25
La puerta se cerró a su paso y enseguida algo la aplastó contra la madera.
Jesse estaba frente a ella, aún con ese maldito mono que parecía salido de una fantasía erótica, mirándola, provocándola solo con estar ahí, así, con ese pelo revuelto y un poco húmedo echado hacia atrás con las manos, con esa sensación de haber salido, peleado con todo lo que tenía y ganado, con esos ojos que cambiaban de color, pero que siempre eran demasiado bonitos.
Era jodidamente atractivo.
Jodidamente sexy.
Salvaje.
—Tengo que besarte, Hadley, porque ahora mismo eres todo en lo que puedo pensar.
En la misma décima de microsegundo en la que terminó de asentir, Jesse la besó con fuerza apretándola contra la puerta. Haciéndola sentir. Disfrutar. Volar.
Las manos de él se deslizaron hasta apretar sus caderas, hasta casi llegar a doler. Hadley sonrió encantada cuando el fino hilo de dolor se entremezcló con una oleada de placer, con la idea de que podía dejarle marcas. Jesse sonrió cuando comprendió por qué lo hacía ella.
La cogió en peso al tiempo que se giraba y la tumbaba en el sofá, cayendo a la vez sobre ella. Volvieron a besarse. Jesse no fue cuidadoso, ni tierno. Hadley tampoco lo habría querido así.
Necesitaba que no se contuviera, recordarlo siempre.
—Sé que hay algo así como un millón de razones por las que esto es una idea terrible, pero ahora mismo no puedo recordar ninguna —dijo Hadley con la respiración entrecortada—, ¿y tú?
Jesse sonrió. Esa sonrisa torcida, engreída e irritante que a Hadley justo en aquel momento solo le multiplicó las ganas.
—¿Crees que ahora mismo estoy pensando en otra cosa que no sea follarte?
Esas palabras. Ese acento. «Si voy a enfrentarme a una boca sucia con acento sureño, sé que tengo la guerra perdida, pero voy a ser la enemiga capturada más predispuesta del mundo».
—Creo que estás pensando en cómo será —tiró de esa cuerdecita Hadley con la voz dulce sin pretenderlo.
—Y yo, que tú quieres que te lo cuente.
Jesse movió las caderas y su polla grande y dura chocó contra su sexo a través de su mono de carreras y las bragas blancas de ella.
—¿Lo sientes? —preguntó dominando su mirada desde arriba—. Está así por ti. Lleva así por ti cada jodida noche desde que dormiste en mi cama en Tennessee. Todas las mañanas tengo que follarme mi propia mano mientras me imagino que te tengo debajo de mí.
La respiración de Hadley se aceleró mientras la sangre le martilleaba en los oídos. No había estado nunca tan excitada.
—¿Y por qué no viniste a tu habitación?
—Porque soy un buen chico.
Hadley sonrió a punto de romper a reír. Su reacción hizo que el gesto se imitara en los labios de Jesse.
—Mentiroso.
Movió las manos hasta deslizarlas bajo el vestido de Hadley, sobre su culo.
Lo apretó con fuerza mientras se rogó por mantener el control, pero eso, en aquel momento, parecía una puta tortura.
Para él, ella era perfecta, cada curva de su cuerpo, cómo reaccionaba a cada caricia, a cada puta palabra. La manera en la que lo miraba.
—Me habría encantado que hubieses entrado en tu habitación, que hubieses hecho conmigo lo que quisieses.
Jesse dejó escapar todo el aire de sus pulmones.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Pues enséñamelo.
Jesse le mantuvo la mirada con la respiración hecha un caos.
La azotó.
Ella gimió. Su cuerpo se movió para él, dándole espacio para que hiciese lo que desease, y Jesse perdió el poco control que le quedaba.
Uno más.
Jesse pensó en su piel enrojeciéndose bajo su palma.
—Jesse —gimió.
Otro más. La polla le latía con fuerza contra el mono. Ella lo estaba volviendo loco con cómo olía, con cómo se dejaba hacer, con su cuerpo. Hadley Carmichael era su puta kryptonita y Jesse James era completamente adicto.
