32
Jesse no dudó. Se levantó sin desunir sus miradas. Caminó hasta Hadley y, agarrándola suavemente por el cuello, la besó con fuerza. Sin pronunciar palabra. Sin pedir permiso. Pero conteniéndose. Lo había hecho porque después de todo lo que había pasado no podía no hacerlo.
Para ella fue una oleada de alivio. Llegar donde quería estar, Jesse.
—¿Estás bien? —le preguntó casi contra sus labios, con las respiraciones aceleradas de los dos entremezcladas en el ínfimo espacio entre sus labios.
—Ahora, sí —respondió ella con una sonrisa pequeña pero increíblemente auténtica.
Subieron a la suite de Jesse caminando muy cerca, pero sin llegar a tocarse, como si cada paso fuese una especie de recordatorio de que el otro estaba ahí, a unos pocos centímetros entrometidos.
Solo fueron unos minutos, pero los suficientes para que Hadley lo pusiese al día de lo que había pasado en el lago de Como con su padre y con Sebastian.
Lo que ninguno de los dos esperaba era que, al girar y tomar el pasillo, encontrarían precisamente a Sebastian de pie junto a la puerta de la habitación de Jesse. Estaba nervioso. Era más que obvio por cómo chocaba el puño levemente contra la palma de su otra mano una y otra vez.
No dejaba de ser irónico que precisamente él la esperara a ella junto a la puerta de Jesse, igual que el contraste entre ellos no podía ser más real.
Sebastian, con su traje a medida y su corbata de diseñador, perfectamente peinado.
Jesse, con las botas y los tejanos gastados, la camisa vaquera por fuera, remangada, con los primeros botones desabrochados y el pelo revuelto.
Los dos estaban preparados para todo de maneras muy diferentes.
Y en medio estaba Hadley, como un puente entre civilizaciones, con un vestido carísimo, pero sin importarle, subida a unos tacones de infarto que podrían transformarse en unas Converse y solo la harían sonreír.
Ella se detuvo a unos pasos manteniéndole la mirada, Jesse lo hizo uno detrás, dejándole espacio para que gestionara aquel asunto como mejor considerara, pero lo suficientemente cerca para recordarle, a él y a ella, que le cubría las espaldas, siempre.
—¿Qué quieres? —preguntó, y obligó a su voz a salir fría.
—Solo quiero que hablemos.
Sonó casi desesperado.
—Ya hemos hablado todo lo que teníamos que hablar por teléfono y te he dejado muy claro lo que quería.
—Hadley, yo, lo siento, ¿vale? No tendría que haber hecho algo así.
—No, no tendrías —contestó ella—, pero que lo sientas ahora y así no cambia nada.
—Dime qué tengo que hacer y lo haré.
Hadley negó con la cabeza.
—No funciona así, Sebastian. Márchate.
Ella echó a andar hacia la puerta, solo la separaban un puñado de metros. Sebastian clavó sus ojos en los de Jesse en un intento desesperado de provocarlo para convertir aquella situación en un asunto entre ellos y ganar puntos con Hadley de alguna manera, pero Jesse no picó.
Llevó su mirada hasta ella, caminó hasta la puerta sacándose la tarjeta del bolsillo trasero de sus vaqueros y la pasó por la pequeña consola bajo el pomo.
En cuanto se iluminó con un haz verde, Jesse abrió la puerta y la empujó para que Hadley pasara primero, cerrando tras ellos y dejando a Sebastian fuera en todos los sentidos.
Jesse se giró hacia Hadley. La vio caminando, cruzando las puertas acristaladas y saliendo a la terraza, con la mirada fija en la panorámica de Milán iluminada.
Se había dado cuenta de que, cada vez que estaba enfadada, hacía eso, buscaba una ventana, un balcón, algo que pudiera ofrecerle la imagen de una ciudad, como si el movimiento de personas anónimas le devolviese un poco de calma.
Jesse la siguió sin prisa, dándole su tiempo para respirar.
Cuando llegó a su lado, se dejó caer de espaldas contra la enorme baranda de piedra que circundaba la terraza, de espaldas a Italia, de cara a ella.
Tampoco habló enseguida. Sabía que Hadley estaba procesando lo que había pasado en el pasillo. Podía tomarse todo el tiempo del mundo, él seguiría allí, esperándola.
—No puedo creer que se haya presentado aquí —dijo al fin bajito, enfadada todavía y también decepcionada.
—Estaba quemando el último cartucho.
—Pues debería haber sabido que no iba a valerle de nada.
Jesse se tomó un momento para observarla, estudiándola, mientras ella continuaba con la mirada fija al frente.
—¿Estás segura de que quieres acabar las cosas así con él? —planteó Jesse.
—¿Ahora te preocupa Sebastian? —replicó Hadley rápida, con un punto de ironía.
—Para nada —contestó sin dudar, negando también con la cabeza con total naturalidad—, pero tú sí. Y ese idiota es importante para ti. No quiero que mañana, o pasado, o dentro de un mes, te arrepientas y te sientas mal.
Hadley se volvió por fin hacia él y se permitió perderse en esos ojos, que en aquella terraza, con aquella luz, parecían completamente grises.
Se obligó a dejar el enfado a un lado, aunque no quería, y a pensar con objetividad, imaginando qué diría si alguien le pidiera consejo sobre qué hacer con una historia como la suya.
Eso también fue complicado; finalmente dio una bocanada de aire.
—Sebastian es muy importante para mí, pero lo que ha hecho.
.. —Negó triste con la cabeza—. No se trata de que muchas veces, al intentar protegerme, me haya hecho sentir pequeña.
Eso no es justo, pero podría perdonárselo.
Se trata de que ha sobrepasado un límite y no quiero tener cerca a gente que se cree con ese tipo de derecho sobre mí.
Jesse asintió. Para él el tema acababa de quedar zanjado.
—Bien —sentenció con una media sonrisa que a Hadley le supo a alivio y a poder volver a estar en ese espacio seguro en el que puedes bajar la guardia—, y después de este día tan interesante —pronunció deliberadamente esa palabra para hacerla sonreír.
Cuando ella casi rio, él sonrió orgulloso.
Misión cumplida—, ¿qué te apetece hacer?
Hadley le mantuvo la mirada y sonrió de nuevo a la vez que, despacio, caminó hasta colocarse frente a él.
«Una sonrisa jodidamente dulce y jodidamente sexy —pensó Jesse—. Estoy condenado».
—Quiero ponerme tu camisa —pronunció con voz casi trémula.
Jesse cazó al vuelo lo que esa frase significaba.
—Mi camisa —repitió cogiendo un pellizco de la tela entre el pulgar, el índice y el corazón, dando un provocador paso hacia Hadley. Ella asintió mientras notaba su respiración acelerándose—. Pues vas a tener que ganártela, nena.