28
Hadley entró en su habitación con el corazón latiéndole a toda velocidad y la respiración hecha un caos, obligándose a no llorar porque ¡maldita sea, no iba a llorar!
Se cambió de ropa peleándose con cada prenda y se metió en la cama tratando de lidiar con toda esa rabia, acurrucándose sobre el colchón.
No era ninguna idiota ni tampoco intransigente. Entendía que Jesse había vivido, de verdad que lo hacía. Además, con esa cara y ese cuerpo y la manera en la que... bueno, que estaba claro que era imposible que se hubiese mantenido virgen hasta que la conoció.
A la mañana siguiente almorzó temprano y se preparó para salir. A las cuatro se corría la clasificatoria de Monza, las tres carreras rápidas, las QS, a través de las que quedaban fijados los puestos en la parrilla de salida para el Gran Premio.
Normalmente se habría ido con Jesse y se habrían pasado todo el trayecto hablando, riéndose y besándose, pero en aquel momento esa posibilidad estaba fuera de servicio, lo que hacía que Hadley manejara una extraña mezcla de enfado, mal humor y tristeza.
—Buenos días —saludó a los empleados cuando cruzó la recepción camino de la salida principal.
—Señorita Carmichael —corrió tras ella uno de ellos.
Hadley se detuvo y se giró para esperarlo.
—Han dejado esto para usted.
Le tendió un sobre blanco. Dentro había una nota escrita a mano:
Me gustaría que tomáramos un spritz juntas. Creo que es necesario.
E. M.
«E. M.». Obviamente era una invitación de Elena Moretti.
—La espera en la terraza de nuestro bar —completó la información el recepcionista.
Hadley asintió con la mirada fija en la nota. Lo fácil sería irse al circuito con la excusa de estar allí para la pole , enterrar todo eso, seguir enfadada, pero Hadley quería la verdad. Necesitaba respuestas.
Con las piernas temblándole un poco pero la resolución intacta, giró sobre sus sandalias de tacón y se dirigió al lugar indicado.
Jesse salió hacia Monza pasadas las doce.
Lo habría hecho antes pero estaba... esperando.
Se había contenido toda la noche para no ir a buscar a Hadley.
Entendía que necesitaba tiempo para procesarlo todo, para calmarse.
Él estaba dispuesto a dárselo, pero habría sido genial que ella hubiese decidido poner su relación en impasse donde al menos pudiese verla.
Hadley tampoco había dado señales de vida por la mañana.
—Tienes que dejar que se le pase —dijo Cody Lee sentado con Jesse en la parte trasera del Rolls.
Estaba incomodísimo. La primera vez que uno de los coches de Legacy lo recogió, le pareció divertido, como si estuviese jugando una partida de Monopoly con piezas a escala real, pero ya empezaba a sentirse violento.
Le abrían la puerta, se la cerraban y se la volvían a abrir.
No conducía ni estaba en el asiento del copiloto toqueteando la radio.
En ese hotel todos lo miraron raro cuando entró con su gorra de camionero y después un tío que no conocía de nada intentó comprársela por cien pavos porque dijo que era «muy auténtica».
Le había costado diez en el Walmart de Chattanooga.
—No me gusta que estemos así —confesó Jesse con la mirada perdida en la ventanilla—. Lo odio —añadió sincero mientras torcía los labios y sus ojos, entonces grises, cambiaban las vistas de Milán por las de la espalda del asiento del conductor.
—Lo sé, pero ponte en su lugar. Imagínate que de pronto aparece un ex guapísimo, por el que ella hizo algo enorme, épico, y, cuando tú preguntas, más que nada para saber si eres el tercero en discordia...
—Ella no es la tercera en discordia —lo cortó Jesse molesto.
—Es una metáfora. Si no me dejas terminarla, pierde efecto.
Jesse volvió a apretar la mandíbula, aguantando el tirón. Echaba de menos a Hadley, lo que era ridículo porque no llevaban ni un día sin verse, pero a quién coño le importaba. Era la verdad.
—Lo que decía —continuó Cody Lee—: ponte en la situación de que le pides explicaciones y ella no te las da. ¿Cómo te sentirías?
—Yo ya tengo que lidiar con un ex enamorado de ella.
Cody Lee negó con la cabeza.
—Míster traje y corbata —replicó refiriéndose a Sebastian— no es su ex.
—Pero la persigue todo el maldito tiempo.
—Y ella te ha elegido a ti cada vez. Te ha dado seguridad. Tú ayer intentaste darle eso a Hadley, pero no pudiste ofrecerle todas las piezas que necesitabas para conseguirlo, y entiendo tus motivos, en serio, y ella también lo hará, pero tuvo que joderle muchísimo y ahora necesita tiempo.
Jesse repasó la conversación de la noche anterior por enésima vez.
Le habría encantado explicarle todo lo que pasó cinco años atrás, pero aquella no era su historia para contarla, y no podía no respetar eso.
Solo esperaba que ella supiese verlo y, sobre todo, que no dudase de que ocupaba el puto primer puesto en su lista de prioridades.
—Tiempo, ¿eh? —repitió con desgana observando cómo sus dedos jugueteaban unos con otros.
—Eso es —sentenció su amigo—. Tiempo para dejar de odiarte. Tiempo para que vuelvas a caerle bien. Tiempo para entender que eres un idiota, pero uno con buen corazón. Son varias cosas.
Aunque era lo último que quería, Jesse sonrió justo antes de volver a interesarse en el paisaje fuera del coche y Cody Lee lo miró sintiéndose un poco mejor por ese pequeño gesto.
—Seguramente ya esté en el paddock —comentó Cody Lee mientras caminaban en dirección al box.