Perdió la mano entre sus muslos. Sus dedos acariciaron un segundo su clítoris antes de deslizarse en su interior. Hadley lo aceptó con un gemido.
—Ya estás mojada para mí. Me gusta, nena.
Añadió un segundo dedo. Hadley escondió la cara en su cuello para poder ahogar un grito mientras Jesse no paraba de entrar y salir, de acariciarle con el pulgar.
Le bajó los tirantes del vestido, del sujetador, dejando sus pechos al descubierto. Se inclinó sobre ella y su boca se unió a la fantasía, chupando su pezón, tirando suavemente de él con los dientes.
—Eres muy estrecha. Me muero por ver cómo me aprietas.
—Pues fóllame, por favor —le suplicó echando la cabeza hacia atrás. La única salida que el placer le daba.
—Antes quiero ver cómo te corres. Quiero saber si el esfuerzo va a merecer la pena —soltó con esa media sonrisa arrogante de vuelta.
—Cabrón —murmuró ella con otra.
—Sí, señora.
Los gemidos de Hadley empezaron a solaparse cada vez más rápido. Sus caderas, a salir al encuentro de las embestidas de Jesse. Estaba muy cerca.
Él la agarró de la barbilla y la obligó a volver a mirarlo.
—Mírame —le ordenó.
Y Hadley obedeció mientras un poderoso orgasmo la recorría de pies a cabeza, llenando cada rincón de su cuerpo, iluminándolo.
—Sabía que sería un puto espectáculo —sentenció Jesse.
Hadley se mordió el labio inferior. Estaba satisfecha como nunca y al mismo tiempo quería más, como si el olor de Jesse tuviera la química perfecta para que el deseo en ella creciera y creciera descontrolado y sin medida.
—Ahora quiero averiguar cómo sabes —dijo Jesse.
Se recolocó en el sofá. Clavó la rodilla en el suelo. Y hundió la cabeza entre sus muslos.
—¡Jesse! —gritó tapándose la boca con las palmas de las manos justo en el último segundo.
Sabía mejor de lo que había imaginado todos esos días. Se la comió con ganas, disfrutándola, haciendo que ella se derritiese, uniendo sus dedos a la fiesta de nuevo.
El antebrazo de Jesse la mantenía sujeta al sofá y era lo único que impedía que saliese volando. Era increíble, fantástico, maravilloso. Faltaban tantos adjetivos y seguirían faltando aunque inventase cien nuevos.
Era... Era... demasiado bueno para poder explicarlo con palabras.
Todo el cuerpo de Jesse se tensó cuando sintió el orgasmo de ella.
El monstruo que tenía entre las piernas suplicaba que lo dejasen salir a jugar.
Ya no podía aguantar. Tenía que follársela.
Lo necesitaba. Tenía que hundirse en ella tan fuerte que no pudiese volver a juntar los muslos sin pensar en él.
Se levantó. Quería verla ahí tumbada. Decidir por dónde empezar.
Pero Hadley lo miró a los ojos, frenando sus movimientos.
—Yo también quiero averiguar cómo sabes.
Y otra vez ahí estaba, la voz más dulce del puto mundo.
—Ahora no —se mantuvo firme.
Verla así de entregada, que le hablara de esa manera, solo había hecho que tuviese más ganas de follársela.
Pero esa vez Hadley no obedeció. Despacio, con movimientos casi torpes, se arrodilló frente a él.
—¿Estás seguro? —preguntó mirándolo desde detrás de las pestañas, con los labios suavemente hinchados por todos los besos que le había dado y las mejillas sonrojadas por las veces que se había corrido.
—¿Crees que soy tan fácil de convencer? —planteó Jesse.
Ella negó con la cabeza dulce, sumisa y desafiante, todo a la vez, como el puto círculo perfecto.
—Solo creo que has pensado en esto tanto como yo.
Jesse sonrió a punto de aullar. No iba a dejarla salir de esa habitación jamás.
