Daytona 39
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«O él o tú», ese había sido el ultimátum de Whitemore justo antes de colgar.

Si Hadley se deshacía de Jesse, podría mantener el cargo de CEO.

Sin embargo, por mucho que Legacy le importara, esa frase murió en el momento en que ese déspota la pronunció.

No iba a renunciar a Jesse, pero, por encima de eso, nadie iba a obligarla a hacer algo que iba en contra de todo en lo que creía.

Encontraría la manera de recuperar su puesto.

Jesse subió al podio, pero, después de lo ocurrido, nadie tenía ánimo de celebrarlo.

—¿Quieres que vayamos a dar una vuelta? —le propuso Jesse a Hadley mientras la observaba recoger algunas cosas del despacho—. Para despejarte un poco.

Ella negó con la cabeza metiendo un par de carpetas en una mochila.

—Prefiero irme al hotel y descansar.

Jesse asintió. Paciente, esperó a que terminase de coger lo que necesitaba y, con un par de pasos, llegó hasta ella, le quitó la mochila de las manos y se la llevó al hombro.

Hadley sonrió por el bonito gesto, pero estaba agotada, en todos los sentidos posibles, y aquella sonrisa era prueba de ello.

Al salir a la zona principal del box, Edward, Presley y Cody Lee los estaban esperando. En cuanto los vieron, Presley se incorporó veloz, fue hasta Hadley y le dio un auténtico abrazo de oso.

—Que se vayan al infierno —sentenció sin dudar—. Vales más que todos ellos juntos y, en cuanto nos rearmemos, vamos a acabar con ellos.

Aunque era lo último que le apetecía, Hadley sonrió. Era el efecto Presley.

—Sí —le aseguró Edward con los brazos cruzados sobre el pecho, casi sentado en una de las consolas principales—. Tú estás al mando y nada ni nadie va a poder arrebatarte eso. Whitemore es un gilipollas.

Mitch Whitemore quería el poder. Ser CEO. La presión hacia Hadley, primero con los malos resultados y más tarde, cuando todo iba bien deportivamente, con Jesse, era su manera de conseguirlo.

—¿Por qué no nos vamos a tomar algo? —propuso Cody Lee—. Un bar pequeño, con música mala y cerveza fría. Aquí tiene que haber de eso.

—Sí —respondió Edward—. No van a estar todos en Tennessee.

—Eddie... —lo reprendió Cody Lee.

—Eddie. —A Presley se le iluminó la mirada—. Me encanta.

El aludido torció los labios melodramático. Presley era su peor pesadilla.

—Os lo agradezco, chicos —respondió Hadley—, pero estoy muy cansada y mañana tenemos que coger el avión... —ella, en teoría, debía regresar a Nueva York para seguir trabajando, pero ya no tenía por qué— a Las Vegas.

En dos semanas era el Gran Premio en su circuito callejero.

Jesse entendió lo que estaba pasándole por la cabeza y apretó sus dedos entrelazados tratando de reconfortarla.

Se despidieron de los chicos y Jesse la llevó hasta el coche, caminando un paso por delante y tirando de ella suavemente, como si la estuviese protegiendo del mundo. Sabía que Hadley no lo necesitaba, pero también que justo ese día le hacía falta que la mimaran.

En el trayecto del circuito al hotel Rosewood, en Bela Vista, el móvil de Hadley no dejó de sonar.

Primero fue Theodore. No dudó. Le puso en bandeja aplastar a Mitch Whitemore con una llamada telefónica y expulsar uno a uno a todos los miembros de la junta.

Hadley tampoco dudó. Le agradeció la oferta, hasta a Jesse le pareció tentadora, pero la rechazó.

Iba a arreglar eso por sus propios medios.

Después llamó Vivian. Estaba en Londres por negocios, pero le aseguró que podía llegar a Brasil antes de que amaneciese y gestionar todo este asunto hasta darle la vuelta y hacer pagar a Whitemore.

Otra oferta que resultó muy apetecible, pero Hadley volvió a agradecer el apoyo y a negarse.

Era su problema, la consecuencia de su decisión y algo de lo que ella debía ocuparse.

Sebastian también llamó, pero Hadley no respondió.

En el hotel, Jesse llevó a Hadley directamente a su suite , ni siquiera se molestaron en pedir una para ella.

Y desde que entraron, Hadley estuvo en movimiento.

Abrió su maleta, sacó su neceser, se duchó, fue al vestidor.

Jesse se quedó cerca, observándola, dejándole claro que no estaba sola pero sin presionarla para que hablara.

Sabía que esa era la manera de Hadley de ir soltando poco a poco.

Pero ella se quedó de pie junto a una de las estanterías, con una camiseta de Jesse que le llegaba hasta la mitad del muslo y el pelo recogido de cualquier manera. Sin moverse, con la mirada perdida. De repente, una lágrima cayó por su mejilla.

Jesse no dudó, se comió la distancia que los separaba, deslizó un brazo por su espalda, otro tras sus rodillas y la levantó en brazos.

Podía esperar, pero no la iba a dejar romperse sola.

Hadley quiso protestar, pero sus defensas ni siquiera fueron capaces de formular una frase completa y se dejó caer en lo que necesitaba, aunque no fuese lo que debía permitirse necesitar, porque con Jesse podía hacerlo.

Se acurrucó en sus brazos y hundió la cara en su cuello mientras él la estrechaba con fuerza.

—Vamos a encontrar la manera —dijo Jesse con la seguridad con la que se montaba en un monoplaza.

—¿Y si no? —replicó Hadley.

Él se quedó callado un momento, pero su corazón y su cabeza sabían la respuesta a esa pregunta.

