26
—Después de esto creo que ya no hay marcha atrás —comentó Hadley mientras seguía a horcajadas sobre Jesse, acurrucada sobre su pecho, con su camiseta ignífuga puesta.
—¿Quieres que la haya? —preguntó él sin dejar de acariciarle la espalda rítmicamente.
—No —respondió Hadley sin dudar.
Sin el calor del momento, recordaba todo lo que convertía lo que habían hecho en un error, pero no le importaba. Había sido increíble. En todos los sentidos. No podía ni quería renunciar a Jesse.
—La cosa se va a poner fea —añadió ella—. Todos se van a creer con derecho a opinar.
—Si el equipo va bien, ni la junta ni los patrocinadores tendrán nada que decir.
Jesse sabía perfectamente lo que se jugaba, pero estar con Hadley simplemente merecía la pena. Lo había tenido claro desde hacía mucho, pero después de tocarla era imposible que se olvidara de ella.
—Pero la prensa... Soy la dueña de la escudería y tú, el piloto. Van a destrozarte. —Hadley no pudo evitar sonar preocupada. Tampoco es que pensara esconderse. Con Jesse no lo necesitaba.
—Mientras yo sea su objetivo, podré con ello.
A Jesse no le gustaba la prensa. No era ningún secreto. Tampoco que a ellos les encantaba especular sobre su vida privada, más aún después de lo que ocurrió la última vez que pasó por la Fórmula 1. Pero lo que no iba a consentir de ninguna manera era que Hadley se convirtiese en su carnaza.
Al oírlo, se movió hasta enderezarse en su regazo para poder mirarlo de frente.
—No voy a permitir que pagues tú solo las consecuencias —sentenció, y por segunda vez en esa conversación no vaciló—. Estamos juntos en esto y afrontaremos lo que venga juntos.
Jesse le mantuvo la mirada mientras no podía dejar de pensar que era la persona más valiente que había conocido, que era jodidamente leal y que tenía un corazón enorme.
Antes de que el pensamiento cristalizara en su mente, su sonrisa marca de la casa se estaba extendiendo por sus labios.
—Sí, señora —contestó.
—Más te vale —replicó Hadley apuntándolo con el índice justo antes de acurrucarse otra vez sobre su pecho.
Cada vez que le hablaba así, le entraban ganas de follársela.
Jesse y Hadley salieron de la oficina del piloto cuando no les quedó otra. Aquella misma tarde tenían que coger el jet a Lieja para empezar a preparar el Gran Premio de Bélgica.
—Tú —la voz de Edward resultaba inequívoca, lograba ser condescendiente y arrogante incluso en una única palabra. Con ella, estaba claro que estaba llamando a Jesse, pero también que no estaba enfadado, al menos, no del todo, solo estaba siendo... él—. Tenemos que hablar.
Al oírlo, Jesse y Hadley se pararon en seco y Edward chasqueó la lengua contra el paladar con una sonrisa irónica al darse cuenta de que iban cogidos de la mano.
—Iré a comprobar que todo esté listo para el vuelo —le dijo Hadley a Jesse. Una excusa para darles espacio y que pudieran hablar.
Jesse asintió y, aunque Hadley empezó a andar, él tardó un segundo de más en soltarle la mano, haciéndola sonreír.
—¿En serio? —picó Edward a Hadley.
La relación de amor-odio fraternal haciendo de las suyas.
—No es tu problema —le dejó claro ella.
—Lo que sea —replicó él moviendo la mano con desgana.
Cuando se quedaron solos en el pasillo, Edward permaneció en silencio, mirando a cualquier lado que no fuera Jesse. Resultaba obvio que estaba incómodo.
—Desde luego que tenemos que hablar —comentó Jesse con esa media sonrisa engreída.
Edward por fin llevó su vista hasta él, entrecerrando los ojos.
—¿Podrías no comportarte como un vaquero arrogante todo el maldito tiempo? —le pidió Edward desdeñoso—. Parece que te hayas escapado de Yellowstone .
