Daytona 30
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Jesse detuvo el coche en el pit lane . Los mecánicos se acercaron a toda velocidad, cambios de ruedas, revisión del monoplaza, ingenieros, estrategias... pero entonces la vio, a Hadley, en el box, mirándolo, esperándolo.

No lo dudó. Se quitó la protección y empezó a salir del fórmula uno.

—Jesse, el descanso solo dura siete minutos —le recordó uno de los ingenieros.

Pero le dio exactamente igual. Ella estaba allí.

—Volveré a tiempo —dio como toda explicación ya fuera del coche.

—No puedes marcharte ahora. —La voz de Sebastian llegó a la vez que se detenía frente a Jesse, a unos pasos, cortándole el paso e impidiéndole ver a Hadley.

Jesse otra vez no vaciló. Dio un paso hacia él. Mirándolo a los ojos. Lo suficientemente cerca para que el mensaje quedara grabado a fuego.

—No te pongas entre ella y yo —le advirtió a Sebastian con la voz dura, salvaje, más intimidante que un grito a pleno pulmón—. Nunca.

Sebastian le mantuvo la mirada un segundo, pero acabó apartándola y, otro segundo después, echándose a un lado.

Quería quedarse. Quería plantarle cara. Pero ese no era su terreno ni su manera de hacer las cosas. Estaban literalmente delante de miles de personas. ¿Qué se suponía que iba a hacer?

Jesse avanzó hasta Hadley con esa seguridad naciéndole desde debajo de las costillas y bañándole el cuerpo entero; sobre todo, la forma en la que caminaba.

Hadley lo observó llegar hasta ella con el corazón latiéndole con fuerza.

En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, una de sus manos se perdió en la cadera de ella y la estrechó contra él. Dejó caer su frente en la de Hadley, con sus labios casi tocándose, con las respiraciones hechas un caos.

Ella levantó las manos y las colocó sobre el pecho de él, sintiendo la tela del mono de carreras caliente bajo sus palmas.

—Estás aquí —dijo Jesse.

—Estoy aquí —respondió Hadley.

No fue una declaración de miles de líneas, pero tuvo el mismo valor porque se estaban diciendo que se elegían, que confiaban, que el pasado se quedaba atrás.

Jesse tragó saliva. Solo podía pensar en besarla, en demostrarle lo cerca que la necesitaba. Hadley se sentía exactamente igual.

—¡Jesse! —lo llamó Cody Lee—. Estamos en el último minuto.

Tenía que volver al coche.

Jesse se alejó un paso. La miró. Joder, la dibujó entera.

Caminó un par más hacia atrás y se dio definitivamente la vuelta.

En el momento en el que llevó su vista al frente volvió a concentrarse en Monza, en la Q3, en ganar.

A paso rápido llegó hasta el monoplaza ajustándose los guantes y entró en él.

Doce minutos después, Jesse quedó segundo. Ese sería su puesto en la parrilla de salida para el Gran Premio.

—Me pidió vernos en la terraza del bar del hotel —dijo Hadley.

Estaban apoyados, casi sentados, sobre el monoplaza. La clasificatoria había acabado y la mayoría del equipo ya se había marchado, pero el asfalto seguía caliente, aún olía a gasolina y podía sentirse la adrenalina en el aire.

Él asintió.

—Me lo contó todo.

Al oírlo, Jesse se tensó, solo un segundo, y después se obligó a relajarse.

—Ahora sé por qué no podías contarme por qué habías cargado con toda la culpa —Hadley calló un segundo recordando todo lo que había descubierto—, yo habría hecho lo mismo.

Esas palabras hicieron que Jesse llevara inmediatamente su mirada hasta ella, atrapando sus ojos castaños.

—Tenías razón —sentenció Hadley—. No era tu historia para contarla.

Jesse dejó escapar todo el aire de sus pulmones. No podía dejar de repetirse la jodida suerte que había tenido porque Hadley se fijara en él. No solo era inteligente, divertida y lo volvía loco, además era leal. La cualidad más importante para Jesse.

—La Q1 no salió todo lo bien que pudo haber salido —empezó diciendo él.

—Eso he oído. Dicen que estabas un poco malhumorado —añadió Hadley con el inicio de una sonrisita en los labios.

—Estaba la hostia de asustado —confesó a punto de echarse a reír con la mirada al frente.