—Siempre hay una manera.

Las palabras le supieron a ceniza, pero no se arrepentía de haberlas pronunciado.

Una pequeña sonrisa se coló en los labios de ella.

—¿Sabes que eso sería algo que habría dicho Calder?

El mismo gesto se iluminó en ese instante en los de él.

—Debía ser un tipo muy listo.

Hadley se recolocó hasta quedar a horcajadas sobre Jesse. Ese gesto para ellos era hogar.

—A veces pienso que me estoy equivocando y debería dejar que me ayudasen —confesó—, que mi padre acabase con Whitemore, que viniese Viv. Tal vez estoy siendo demasiado testaruda.

Aquellas frases, aquella idea, le daban un miedo terrible porque ¿qué pasaría si al final acababa fallando?

—¿Por qué testaruda y no tenaz? —planteó Jesse tomándola por sorpresa, mirándola a los ojos a aquella distancia tan pequeña, territorio seguro y peligroso a la vez, de la manera más bonita del mundo.

Hadley parpadeó aturdida.

—Hay un montón de historias de empresarios por ahí, Steve Jobs, por ejemplo —continuó su teoría Jesse—, que se empeñaron en una idea que a todos les pareció una locura, pero nadie los llama testarudos, los llaman tenaces.

¿Por qué tú tienes que ser diferente? No estás rechazando la ayuda por capricho, lo estás haciendo para seguir siendo tú, para hacer las cosas como tú crees que deben hacerse.

A eso, en mi pueblo, se le llama tener principios.

Hadley volvió a sonreír sin poder evitarlo. Una sonrisa diminuta, casi invisible, pero que prendió una mecha que llenó de calidez todo su cuerpo.

—La gente de Tennessee también debéis ser tipos muy listos.

—Nah, no te creas. En la media.

Jesse también sonrió, la sonrisa de Hadley se hizo más grande y por un instante todo lo que pesaba empezó a hacerlo un poco menos.

—Si pierdo Legacy... —empezó a decir Hadley.

—No vas a perder Legacy.

—¿Qué pasaría con nosotros? —preguntó ella.

—Lo que nosotros queramos —contestó encogiéndose de hombros.

Otra vez esa incontestable seguridad.

—Legacy es tuya, es tu trabajo, parte de ti, pero no te define —sentenció Jesse—. Igual que ser piloto no me define a mí...

Ahí estaba, esa poderosa verdad. Ellos se habían elegido por lo que eran, no por lo que habían decidido ser. Se trataba de Jesse y de Hadley, no del piloto y la CEO.

—Y siempre puedo quedarme con un mono de carreras, por lo de tus fantasías recurrentes.

—Eres idiota —se quejó Hadley dándole un manotazo en el hombro, pero la sonrisa había vuelto y no consiguió disimularla.

A Jesse le encantó su reacción y por un puñado de segundos se quedaron en silencio, simplemente así.

—Hadley, no voy a dejar de sentir lo que siento por ti.

El corazón de ella empezó a latirle muy rápido. Entrecerró los ojos divertida.

—Y lo que sientes por mí es... —dejó en el aire aprovechando el momento.

Jesse le mantuvo la mirada y asintió un par de veces.

—Buen intento —dijo mordaz.

Ella se encogió de hombros en absoluto arrepentida.

—Yo también tengo claro lo que siento por ti y eso no cambiará nunca —dijo Hadley.

—Sienta genial oírlo.

El aire comenzó a cambiar despacio, las chispas encendiéndose cada vez que la piel de uno reconocía la del otro.

—Nunca me había alegrado tanto de ir a una carrera de la NASCAR —murmuró Hadley con voz trémula, recordando dónde se conocieron.

Sus manos se apretaron sobre los hombros de él.

Jesse dejó escapar todo el aire de sus pulmones mientras su cuerpo despertaba, mientras no podía levantar sus ojos de los de ella.

—Daytona es mi ciudad favorita —sentenció con la voz ronca.

Hadley se acercó un poco más. La mirada de él cayó a sus labios. Sus manos apretaron posesivas sus caderas antes de que viajaran por su cintura hasta cerrarse en un abrazo y estrecharla contra él.

Estrelló sus labios contra los de Jesse. Él solo tardó un beso en tomar el control.

Solo ellos importaban.

El mundo se quedaba fuera de esa habitación.

Esa noche el sexo fue diferente, la intensidad subió un escalón, aunque el ritmo fuese más lento. Se tocaron más, aunque acariciaran menos piel. Llegaron más lejos, aunque hubiese menos palabras. Porque esa noche, en esa cama, Jesse y Hadley hicieron el amor.

El tiempo en Las Vegas pasó demasiado rápido y, antes de que pudieran darse cuenta, llegó el Gran Premio.

La ronda clasificatoria fue realmente bien y Jesse y Edward quedaron en P3 y P4 respectivamente, unos puestos increíbles en la parrilla.

Al día siguiente, ya era de noche y cada edificio emblemático brillaba en el Strip cuando comenzó la vuelta de instalación para dejar los coches en posición.

Todo iba como esperaban que fuera.

Sin embargo...

Hadley los sintió incluso antes de verlos, vestidos con pantalones azul marino, camisas blancas y chaquetas deportivas a juego. Sus credenciales colgando de la cinta naranja al cuello.

—Necesitamos hablar con Julian Krauss —avisó uno de ellos.

—¿Qué pasa? —contestó el director deportivo caminando desde el muro de boxes. Como Hadley, él también los había visto llegar.

—Estamos aquí para comunicarles una decisión inmediata e inapelable: Jesse James está suspendido. No podrá correr este premio.