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—Llamaba para informarla de que ha sido convocada una reunión de la junta de manera urgente para mañana por la mañana.
Hadley sabía lo que significaba eso. En el mundo de los negocios cada pequeño detalle contaba. El hecho de que le hubiese llamado su secretaria y no él directamente, que no se le hubiese consultado hora o lugar, el uso de la palabra urgente , todo apuntaba en la misma dirección.
Cuando colgó, ya sabía que la reunión del día siguiente iba a ser dura. Cuando se lo dijo a Jesse y a Presley, lo entendieron también.
De pronto la habitación se cargó con un silencio imponente. Las cosas acababan de complicarse aún más para Hadley.
El resto del día fueron llamadas, videoconferencias y más llamadas. Hadley quería dejar atados a los patrocinadores, revisar las cuentas, los estatutos de Legacy, cada contrato. Necesitaba ir preparada a esa junta.
Jesse no tuvo más remedio que irse a las prácticas libres del viernes por la tarde y, de ahí, a la reunión de equipo para discutir las estrategias para la carrera. Al regresar, casi cuatro horas después, Hadley seguía igual de enterrada entre papeles y presión.
—Vamos —dijo Jesse, deteniéndose junto a ella y ofreciéndole la mano.
No dio más explicaciones. Solo la palma de su mano y esos ojos azules y verdes y grises atrapando los suyos castaños. Como aquel día en el box. Hadley dudó, pero acabó aceptando.
—¿A dónde vamos? —preguntó mientras Jesse le abría la puerta de la camioneta.
Cody Lee se había quedado los dos últimos grandes premios en Memphis solucionando algunos asuntos y, como odiaba volar, había conducido hasta Austin.
—No pienso contestar —pronunció con total naturalidad... aunque estaba claro que también estaba jugando un poco a hacerse el interesante.
Jesse condujo como si supiera cada calle, cada giro. Hadley se percató de que con él al volante siempre era así. Convertía un coche en un lugar seguro. No tardaron más de veinte minutos en llegar, el tiempo de escuchar un poco de música y muchos anuncios en la radio.
—¿Qué es esto? —indagó Hadley mitad divertida, mitad confusa mientras se bajaba de la Chevrolet.
—El rodeo de la feria del condado de Caldwell —respondió Jesse sosteniéndole la puerta.
A Hadley se le escapó una sonrisa por la sorpresa.
—Nunca he estado en uno —confesó.
—Lo imaginaba —replicó Jesse con esa sonrisa tan suya— y supe que teníamos que remediarlo.
La cogió de la mano y tiró de ella suavemente para que empezaran a caminar.
Las gradas eran de metal. No había palco vip ni nada que se le pareciera remotamente.
Tampoco había miles de personas, solo un centenar, con suerte.
La mayoría de ellas eran familias con niños que corrían por las gradas y sobre el albero que rodeaba el pequeño recinto, preguntándoles a los vaqueros si podían acariciar los caballos.
Era ruidoso, pero en el buen sentido. Con música country sonando por unos altavoces demasiado viejos y un speaker demasiado cansado que a menudo confundía los nombres de los jinetes.
—Dicen que ese toro —explicó Jesse señalando el animal que estaba metido en el cajón— es una leyenda. Ningún jinete aguanta más de tres segundos.
Hadley sonrió. Estaban sentados en mitad de todo y al mismo tiempo se sentía cómodamente invisible. Nadie la reconoció, tampoco a él y, justo aquella noche, eso sentaba increíblemente bien.
—Yo creo que es porque ningún vaquero se ha molestado en intentar conocerlo mejor —continuó Jesse. Hadley se giró hacia él y lo miró con el inicio de una sonrisa, temiéndose lo peor—. Ninguno se ha preocupado por saber sus intereses, qué le gusta hacer en su tiempo libre, su signo del zodiaco.
—¿Estás insinuando que el vaquero debería tener una primera cita con el toro antes de montarlo? —planteó Hadley entrecerrando los ojos.
—Exactamente. El toro se siente solo e incomprendido...
—¿Cuántas veces te ha pasado? —preguntó Hadley interrumpiéndolo, pillándolo por sorpresa.
—Muchas —respondió Jesse fingiendo absoluta sinceridad.
Y puede que fuera el tono o la respuesta o que simplemente empezaba a relajarse, pero rompió a reír, de verdad. Al oírla, Jesse lo hizo con ella.
Vieron el rodeo, aplaudieron, lanzaron un silbido cuando la ocasión lo merecía y apretaron los dientes también. Estaban completamente integrados.
Jesse le pasó a Hadley el algodón de azúcar y a ella se le iluminó la mirada.
—Hacía años que no comía uno de estos —dijo cogiéndolo.
Él volvió a acomodarse en la grada. Estaban en el descanso y se había acercado a uno de los puestos a comprar provisiones.
Le dio un sorbo a su limonada. Al verlo, a Hadley se le antojó muchísimo.
El vaso estaba lleno de gotitas de condensación, lo que indicaba que estaba helada, y el tono de amarillo era ideal, ni extrañamente intenso ni sin fuerza. Era la limonada perfecta.
Jesse movió la mirada al sentirse observado y, cuando comprendió lo que pasaba, le pasó el vaso a Hadley, que le dio un trago feliz justo antes de seguir con su algodón.
—¿Qué crees que están haciendo? —preguntó Jesse señalando a un grupo de chavales junto a la parte baja de las gradas. Debían de tener unos dieciséis. Eran tres chicos y dos chicas.
Hadley torció los labios meditando la respuesta.
—¿Qué es lo que suelen hacer los chicos de por aquí? —devolvió la pelota al tejado de Jesse.
