Daytona 27
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Hadley seguía sin entenderla.

—Lo siento de veras —se disculpó con una sonrisa—, pero ahora mismo no caigo en quién podemos tener en común. ¿Eres amiga de Presley...?

—Jesse James —la corrigió Elena con la misma sonrisa suave en los labios.

—¿Qué tal está?

La pregunta le molestó. El hecho de que la hiciera, que se la hiciera a ella. ¿Qué pretendía?

—Si me perdona, debo marcharme. Tengo que saludar a una persona.

Hadley ya ni siquiera recordaba a quién.

Elena la observó y Hadley tuvo la sensación de que sabía exactamente lo que acababa de provocar.

—Por supuesto.

Hadley se alejó tan deprisa como pudo sin una dirección concreta.

«Es guapa —pensó—. Muy guapa y alta y muy italiana».

No quiso, pero su mente se empeñó en tratar de recordar todo lo que le habían contado sobre Jesse cuando la posibilidad de contratarlo se puso sobre la mesa.

Había cruzado una línea. Había una mujer involucrada, la esposa del propietario de una escudería.

Aquellas noticias que encontró en Internet decían que Jesse lo había perdido todo por su mala cabeza. .. «¿Por eso o por ella?».

Aguantó en la fiesta lo estrictamente necesario, esquivando las preguntas de Presley y Edward sobre si estaba bien. «Solo estoy un poco cansada», «No he dormido bien», «Me duele la cabeza». Esas mismas excusas le sirvieron para que nadie protestara cuando anunció que regresaba al hotel.

En el camino, en la parte de atrás del Rolls, su mente imaginó uno y mil escenarios, el mismo número absurdo de posibilidades, razones, lo que pasó, lo que no, lo que quizá sí.

Para cuando llegó a la puerta de la suite , se había montado la película completa en su cabeza.

Era la habitación de Jesse, pero Hadley utilizó la llave que él le había dado y entró. Todo estaba en silencio salvo por el ruido del agua corriendo en la ducha.

Hadley trató de tranquilizarse; se fijó en los enormes ventanales que ofrecían un precioso puzle de edificios antiguos de piedra caliza y muchas historias que guardar. La noche era oscura, casi sin estrellas, pero la luna brillaba con fuerza.

—Has vuelto pronto —la voz de Jesse la sacó de su ensoñación.

Por inercia, se giró a tiempo de verlo salir del baño con una toalla blanca cayéndole sobre las caderas, dejando ver el músculo que le nacía en ellas y se perdía bajo el mullido algodón.

Con otra también blanca, pero más pequeña, se secaba el pelo, que desperdigaba gotitas cincelando su torso de infarto mientras caminaba hasta la mesa redonda y reactivaba la tablet con las estrategias que le había dado Julian, como si hubiese recordado algo concreto en la ducha y quisiera comprobarlo antes de olvidarlo.

—He conocido a alguien en la fiesta.

Hadley fue directa. ¿Qué sentido tenía alargarlo?

—¿A quién?

Clavó sus ojos en él. Quería percibir cualquier cambio en su expresión.

—Elena Moretti.

Jesse se quedó quieto un segundo, pero enseguida recuperó la normalidad. Levantó la cabeza y buscó la mirada de Hadley al tiempo que bajaba la toalla más pequeña.

—¿Y?

Sin darse cuenta, ella se cruzó de brazos a la defensiva.

—¿Tiene que haber un «y»?

—Es obvio que sí teniendo en cuenta cómo estás —respondió Jesse mientras se giraba y se apoyaba hasta casi sentarse, con sus manos descansando en su regazo.

—¿Y cómo estoy, Jesse? Ilumíname —replicó.

—Enfadada.

El hecho de que él lo dijera provocó que ella estuviera aún más furiosa. ¡Claro que estaba enfadada! ¡¿Cómo no iba a estarlo?!

—Joder, claro que lo estoy. Esa mujer sabía quién era yo, me ha hablado de ti, me ha preguntado cómo estabas. ¿De qué va todo esto?

Hadley empezaba a pensar que ese encuentro ni siquiera había sido casual. Elena no se había sorprendido lo más mínimo al verla.

—No lo sé —contestó con calma, sincero—. Hace más de cinco años que no sé nada de Elena.

—Pues ella te tiene muy presente.

—No lo creo.

—Te pone triste, ¿no? —comentó con ironía.

Jesse le mantuvo la mirada. Sabía que estaba enfadada. Tenía la sensación de que incluso estaba asustada. En parte, tenía derecho. Encontrarse con Elena no debía de haber sido fácil para ella.

—No, simplemente no lo creo —insistió tranquilo.

Hadley guardó silencio un momento. La cabeza le iba muy rápido. Todas las posibilidades que había analizado de camino allí se paseaban por su mente una y otra vez, cada una de ellas dejando un poso, hasta que llegó a una conclusión que vio increíblemente lógica.

—Intentaste que no fuera a la fiesta para que no la encontrara, ¿verdad?

—No —pronunció como si lo que acabase de oír fuese la mayor tontería del mundo—. Intenté que no fueras porque quería follarte toda la noche.

No estaba al tanto de que Elena iría a la fiesta. Por el amor de Dios, ni siquiera sabía en qué continente estaba. Elena no significaba nada para él. Pertenecía a su pasado.

—No me distraigas —se quejó Hadley.

Recordarle lo bien que se les daba estar juntos en mitad de una discusión era un golpe bajo.

—Y tú no veas donde no hay —replicó Jesse.

Hadley esbozó una sonrisa vacía, insolente. ¿Cómo podía decir algo así? Estaban hablando de esa mujer.