—Los del norte tenéis que aprender un poco de geografía.
—Y los del sur, a no ser tan susceptibles.
Volvió a hacerse el silencio. Puede que Jesse supiese o no leer a las personas, pero conocía muy bien a los pilotos y Edward lo era.
—Mira —le ahorró el trabajo Jesse. Cuanto antes terminara esa conversación, antes podría volver a tocar a Hadley—, no estoy cabreado por lo que ha pasado en la pista.
—Me importa una mierda si lo estás o no —saltó a la defensiva Edward.
Jesse sonrió.
—Eddie —lo fastidió.
—No me llames Eddie. Nadie lo hace.
—Es tu nombre.
—¿Y qué tal si yo te busco un apodo a ti? —lo amenazó.
—Lo que quieras.
—Granjero —soltó demasiado rápido para que pareciera un insulto elegante.
—No lo soy, pero, si te hace ilusión llamarme así —Jesse se encogió de hombros—, no tengo ningún problema.
Edward lo observó y acabó negando con la cabeza a la vez que un resoplido entremezclado con otra de sus sonrisas rápidas y mordaces se escapaba de sus labios.
—Eres exasperante —sentenció.
—Me han llamado cosas peores —replicó Jesse.
Edward le mantuvo la mirada y por un momento, por muy extraño que pareciese, empezó a... relajarse. Jesse lo notó.
—Sé que lo que has hecho en la pista ha sido porque te importa tu sitio aquí y Legacy —dijo Jesse—, pero a mí también. Podemos ayudarnos.
Edward pensó durante un par de segundos.
—Solo hay un primer piloto.
—¿Y a quién coño le importa? Entre tú y yo podemos luchar cada carrera a muerte, pero eso no significa que no podamos aliarnos contra todos los demás.
Lo importante era que su escudería ganara, sumar. No tenían que hacerse favores entre sí, ni cederse la posición, pero podían funcionar juntos para ponérselo complicado al resto.
—Eso tiene más sentido —admitió Edward—, pero sigo sin confiar en ti y sigues sin gustarme.
—Tú tampoco eres mi persona favorita —se burló Jesse—, pero no creo que seas un capullo total. Quiero decir, pareces un capullo y te comportas como uno, pero puede que no lo seas.
Edward lo miró francamente mal.
—¿Y ese punto de clarividencia?
—Hadley —contestó Jesse sin dudar—. Si fueras tan imbécil como parece que eres, no te tendría a su lado. Confío en ella para juzgar a las personas.
Edward no quiso darle la razón, no le apetecía, pero usó la misma lógica para llegar a la conclusión de que si Hadley confiaba en Jesse quizá fuese digno de confianza.
—Está bien —cedió Edward—, pero esto no nos convierte en amigos, solo nos hace tener enemigos comunes. No voy a ayudarte a ganar.
—Me parece justo.
Edward lo observó un momento más y echó a andar.
—Hablando de Hadley —dijo sin girarse ni detenerse—, hazle daño y me aseguraré de que mueras carbonizado en tu estúpido tractor de la NASCAR.
Jesse sonrió. Puede que las amenazas le hicieran más gracia de lo que debía por su propio bien, pero, sobre todo, le gustó que Hadley tuviese amigos así cubriéndole las espaldas.
Se ajustó la bolsa al hombro y continuó caminando. Salió a la zona abierta del box. Ya había anochecido y Silverstone estaba iluminado. Parecía la versión tecnológica de un dragón chino.
Julian seguía sentado frente a uno de los ordenadores, revisando datos de la carrera.
Jesse lo vio. Julian era uno de esos hombres cuya presencia imponía.
No entrabas en una sala y podías perderte que estaba allí.
Pero no era por eso por lo que Jesse lo respetaba.
Julian se había ganado su puesto. Era bueno y, sobre todo, había trabajado muy duro.