—No uses las putas manos y deja que entre muy adentro —le ordenó.
Hadley sonrió antes de inclinarse sobre él. Era grande, más de lo que había imaginado, y estaba tan dura que el primer beso, justo en la punta, los excitó demasiado a los dos.
Jesse relió la mano en el pelo de Hadley marcando el ritmo. No fue suave. Ella había querido arrodillarse; bien, entonces tendría que pagar.
Empezó a mover las caderas, entrando todo lo que ella le permitía, saliendo del todo antes de volver a empezar. Los ruidos de la boca de Hadley al intentar acogerlo casi entero, al dejarlo entrar y salir, lo volvían loco, pero los gemidos eran lo mejor.
—Tienes suerte de que tenga suficiente para llenarte todos los agujeros —gruñó Jesse cuando sintió que, si no paraba, se correría en su boca.
Perdió la vista en la mano de ella entre sus muslos, acariciándose. Sonrió satisfecho y el placer se multiplicó solo por la idea de que ella también quisiera más.
—Hasta el fondo, avariciosa —le ordenó.
Empezó a moverse más rápido, casi violento, tocándole el fondo de la garganta sin parar de mirarla a los ojos, atento a cualquier señal.
El placer se le arremolinó en la columna vertebral. Entró. Salió.
—Quiero que me mires mientras te lo tragas.
Apretó los dientes y sintió cómo su esencia se derramaba en la garganta de ella. Hadley se sintió como una diosa viendo cómo él se deshacía, cómo todo su cuerpo se ponía duro; cómo tensó la mandíbula y abrió la boca cuando el placer pesó más que todo lo demás.
Se lo tragó, por supuesto que sí, y no dejó de mirar esos ojos que en ese momento parecían verdes ni un solo segundo.
—Buena chica —dijo Jesse.
Dos palabras y Hadley volvió a encenderse. La cogió por los hombros y la lanzó de nuevo al sofá.
—Pienso partirte en dos y no voy a acabar hasta que los dos estemos hartos de tocarnos.
La gente de la Fórmula 1 era muy previsora y en el botiquín de primeros auxilios de cada oficina de piloto habían incluido condones.
Jesse cogió uno, rompió el envoltorio con los dedos y se lo colocó con una habilidad pasmosa.
Volvió con ella.
Volvió a besarla.
Le quitó el vestido y el resto de la ropa. La quería desnuda. Y a Hadley le excitó como pocas cosas en la vida que, mientras ella estaba así, él siguiese vestido... con ese estúpido mono.
—¡Jesse! —gritó, y esa vez ni siquiera recordó amortiguar el sonido.
Entró de un solo golpe de caderas. Hasta el fondo.
—Sabía que serías así de estrecha y que estarías así de mojada. Llevas pensando mucho tiempo en esto, ¿verdad, nena?
—Todo el maldito tiempo —confesó.
Jesse sonrió.
—Bienvenida a mi vida. Si hubiese sido por mí, te habría follado en el garaje en Daytona, encima de mi coche de carreras.
—Con el mono puesto, como ahora —gimió—, con la cara manchada de polvo y un poco de grasa.
Se movía cada vez más rápido. Más profundo. Más duro.
—Sí, joder, y tú con ese vestidito. Cada vez que te veo con uno, quiero arrancártelo y follarte exactamente como ahora.
Se bajó el mono hasta las caderas. Hadley le quitó la camiseta.
Siguió moviéndose, embistiéndola mientras el cuerpo de ambos se llenaba de una fina capa de sudor.
No quería correrse, pero la imagen era demasiado buena.
No solo se estaba enterrando una y otra vez en el puto mejor lugar del mundo, ella estaba debajo de él, con el pelo esparcido por el sofá, con los labios entreabiertos gimiendo su nombre como si fuera una letanía, con los ojos brillantes de puro placer, mirándolo, deseándolo, excitándolo más y más.
