35
Al día siguiente fueron a la compra. Se rieron por un montón de tonterías y discutieron en mitad del pasillo número tres por cuál era la mejor marca de zumo de naranja.
Quedaron con los amigos de Jesse en un bar y Hadley se armó con un montón de anécdotas bochornosas de la adolescencia de él.
Bailaron, aquella noche en aquel bar; muchas más en el porche.
Y se tocaron en todas partes por todas partes sin hacerse promesas porque no las necesitaban, estaban escritas en la manera en que las manos de Jesse se perdían en el cuerpo de Hadley, en la manera en la que Hadley sonreía sentada en la encimera de la cocina, en el silencio de cómo se miraban.
Pero el calendario los devolvió a la realidad y dos semanas después tuvieron que regresar al aeropuerto y poner rumbo a Bakú, donde ese fin de semana se celebraría el Gran Premio de Azerbaiyán.
Después fue Singapur. Jesse hizo dos carreras alucinantes, y a mediados de octubre volaron hasta Austin para correr el Gran Premio de Estados Unidos.
Los entrenamientos fueron bien hasta que llegó la segunda práctica libre del viernes antes de la carrera. Hadley estaba en el box, observando los números que Jesse y Edward iban marcando en cada curva del Circuito de las Américas. Estaba segura de que podían ganar.
Pero todo se enmarañó en el momento en el que Hadley y Jesse salieron al paddock una hora y media después.
Una nube de periodistas los rodeó en cuestión de segundos.
Los flashes se multiplicaban. Todos hablaban a la vez tan rápido, tan alto, que era imposible entenderlos, solo palabras sueltas: «Elena Moretti», «Legacy One», «Americano salvaje».
Entonces una pregunta consiguió abrirse paso entre las demás.
—Hadley, Jesse ya sacrificó su carrera una vez por una mujer. ¿No te preocupa que vuelva a hacerlo y que Legacy One, la escudería que rinde honor a tu hermano, y vuestra relación paguen el precio?
Ella se quedó en shock . Había estado delante de la prensa miles de veces, pero no de esa manera, como si fueran una jauría de hienas, y mucho menos con algo tan personal, su relación, Calder... No entendía a qué venía nada de eso.
Jesse acarició el reverso de la mano que Hadley tenía entrelazada con la suya con el pulgar.
La observó y dio el paso adelante que supo que ella necesitaba.
—Esa pregunta no tiene ningún sentido —contestó Jesse sin titubear, pero sin montar una escena, justo lo que ellos buscaban.
Hablaba desde la seguridad—. Yo no hice nada de lo que dais y disteis por hecho en el pasado.
Igual que no voy a hacerlo ahora. Una sola persona no puede destruir una escudería.
La Fórmula 1 es un deporte de equipo, os vendría bien recordarlo.
Y en cuanto a nuestra relación, no tenéis ningún derecho a hablar de ella y mucho menos a utilizarla como arma. No va a pasar.
Los periodistas volvieron a enloquecer. Más fotos. Más preguntas. Pero prácticamente en ese mismo instante varios hombres de seguridad del circuito se desplegaron apartando a la prensa y sacándola del paddock . Presley apareció inmediatamente tras ellos.
—He venido en cuanto me he enterado —les explicó—. He hecho que me acompañaran porque he imaginado que pasaría algo así. Son como buitres cuando huelen carroña —sentenció refiriéndose a la prensa sensacionalista, que en el mundo del deporte parecía ser peor que en cualquier otro ámbito.
—¿Qué está pasando? —preguntó Hadley confusa, con un poderoso enfado arremolinándose dentro de ella. Esa pregunta había sido asquerosa—. ¿A qué viene todo esto?
—Aquí no —advirtió Presley.
Fueron hasta el interior del edificio vip. Allí podrían hablar tranquilos y tenía salida directa. No tendrían que volver a toparse con la prensa, que seguía al acecho.
—Está en todas partes —dijo Presley pasándole su móvil a Hadley con una ventana abierta muy concreta, el perfil del periodista, si podía llamarse así, más seguido por rumores y cotilleos sobre famosos.
Hadley pulsó el play de uno de los post y saltó un estúpido vídeo donde el tipo hablaba de que Hadley y Jesse tenían una relación, lo que le parecía «gratamente satisfactorio» teniendo en cuenta que ella era la dueña de la escudería y él, el piloto aparecido en mitad de la temporada.
Recordaba lo que había pasado con Elena Moretti, que ella había estado en Monza, que se había visto con Hadley para «marcar territorio».
Incluso hacía mención de la pelea que Jesse y Edward habían tenido en Montreal, explicando que no había sido por ningún motivo deportivo, sino porque el círculo íntimo de Hadley «no quería cerca al americano salvaje, ya que claramente él había decidido hincarle el diente al dinero de los Carmichael.
Y ella, la pobre tontita enamorada, no lo había visto venir.
Ya sabemos que Jesse James está como un tren, pero hay que protegerse, hermana».
—Todo es mentira —gruñó Hadley devolviéndole el teléfono.
Le habría encantado lanzarlo contra una pared.
—Lo sé —afirmó Presley—, pero podría ser cierto. No te ofendas —dijo mirando a Jesse—, pero tu pasado da juego a eso y todo lo que ha ocurrido, la pelea con Edward, que te vieras con Elena... es fácilmente tergiversable. Lo siento —añadió sincera.
Hadley resopló.
—Dios, esto es un asco —protestó en un murmullo llevándose las manos a la cabeza. Sin embargo, sabía que esa actitud no iba a ayudarla. Necesitaba soluciones—. ¿Qué podemos hacer para combatirlo?
Presley era la mejor relaciones públicas de Nueva York. Era la persona indicada a la que preguntar.
—Cambiar la narrativa —sentenció—. Dar una entrevista, ser adorables, convencerlos de que están viendo donde no hay.
Hadley negó con la cabeza.
—No. Nuestra relación es nuestra. No quiero darles ese poder.
No dudó, caminó hasta Jesse y dejó caer la frente sobre su hombro. Él colocó la palma de su mano en su nuca, reconfortándola.
No fue debilidad. Fue apoyo.
—Ya has oído —intervino Jesse—. La entrevista no es una opción, ¿con qué más contamos?
—En circunstancias normales os diría que, al final, es una cuestión de tiempo —respondió Presley—, que siempre aparece una historia nueva o más jugosa o más grande y se olvidarán de vosotros, pero eso no es garantía de nada.
Jesse le dio un beso en el pelo a Hadley y ella se incorporó.
—¿Estarías cómoda con eso? —le preguntó.
Hadley lo pensó y finalmente asintió.
—Todo lo que dicen es basura. No voy a creerlos —respondió—. ¿Y tú? Van a volver a demonizarte...
—Me da igual. Tú y yo estamos juntos, Legacy gana y ellos que se jodan —concluyó con esa media sonrisa sureña irresistible.
—Amén a eso —aceptó Hadley.
—Pues observo que ya hay una estrategia definida —resumió Presley.
Sin embargo, el momento de paz duró poco. El móvil de Hadley comenzó a sonar. Era la secretaria de Mitch Whitemore, uno de los miembros de la junta.