El merecerte lo que tenías era una de esas cosas que Jesse consideraba que hablaba más de uno mismo que cualquier palabra.
—Buenas noches —se despidió.
El director de equipo lo observó, pero no dijo nada. Jesse sabía que no estaría contento tras haberse saltado sus instrucciones otra vez, pero estaba en paz con eso.
—Es un buen plan —dijo al fin Julian, haciendo que Jesse se detuviese—, pero, para que funcione, tú tendrás que confiar en el equipo.
Así que había oído su conversación con Edward.
—Y tú tendrás que empezar a correr para ganar —replicó Jesse desandando sus pasos para volver a estar frente a Julian.
—Hay que ser inteligentes.
—Hay que ser valientes.
—No todo el mundo funciona como tú, Jesse.
—Pues entonces crea una estrategia que me deje un poco de margen para correr a mi manera.
Jesse no era ningún idiota, entendía cómo iban las cosas, que no todo podía jugarse a una lectura de carrera en el coche, en el mismo momento en el que se estaba corriendo, pero también necesitaba que lo dejasen pilotar como sabía. No pedía más.
Julian echó un vistazo a su alrededor con la mandíbula tensa, valorando pros y contras. Sabía que Jesse tenía razón, pero había demasiadas cosas en juego. Puede que la cautela no fuese una cualidad muy buscada en un box de Fórmula 1, pero la responsabilidad sí y ese era su trabajo.
—Un margen diminuto —concedió.
Jesse sonrió.
—Suficiente —aceptó.
Los tres siguientes grandes premios fueron una auténtica locura. Los dos pilotos de Legacy puntuaron en cada uno de ellos y Jesse incluso hizo podio en Países Bajos.
Hacía poco menos de tres meses que Jesse había entrado por primera vez en el box de esa escudería, pero todo el equipo había ido uniéndose en torno a él.
Los mecánicos lo trataban como uno más. Los ingenieros lo adoraban porque no se limitaba a decir «arréglalo», la actitud mayoritaria de un piloto cuando un coche no rendía como se esperaba; él explicaba dónde fallaba, cómo se notaba en la conducción, qué necesitaba, los ayudaba.
Con Hadley todo iba genial. La había tenido debajo de él en cinco ciudades, dos vuelos intercontinentales —bueno, ahí no exactamente debajo, más bien contra el lavabo—, tres continentales y un coche.
Se había aprendido su risa de memoria y que cenaba tortitas cuando había tenido un día duro.
Habían hablado muchísimo, se habían contado un montón de cosas y todo seguía siendo jodidamente fácil incluso cuando discutían.
La junta, en cambio, tenía su propia visión de los hechos y la prensa seguía empeñada en pintarlo como el «americano salvaje» que no sabía de reglas ni le importaban y que ni siquiera comprendía lo que significa ser piloto de Fórmula 1.
Así llegaron a Milán, a menos de treinta kilómetros del Circuito de Monza, donde se celebraría el Gran Premio de Italia el 7 de septiembre.
—No tienes que ir —dijo Jesse con la voz ronca, tirando de nuevo de Hadley hacia la cama y abrazándola.
Ella sonrió feliz y se mordió el labio inferior mientras observaba tan de cerca a ese hombre desnudo y guapísimo que le estaba arrugando su vestido, pero a quién le importaban esas cosas cuando la hacía sentir así de bien.
—¿Me estás proponiendo un plan alternativo?
—Sí, uno genial en el que te levanto este vestido alucinante exactamente hasta aquí —le explicó Jesse deslizando su mano hasta su cadera.
Los dos tenían la cabeza en la almohada, girados hacia el otro, mirándose—, hago que te corras hasta que te tiemblen las piernas y después cenamos lasagna en la cama viendo una de esas películas de Netflix de Navidad que tanto te gustan aunque estemos en septiembre.
Hadley sonrió, era imposible no hacerlo.
—Tú sí que sabes armar un plan, James —dijo justo antes de besarlo.