La besó con fuerza, pero el aire entrando a trompicones les hizo separarse. No importó, se quedaron a un centímetro, con sus alientos entremezclándose en ese espacio tan ínfimo. Él empujando una y otra vez. Ella rodeando su cintura con sus piernas y su cuello con sus brazos.
Jesse se corrió, gimiendo, el sonido más sexy que Hadley había oído jamás, contra sus labios.
—No, por favor... No pares ahora —le suplicó.
—No estoy ni cerca de pensar en cansarme de ti —contestó levantándose y tirando de sus brazos para que ella hiciese lo mismo.
Estaban frente a frente.
Jesse sonrió mientras levantaba una mano y acariciaba su cadera.
—Date la puta vuelta —le ordenó.
Hadley lo hizo. Jesse se cambió el condón.
—Las manos a la pared.
Obedeció.
Él deslizó su mano por su cintura hasta llegar a su estómago, bajó y, al mismo tiempo que se inclinaba sobre ella, que sus dedos se perdían sobre su clítoris, la embistió.
—¡Joder! —gritó Hadley cerrando los ojos con ímpetu.
Era demasiado bueno.
Jesse la castigó a un ritmo constante, delicioso. Hadley sentía cómo todos los músculos se le tensaban, cómo el placer alcanzaba rincones de ella que ni siquiera sabía que existían mientras una hoguera en su interior se encendía llena de llamas naranjas y violetas.
—Córrete, nena. Quiero sentir cómo te corres conmigo dentro.
Su cuerpo decidió por ella. El placer se volvió inabarcable, indeleble, inexpugnable y volvió a correrse aún con más fuerza. Voló aún más alto.
La sensación fue tan increíble que Jesse no se pudo controlar y aumentó el ritmo porque su cuerpo, el hambre, el animal que llevaba dentro, se lo pidieron y se corrió de nuevo justo tras ella.
Sin embargo, ni siquiera entonces dejó de estar duro.
—¿Estás cansada? —le preguntó acariciándole la nuca con la nariz, con sus labios.
Una sonrisa satisfecha se coló en los labios de Hadley.
—¿Por qué? Ibas a dejarme escapar si dijera que sí.
Ella ya sabía que la respuesta era no y le encantaba.
—Para nada. No vas a cerrar esas piernas hasta que haya tenido bastante de ti.
Se separó, la cogió de la mano y tirando de ella caminó hacia atrás hasta sentarse en el sofá y sentarla a ella a horcajadas sobre él.
Se la folló mejor que ninguna otra vez. Más fuerte. Entrando hasta que gritara de placer cada vez, saliendo hasta que ella le suplicase que volviese cada vez.
La azotó.
La besó.
Deslizó su lengua por toda su piel.
—Quiero verlo de nuevo —le exigió Jesse.
—No puedo —gimoteó Hadley.
El placer era tan bueno que estaba nublando todas sus capacidades, solo podía sentir. Su cuerpo ya no era suyo, pertenecía al pecado.
—Me importa una mierda, nena. Quiero verlo otra vez.
Se recolocó debajo de ella, la agarró de las caderas manteniéndola en el sitio y empezó a embestirla a un ritmo endiablado, casi violento, haciéndola temblar.
—Jesse —gimió—. ¡Jesse! —gritó—. ¡Dios!
Volvió a correrse y el placer le supo tan bien que imaginó que el paraíso debía ser eso, un sofá y Jesse.
Él siguió entrando y saliendo, haciendo que el orgasmo de ella se alargara.
Hadley se dejó caer hasta apoyar las manos en la espalda del tresillo, como si se hubiese transformado en un amasijo de plastilina caliente.
El pelo le caía hacia delante, aislándolos a los dos.
Sus bocas, tan cerca que no pudo evitar volver a besarlo, y Jesse se perdió dentro de ella.
No dejó de moverse, cada vez más despacio, hasta que los dos regresaron a ese sofá, a aquella habitación.
—Buena chica —susurró con la voz ronca contra sus labios, con sus manos acunando su cara, justo antes de besarla una vez más, lento, disfrutándola.