37
A Hadley, el corazón le latía cada vez más rápido, más nervioso, pero no dejó que nadie en esa mesa lo notara.
—Siento que no lo veamos de la misma manera —contestó.
—Quizá porque usted lo está percibiendo desde una óptica personal —apuntó Whitemore con malicia.
Hadley sonrió medida, profesional, impecable. Esa sonrisa la había aprendido de su padre. Nada inquieta más a un rival que que le dejes claro que sabes el terreno que pisas.
—Cada vez que cruzo la puerta de una junta, entro aquí como CEO, tomo las decisiones necesarias de acuerdo a ese cargo y las afronto de la misma manera.
No es personal. Al contrario de lo que hacen ustedes, pues parecen haberlo olvidado haciendo referencia a mi vida privada como modo de presión para que tome las decisiones que quieren.
Whitemore abrió la boca dispuesto a contestar, pero Hadley fue más rápida.
—Jesse James se queda porque los resultados hablan a su favor.
Desde que ha llegado, Legacy One ha sumado puntos, por primera vez, ha alcanzado podio, por primera vez, y ha ganado un Gran Premio, por primera vez.
Eso es algo que, en su primer año como escudería, no han conseguido Red Bull, McLaren, Aston Martin, ni siquiera Ferrari.
Todos guardaron silencio. Ese detalle era incontestable.
—Hay más cosas además de ganar, señorita Carmichael —apuntó a la defensiva otro de los ejecutivos.
—Dedicándonos al mundo del deporte, no lo creo —contestó con total seguridad—. Si no tienen ningún otro tema que discutir...
Hadley les dio unos segundos para responder. Cuando ninguno de ellos lo hizo, se dirigió a la puerta con paso seguro.
—Un placer verlos —se despidió, y, mientras lo hacía, miró directamente a Whitemore.
Hadley no se derrumbó al salir. No sabía si ellos lo harían detrás. Ni tampoco en el pasillo. Mismo motivo. Pero cuando las puertas del ascensor se cerraron, se dejó caer hasta apoyar la espalda en la pared del cubículo y se forzó a respirar hondo, una, dos, tres veces, mientras cerraba los ojos.
Tenía claro que aquello no sería una junta normal, pero tampoco se esperaba una emboscada tan directa.
Las cosas habían escalado a un punto demasiado peligroso.
Ya no se trataba de ganar por Legacy, por orgullo o por el simple hecho de hacerlo.
En aquel momento, más que nunca, se trataba de supervivencia en el sentido más literal de la palabra.
Hadley no se esperaba que Jesse estuviera allí y, cuando puso los pies fuera del imponente edificio de oficinas, sus Louboutin se quedaron clavados en el suelo al verlo, de pie, apoyado en su camioneta, con los brazos cruzados sobre la sudadera de cremallera negra y con capucha que llevaba sobre la camiseta ignífuga blanca, con el mono blanco atado a la cintura.
Estaba claro que acababa de tener la práctica libre y no había dudado en ir a buscarla.
Con él, Hadley sintió que pudo volver a respirar.
Algo le dijo a Jesse que levantara la cabeza y, cuando lo hizo, vio a Hadley.
El alivio fue inmediato. Una parte de él, posesiva e irracional, no había parado de gritarle que había dejado ir a la persona que más le importaba a una cueva llena de lobos.
Le había costado un puto mundo acallar el impulso de presentarse allí, de entrar en esa junta con ella.
Si no lo hizo fue porque sabía que esa era la manera de ponerla en una posición todavía más delicada y, por encima de lo que él necesitara, estaba lo que necesitaba ella.
Pero el alivio duró poco. Le bastó un segundo para darse cuenta de que Hadley estaba nerviosa, inquieta, incluso un poco asustada. Sabía que había defendido Legacy con uñas y dientes, pero también que había sido duro.
Se separó de la Chevrolet, abrió la puerta para ella y la miró. Hadley no dudó y empezó a caminar como si esa camioneta pudiera llevarla mucho más lejos de lo que significaba comerse kilómetros.
Jesse se quedó sujetando la puerta y, justo cuando ella pasó a su lado, se inclinó hundiendo la nariz en su pelo a la vez que la palma de su mano, grande y fuerte, se abría sobre el vientre de ella, manteniéndola en el sitio.
Hadley notó el contacto, en los dos sitios, y cerró los ojos dejándose llevar, sintiendo todo eso para no sentir nada más.
—Joder, estoy tan orgulloso de ti —susurró con la voz ronca.
Esas seis palabras llenaron a Hadley de una calidez que no había experimentado jamás.
Jesse conseguía eso, calmarla, y al mismo tiempo darle fuerzas, como si lograse recargarla.
Cuando él separó despacio la mano, ella inclinó la cabeza con suavidad prolongando un poco más el contacto antes de que se separaran definitivamente y subiese a la camioneta.
Jesse se incorporó al tráfico y Austin empezó a desfilar por la ventanilla.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Ella perdió la mirada en las vistas antes de contestar, solo un momento, pero Jesse notó esa pequeña pausa.
—Bien. Cansada.
—¿Ha sido complicado?
—Lo que pensé que sería.
No quería ocultarle lo que estaba pasando, pero sí restarle importancia. Ni siquiera sabía por qué lo estaba haciendo, pero en aquel momento fue el camino que sintió que debía tomar. Jesse tenía que correr. La junta era su responsabilidad.
Sin embargo, por mucho que no pronunciara las palabras justas, resultaba obvio lo que estaba ocurriendo. La prensa estaba poniendo a Jesse en el centro de todo. La junta seguiría la misma estúpida estrategia para controlar a Hadley.
—No tienen ningún derecho a presionarte así —protestó Jesse. Apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le emblanquecieron.
—Desgraciadamente, las cosas no son tan sencillas —respondió Hadley.
—No vamos a rendirnos sin pelear. Legacy One es tuya y de Calder. No vas a perderla.
—Lo sé.
No había dudas. Iban a luchar. No había ninguna posibilidad de que Hadley renunciase a Jesse y él no iba a permitir que perdiera el sueño de su hermano.
El Gran Premio de Estados Unidos llegó al día siguiente. El Circuito de las Américas estaba hasta la bandera, con el ambiente de las grandes ocasiones y la emoción pura, sin edulcorar.
Jesse hizo una carrera inteligente, impecable, siguiendo la estrategia pero moviéndose en el margen que Julian creaba para él. En esa carrera, Legacy One cerró filas en torno a Jesse. Julian, Edward, los ingenieros, los analistas, hasta el último mecánico lo apoyó.
Nada de eso pasó desapercibido para él.
Hizo podio con un merecido tercer puesto, demostrando que no era ningún riesgo para la escudería incluso cuando la presión de la prensa era prácticamente insoportable.
En cambio, fuera de la pista, las cosas no fueron nada impecables. Hadley no dejó de recibir llamadas, presiones. Los accionistas estaban moviendo ficha tratando de poner a los mayores patrocinadores en su contra.
Ella aguantó cada envite, con más fuerza cuando Jesse se subió a ese podio, pero todos sabían que los problemas con la junta estaban lejos de acabar.