Jesse aceleró el paso casi de manera inconsciente. Cuando llegó al garaje y oyó los primeros saludos, barrió la estancia. No había rastro de ella.
—¿Hadley ha llegado ya? —preguntó a una de las ingenieras.
Ella hizo memoria unos segundos y acabó negando con la cabeza.
—No, debe de estar al caer.
Pero no era cierto. Jesse repasó la estrategia con Julian, Edward y los demás pendiente de la puerta por si la veía llegar, pero eso tampoco pasó.
—Vendrá. Estoy seguro —lo animó Cody Lee—. Se habrá entretenido con algo.
Jesse se humedeció el labio inferior pensativo y se puso el casco antes de meterse en el fórmula uno. La Q1, la primera ronda clasificatoria, estaba a punto de empezar y Hadley no estaba allí.
«Joder», eso es lo único que pudo pensar, como si esa sola palabra pudiera englobar el huracán que lo estaba arrasando todo por dentro.
Siempre había conseguido mantener lo que sentía bajo control al tomar una decisión, afrontando lo que fuese necesario y dejándola en el pasado tan pronto como ocurriera.
Siempre había podido hacerlo... menos en aquel momento.
Menos con Hadley.
Cabeceó suavemente al tiempo que le ponían las protecciones y se obligó a concentrarse en la carrera de dieciocho minutos que tenía por delante.
Las luces rojas se encendieron una a una.
Se apagaron. Jesse salió disparado. Al principio todo fue bien.
Pero, por primera vez en toda su vida, la velocidad no lo calmaba, no le hacía pensar mejor, más claro, más rápido.
Solo lo enfadaba más y no pisaba el acelerador por la carrera, lo pisaba por rabia, porque que lo que sucedió cinco años atrás hubiera vuelto para joderle la vida lo cabreaba demasiado.
Porque Elena formaba parte de su pasado, ni siquiera era su pasado, y no entendía por qué coño tenía que regresar para complicar su historia con Hadley.
Porque Hadley no estaba.
¡No estaba, maldita sea!
Midió mal una curva y, al frenar a destiempo, perdió casi cinco décimas.
—¿Qué ha sido eso, Jesse? —preguntó uno de los ingenieros.
—Nada —respondió más seco de lo normal.
Jesse no lograba colocar la cabeza donde debía y siguieron pequeños fallos: se pasó un poco de frenada, una corrección al volante que jamás había tenido que hacer antes, otra décima perdida.
Se clasificó para la Q2. Nadie salvo Cody Lee supo qué le pasaba en realidad y todos dieron por hecho que simplemente estaba un poco irritado.
Mientras los mecánicos se acercaban a cambiar las ruedas y el analista repasaba algunos detalles con él, Jesse no podía dejar de preguntarse «¿Qué estoy haciendo?
», y no se trataba de la carrera, estaba hablando de Hadley.
La conocía. Le daban igual esas putas normas que decían que no se podía llegar a conocer a una persona realmente en poco más de tres meses.
Al infierno con quienes no habían tenido algo así.
Él lo tenía. Él y Hadley tenían ese algo, importante, bueno, ¿por qué joderlo por no confiar?
Se había dicho a sí mismo que Hadley necesitaba tiempo.
«Pues créetelo, idiota», se riñó. Confiaba en ella, en el vínculo, en la relación que tenían.
—Pues confía —murmuró para sí.
«Pero hazlo de verdad. No como un crío asustado».
Cuando las luces rojas volvieron a apagarse y Jesse aceleró, esa vez no hubo errores. Estaba centrado. El huracán enfocado a donde debía, a la carrera, a tener la cabeza fría.
Jesse eligió confiar.
Eligió correr para atravesar primero la meta, no para cobrarse sus propios problemas.
Y funcionó porque ganó la maldita Q2.
El Bvlgari Hotel estaba ubicado en el centro histórico de Milán y poseía un jardín con más de cuatro mil metros cuadrados que se había convertido en una de las principales atracciones del establecimiento.
La terraza del bar estaba pensada para que los clientes pudieran disfrutar de ese espacio con una impresionante tarima de madera natural y pequeños juegos de sofás y sillas de diseño que proporcionaban cierta sensación de intimidad.
Elena estaba en uno de esos sofás, vestida de nuevo con una elegancia exquisita, el pelo recogido en un moño italiano y unas preciosas gafas de sol.
—Siéntate, por favor —le pidió a Hadley en cuanto llegó hasta la mesa.
Dudó por última vez sobre si aceptar o no, pero lo de querer respuestas seguía en pie.
—Gracias —respondió acomodándose frente a Elena.
Un camarero se acercó eficiente.
—Dos Aperol Spritz —pidió Elena en italiano.
Hadley la observó un instante. Estuvo a punto de dejar que sus inseguridades ganasen y compararse con ella, pero optó por ponerse la vida un poco más fácil.
—Me gustaría que fuéramos directas al grano —dijo acelerando la conversación.
No eran amigas. No iban a serlo. Alargar este encuentro no tenía ningún sentido.
Elena sonrió con suavidad.
—No tengo ningún inconveniente en que las cosas sean así. —Perdió un segundo la vista en los jardines, pero, cuando volvió a hablar, se aseguró de estar mirando a Hadley directamente a los ojos—. ¿Ya te ha hablado de mí?
La pregunta fue como un cuchillo directo al corazón.
—Sí —respondió obligando a esa única palabra a atravesar el nudo de su garganta—. Me dijo que tuvisteis una aventura, pero que no significó nada para ninguno de los dos.
—¿Y tú lo crees?
—¿No debería?
—Sé lo que haría yo si estuviese en tu lugar.
Hadley la miró esperando a que continuara.
—Que, por otra parte, es lo que estoy segura de que tú ya has hecho.
—¿Y es?
—No creerlo.