Daytona 42
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Hadley estaba destrozada. Le habría encantado que fuera solo una metáfora, pero no, era literal. Como explicaban en demasiadas canciones, no tenía ganas de comer, le costaba dormir y lo único que hacía era quedarse las horas con la mirada perdida pensando en Jesse.

Jesse.

¿Por qué había tenido que marcharse? Habrían encontrado una solución... Habrían conseguido que las cosas, de alguna manera, funcionasen con Legacy... ¿Por qué no le había dado la oportunidad de irse con él?

Se habría ido con él, a Tennessee, a esa casa de tejado marrón claro y paredes blancas y crema, a ese porche.

.. Hadley se habría quedado el resto de su vida en ese porche viendo atardecer, con el ruido de los grillos y el olor a lluvia y tierra mojada, con una cerveza fría y con él. .. y habría sido feliz.

Y era cierto que todavía podía hacerlo. Montarse en un avión, presentarse allí, decirle que ella también lo quería.

.. Pero es que Jesse había elegido por ella, como su padre, como Sebastian, y, por mucho que doliese, que lo hacía más que respirar, no podía estar con alguien que pensase que proteger significaba decidir por los dos.

Llamaron suavemente a la puerta.

Hadley se limpió las lágrimas que sin darse cuenta le habían caído por las mejillas y se incorporó hasta sentarse en la cama.

—Adelante —dio paso.

Vivian asomó la cabeza antes de entrar del todo con una suave sonrisa y cerrar a su paso.

—Te he traído provisiones de las buenas —anunció moviendo una bolsa de papel marrón que le pasó—. Nada de esas pijadas de macarons . Estas cosas se superan con chocolate.

Hadley abrió la bolsa y no pudo evitar sonreír, una sonrisa pequeña y sin luz, cuando vio un montón de chocolatinas, sobre todo, 3 Musketeers.

—Las mejores —sentenció su madrastra guiñándole un ojo—. ¿Puedo? —planteó señalando la cama.

Hadley asintió al tiempo que cogía una chocolatina; le pasó la bolsa a Vivian. No le apetecía comer, pero el chocolate le pareció una buena terapia.

—¿Has hablado con él?

Él. Jesse se había apropiado incluso de ese pronombre personal. No había otro «él» posible. Hadley empezaba a odiarlo un poco.

Negó con la cabeza.

—Los tíos como Jesse son así —dijo Vivian encogiéndose de hombros—. Si piensan que están haciendo lo correcto, no dan marcha atrás, por mucho que les duela.

Ella no venía de Tennessee, ni siquiera del sur. Pero el medio oeste se le parecía en muchos aspectos y, cuando te crías en un parque de caravanas a las afueras de Omaha, en Nebraska, aprendes un par de cosas.

—No quiero hablar de él.

«Él» era más fácil que «Jesse».

Estaba cansada de que ocupara su cabeza el noventa y cinco por ciento del tiempo, incluso cuando dormía. Empezaba a ser más patético que triste.

Vivian se tomó un momento para observarla, estudiándola.

—Pues hablemos de ti —dijo enderezándose y sacudiéndose las manos.

Hadley frunció el ceño confusa.

—¿Este va a ser tu plan de vida a partir de ahora? ¿Quedarte en esta cama para siempre? Porque la Hadley alucinante que yo conozco te ha dejado temporalmente a los mandos de esta nave, no la decepciones.

Hadley la miró esperando una especie de epifanía, como en las películas, cuando un personaje se presenta delante de otro, le dice «Ey, despierta» y el otro mágicamente recupera las ganas de enfrentarse a todo, pero no llegó.

—No sé qué pretendes que haga —contestó, y su voz sonó con ese extraño cansancio que no viene del agotamiento, sino de la tristeza.

—Lo que haga falta.

—¿Para qué?

—Para recuperar Legacy.

Legacy. Otro punto de inflexión. Lo que lo había empezado todo y lo que lo había acabado y, aun así, seguía queriéndola porque no hacerlo era como dejar de querer un poco a Calder.

—No sé si puedo —se sinceró Hadley.

Vivian sonrió como si viese algo que ella no era capaz de ver.

—La Hadley alucinante podría.

Y no fue como en las películas, pero fue una chispa.

Una chispa pequeñita que Hadley al principio ni siquiera notó, pero que siguió viva cuando se pasó dos días con un maratón de Anatomía de Grey y las dos horas que se llevó con los auriculares, escuchando canciones tristes y volviéndolas a escuchar cuando no habían dolido lo suficiente.

Así cinco días enteros, hasta que simplemente pasó.

Estaba delante del espejo, desenredándose el pelo tras la ducha después de tres días sin quitarse el pijama, y se vio, y no se reconoció, y no le gustó.

Y supo que era el momento de hacer algo para cambiarlo.