Daytona 33
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Jesse sonrió, esa sonrisa que seguía siendo torcida, engreída, irritante, pero que, en aquel instante para Hadley, fue excitación y deseo y calor, mucho calor.

Y la besó, como si quisiera alargar el momento un segundo más, rendirla por completo, hacer que sus defensas cayeran una a una como fichas de dominó.

—Me apuesto lo que quieras a que ya estás mojada para mí.

Hadley soltó un gemido sin poder controlarlo. Era ese acento, lo cerca que estaba, la forma en la que la miraba, como si ella fuera la presa, como si fuera suya y, a la vez, como si fuera lo único que existiera en el puto mundo para él.

—Ganarías —respondió Hadley.

Pero los dedos de Jesse habían sido más rápidos, colándose bajo el vestido y acariciándola por encima de las bragas. Ella solo pudo gemir y echar la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos.

—Buena chica —pronunció con la voz ronca.

No le dio tregua. No es que ella la quisiese. Movió la mano hasta deslizarse bajo la tela y dos dedos se perdieron en el interior de Hadley mientras le acariciaba el clítoris con el pulgar.

—¡Dios! —gritó.

El placer llegó a una velocidad de vértigo, como si fuera la manera que tenían su cuerpo, su cabeza y su corazón de sacudirse todo lo que había pasado.

Jesse relió la mano que tenía libre en el pelo de Hadley y la obligó a levantar la cabeza hasta que sus bocas se quedaron muy cerca, demasiado para que no besarse no supiese a castigo.

—Mírame —le ordenó contra sus labios.

Ella obedeció y el placer se multiplicó por diez, por cien, por mil. Jesse era tan guapo que dolía y mirándola así, haciendo que se derritiera despacio, era casi una injusticia divina.

Sus dedos seguían moviéndose. Hadley seguía moviéndose. Mientras él los mantenía así de cerca, memorizando cada expresión de ella, disfrutando de cada gemido.

—Voy a tumbarte en esa cama y pienso hacerte de todo. Joder, no voy a dejar de follarte hasta que esté satisfecho.

Hadley encendía algo animal en Jesse. Había tenido sexo con muchas mujeres, había tenido la suerte de que le dejaran hacer todo lo que había querido y, sin embargo, con ella era como si todo lo salvaje, lo instintivo que llevaba dentro, tomara forma y la desease hasta no poder pensar en nada más.

Una sonrisa extasiada, jadeante y expectante se escapó de los labios de Hadley.

—Eso ya lo has hecho —le recordó—. Muchas veces desde que nos acostamos por primera vez.

Jesse hizo un círculo perfecto justo donde todo le importaba a Hadley.

Gimió, largo.

Sonrió, satisfecho.

—Y tú siempre has quedado encantada —sentenció.

—Te lo tienes muy creído.

El placer se hizo demasiado grande, demasiado intenso. Los dedos de Jesse eran demasiado buenos.

—¡Joder! —gritó Hadley contradiciéndose a sí misma.

Volvió a cerrar los ojos por inercia, tratando de controlar el terremoto de electricidad, placer y calor que amenazaba con arrasarlo todo a su paso, pero Jesse la cogió de la barbilla.

—No —le ordenó—. Ábrelos. Quiero ver cómo mi preciosa chica se corre.

Por Dios, esa boca sucia era lo mejor de todo.

Un orgasmo espectacular atravesó su cuerpo desde la cabeza hasta cada dedo de sus pies mientras luchaba por mantenerse en pie, mientras los movimientos de Jesse lo alargaban, haciendo que el placer no bajara, solo se transformara una y otra vez.

Era una forma de energía más que movía el universo, indestructible.

Cuando por fin se apiadó de ella, la besó con fuerza y Hadley sintió que era lo más parecido a darle de beber a una mujer que acaba de cruzar un desierto.

—Cada vez que te corres me la pones más dura —dijo Jesse, levantándola a pulso con un solo brazo. Hadley rodeó inmediatamente sus caderas con sus piernas. Él volvió a besarla—. No vas a volver a salir de esa cama.

Jesse la dejó caer sobre el colchón sin soltarla, los dos enredados, besándose. Las manos de él la acariciaron entera, sin olvidarse de un solo rincón, deteniéndose en los que había aprendido que la hacían gemir.

La primera embestida llegó por encima de la ropa haciéndolos jadear a los dos.

—Joder —gruñó Jesse—. Esto es por tu maldita culpa. Eres preciosa y sexy y todo en lo que puedo pensar es en follarte duro mientras te agarro por las caderas hasta que mis dedos se queden marcados en tu piel.

—Hazlo —le suplicó ella—, por favor.

—Tus deseos son órdenes, amor.

Jesse la desnudó, se desnudó sin dejar de besarla, creando un camino de besos que conectaba cada parte que importaba de su cuerpo mientras Hadley perdía las manos en su pelo, gemía su nombre una y otra vez, totalmente perdida en un placer casi infinito, delicioso, completamente adictivo, lo apretaba contra ella.

Rompió el envoltorio de un condón con los dientes, se lo puso en cuestión de segundos. Llevó su erección grande y dura hasta la entrada de ella y de una sola embestida llegó hasta el fondo.

—¡Jesse! —gritó, y el placer se convirtió en llamas violetas, naranjas, doradas.

—Te he echado de menos —dijo él sin dejar de entrar, de salir, con ímpetu, rápido, casi salvaje, sexy, demasiado sexy—. A ti. Esto. He echado de menos hundirme dentro de ti.

Ella sonrió encantada entre gemidos.

—Solo hemos estado una noche separados.

—Me importa una mierda —contestó sin dudar—. ¿Qué crees que habría hecho contigo si te hubiera tenido en mi cama?

Hadley lo sabía, pero quería oírselo decir porque eso era lo mejor de todo.