—Es por ella por quien te echaron cuando competías en Fórmula 1 —afirmó Hadley.

—No exactamente.

Ella resopló.

—No me vengas con tecnicismos —protestó.

—Hadley, esa historia está acabada.

Jesse no dudaba. No quería que ella lo hiciera tampoco. Quería que viera que estaba siendo sincero. Poder calmarla.

—Entonces, cuéntamela —exigió.

Ella ya se había montado su propia película, era consciente de ello, así que, llegados a ese punto, la única manera de tranquilizarse realmente era saber lo que había pasado y oírlo por boca de él. Dijera lo que dijese, lo creería.

Jesse siguió mirándola a los ojos, evaluando la situación, opciones.

—No —contestó al fin cruzándose de brazos. A Hadley no se le escapó el gesto.

—¿Por qué no?

—Porque no es mi historia para contarla.

Elena no le importaba, pero lo que pasó fue un puto desastre, un caos de muchas maneras diferentes, y no podía traicionarla poniendo sus problemas encima de la mesa como si no valiesen nada. No se trataba de que fuera Elena. No lo habría hecho con nadie.

Pero Hadley, que siempre había admirado los valores de Jesse, esa vez no pudo sentirse orgullosa de él.

—¿La estás protegiendo?, ¿de mí?

—No, Hadley. No la estoy protegiendo y mucho menos de ti —Jesse necesitaba que eso quedase claro. Elena no era más importante para él que Hadley. Nadie lo era—, pero lo que pasó no fueron mis circunstancias ni mi historia. No es justo que sea yo quien lo cuente.

—Pero yo necesito saberlo —contraatacó casi desesperada, casi interrumpiéndolo—. Os liasteis, es más que obvio. ¿Qué pasó después? ¿Os enamorasteis?

—No.

—¿Su marido os descubrió? —A veces tu cabeza, tu imaginación, es tu peor enemiga—. ¿Ibais a fugaros? ¿En plan Romeo y Julieta pero mejor preparados?

—No.

—Entonces, ¿qué pasó?

Los ojos de Hadley se pusieron brillantes por las lágrimas.

Jesse aguantó el tirón. Quería levantarse, abrazarla, demostrarle a besos en esa cama que estaba equivocada, pero sabía que no era lo que ella necesitaba.

Su cuerpo inconscientemente cambió la postura y sus manos agarraron el borde de la mesa a ambos lados de sus caderas.

Tenía que agarrarse a algo para contenerse.

—Nos acostamos. Tuvimos una aventura, Hadley. Nada más.

—¿Y por qué la prensa te culpó solo a ti?

¿Por qué dejaste que te echaran? Más que eso —añadió veloz.

Era incapaz de entenderlo—, te estigmatizaron.

Han pasado cinco años y, cuando me interesé en contratarte, esa historia te persiguió.

—Señaló hacia la puerta, como si todos los comentarios de advertencia, los artículos, las miradas, pudiesen materializarse y aparecer—.

No me digas que solo os acostasteis y no pasó nada más.

Las primeras lágrimas estuvieron a punto de caer, pero Hadley las controló con un suspiro.

Sabía que era injusto pretender que Jesse no tuviese un pasado, lo que le daba un miedo terrible era que una historia así no se hubiese quedado allí, que aún la quisiese, que no hubiesen podido olvidarse y ella misma fuese la pieza que sobraba.

Jesse tensó la mandíbula. Odiaba verla así, pero tenía que confiar en él, como cuando se trataba de Legacy One, como cada vez que la había tenido debajo de él... como él confiaba en ella.

—Hadley... —trató de calmarla.

—¿Qué pasó?

Jesse negó con la cabeza sin levantar sus ojos de los de ella.

—No es mi historia.

—¡Pero te afectó a ti y ahora me está afectando a mí!

—Porque estás dejando que lo haga —saltó Jesse casi gritando, separándose de la mesa y dando un paso hacia Hadley, utilizando todo su autocontrol para que no se convirtiera en el camino para llegar hasta ella—. No estaba enamorado de Elena.

—Pero te sacrificaste por ella.

Las palabras cayeron como una losa entre los dos porque eran verdad y el silencio que las siguió fue todavía peor. Jesse no tenía cómo rebatir aquella frase. Se había sacrificado por ella. Lo volvería a hacer si se repitiese la situación.

Hadley le dio todo el tiempo del mundo para responder, pero, cuando entendió que no iba a hacerlo, otra sonrisa vacía y enfadada, y en ese instante también triste, se coló en sus labios.

—Dios —se desahogó—, pretendes que crea que renunciaste a la Fórmula 1 por una mujer a la que no querías, pero que se acuerda de ti después de cinco años y que, por cierto, es guapísima y altísima y se parece a Claudia Cardinale de joven. ¿Tan idiota crees que soy?

—Nunca he creído que fueses idiota.

—Cuéntamelo.

Jesse dejó escapar todo el aire de sus pulmones.

—No puedo, Hadley.

—Cuéntamelo, por favor, Jesse.

Era una puta súplica. Jesse odió ese momento. Odió las decisiones que había tomado cinco años atrás y eso no le había pasado jamás, ni siquiera cuando tuvo que hacer las maletas y regresar a Tennessee.

Se humedeció el labio inferior a la vez que perdía la mirada a la espalda de Hadley.

—No —respondió mirándola de nuevo.

Hadley no dijo nada más. Solo asintió, giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta, lanzando la llave de la suite sobre el mueble pegado a la pared. Ya no la necesitaba.