Hadley se contagió inmediatamente de su gesto.

—Pero decidí confiar —dijo llevando de nuevo su atención hasta ella, siendo sincero hasta el final—, en ti, en que lo entenderías, en nosotros, en lo que tenemos, y funcionó —sentenció con una sonrisa llena de honestidad, de esa misma confianza, de todo lo que Hadley le hacía sentir.

Ella entendió al instante que esa sonrisa era nueva y un poco suya y la hoguera que Jesse siempre conseguía encender en su interior brilló un poco más fuerte.

—Y ganaste la Q2 —pronunció Hadley orgullosa.

—Joder, sí —continuó arrugando la nariz en un gesto muy sexy—. Arrasé.

Ella rompió a reír de nuevo y Jesse sonrió encantado de haberlo provocado.

—Lo que quiero decir es que no importa lo que pase, somos nosotros y lo demás da absolutamente igual.

La sonrisa de Hadley se transformó en una más pequeña, pero más bonita, llena de luz.

—Me apunto a eso.

Jesse le devolvió el gesto y despacio, casi torturándola, se inclinó al tiempo que deslizó su mano por su mejilla y la besó.

El atardecer tiñó el cielo de un juego imposible de naranjas, violetas y rosas. El asfalto seguía caliente, Monza cada vez más silencioso, y ellos cada vez más cerca.

—Hay algo más que quiero contarte —le explicó Hadley cuando se separaron.

—¿El qué?

—Elena me ha dicho que lo de la fiesta no fue casualidad, que un hombre con mucho poder contactó con su marido para que ella me confirmara todas las cosas horribles que hace cinco años se dijeron sobre ti.

Jesse apretó los dientes tratando de controlar la rabia que lo arrasó de pies a cabeza. Él había aceptado lo que pasó. Lo había dejado en su puto pasado. No era justo que alguien intentase usarlo en su contra.

—Solo hay una persona en mi vida con ese poder y que quiera alejarme de ti...

Hadley no necesitó terminar la frase para que Jesse supiese que se refería a Theodore y, siguiendo la línea de pensamientos que marcaba su enfado sin domesticar, su primer impulso fue plantarse en Nueva York, o donde fuera que estuviese, y partirse la cara con él, pero entonces también notó cómo la voz de Hadley sonó distinta porque, además de estar furiosa, también estaba triste, decepcionada, y se obligó a mantener la cabeza fría.

—No sabes si ha sido él.

—¿Y quién si no?

A Jesse no le quedó otra que guardar silencio. Sabía quién era el marido de Elena, los círculos en los que se movía; solo un hombre igual de poderoso podría acceder a él de esa manera y Theodore Carmichael no solo tenía el mismo poder que esa escoria, lo superaba.

—Voy a ir a verlo —decidió Hadley de pronto, separándose del monoplaza.

Theodore estaba en Milán por negocios... lo que, después de lo ocurrido, parecía mucho más que una simple coincidencia.

Jesse negó con la cabeza.

—Tal vez sería buena idea que te calmaras y no actuaras en caliente. Sigue siendo tu padre.

—Precisamente por eso —contestó Hadley aún más vehemente—. Tiene que aprender que no puede decidir qué me conviene o no y actuar en consecuencia. No soy una niña.

Jesse le mantuvo la mirada.

—Tienes razón —le aseguró sin dudar. Quería acompañarla, pero tenía la reunión de equipo para discutir la estrategia de la carrera.

Hadley también lo sabía—. Tú solo prométeme que no dejarás que lo enfadada que estás ahora mismo —hizo hincapié en esas dos palabras— sea lo único que hable por ti cuando estés con él.

Hadley lo observó. Estaba tan molesta que, con franqueza, quería montar una escena alucinante delante de su padre, y cuantas más personas la vieran, mejor, pero también sabía que esa no era la manera porque, al final, de alguna forma, sería como darle la razón a cada vez que la había tratado como una niña.

Tenía que dejarle claro que no iba a permitir que algo así volviese a repetirse.

Poner límites. Y eso solo funcionaría desde la calma.

—Lo prometo —contestó al fin.

Jesse sonrió.

—Voy a saltarme la reunión —decidió—. Hablaré con Julian y...

