecho que fuese posible, se quedaba vacío.

Cody Lee salió de la casa y se dejó caer en el otro extremo de las escaleras. Se levantó un poco la gorra y le dio un trago a su cerveza.

Últimamente los días habían entrado en esa especie de impasse con forma de rutina. Se levantaban, arreglaban coches en el taller, no hablaban de nada que fuese mínimamente importante y después se sentaban allí.

Cody Lee sabía por qué Jesse necesitaba justo aquel pedacito de la casa.

Jesse prefería fingir que todo estaba bien. No estaba orgulloso, pero desde que volvió de Las Vegas se había forzado una y otra vez a entender las cosas, a pasar página. Pasó lo que pasó. Hizo lo correcto. Se acabó... Pero con ella eso parecía más complicado que ganar Indianápolis.

Llevaba semanas así y no tenía pinta de mejorar. Tampoco era que se estuviese esforzando demasiado.

El ruido de un coche ralentizando la marcha hizo que ambos levantaran la cabeza para descubrir un SUV dirigiéndose hacia la casa.

Los dos se pusieron en pie. El todoterreno se detuvo. Y Julian se bajó de él.

Jesse se humedeció el labio inferior sin estar seguro de cómo sentirse.

Su padre se largó cuando era un crío. Nadie jamás había ocupado ese hueco.

Nada de padrastros, un entrenador, el jefe del primer taller donde aprendió a trabajar.

Y era raro, pero que el hueco no se hubiese llenado no significó que desapareciese, y la primera persona que encajó en él fue Julian.

No fue una cuestión de palmaditas en la espalda ni que hubiese creído en él desde el principio. Es más, no lo hizo, pero le dio una oportunidad incluso cuando no confiaba en él, lo que tenía más valor; le dio margen para ser como era y lo cuidó.

Pero Jesse ya no era una pieza de ese equipo. Otra cosa que le dolía hasta cortar el aliento.

—Así que aquí es donde vives —comentó Julian observando la casa, los árboles—. Me gusta.

Jesse asintió.

—¿Puedo preguntar qué haces aquí?

No quería ser maleducado ni sonar como un desagradecido, pero en aquel momento estaba tratando de que todo se quedara en el maldito pasado y visitas como esa no ayudaban.

—¿Una cerveza? —preguntó Cody Lee.

—¿Tienes sin alcohol?

—Se ha equivocado de estado.

Julian sonrió con suavidad. Esa sonrisa tan de padre.

—Agua, entonces.

Cody Lee asintió y regresó al interior de la casa.

Cuando se quedaron solos, el silencio del ambiente, que allí nunca estaba realmente callado del todo, empezó a sonar: los árboles, los grillos...

—¿A qué has venido? —se parafraseó Jesse.

—Te lo debía —contestó Julian sincero.

Jesse le mantuvo la mirada, pero no habló.

—Después de todo lo que ha pasado, creo que es importante que sepas que nada de lo que ocurrió fue culpa tuya. Tú lo hiciste bien. Ellos te la jugaron.

—Gracias por decirlo.

—Las cosas a veces son así de injustas. No debería de servir como respuesta, pero es la verdad. Tú hiciste de Legacy un equipo y quiero que sepas que estoy orgulloso de ti.

Jesse bajó la mirada, concentrándola en cómo la punta de una de sus botas jugueteaba con la tierra.

Ni su padre. Ni un padrastro. Ni un entrenador. Ni un jefe. Nunca le habían dicho eso.

Julian dio un paso hacia él.

—No te estoy diciendo que vuelvas, Jesse, pero no quiero que sientas que tuviste que irte con la cabeza baja por las fichas que otros movieron en tu contra.

—Si hubiera sido solo en mi contra, me habría quedado —sentenció Jesse, hablando por fin.

Julian lo entendió perfectamente sin necesidad de que ninguno de los dos mencionara a Hadley.

—Whitemore ha mordido el polvo. Hadley vuelve a ser la CEO de Legacy.

Al oírlo, Jesse sonrió de verdad por primera vez desde que había vuelto a poner los pies en Tennessee. Estaba jodidamente orgulloso de ella.

—Me he asegurado de que la FIA limpie tu nombre —añadió.

—Gracias.

Julian miró a su alrededor. Aquel lugar realmente tenía algo.

—Tengo que irme. Esta noche vuelo a Abu Dabi desde Memphis.

—La última carrera —pronunció Jesse. Necesitaba hacerlo, aunque no entendiese por qué.

Julian asintió.

—Cuídate, Jesse.

—Lo mismo digo.

Caminó hasta el todoterreno y abrió la puerta, pero, cuando estaba a punto de montarse, se giró de nuevo hacia el porche.

—Hemos inscrito tu número en Abu Dabi —le contó—. Solo quería que lo supieras.

Jesse no contestó. ¿Qué demonios iba a decir?

¿Gracias? A duras penas se estaba conteniendo para no montarse en ese coche, para no irse hasta los Emiratos Árabes Unidos conduciendo si hacía falta.

Pero nada de eso era buena idea. No se fue por no poder pilotar.

Se fue por Hadley y tenía que ser consecuente con ello.

Julian tampoco añadió nada más, se subió al SUV y se marchó.

