Daytona 38
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Una semana después llegó el turno de Ciudad de México y su Autódromo.

La prensa, cansada de que Jesse y Hadley no les dieran carnaza, empezaron a inventar la suya propia: supuestas infidelidades de Jesse con empleadas de hotel, con admiradoras, incluso con la novia de Max Verstappen; peleas en suites con Hadley llamando a seguridad.

.. Nada era cierto, pero los periodistas sensacionalistas lo utilizaban como si lo fuera y, poco a poco, los patrocinadores comenzaron a ponerse en contra de Jesse.

Y la junta lo usó en contra de Hadley. Llamadas cada vez más tensas, dos reuniones en las que ni siquiera se contó con ella, inversores que ya no disimulaban.

Ni siquiera importó que Jesse quedara cuarto en el Gran Premio de México. Sutilmente, el «Puede quedarse mientras gane» se transformó en «Aunque gane, no lo queremos aquí» y Hadley y Legacy estaban en el centro de todo.

—Ey, hola, nena. —La voz de Jesse cruzó la pantalla del ordenador, recorrió siete mil seiscientos sesenta kilómetros y llegó hasta Hadley.

Él estaba en São Paulo, donde en unos días correría en el Circuito de Interlagos. Ella, en Nueva York, tratando de apagar fuegos.

—Siento haber llegado tarde —contestó Hadley.

Se movía por su habitación mientras abandonaba el bolso sobre una silla, se quitaba los zapatos y se dejaba caer hasta sentarse en la cama.

Sonaba agotada, como cada día últimamente. Jesse miró el reloj. En São Paulo eran dos horas menos respecto a Nueva York, pero daba igual, ya era muy tarde en los dos sitios.

—¿Acabas de volver de la reunión?

Ella asintió mientras bostezaba.

—Se ha alargado más de lo que esperaba, pero he logrado que los dos patrocinadores se queden.

—Sabía que lo conseguirías —la animó Jesse.

Se esforzó en sonar reconfortante, calmado, pero no lo estaba en absoluto. Hadley se estaba matando en jornadas interminables, en reuniones cada vez más hostiles para proteger Legacy cuando, en realidad, era obvio cuál era la manera de que los problemas se acabaran.

Jesse lo tenía jodidamente claro, pero eso no significaba que no doliese ni un poco menos.

Hadley se quedó callada, pero el silencio rápidamente se transformó en un suspiro.

—Si no me cambio ahora, volveré a dormirme vestida —explicó, aunque no estaba claro quién era el destinatario de esa información, si Jesse o ella misma.

Se llevó el móvil al vestidor y empezó a quitarse la ropa para ponerse el pijama.

—¿Estás intentando seducirme? —bromeó Jesse solo para hacerla sonreír.

Aunque, si la respuesta fuese sí, lo había conseguido. Llevaba casi dos semanas sin tenerla cerca y la echaba de menos como no había echado nada de menos en toda su vida.

—Por supuesto —contestó Hadley, pero en mitad de la broma el vestido se le quedó atascado mientras trataba de quitárselo por la cabeza y todo adquirió un tono extrañamente tragicómico—. Ta-chán —dijo estirando los brazos cuando por fin logró liberarse.

—La mejor estríper de la historia —sentenció Jesse con una sonrisa.

—Por tu bien espero que no hayas visto muchas —le advirtió Hadley poniéndose una camiseta y recogiéndose el pelo en un moño sin mucha necesidad de serlo en lo alto de la cabeza.

—Sí, señora —contestó con ese suave acento sureño.

Y como cada vez, a Hadley le temblaron un poco las rodillas.

Ella lo reprendió con la mirada por descarado y él sonrió encantado.

—Llevas mi camiseta —comentó observándola mientras ella caminaba de vuelta a la cama.

—Te la robé en México antes de irme. Huele a ti —respondió metiéndose bajo la sábana y la suave colcha.

Lo explicó con tanta naturalidad, como si así fuera exactamente como tenía que ser, que el corazón de Jesse comenzó a latir más deprisa.

