Daytona 40
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Por un momento, el sonido alrededor de Hadley se desvaneció y solo oyó un incómodo pitido, constante, cruel, desesperanzador. ¿Por qué todo se estaba desmoronando? No era justo. No era justo.

«No es justo».

Respiró hondo. Se obligó a salir de ese espacio sin nada. Se centró.

—¿Se puede saber en base a qué? —planteó Hadley.

—Señorita Carmichael, usted ya no está al frente de esta escudería. No le debemos ninguna explicación.

Eso apestó a Mitch Whitemore por todas partes.

—Es mi ayudante —replicó Julian enseguida—. Tiene la potestad de hablar por mí en cualquier circunstancia.

Al comisario de la FIA no le quedó otra que ceder.

—Después de la investigación en Interlagos y otros incidentes menores repetitivos, consideramos que su conducta antideportiva es reincidente.

—¿Y lo han considerado ahora? —contraatacó Hadley—. Cuando está corriéndose la vuelta de instalación.

—Cuando hemos terminado de estudiarlo con detenimiento —replicó otro de los hombres.

Una risa vacía, mordaz y llena de rabia se escapó de los labios de Hadley al tiempo que cabeceaba. Eso eran solo patrañas. Todos lo sabían.

Jesse y Edward ya estaban preparados para correr, saldrían tercero y cuarto, unos puestos excelentes. Aquello, de esa forma, no era una decisión, era una auténtica cabronada.

—Me encanta este circuito —entró Edward en el box emocionado—.

Es la hostia. Me va lo callejero —añadió en referencia a que, mientras el Circuito de Mónaco era urbano, el de Las Vegas, aunque cumpliera las mismas características en cuanto a ser una pista que usaba calles reales como trazado, era callejero.

Jesse, tras él, sonrió porque se hiciera el interesante justo con esa palabra. Pero, entonces, vio a Julian y, sobre todo, vio a Hadley y su expresión cambió.

No necesitó preguntar qué había pasado. Julian habló primero.

—Estos hombres son inspectores de la FIA. —Su voz sonó cargada de demasiadas cosas y por un segundo los dos pilotos desviaron su mirada hacia ellos. Los odiaron. Fue algo instintivo. A los tres—. Te han suspendido, Jesse. No puedes correr.

—¿Qué? Pero ¿de qué coño van?

Ese no fue Jesse. Fue Edward. Él se quedó callado, pero estaba en guardia. La mandíbula tensa, los hombros guiando al cuerpo para empezar una pelea, los puños cerrados con demasiada rabia.

Se estaba conteniendo porque no hacerlo, salir ahí fuera, montar un espectáculo, dar rienda suelta a su enfado como deseaba, como necesitaba, habría sido dar la razón a la prensa, a la FIA, a Whitemore, y esa no era una opción ni por Legacy ni por Hadley.

Llevó su vista hacia ella. Estaba nerviosa, estaba enfadada como él, odiaba esa situación como él. Jesse esperó a que levantara la cabeza y atrapó sus ojos castaños. Tenía claro que, aunque parecía que habían ido contra él, en realidad estaban yendo contra ella.

Y Jesse supo que tenía que dar el paso que esos desgraciados no se esperaban.

—Entendido —contestó obligando a esa única palabra a pasar por la bola de rabia de su garganta.

Aceptarlo era la única respuesta que les quitaba el poder.

Whitemore lo había hecho para hacerlo saltar y tener la excusa perfecta para cargar contra Hadley, o para que él se quejara y ella intercediera por él.

La lectura habría sido «A Hadley le importa más un piloto que la escudería.

No es la CEO que necesitamos» y nuevamente habría sido Whitemore quien saliera beneficiado.

En cambio, si Jesse lo asumía, nadie hacía nada y se concentraban en correr, los malos no lograban su objetivo.

El box se sumió en un silencio aún más denso. Hadley frunció el ceño confusa. Los comisarios se miraron entre sí y finalmente asintieron y se marcharon.

Jesse caminó hasta Hadley. No la tocó, se quedó frente a ella, inclinando la cabeza para poder mirarla a los ojos.

—Sé lo que estoy haciendo.

Ella apretó los labios en una fina línea, pero acabó respondiendo:

—Vale.

Confiaba en él.

—Jesse, tío —protestó Edward.

Jesse se giró hacia él y le colocó una mano en el hombro.

