Daytona 31
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La conversación con su padre no había terminado, pero Hadley necesitaba hacer algo antes.

Salió del despacho y se acercó a uno de los amplios ventanales de forja y cristales artesanales que ofrecían unas privilegiadas vistas del lago.

Sacó el móvil y marcó un número de teléfono que se sabía de memoria. Por eso dolió más.

—Hadley —respondió Sebastian al segundo tono.

—Lo sé todo. Fuiste tú —soltó ella sin rodeos.

Le había afectado demasiado, más incluso que cuando pensó que había sido su padre, porque esa manera de sobreprotegerla pasando por encima de lo que ella quería encajaba con cómo Theodore la veía, como su niña pequeña, pero no era lo que Hadley esperaba ser para Sebastian.

Él siempre la había apoyado, había estado a su lado, ¿por qué había tenido que traicionarla así?

El hecho de que Sebastian no preguntara a qué se refería fue el mayor «sí» de todos.

—Lo hice por tu bien, Hadley. Jesse no te conviene.

Oír eso solo la enfadó más.

—En primer lugar, eso no es cierto y, en segundo, ¿quién eres tú para decidirlo?

—Soy... —Sebastian dudó, controlándose en el último segundo, y tragó saliva antes de continuar por fin— tu amigo y era amigo de Calder. Solo estoy cuidando de ti.

—No metas a Calder en esto —le advirtió Hadley.

Su voz sonó fría, casi peligrosa.

—Está bien. Lo siento —rectificó Sebastian comprendiendo que había cruzado una línea—. Mira —recondujo la conversación—, yo solo quiero lo mejor para ti y Jesse no lo es.

—Tú no lo sabes.

—Sí lo sé, Hadley —afirmó con demasiado ímpetu—. Jesse es problemático; solo piensa en sí mismo y lo que le conviene.

—¡No es verdad! Si fuera así, tu plan ni siquiera habría tenido sentido porque jamás habría aceptado llevarse la culpa de todo lo que pasó con Elena.

—Hadley...

—No. Además, deja a Jesse fuera. Esto es entre tú y yo. Me has tratado como si no tuviera derecho a decidir sobre mi propia vida.

—No es eso —trató de explicarse Sebastian.

—Claro que sí y nunca me habría esperado esto de ti. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que hubieses sido tú cuando he descubierto que había alguien detrás.

—Hadley... —la llamó, pero no supo cómo seguir.

Sebastian no quería comportarse como el villano de la historia, pero no soportaba perder a Hadley, no soportaba perderla por alguien como Jesse, de quien pensaba que ni siquiera se la merecía.

No era cuestión de dinero... o quizá sí.

Sebastian pensaba que nadie conocía a Hadley mejor que él, que estaban en el mismo lado del tablero mientras que Jesse era el «americano salvaje» que solo podía ofrecerle Tennessee.

—Será mejor que no nos veamos en un tiempo —dijo Hadley.

Le dolió. Sebastian era su amigo, lo quería muchísimo, lo apreciaba, pero había cosas que no podía tolerar.

—No —respondió rápido con un deje de pánico en la voz.

—Te agradecería que no vinieras al resto de carreras del campeonato.

—Espera, hablémoslo.

—¿Qué más quieres hablar? —contraatacó Hadley veloz.

—Yo...

—Los amigos no se comportan así, Sebastian —sentenció ella cuando él guardó silencio—. Incluso si no están de acuerdo con una decisión del otro, no manipulan la situación a sus espaldas hasta que se salen con la suya.

—Eso no era lo que yo quería.

—Pues ha dolido igual.

—Hadley...

—Ya hablamos, ¿vale? —cerró la conversación a la vez que una lágrima le cayó por la mejilla—. Cuídate —añadió mientras se la secaba con la yema de los dedos.

Hadley colgó y respiró hondo. Había hecho lo que debía, pero eso no significaba que... Por Dios, habría confiado en Sebastian, sin dudar, siempre... Jamás habría imaginado algo así.