—Dímelo —le pidió.

Una sonrisa se coló en su boca sin poder dejar de mirarla con los labios entreabiertos, la piel encendida.

—Eres tan insaciable como yo —respondió—. No sabes cómo me pone eso.

Aumentó el ritmo. Lo elevó al rango de locura. Hadley abrazó su cintura con ambas piernas. La postura hizo magia y Jesse llegó aún más adentro.

Gimieron los dos.

—Te habría abierto de piernas todo lo que pudieras —pronunció Jesse contra su boca, las respiraciones hechas un caos— y te habría follado hasta que te hubieses corrido conmigo dentro.

—Como ahora —gimoteó Hadley sintiendo cómo el placer volvía a hacerse ingobernable.

Jesse volvió a sonreír.

—Sí, joder, como ahora.

Una embestida más y ella alcanzó el segundo orgasmo sin poder dejar de gemir, de gritar, sintiendo cómo los músculos de su vientre se estiraban tan deliciosamente que dolía.

—¿Has tenido suficiente de mí? —bromeó Hadley cuando volvió del paraíso.

—Yo nunca tendré suficiente de ti —sentenció Jesse girándolos para que ella quedara encima, a horcajadas sobre él—. Muévete, nena. Quiero ver cómo mi polla se pierde en el puto mejor lugar del mundo.

Hadley era un amasijo de placer y sangre caliente, pero esas palabras lo reavivaron todo dentro de ella.

Con el primer movimiento, los dos gimieron.

Jesse estaba muy duro, era muy grande y, en aquella postura, Hadley sentía que la llenaba entera, como si hubiesen inventado esa palabra justo para ese momento.

Él la agarró de las caderas marcando el ritmo. Ella apoyó las palmas en el pecho de él. Se sincronizaron y cada empuje sabía a todo lo bueno, a excitación cruda, real, eléctrica.

—Podría estar follándote toda la puta vida —dijo Jesse mientras se incorporaba hasta quedar sentado en la cama sin salir de ella, con Hadley a horcajadas sobre él—. Así de loco me vuelves.

—¿Es una promesa? —ronroneó Hadley con voz jadeante, con la piel perlada de sudor.

—Una amenaza.

—¿Y voy a tener que portarme mal para que la cumplas?

—Joder, nena —rugió antes de besarla con fuerza.

Tomó el control. Hizo suyo el ritmo. Su boca se perdió en uno de sus pechos y a la vez que su boca chupaba, mordía, tiraba de uno de sus pezones, su mano se encargaba del otro, endureciéndolo, haciendo que más placer se sumara, se multiplicara en el cuerpo de Hadley.

—Jesse —gimió ella.

—Dilo otra vez —le ordenó con la voz ronca y dura, torturador y provocador.

—Jesse.

—Otra vez.

Su cuerpo empezó a temblar suavemente.

—¡Jesse!

Se liberó otra vez porque el placer ya no le cabía y un orgasmo sirvió de catarsis para una vida entera. Hadley pertenecía a esa cama.

—De rodillas —le ordenó Jesse a la vez que se levantaba y se arrancaba el condón.

Hadley lo hizo y sonrió desafiante antes de abrir la boca, sin usar las manos, como sabía que a él le gustaba.

Jesse guio su erección con la mano y la hizo entrar entera, acorralándola contra el lateral de la cama. Cada sonido de Hadley mientras intentaba acogerlo por completo, cada gemido, cómo respiraba acelerada cuando salía, lo estaban empujando más y más rápido.

Bajó la mirada. Los dedos de ella estaban perdidos en su sexo, acariciándose, y esa imagen perfecta fue lo único que necesitó para correrse en su boca.

Hadley no apartó la mirada de él mientras se lo tragó y Jesse se maravilló de que siguiera pareciendo dulce incluso entonces, de que tuviese las mejillas sonrojadas por lo que acababa de hacer y una sonrisa en los labios por cuánto lo había disfrutado.

Con la respiración jadeante, vio cómo ella seguía moviendo sus dedos, la mirada suplicante en sus ojos, y su cuerpo decidió antes que su cabeza.

La cogió de los hombros, le dio la vuelta y arrodillándose tras ella, la embistió perdiendo solo el tiempo necesario para ponerse un condón.

—¡Dios, sí! —gritó Hadley.

Fue muy rápido, desmedido, loco, increíble, y cuando Hadley se corrió por cuarta vez, solo pudo pensar una cosa: «Dios bendiga Tennessee».

—Después de Monza tendremos dos semanas libres hasta el próximo Gran Premio —dijo Jesse mientras acariciaba rítmicamente el hombro de Hadley.

Estaban en la cama. Ella, con los ojos cerrados, tan profundamente relajada que se parecía mucho a estar dormida, con la cabeza apoyada en el pecho de él.

—Hummm... —fue todo lo que pudo decir en señal de afirmación.

—Había pensado en volver a casa. Supongo que tú harás lo mismo y regresarás a Nueva York —esas dos frases hicieron que Hadley abriera los ojos, aunque no se movió—, pero, si en algún momento el trabajo te da tregua y quieres, podrías...

Ella sonrió.

—Me encantaría ir contigo a Memphis —respondió Hadley levantando la cabeza para mirarlo— y no en algún momento. Quiero pasar todos los días hasta el próximo Gran Premio contigo.

Jesse sintió cómo un motor se encendía en el centro de su pecho y rugía.

No se contuvo y la besó porque la otra opción, no hacerlo, ni siquiera era una posibilidad.

Hadley rompió a reír feliz cuando Jesse los movió hasta que volvió a quedar debajo de él.

—Lo vamos a pasar demasiado bien —le aseguró Jesse refiriéndose a todos los días que tenían por delante.

La mejor promesa del mundo.