El viento volvió a soplar, más fuerte, como si Tennessee también tuviese algo que decir. El corazón le latía a Jesse con una fuerza casi violenta en el centro del pecho.

Sabía lo que quería.

Sabía lo que no podía tener.

Lo odiaba.

Y el centro de todo: Hadley. La manera en la que sonreía; cómo lo miraba cuando entraba en una habitación; la visión perfecta de tenerla debajo de él.

En ese puto momento nada más importaba y ya no se trataba solo de eso.

Hadley era algodones de azúcar y rodeos y llevar su camiseta y sus piernas balanceándose mientras estaba sentada en la encimera de la cocina en su casa, que ya era de los dos, en ese porche, que ya era más de ella que de él.

—Es culpa de mi hermano Kurt.

La voz de Cody Lee llegó desde la puerta de casa.

—Eres la persona que más tarda del mundo en coger un vaso de agua.

Fue el desesperado intento de Jesse de cambiar de tema. Cody Lee no picó.

—No de él literalmente, aunque también —concretó caminando hasta quedarse a un paso de las escaleras—.

Es de la infancia que tuvimos. Tu padre, va el desgraciado y se larga, y tu madre se queda enganchada a él, esperándolo, aunque sabe que no va a volver, descuidándote porque está demasiado triste, porque toma demasiadas pastillas para dormir.

En el colegio saben cómo lo pasamos y les damos lástima, pero no nos ayudan porque la vida es así.

Y mi hermano es un cabrón que me parte la cara todos los días por deporte y tú me defiendes.

Tú asumes la responsabilidad —hizo hincapié Cody Lee mirándolo a los ojos—, igual que haces con tu madre, y aprendes ese puto patrón de mierda: que que alguien te importe es asumir la responsabilidad, decidir, sacrificarse.

—Cody Lee —trató de frenarlo, y la voz le salió ronca, casi rota.

—No —respondió su amigo sin piedad porque lo quería demasiado para verle equivocarse por culpa de errores que cometieron otros cuando ellos solo eran unos críos—, porque lo repetiste con Elena.

Y sé que ella tenía una vida complicada, que su posición era un asco, pero nunca debió permitirte cargar con todo.

—Hice lo correcto.

—No. —Esa vez casi gritó—. Hiciste lo que aprendiste a hacer. Lo que llevas toda tu vida haciendo. Tenías siete años y te responsabilizaste de mí. Te quiero como a un hermano, eres mi hermano, pero ¿en serio crees que fue sano para ti que cargaras con eso?

—¿Y qué se supone que tendría que haber hecho? —estalló Jesse—. ¿Quedarme mientras Hadley lo perdía todo porque yo estaba allí?

—Tendrías que haberla dejado elegir. Lo único que te pidió.

Él negó con la cabeza, apretando los dientes, tratando de contenerse.

—Me habría elegido a mí.

—¿Y?

—¡Que no habría sido justo, joder! Legacy es su sueño, el de su hermano. Más que eso. Ella tiene una buena vida, en Nueva York, con su trabajo, sus amigos, ¿por qué demonios iba a querer esto? —Movió las manos señalando vagamente a su alrededor.

—¡Porque estás tú! ¡Porque a lo mejor es lo que quiere! Da igual el motivo. Lo importante aquí es que era su elección y tú se la quitaste. Puede que los motivos te honren, pero, lo que hiciste, no.

Una de las cosas que más torturaban a Jesse era recordar las palabras de Hadley. «Por favor, no decidas por mí. Tú, no». Theodore, Sebastian, lo habían hecho y él sabía cómo se había sentido ella. Odiaba, como no había odiado nada en su vida, haberla hecho sentir así.

—Esta casa —dijo mirándola, con la respiración suavemente entrecortada y las manos en las caderas—. Ni siquiera soporto estar aquí sin ella.

Una leve sonrisa se coló en los labios de Cody Lee.

—Lo sé.

—Y esa maldita canción... —añadió rápido.

«You’re Still the One». La que escuchó con Hadley mientras iban hacia allí en la camioneta, la que luego sonó en el porche. Lo perseguía por todas partes.

—No te creas que no te vi pegarle una patada a la radio.

—¡Y ni siquiera era la canción en cuestión! —replicó desesperado Jesse.

—Pero se le parecía —entendió el problema Cody Lee.

Jesse dejó escapar un resoplido cansado, breve y mordaz.

—Todas las putas canciones se le parecen desde que volví de Las Vegas.

Los dos se quedaron en silencio. Jesse no había podido dejar de pensar en Hadley un solo segundo. Esa era la verdad.

—La quiero —sentenció en voz alta.

La sonrisa de Cody Lee se hizo un poco más grande.

—Eso también lo sé. —Lo conocía demasiado bien y estaba demasiado claro que Hadley se le había metido bajo la piel—. ¿Y qué vas a hacer?

Jesse se quedó en silencio, hay quien habría dicho que pensativo, pero solo estaba dejando encajar cada cosa en su lugar hasta que esa sonrisa torcida, engreída e irritante, la sonrisa que esbozaba para fastidiar, un poco, a Hadley, se dibujó en sus labios.

—Lo que mejor se nos da —contestó Jesse—, recuperar a la chica.

Cody Lee asintió orgulloso.

—Es la primera vez, pero confío en nuestro éxito.