—Así es como si estuviera allí contigo —dijo, y, sin quererlo, su voz sonó más ronca—. Yo también voy a tener que robarte una prenda que huela a ti para sentirte más cerca.

—¿Una camiseta? —planteó ella con los ojos casi cerrados por el sueño y el cansancio acumulado.

—No, unas...

—¡No lo digas! —lo cortó abriendo los ojos de golpe y sonrojándose, lo que hizo que Jesse rompiera a reír—. Eres un descarado —protestó volviendo a acurrucarse y cerrando de nuevo los ojos.

Las carcajadas de él se transformaron en una sonrisa. No podía levantar la mirada de Hadley. No podía dejar de desear estirar la mano y poder alcanzarla, como la trampa de las pantallas le hacía creer.

—No te vayas hasta que me duerma, por favor —le pidió ella en un murmullo.

—No me voy a ir a ninguna parte —respondió él.

Algo en su pecho se apretó, pero Jesse se negó a escucharlo. No en ese momento.

—Duerme tranquila.

Porque en ese momento solo importaba estar allí para ella.

Dos días después llegó Interlagos.

Y el caos fue brutal.

No llevaban veinte vueltas cuando comenzó a llover con una intensidad casi desbordante. Hubo varios safety cars y el icónico y desafiante circuito pronto demostró por qué cumplía exactamente con esos adjetivos.

Aston Martin perdió a su primer piloto antes de la mitad de la carrera y el segundo de Mercedes tuvo que retirarse también.

Jesse lo dio todo. No se rindió, peleó cada curva, cada entrada, cada salida.

Solo tenía una idea en la cabeza: «Si Hadley lucha en los despachos por mí, yo lucho aquí por ella».

No le importó que, por la altitud, el agarre en las curvas fuera menor, ni que, al ser una de las pistas más estrechas, los adelantamientos se disputasen centímetro a centímetro, ni la exigencia física de un circuito que se corría en sentido antihorario.

Corrió.

Peleó.

Y quedó segundo.

Lando Norris ganó por dos décimas.

Hadley corrió hacia Jesse, él hacia ella y se abrazaron en la entrada del box. Ni siquiera habían podido verse antes de la carrera. Ella había tenido que retrasar su vuelo por una reunión de última hora.

—Has hecho una carrera increíble —dijo orgullosa, con la cara escondida en su cuello. Necesitaba sentirlo cerca, real—. Eres el mejor.

Jesse la estrechó con fuerza, con los brazos rodeando su cintura mientras los de ella rodeaban su cuello.

—Haría cualquier cosa por ti —contestó él, y era tan de verdad que asustaba.

—Jesse.

La voz de Julian rompió el momento, pero no fue lo que dijo, sino cómo lo dijo. Se separaron y el piloto fue el primero en ver a los dos inspectores de la FIA junto a su director de equipo.

—Quieren investigar tu adelantamiento a Russell en la curva S —explicó Julian con voz grave.

Sabía que era una injusticia.

—¿Qué? —Edward fue el primero en reaccionar—. Ese adelantamiento ha sido completamente legal —sentenció dando un paso hacia los inspectores.

—Eso es lo que pretendemos averiguar —contestó uno de los hombres.

—¡Y una mierda! —saltó Edward encarándolos. Jesse y Cody Lee se acercaron a él para frenarlo si decidía enfrentarlos de otra manera.

—Edward —lo llamó al orden Julian, aunque pensaba exactamente lo mismo que él.

—¡Solo queréis joder a Jesse! —insistió Edward—. Espero que Whitemore os pague bien —añadió con desprecio.

—¡Edward! —lo advirtió Julian.

Jesse se colocó delante de su compañero asegurándose de hacer contacto visual y lo empujó suavemente hacia atrás.

—No te preocupes —le pidió—. Los dos sabemos que no he hecho nada. No van a poder demostrarlo.

Edward estaba demasiado cabreado como para verlo así, pero acabó asintiendo a regañadientes mientras su mirada volvía a clavarse en la gente de la FIA.

Jesse miró a Cody Lee, que captó el mensaje enseguida.