—No —lo cortó Hadley, y su voz sonó dulce por lo que estaba dispuesto a dejar de lado—. No puedes hacerlo. Y yo puedo con esto sola.

Jesse la miró y, sin dudarlo, la agarró de la mano. Tiró de ella hasta que estuvo entre sus piernas y la besó con fuerza.

—¿Es un beso de buena suerte? —bromeó Hadley, aunque la voz jadeante la traicionó un poco.

—Es un beso de «Estoy muy orgulloso de ti» —replicó Jesse, dejando que su mano viajara de nuevo hasta su cadera y apretara posesivo esa parte de su cuerpo, derritiéndola despacio.

—Te llamaré cuando regrese —pronunció Hadley con su mirada bailando entre sus ojos, en ese momento verdes, y sus labios.

—Más te vale —respondió con una media sonrisa.

Y Jesse volvió a besarla.

Theodore visitaba Italia regularmente por negocios y, cuando se trataba de Milán, nunca se quedaba en un hotel. Tenía una villa en el lago de Como.

Hadley lo sabía. Esa casa fue una de las primeras propiedades que compró su padre. Habían pasado infinidad de veranos allí, muchos de ellos de pequeña, cuando Calder y su madre aún estaban.

— Signorina Hadley —la saludó con una sonrisa sincera la señora Russo, el ama de llaves—, qué alegría verla —añadió con un marcado acento italiano.

Hadley le devolvió el gesto cuando la mujer le cogió las dos manos.

—Yo también me alegro mucho de verla.

—Está muy delgada —la riñó, aunque Hadley sabía que no era verdad. Le gustaban demasiado los helados Ben en segundo, por usar algo en contra de Jesse que pertenece a su pasado, y en tercero, por intentar controlarme a mí. ¡Soy tu hija!

—Hadley —dijo recolocándose, estirando con suavidad el brazo hacia delante—, no sé de qué me estás hablando. No he mandado a nadie a hablar contigo.

—Pero ¿sabes quién es Elena Moretti?

Theodore le mantuvo la mirada a su hija.

—Sí, lo sé —contestó finalmente—, pero eso no significa que fuese yo quien planease un encuentro entre las dos.

—No, claro que no. Tú hablaste con el monstruo de su marido para que te hiciera el trabajo sucio.

—Hadley —la reprendió su padre, advirtiéndola con la mirada.

«Uno, dos, tres...».

—No es justo —le recordó obligándose a sonar más calmada.

—Te estás equivocando.

—¡Deja de tratarme como a una niña! —estalló.

Los números se habían acabado—. Puedo tomar mis propias decisiones y elijo a Jesse.

Además, ni siquiera sabes hasta qué punto estás confundido con lo que pasó con Elena.

Te has dedicado a intentar manipularme sin preocuparte de si esos rumores eran ciertos o no.

—¿De verdad crees que te manipularía así?

—¡Es lo que has hecho!

Theodore se puso en pie y dio un paso hacia ella. Su cuerpo estaba tenso, pero no por la rabia. Era algo mucho más profundo.

—Yo jamás sería capaz de hacerte algo así, Hadley —contestó sereno, pero era más que obvio que estaba dolido y muy decepcionado—. Jesse James no me gusta. No es ningún secreto. Nunca he dicho lo contrario. Pero nunca jugaría contigo de esa manera.

De pronto lo que Hadley creía tener muy claro empezó a desmoronarse.

Sí, su padre la sobreprotegía, intentaba guiarla cuestionando sus decisiones y, sí, otra vez, en muchas ocasiones la trataba como si todavía fuese su pequeña princesita, pero eso era otra cosa.

Su padre no era un despiadado empresario, no era egoísta y, sobre todo, no era un mal hombre.

—Pero, si no lo hiciste tú, entonces, ¿quién?

—puso en voz alta la segunda parte de su razonamiento—.

Elena dijo que era una persona con poder.

Tiene que ser alguien con las conexiones suficientes como para acceder al círculo de su marido y ese alguien, obviamente, está interesado en separarme de Jesse. ..

Las últimas palabras se deslizaron de los labios de Hadley mientras su cerebro le mostraba una posibilidad que se negaba a aceptar.

—Yo no soy el único que está en Milán por negocios —le recordó su padre.

Pero hay veces que, justo las posibilidades que más duelen, se convierten en verdad.

—Sebastian.