Daytona 41
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—Es Mitchel Whitemore —gruñó Jesse sin levantar los ojos de él.

Lo reconoció de la junta a la que acudió.

El hombre llegó con una sonrisa satisfecha que activó el radar de peligro del piloto.

Se detuvo frente a Hadley. Con el ruido del equipo trabajando y el rumor continuo que todavía llegaba desde la pista no podía escuchar lo que decían, pero no le quitó los ojos de encima, preparado para intervenir en cualquier momento.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Hadley sin molestarse en sonar amable. Ese malnacido no se lo merecía.

—He venido a informarte de que has sido destituida formalmente como CEO de Legacy One.

Su mundo se tumbó. Todo pareció rodar. No supo cómo se mantuvo en pie.

—No has estado a la altura y no has sabido proteger esta empresa —sentenció cruel, entregándole un sobre con una copia del acta oficial que la destituía.

—Escudería —siseó Hadley con los dientes apretados, agarrando el papel. Por dentro temblaba de furia y tristeza.

Él sonrió con suficiencia, condescendiente, y se marchó.

Lo primero en lo que pensó Hadley fue en Calder. El sueño de su hermano iba a quedar en manos de una escoria que ni siquiera entendía que, antes que nada y por encima de ninguna otra cosa, Legacy era un equipo.

Cuando se giró, la primera mirada con la que se encontró fue la de Jesse. Él no necesitó preguntar.

—Ya no soy la CEO de Legacy One, oficialmente .

Porque esa maldita palabra lo cambiaba todo.

Una lágrima resbaló por su mejilla y para Jesse ese gesto también lo cambió todo.

Miró a Cody Lee, su amigo desde que los dos podían recordar, y lo entendió, como se entendían siempre, y negó suavemente con la cabeza, rogándole que lo pensara con calma, pero Jesse no podía permitirse eso. La decisión estaba tomada.

Dejó escapar todo el aire de sus pulmones y caminó la distancia que lo separaba de ella.

Jesse podía cargar con ser el objetivo, con no poder correr, pero no podía quedarse sabiendo que las consecuencias directas de esa decisión las pagaría Hadley.

—Nena —la llamó sintiendo esa palabra sobre la lengua una última vez.

—Jesse —lo llamó con el corazón hecho trizas.

—Hay una manera de que conserves Legacy por ti misma y es muy sencilla —le dijo.

A ella se le iluminó la mirada, ni siquiera pensó en fruncir el ceño confusa.

—¿Cuál? —preguntó expectante.

—Yo —contestó en un golpe de voz. La luz de la mirada de Hadley se apagó sin entenderlo del todo—. Yo me largo.

La reacción de ella fue automática, instintiva.

—No —replicó sin dudar, negando también con la cabeza.

El corazón de Jesse perdió un latido, los demás se volvieron violentos, odiando lo que estaba a punto de pasar, lo que ya estaba pasando.

Jesse aguantó el tirón y cogió la cara de Hadley entre sus manos.

—Es la única solución —explicó con claridad—. Porque para ellos el problema soy yo, da igual que no sea verdad —añadió con rabia—, y van a usarme contra ti. Dirán que me proteges, que me antepones a la escudería.

Whitemore quería poder y no iba a parar hasta conseguirlo. Su objetivo era Hadley y, desgraciadamente, su arma, Jesse.

Aquella lógica no tenía ni un solo cabo suelto al que agarrarse porque era la pura verdad. El sistema cargando contra la persona. No había más.

—Me da igual —contestó Hadley con seguridad, moviendo la cabeza para que Jesse apartara las manos.

—Pero a mí no —replicó—. No vas a perder Legacy por mi culpa.

—No la pierdo por tu culpa, la pierdo por ellos —contestó a punto de gritar.

Jesse se humedeció el labio inferior sin levantar la mirada de ella. Los ojos de Hadley se volvieron más y más vidriosos.

—No quiero que te sacrifiques por mí —pronunció ella con la voz rota, pero con la fuerza de seguir luchando por él manteniéndola firme.

—Si me quedo, tu vida y tus sueños se complican solo porque yo estoy en ellos.