—Vámonos, tío —llamó a Edward echándole un brazo por los hombros y tirando de él—. Esos cabrones no merecen ni que te dignes dirigirles la palabra.

Jesse se aseguró de que Cody Lee y Edward se marchaban y se giró hacia los técnicos.

—¿Qué necesitan saber? —preguntó con calma, pero dejándoles claro ya por el tono de voz que no iban a intimidarlo.

La entrevista fue tensa, llena de preguntas trampa, pero ni Jesse ni Julian ni el ingeniero de carreras cayeron en ninguna. Cada vez resultaba más evidente que Edward tenía razón y Whitemore estaba detrás de aquello.

Al final, no tuvieron más remedio que admitir que la maniobra de Jesse, aunque al límite, había sido legal. Pero el hecho de que hubiera habido una investigación ya quedaba registrado y eso jugaba claramente en su contra.

Hadley los estaba observando junto al resto del equipo desde fuera del box. No podían estar presentes.

Estaba nerviosa. Todavía no se había recuperado de la adrenalina de la carrera, de ver a Jesse ponerse en peligro de esa manera por Legacy, cuando había pasado eso.

Su teléfono comenzó a sonar. Su primera intención fue no responder, pero entonces vio el nombre en la pantalla. El patrocinador más importante del equipo. No podía no cogerlo.

—Carl, ¿en qué puedo...?

Ni siquiera la dejó terminar la frase.

—Hadley, estamos fuera.

—¿Qué?

—La FIA está investigando a tu piloto. Está en todas partes.

Hadley apretó los dientes, controlándose por seguir sonando profesional y no gritarle a la cara, como estaba deseando hacer, que se estaba agarrando a una estupidez solo para poder comportarse como un cobarde con la conciencia tranquila.

—La FIA no va a sancionarnos porque no hemos hecho nada.

—Pero hay una investigación abierta, ¿verdad? —replicó—. ¿Qué pasa si la próxima vez sí incumple las normas, o si saca de la pista a otro piloto y acaba mal? Jesse James es imprevisible —sentenció.

—Es ridículo. Jesse James jamás le haría daño a otro piloto a propósito.

¡Lo era! Tenía muchos más principios y era mucho más leal que la mayoría de los que se ponían un mono de carreras.

—Lo siento, pero la decisión está tomada, con efecto inmediato. Se acabó, Hadley.

La línea se cortó.

Hadley sintió su respiración entremezclarse con las pisadas sobre el suelo húmedo a su alrededor. No podía ser verdad. Las cosas no podían descarrilar así.

«No pueden», se dijo, y salió de su ensoñación.

Giró el teléfono en su mano dispuesta a volver a llamar a Carl y recuperarlo como patrocinador, pero una llamada entrante se le adelantó.

El estómago se le encogió de golpe, como si su cuerpo hubiese adivinado lo que estaba a punto de pasar.

—Gracias por su colaboración, señor James —se despidió el comisario de la FIA.

Jesse dio una bocanada de aire con las manos en las caderas, observando cómo se marchaban. Mientras bajaba la cabeza, una sonrisa mordaz se entremezcló con un resoplido breve y lleno de rabia.

—Ha sido injusto e innecesario —señaló el ingeniero.

—Ha sido una emboscada —lo corrigió Julian.

—Ha sido un puto ajuste de cuentas —hizo lo mismo Jesse con los dos.

Hadley había mantenido los patrocinadores, Legacy One había seguido ganando, lo que impedía a la junta doblegarla, así que tenían que conseguir que la sangre llegara al río de otra manera.

Jesse llevó su vista hacia el exterior por inercia y también porque algo le dijo que lo hiciera. Inmediatamente distinguió a Hadley. Tenía el teléfono en la mano, pero la mirada... joder, la tenía vidriosa, perdida.

Corrió hacia ella.

—Ey, nena —la llamó cuando aún estaba a unos pasos—, ¿qué pasa?

En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, la cogió de la cintura.

—Whitemore acaba de llamarme —explicó con la voz a punto de rompérsele—. La junta ha decidido apartarme temporalmente de la dirección de Legacy.