—¿Significa que te quedas? —planteó Jesse justo antes de darle otro beso, alargándolo provocador hasta hacerla gemir.
Se miraron a los ojos y Hadley hizo un pucherito que se entremezcló rápido con el inicio de otra sonrisa.
—No puedo. La gala la ha organizado nuestro patrocinador más importante. Ha invitado a toda la junta y prácticamente a todo el mundo de la Fórmula 1.
Hadley habría preferido mil veces esa cama, la lasagna y la peli de Navidad, pero era imposible.
—Podrías venir tú —le propuso sabiendo de sobra cuál iba a ser la respuesta.
—¿Y robarte parte de la diversión?
—Idiota.
Jesse sonrió por el «cumplido» y Hadley... bueno, porque no había podido dejar de hacerlo en los últimos dos meses.
Volvió a besarlo. Jesse quiso ser un buen chico, pero Hadley olía demasiado bien y volvió a estrecharla contra él.
—Lárgate o te juro por Dios que no voy a dejarte salir de esta cama.
—Tentador —ronroneó ella.
—Hadley —le advirtió él sintiendo cómo la sangre le iba cada vez más rápida y estaba a punto de perder la poca cordura que le quedaba.
—Vale —contestó ella bajando de la cama de la suite del Bvlgari Hotel en el centro de Milán.
Sin embargo, no se había alejado más de unos pasos de la cama cuando Jesse se movió rápido como un león e intentó atraparla. Ella soltó un gritito divertido y lo esquivó en el último segundo, rompiendo a reír inmediatamente después.
—¿A qué ha venido eso? —se quejó risueña.
—A que he cambiado de opinión —respondió Jesse sin un solo remordimiento.
Una hora y media después Hadley consiguió salir de la habitación. Al final, Jesse cumplió su palabra y le subió el vestido hasta las caderas. Al terminar, le susurró al oído que la lasagna y la peli de Navidad la estarían esperando cuando volviera.
La gala estaba siendo tan aburrida como era de esperar. Por suerte, Presley, Edward y Sebastian también estaban allí.
—Hadley, tienes que saludar a Gomes —le recordó Sebastian—. Está a punto de firmar un contrato con Carmichael Multinational.
Ella frunció el ceño.
—Pensé que estaba en Nueva York encargándose de los últimos flecos del acuerdo.
—Lo ha dejado en manos de Kellen. —El perro de presa con forma de abogado que dirigía su departamento legal.
Hadley asintió. Por dentro resopló. Y se comportó como la profesional que era.
Estaban cruzando la sala repleta de trajes elegantes hacia el lugar donde se encontraba el empresario cuando el móvil de Sebastian empezó a sonar. Miró la pantalla.
—Lo siento, Hadley. Tengo que cogerlo.
Ella asintió quitándole importancia.
—Seb, sálvame en diez minutos. Le encanta hablar de las recreaciones históricas de la Guerra de Secesión —se lamentó.
Sebastian sonrió mientras se alejaba.
—Prometido.
Hadley continuó caminando, pero no vio a Gomes. La fiesta estaba en su máximo apogeo, así que lo más probable era que se hubiese encontrado con otra persona a la que saludar o se hubiera ausentado en busca de una copa.
«Me he librado de la explicación de la batalla de Gettysburg», pensó Hadley.
Pero justo cuando se giró para volver con Presley y Edward, estuvo a punto de chocar con una mujer.
—Perdona —se disculpó Hadley con una sonrisa.
—No te preocupes. No ha sido nada.
Era alta y muy guapa, con el pelo negro y un vestido del mismo color que le caía con muchísima elegancia sobre el cuerpo.
—Eres Hadley, ¿verdad? —añadió, tomándola por sorpresa.
Ella arrugó la frente claramente confusa. Era muy buena para las caras y sabía que no la había visto antes.
—¿Nos conocemos?
La mujer sonrió.
—No en persona, pero tenemos a alguien en común. Mi nombre es Elena Moretti.