—Lo siento —fue lo primero que dijo Hadley cuando regresó al despacho de su padre.

Él la miró con una mezcla de enfado, empatía y amor absoluto que solo un padre es capaz de conseguir.

—Y yo siento que hayas tenido esa conversación con Sebastian —contestó él—. Sé lo importante que es para ti.

Hadley asintió mordiéndose el labio inferior, conteniéndose para no llorar. Perdió su mirada alrededor al tiempo que suspiraba, sobrepasada, sí, pero con las ideas igual de claras que hacía cinco minutos.

—Soy una mujer adulta —afirmó. Ya no estaba enfadada con Theodore, pero seguía estando esa seguridad.

—Lo sé.

—No, no lo digas tan rápido —lo frenó Hadley—, porque puede que lo sepas como hecho, pero no lo crees. Me sigues viendo como a tu niña pequeña.

—¿Y qué hay de malo en eso?

—Que no lo soy —trató de hacerle entender exasperada dando un paso hacia él—. Puedo tomar mis propias decisiones, enfrentarme a las consecuencias sola, y tú tienes que dejar de protegerme todo el tiempo.

—Protegerte no es algo que esté abierto a discusión. Siempre voy a estar ahí para ti.

—Hay una diferencia entre estar ahí para mí y decidir por mí como si no tuviera ni voz ni voto.

—¡No puedo perderte a ti también! —estalló Theodore.

Las seis palabras se quedaron flotando en la habitación entre muebles de nogal italiano y techos altos.

Su padre tragó saliva y perdió su vista a un lado para recomponerse.

—Un día —pronunció más calmado—, de la noche a la mañana, perdí a tu madre. —Los ojos de Theodore se llenaron de lágrimas y una escapó—. Y, después, la misma pesadilla volvió a repetirse y perdí a Calder. Tú eres lo único que me queda y pienso luchar por ti con uñas y dientes.

Los ojos castaños de Hadley estaban vidriosos, el corazón le latía rápido, triste, intentando escapar. Echaba de menos a su madre, echaba de menos a Calder todos los días.

—Yo también los echo de menos —dijo con la voz casi rota—, pero no puedo vivir en una jaula. Tienes que dejarme elegir, papá, y si sale bien, quiero que estés a mi lado para que lo celebremos, y si sale mal, que me des un abrazo. Eso es lo que necesito, por favor.

Theodore apretó los labios, más lágrimas cayeron y se giró mientras negaba con la cabeza.

Era un hombre acostumbrado a controlarlo todo.

No tenía los veinticinco años cuando se puso al frente de la compañía familiar y la llevó a lo más alto.

Laia, la madre de Calder y Hadley, era exactamente como ella y él aprendió a soltar y la perdió y perdió a Calder y.

.. en ese momento... todo seguía doliendo.

—Eso es exactamente lo que me habría dicho tu madre que quería que hiciera para ti —dijo Theodore aún sin girarse.

—Y Calder —le recordó Hadley con una sonrisa, que, a pesar de las lágrimas, brillaba porque el recuerdo de su hermano tenía ese poder.

—Y Calder. —Theodore también sonrió, pero entonces cayó en la cuenta de algo—. Calder me habría estado dando la murga hasta que hubiera cedido... Dios, Hadley, es tan difícil —admitió al fin.

Su hija no lo dudó y corrió hacia él, rodeando su cintura con los brazos y fundiendo la mejilla con su espalda.

—No va a pasarme nada. Te lo prometo.

Theodore colocó las manos sobre las de su hija.

—No sé qué haría si...

—No va a pasarme nada.

Theodore resopló. Hadley sintió cómo hacía el esfuerzo más grande del mundo.

—Pues entonces hagámoslo como tu madre y Calder habrían querido.

Hadley sonrió. Eso era lo único que deseaba.

Un par de horas después estaba de regreso en el hotel. No había avanzado más de un par de pasos en el vestíbulo cuando sonrió. Jesse la estaba esperando en uno de los sofás y, por primera vez desde que había salido de Monza, sus hombros se aflojaron.