—No es cierto.

—Negarlo no va a cambiar la realidad.

La voz de Jesse también empezó a fallar y supo que tenía que marcharse ya.

Se obligó a ser práctico. Echó la vista hacia atrás, en busca de Cody Lee. Su amigo asintió con expresión seria, ya con dos bolsas al hombro, y salió del box. Lo estaba viendo sacrificarse otra vez y estaba siendo cien millones de veces peor que la primera.

Jesse miró a su alrededor. Todo le dolía.

Nunca se había sentido parte de un equipo, parte de nada en realidad, hasta que las cosas en Legacy encajaron.

Pero nada era equiparable con tener que despedirse de Hadley.

Por eso lo estaba retrasando, aunque fuesen décimas de segundo.

.. Bueno, era piloto, él mejor que nadie sabía que las décimas podían ser cruciales.

La miró. Lo sintió. Odió que el sistema siempre jugara en contra de los mismos un poco más. Y se inclinó sobre ella.

Perdió sus manos en su pelo, le hizo levantar la cabeza y le dio un último beso. Hadley se quedó quieta. No quería responder. Responder era aceptar y ella no aceptaba eso.

—Vas a llevar esta escudería muy lejos —dijo contra sus labios—. Calder estaría muy orgulloso de ti.

—Jesse, por favor... —murmuró hecha pedazos.

Él se incorporó.

Se contuvo. A él, a su corazón, al motor, a todo lo que llevaba dentro.

Y echó a andar.

Caminó obligándose a hacerlo. Parecía seguro, pero era una puta mentira. Se pasó las dos manos por el pelo y también se forzó a no pararse, a no girarse.

Cody Lee le ofreció las llaves de la camioneta cuando lo alcanzó en el aparcamiento.

Jesse negó por primera vez en toda su vida.

—Llévala tú —contestó—. No me apetece conducir.

Esas dos frases fueron el baremo suficiente para que Cody Lee entendiese que su amigo se estaba rompiendo por dentro.

Lanzaron las bolsas en la parte de atrás de la Chevrolet. Fueron hasta la cabina.

—¡Jesse!

Su nombre llegó a la vez que unos pasos acelerados se detenían a unos pocos metros.

Jesse cerró los ojos antes de girarse, rezando porque sus fuerzas aguantaran un poco más.

Sabía que estaba haciendo lo correcto, tenía que asumir la responsabilidad por ella, es lo que se hace por la gente que te importa.

.. por la gente a la que quieres. Respiró hondo, con ganas de echarse a reír.

En el fondo lo supo mucho tiempo atrás, solo que no se lo había preguntado.

—Hadley...

—No —lo interrumpió ella con las mejillas mojadas—. No quiero que te vayas. Podemos encontrar otra solución, la que sea. Legacy no me importa más que tú —añadió demasiado nerviosa—. Por favor, no decidas por mí. Tú, no.

—No estoy decidiendo por ti —respondió rápido Jesse, desesperado—. Estoy asumiendo mi responsabilidad. Estoy cuidando de ti.

—¡Pues yo no quiero que cuides de mí así! ¡Yo quiero que te quedes!

Jesse tragó saliva. Quería correr hasta ella. Quería comérsela a besos. Pero eso ya no podía ser.

«Estás haciendo lo correcto —se repitió—. Aunque duela». Y, maldita sea, cómo dolía.

Abrió su puerta. Cody Lee ya estaba tras el volante.

—Si te vas, no vuelvas, Jesse —pronunció Hadley sintiendo cómo su corazón roto se hacía pedazos todavía más pequeños.

Jesse la miró. El mundo pareció contener la respiración.

—Te quiero, Hadley.

Era la primera vez que decía esas palabras.

La primera vez que ella lo escuchaba.

Apartó la mirada. Se montó en la camioneta.

—Tío, ¿estás seguro...? —gastó su último cartucho Cody Lee.

—Arranca —pronunció Jesse apretando los dientes, luchando para mantenerse entero.

Ninguno de los dos dijo nada más y condujeron hasta Tennessee.