Daytona 34
72%

34

Y Jesse...

Ganó...

Monza.

Fue la primera vez que Legacy conseguía una victoria y, después de dos días celebrándolo en Milán, Jesse, Hadley y Cody Lee volaron a Tennessee.

—Tengo unos asuntos que resolver en la ciudad —explicó Cody Lee críptico cuando se dirigían al aparcamiento del Aeropuerto Internacional de Memphis.

—¿Y cómo se llaman esos asuntos? —preguntó Jesse perspicaz, haciendo que Hadley sonriera.

A Cody Lee se le escapó una sonrisita.

—No es tu problema —respondió desviándose a la izquierda.

—Apuesto a que es pelirroja.

El gesto del aludido se hizo aún más grande, pero no se detuvo.

—Lo imaginaba —pronunció.

—¿Nuestro amigo tiene un fetiche? —preguntó Hadley divertida.

—Nuestro amigo tiene un problema —contestó contagiado de su humor—: pelirrojas con gafas y novios enormes.

Hadley rompió a reír mientras Jesse dejaba su bolsa y la maleta de Hadley en la parte de atrás de la camioneta.

—Suena arriesgado —comentó trepando hasta el asiento delantero de la vieja Chevrolet.

Él la miró y sonrió. No por lo que había dicho, sino por la naturalidad con la que había hecho lo que había hecho.

—Ni que lo digas —sentenció.

El camino fue el mismo que otras miles de veces para él, Hadley lo sintió así incluso si era la primera vez que lo hacía.

Con «You’re Still the One», de Shania Twain, sonando bajito en la radio, primero llegó la ciudad —llena de vida, de rascacielos compitiendo con edificios bajos de ladrillo rojo, con la calle Beale sonando a música y a cervezas chocando desde allí—, después el campo —hectáreas verdes, doradas, naranjas, con el sol de la tarde reflejándose en las hojas de los árboles, en cada brizna de hierba—.

Y entonces apareció, al final del camino, la casa de Jesse, como una promesa perfecta.

Nada de carreras, de ingenieros, de prensa. Solo ellos y aquel lugar.

Jesse recogió el equipaje mientras Hadley giraba sobre sí misma con la mirada en todas partes.

—Este sitio es increíble —murmuró encantada.

No lo hizo para que Jesse la oyese, pero él la oyó igual y por eso cada palabra tuvo aún más valor.

Él empujó la puerta para que ella pasara primero. Hadley se lo agradeció con una sonrisa y entró. La casa la recibió exactamente igual que la última vez, con esa mezcla de naturalidad y confort y cosas antiguas que seguían sabiendo a magia.

—Te das cuenta de que la última vez que estuve aquí —apuntó Hadley paseándose hasta el centro del salón, deteniéndose y girándose hacia Jesse— no estábamos juntos, así que tuve que comportarme y no cotillear demasiado.

—Cotilleaste todo lo que te dio la gana —la corrigió Jesse yendo a la nevera.

La abrió y, apoyando el antebrazo en el canto superior de la puerta, se inclinó para echar un vistazo a lo que había dentro.

—Reitero lo de «demasiado» —siguió ella como si Jesse no hubiese captado el detalle técnico—. Ahora nada ni nadie podrá pararme.

—¿Y mi derecho a la privacidad?

Hadley abrió la boca y lo miró fingiéndose sorprendidísima.

—Estás hablando como un neoyorkino —lo pinchó señalándolo.

Jesse torció los labios, perdiendo la mirada hacia otro lado, conteniendo estoicamente una sonrisa.

—A Edward le va a encantar —sentenció Hadley.

Jesse ya no pudo contenerse más. Tamborileó con los dedos sobre la mesa redonda de la cocina una vez, caminó hasta Hadley y, sin mediar palabra, tomándola por sorpresa, la cargó sobre su hombro. Ella estalló en risas y Jesse se dirigió al dormitorio.

—Retíralo —le ordenó.

—No —respondió ella sin dejar de reír.

Y Jesse la tumbó en la cama e inmediatamente lo hizo sobre ella.

Y Hadley se mordió el labio inferior sin dejar de sonreír, sin dejar de mirarlo.

Y todas las cosas que parecen demasiado sencillas para ser importantes, en aquella cama, se convirtieron en todopoderosas.

Cuando Jesse le dio tregua a Hadley, habían pasado horas. La dejó durmiendo y fue hasta la cocina. No había mucho, claramente tendrían que hacer la compra a la mañana siguiente, pero se las ingenió para preparar algo decente.

La comida estaba en el horno. Jesse, sentado en el suelo del porche, junto a los escalones, con la espalda apoyada en la barandilla de madera blanca.

Estaba contemplando el atardecer lleno de naranjas y dorados, los grillos empezaban a cantar.

Aquel momento le supo a paz, pero a una diferente de la que había experimentado antes de ese momento, aunque no supo por qué.

De pronto, desde el interior de la casa, un locutor de radio empezó a hablar bajito, anunciando grandes clásicos de la música country.

La puerta se abrió un segundo después y Hadley apareció vestida con su camiseta, que le llegaba hasta la mitad del muslo, descalza, con el pelo recogido en un moño sin esfuerzo en lo alto de la cabeza, con dos cervezas frías.

El corazón empezó a latirle como un loco en el pecho.

No fue porque la visión fuese perfecta para él, que claramente lo era, ni porque las ganas de tocarla no se calmaban, solo crecían y crecían, sino porque supo que la paz que le daba esa casa en ese momento sabía mejor porque ella estaba allí.

Los pies desnudos de Hadley hacían crujir el porche mientras caminaba hacia él.

Se sentía cómoda, segura, libre. Era ella, la mejor versión, porque con Jesse no tenía que esconder nada y se gustaba, qué difícil era aquello, pero en ese momento lo conseguía y se sentía valiente y sabía al mismo tiempo que no tenía por qué serlo y se quería, como nunca antes se había querido.

«You’re Still the One» empezó a sonar desde el interior de la casa.

Sin decir nada, Hadley se colocó a horcajadas sobre Jesse, él la recibió poniéndole las manos en las caderas. Ella le pasó uno de los botellines y los dos dieron un trago. Se miraron a los ojos, se acercaron un poco más en todos los sentidos en los que merecía la pena acercarse.

—Es la misma canción que sonaba en la radio de la camioneta cuando veníamos hacia aquí —dijo Hadley.

—Un clásico —respondió Jesse con una sonrisa perezosa en los labios.

—Me gusta.

—A mí también.

Ninguno de los dos dijo nada más. Hadley se recolocó hasta sentarse entre sus piernas con la espalda apoyada en su pecho, mirando el atardecer.

Jesse lo entendió. Había dejado de ser un refugio para ser un hogar.