—Lo importante ahora es ganar —le dijo— y da igual si lo hacemos tú o yo porque el equipo siempre lo hace.

Edward tardó un momento en tragarse la rabia, pero acabó asintiendo. Le hizo un gesto a su estratega de carrera y caminaron hacia el monoplaza.

Julian miró entonces a Jesse y lo hizo orgulloso. Hacía mucho tiempo que había entendido que se había confundido al creer que sería problemático. Puede que no fuera como los demás pilotos, pero eso era algo que jugaba a su favor.

—Si no hay problema con eso, estaré en la radio —informó Jesse—, ayudando a Edward.

—No hay problema —contestó Julian caminando de vuelta al muro de boxes— y, si tienen alguno, pueden venir y besarme el culo.

Jesse sonrió, pero por motivos obvios no le llegó a los ojos.

—No quieres que Whitemore gane, ¿verdad? —pronunció Hadley acercándose a él cuando se quedaron solos—. Por eso no has protestado la decisión.

—Lo importante es el equipo.

La misma sonrisa se coló en sus labios. Para Jesse era demasiado duro. Hadley lo sabía. Lo estaban golpeando de nuevo en el mismo sitio, las mismas personas, el mismo puto sistema. Jesse lo había hecho todo bien esa vez y, sin embargo, habían ido a por él igualmente.

—No es justo —replicó Hadley con mucha rabia y los ojos llenos de lágrimas.

—Tienes razón. —No había otra respuesta posible—. Pero no pienso permitir que lleguen a ti a través de mí. Si no puedo montarme en ese coche, no lo haré. Es así de simple.

Hadley negó con la cabeza con las manos en las caderas. Las primeras lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas y clavó la vista en sus propios pies. Llevaba semanas soportando una presión casi inhumana, trabajando hasta la extenuación, y a ese cóctel detestable se sumaba aquello.

Jesse dio un paso hacia ella, colocando su mano en la nuca de Hadley, sosteniéndola y construyéndole una burbuja donde pudiera romperse en paz.

Hadley estaba sintiendo muchas cosas a la vez. Jesse era más honesto que la mayoría de los hombres que había conocido en su vida y, desde luego, era el más leal, y seguía siendo las dos cosas incluso cuando las circunstancias se volvían complicadas, que es cuando cuenta de verdad.

No podía quererlo más por ello. Estaba enamorada de él. No sabía si era el momento perfecto para tener este tipo de iluminación, pero allí estaba, brillando como un cartel de neón.

Jesse le dio todo el tiempo que ella necesitó y, cuando levantó la cabeza secándose las lágrimas con las palmas de las manos, le sonrió, esa sonrisa tierna, cálida, la que guardaba solo para ella.

Hadley dio una bocanada de aire.

—Tenemos una carrera que ganar —dijo rearmándose sobre sí misma.

Jesse asintió.

—Sí, señora.

Los dos cogieron los cascos y cada uno se dirigió a su puesto en el box. Jesse fue a hablar con Edward, que ya estaba sentado en el monoplaza. Repasó los últimos detalles con él y se echó a un lado.

Legacy hizo una buena carrera. Fue complicado, sin compañero, sin coche en el que apoyarse en las estrategias, pero, por la radio, todos hicieron piña con Edward y consiguió un merecidísimo sexto puesto.

—Parece que estás empezando a aprender a correr —bromeó Jesse cuando vio a Edward entrar en el box—. Te voy a invitar a una cerveza para celebrarlo.

No estaba bien, pero no iba a permitir que también le quitaran la sensación de pertenecer a algo.

—Ah, los del sur siempre tan sensibles —contraatacó Edward divertido.

—Y hemos decidido sentar a su majestad a la mesa —contribuyó al chiste Cody Lee haciendo una reverencia.

Edward se estiró como un pavo real, aunque fuera de broma; era su elemento.

—¿Cómo era eso? —fingió no recordar dirigiéndose a su oficina—. Un bar pequeño, música mala, cerveza fría.

Cody Lee lo señaló como gesto afirmativo.

—Aquí conozco un par —sentenció Edward sin detenerse.

—Y yo otro. La noche está asegurada.

Jesse sonrió oyéndolos, aunque el maldito runrún no se iba. Todo estaba todavía demasiado caliente.

—¿Quién es ese tío? —preguntó Cody Lee.

Jesse levantó la cabeza y su autocontrol tuvo que revolucionar motores para seguir conteniéndose.