Daytona 43
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Hadley montó su cuartel general en su apartamento de Manhattan, el mismo donde había ideado su plan para Legacy meses atrás.

No fue fácil. Trabajó más que nunca. Arriesgó muchísimo. Pero consiguió arrinconar a Whitemore, cuyo plan a corto plazo era vender la escudería para ganar más dinero, y sacarlo junto a los suyos de la junta. Se encargó de que sus acciones las comprara gente que realmente creía en el proyecto.

Y Hadley recuperó Legacy.

—Sabía que podrías —dejó claro Presley al otro lado de la línea sin dudar—. Mi chica es grande, muy grande. Nunca lo he dudado.

Hadley sonrió.

—¿Estarás en Abu Dabi?

Era el último Gran Premio de la temporada.

—Por supuesto.

Presley había cuidado del frente por Hadley y, con su empresa de relaciones públicas, había conseguido cambiar la narrativa a favor de Legacy y, más que nada, que el foco estuviera en lo deportivo, como el podio, P3, que Edward había conseguido en el Circuito de Losail.

—Nos vemos en tres días.

—Nos vemos en tres días.

Hadley colgó justo antes de que las puertas del ascensor se cerraran y, cuando lo hicieron, tuvo que respirar hondo, con fuerza.

No le pasaba siempre, pero en muchas ocasiones, cada vez que se quedaba sola y no había nadie ante el que ser profesional o una sonrisa que devolver, la tristeza la golpeaba con una precisión casi quirúrgica.

Porque todo lo que Hadley quería era poder compartir todo eso con Jesse, contarle que lo había logrado, que él los tumbara en la cama y le dijese que estaba orgulloso de ella antes de besarla y tocarla hasta que ninguno de los dos pudiera más.

Pero ya no tenía nada de eso.

Un estridente pitido sonó indicando que las puertas iban a abrirse. Hadley se obligó a recomponerse y, para cuando puso un pie en la planta de vicepresidencia de Carmichael Multinational, nadie podría haber dicho que había estado a punto de derrumbarse en el cubículo hiperiluminado.

Se había convertido en una especie de ninja. Fuerte y resolutiva por fuera, un corazón hecho trizas por dentro.

—La están esperando en su despacho —le informó su secretaria.

Hadley la miró esperando a que le dijera quién.

—El señor Aldridge.

Sebastian.

Hadley frunció el ceño. ¿Qué hacía allí? Las preguntas no la llevaban a ninguna parte y decidió obtener respuestas.

Cuando entró en su oficina, por un momento, tuvo la sensación de que el tiempo no había pasado. Sebastian estaba arrebatador, como siempre; el traje de chaqueta perfecto, la camisa perfecta, la corbata perfecta... Él, perfecto. Y le sonó a seguridad, a lo fácil que las cosas parecían antes.

—¿Qué quieres? —le preguntó. No sonó hostil. Tampoco amable.

—Edward me ha contado lo de Jesse. Quería saber si estabas bien.

Hadley lo estudió con la mirada.

—Lo estoy.

—No es cierto.

—Y sigue sin ser asunto tuyo.

—Hadley, por favor —frenó la conversación dando un paso hacia ella—. Te prometo que solo quiero saber si estás bien.

Ella respiró nerviosa al tiempo que perdía su mirada en el suelo.

—No lo estoy —confesó al fin.

Porque Sebastian parecía lo seguro, lo fácil. Lo que siempre había funcionado.

Él dejó escapar todo el aire de sus pulmones sin mirarla.

—Vámonos a comer algo. A La Masa, como siempre. —Ese «como siempre» se infiltró entre las defensas de Hadley—. Hablaremos y te sentirás mejor.

Estuvo a punto de aceptar, pero en la décima de segundo en la que el sí iba a llegar, lo hizo el ruido de un rodeo de una pequeña feria, el sabor del algodón de azúcar, las risas de verdad, auténticas.

No porque fueran lo seguro.

Ni lo fácil.

Ni siquiera «como siempre».

—Será mejor que te marches, Sebastian —dijo Hadley.

—¿Qué?

—Las cosas no han cambiado.

—¿Cómo que no? —replicó molesto—. Jesse se ha largado. Tú y yo... Maldita sea, Hadley, yo te quiero.

Pero el problema con los «te quiero» es que, cuando oyes el que hace que tu corazón lata más rápido, todos los demás dejan de tener valor.

Hadley dio una bocanada de aire sin levantar los ojos de él.

—Lo siento —realmente lo hacía. A fin de cuentas, no creía que Sebastian fuera un mal tipo y estaba segura de que haría a alguna chica rematadamente feliz—, pero yo no siento lo mismo por ti.

—No lo has intentado.

—No hay que hacerlo, Sebastian. Y, en el fondo, tú tampoco quieres estar con una persona que se queda a tu lado como parte de un experimento.

Él dejó escapar una risa sin humor y negó con la cabeza.

—Sabía que no teníamos que haber ido a esa estúpida carrera en Daytona —protestó con amargura y rabia, pasando por su lado y caminando hacia la puerta.

—Esa carrera es lo mejor que me ha pasado en la vida —susurró ella para sí.

Para bien o para mal, seguía siéndolo.

Dos días después, Hadley voló a Emiratos Árabes Unidos. Era principios de diciembre y fue cuando menos curioso ver prácticamente las estaciones pasar desde la nieve en Nueva York hasta los veinticinco grados y un sol de justicia en Abu Dabi.

—¡Mirad a quién tenemos aquí! —gritó divertido Edward en mitad del box cuando vio entrar a Hadley—. A nuestra única, increíble y alucinante jefa. —Con la última palabra sonrió orgulloso y feliz porque quería a Hadley como a una hermana.

Ella le devolvió la sonrisa, que se transformó en una risa un poco tímida cuando el resto del equipo empezó a aplaudir.

—Parad ya —se quejó Hadley sin poder dejar de sonreír.

—Bienvenida de vuelta —la recibió Julian.

—Muchas gracias.

Muy pronto esa extraña sensación de rutina mezclada con una expectación desbordante se hizo con el espacio. Era lo mismo de cada carrera, pero emocionante cada vez.

Hadley fue a su despacho para comprobar algunos números y estar al tanto de los movimientos de la FIA. Los comisarios que había comprado Whitemore habían sido despedidos, pero Hadley prefería tenerlo todo controlado para que nadie pudiese pillarla por sorpresa.

Estaba sentada delante del ordenador cuando le pareció sentirlo, a Jesse. La sensación duró un momento y se evaporó. Le pasaba mucho. Cuando algo le parecía divertido, se giraba para contárselo. Cuando se despertaba en mitad de la noche, adormilada, lo buscaba.

—Cuando quieras puedes empezar a comportarte como una persona normal... —murmuró para sí.

—Hadley.

La voz le resultó familiar, más que eso. Era la voz. Hadley levantó la cabeza e inmediatamente sonrió.

—Por fin estás aquí.

—Siento el retraso.

—No pasa nada. Estás perdonada —contestó Hadley con grandilocuencia, como si se hubieran trasladado a la época de Regencia y ella fuese la reina de Inglaterra.

Presley sonrió.

—Tenemos que hablar.