Él se encogió de hombros.
—Yo a esa edad acababa de comprarme mi primer coche, a medias con Cody Lee —aclaró con una sonrisa que enseguida se contagió a los labios de Hadley—.
Era una auténtica chatarra, pero era nuestra.
Fuimos hasta un pueblo pequeño, a comprar unas cuantas piezas.
Nos atendieron bien, pero, cuando regresamos a casa, nos dimos cuenta de que nos habían engañado.
Hadley frunció el ceño, metida en la historia.
—Así que decidimos ir a ajustar cuentas —prosiguió Jesse con una media sonrisa—, pero el dueño prácticamente se rio de nosotros y ahí llegó la mala decisión: tomarnos la justicia por nuestra mano.
Esperamos a que se hiciera de noche, nos colamos en la tienda y cogimos las auténticas piezas por las que habíamos pagado.
—Justicia poética —intervino Hadley.
Jesse se irguió y estiró suavemente las manos en un claro «Exactamente eso».
—Cody Lee decidió que, en pleno acto delictivo, era el mejor momento para convertir la parte de atrás de un contenedor en un baño público. ¿Y sabes a quién pertenecía ese contenedor?
Hadley negó divertida con la cabeza y la boca llena de algodón de azúcar.
—Al dueño de la tienda, que vivía justo arriba y que tenía una escopeta enorme.
—Ella abrió la boca sin esperarse el giro—.
Así que ahí me tienes, cargando un conector en la parte de atrás de la camioneta, cuando de repente aparece Cody Lee corriendo, abrochándose los pantalones y gritando que nos iban a matar mientras sonaba un disparo de fondo.
Arranqué, Cody Lee saltó a la parte trasera y salí disparado con el susto en el cuerpo.
¿Lo mejor? Nos equivocamos cogiendo las piezas.
Hadley rompió a reír.
—Qué desastre.
—Descomunal —admitió Jesse con una sonrisa—. ¿Y tú? —añadió tras darle un sorbo a su limonada y pasársela a Hadley para que hiciera lo mismo.
—¿Quieres saber qué hacía con dieciséis años en Nueva York?
—Eso es.
Hizo memoria.
—Que quede claro que todo fue culpa de Presley —empezó la historia.
Jesse asintió con la cabeza, pero...
—No te creo para nada —soltó.
Lo dijo tan convencido que Hadley volvió a romper a reír.
—Oye —se defendió.
—Seguro que fue idea tuya —insistió Jesse.
Hadley le mantuvo la mirada, pero al final la presión le pudo y acabó riendo y admitiendo que, efectivamente, ella fue la ideóloga del plan.
Le explicó la anécdota y siguieron hablando de tonterías, disfrutando del rodeo, riendo o simplemente estando en silencio, porque eran de esos silencios en los que ninguno esperaba nada del otro, solo había comodidad.
Hadley dio una bocanada de aire y la soltó despacio mirando a su alrededor, a ningún sitio en realidad.
Jesse la observó de reojo, sin robarle espacio ni ese momento, pero internamente supo que el ir hasta allí había cumplido su misión.
Pasaron un par de horas más y el speaker anunció un nuevo descanso.
—¿Quieres ver el siguiente rodeo o nos vamos? —le preguntó Jesse a Hadley.
Ella lo pensó un segundo.
—Nos vamos.
Se levantaron, bajaron de las gradas y caminaron hacia la camioneta. Jesse le pasó el brazo por el hombro y ella se agarró a su cintura. Sin hablar. Sin mirar atrás.
Sin embargo, a la mañana siguiente el estrés y la tensión se pegaron a Hadley desde que abrió los ojos. Sabía lo que significaba esa junta.
—Buenos días —saludó a todos los miembros al entrar.
Whitemore y otros dos estaban hablando en un pequeño corrillo. No dejaron de hacerlo inmediatamente al aparecer ella, como habría sido lo habitual en cualquier reunión cuando el CEO hace acto de presencia, y Hadley supo que ese gesto también significaba mucho.
—No hay nada de lo que preocuparse —empezó diciendo Hadley—. Los patrocinadores siguen a nuestro lado y los números deportivos de Legacy One son inmejorables.
Uno de los inversores soltó una risa baja.
—¿Inmejorables? —replicó—. ¿De verdad cree que esa es la palabra adecuada aquí?
—Ganamos en Monza y puntuamos en los dos últimos grandes premios —le recordó Hadley—. No sé qué puede haber mejor.
—Que la reputación de la escudería no esté siendo arrastrada por el lodo por culpa de Jesse James.
Hadley le mantuvo la mirada. No vaciló. Él quería que ella perdiera el control, pero no iba a darle el gusto.
—Nuestros pilotos no tienen la culpa del comportamiento de ese tipo de prensa.
—Ese piloto, sí —la rebatió firme.
—El tema es sencillo, señorita Carmichael —intervino uno de los hombres que estaba hablando con Mitch Whitemore—.
Uno de los motivos por los que elegimos la Fórmula 1 como inversión y no cualquier otro deporte es que se le presupone cierto caché.
La reputación de Legacy One es importante y es su responsabilidad protegerla.
—En eso estamos de acuerdo —replicó Hadley tomando por sorpresa a toda la sala—. Busquemos a los culpables de lanzar esa sarta de mentiras y manipular las cosas que han ocurrido. Hagámosles enfrentar la ley.
—¿De verdad pretende denunciar a esos periodistas, señorita Carmichael?
—No entraba en mis planes —admitió sincera—, pero, dada la importancia que la junta le da a este tema, es el paso lógico.
—El paso lógico es prescindir de Jesse James —habló por fin Whitemore.