Daytona 24
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Silverstone no era un circuito más, era el circuito. Todos los pilotos lo sabían. La concentración era máxima. Nadie estaba dispuesto a dar un paso en falso, pero Jesse corría por más motivos que todos los demás.

La primera vez que pasó por la curva Copse lo dejó claro.

—Jesse, eso ha estado al límite —le dijeron desde el muro de boxes.

Hadley lo oyó y se mordió el labio inferior tan fuerte que estuvo a punto de hacerse sangre. Estaba nerviosa, inquieta, pero se obligó a calmarse, a mantenerse con la mente fría. Era ella quien le había pedido a Jesse que hiciera exactamente eso, así que le tocaba aguantar la presión con él.

—Sé lo que hago —respondió.

A la segunda vuelta, fue en el juego de curvas al final del sector dos lo que dejó claro que Jesse iba a por todas.

Julian intercambió una mirada con el estratega principal.

—Jesse, escúchame —le habló exudando esa autoridad con la que no necesitas gritar para liderar—. Esa no es la estrategia que hemos marcado para esta carrera. Tenemos que ser más cautos.

—Lo siento, pero esa no es mi estrategia. Voy a ganar y podéis ayudarme o no.

Como si quisiese confirmar sus propias palabras, entró en una de las curvas a más de doscientos noventa kilómetros por hora.

—Es una barbaridad —farfulló la estratega tapándose el micrófono con la mano—. Va a destrozar el coche o va a destrozarse él, pero no lo va a conseguir.

Julian tensó la mandíbula.

Jesse hincó los dientes en el puesto número diez.

—Somos un equipo, Jesse —le recordó Julian, pero a quien verdaderamente le dolió oírlo fue a Hadley.

Jesse lo supo en cuanto lo oyó.

—Es mi decisión —sentenció antes de girar el volante para tomar una nueva curva.

Empezó a llover y, en unos pocos segundos, la carrera alcanzó el rango de locura. La mayoría de los monoplazas entraron en boxes para cambiar a neumáticos intermedios, pero Jesse, desoyendo a Julian, no lo hizo.

El plan estaba sobre la mesa, aprovechar los lisos todo lo que fuese posible porque le hacían ganar velocidad, aunque a costa de su seguridad.

Estaban en el puesto seis y aguantando.

El resto de los pilotos no sabían cómo tratar con él. Arriesgaba todo en cada vuelta, en cada curva. No dudaba. Aceleraba.

El viento, imprevisible en Silverstone, cambió de dirección.

—¿Cómo afectará a la estabilidad el nuevo viento? —preguntó Jesse.

El analista observó las pantallas.

—No demasiado, pero sigues con neumáticos lisos y la lluvia no ha mejorado. Tu agarre es peor que el del resto de corredores. Necesitas entrar en boxes ya.

Edward apareció en el espejo retrovisor.

—Jesse, deja pasar a Edward —le ordenó Julian.

Edward atacó, pero Jesse le cerró el paso.

—Tienes que entrar en boxes. Perderás tres segundos. Déjalo pasar —insistió Julian.

Jesse sabía que Edward no sería capaz de mantener la posición y la perdería frente al Red Bull en menos de dos curvas.

Edward estaba furioso y frustrado. Puede que fingiese que nada le importaba, pero eso, ese coche, sí lo hacía y no iba a permitir que Jesse le quitara su puesto.

Atacó, con la clara intención de tocar a Jesse para desequilibrarlo y sacarlo de la pista. Jesse cubrió bien el hueco y Edward no pudo acercarse.

No se rindió. Se movió más agresivo. Jesse lo vio venir.

—Déjalo pasar —le exigió Julian.

—La lluvia está empeorando —dijo el analista algo preocupado—. La visibilidad es muy complicada.

Tenía que conseguir que esos tres segundos de alguna manera no se perdieran. No necesitó más que uno. Lo vio claro. Sabía que pensaba mejor subido en un coche, tomando decisiones en cuestión de segundos, que con los pies en el suelo teniendo todo el tiempo del mundo.

Edward volvió a acecharlo. Jesse le permitió acercarse, pero, cuando iba a tocarlo para sacarlo, Jesse dio un acelerón.

La propia inercia más el suelo mojado hicieron que Edward patinara sin poder controlar el fórmula uno y se fue directo a la gravilla, haciéndola salpicar sobre el trazado y provocando la salida del virtualsafety car .

Con él, todos los pilotos en pista se veían obligados a disminuir su velocidad en un cuarenta por ciento.

El momento ideal para una entrada en boxes.

—Lo siento, chicos. La visibilidad es realmente mala —comentó Jesse por la radio con una media sonrisa que nadie pudo ver.

El analista y el director técnico tuvieron que aguantarse la risa mientras Julian miraba las pantallas con expresión seria. Todos sabían lo que había pasado en realidad.

A falta de dos vueltas, Jesse estaba séptimo. En el box de Legacy nadie quería siquiera respirar. Solo tenía que aguantar un poco más y puntuarían.

En el muro estaban sumidos en una extraña mezcla de euforia y tensión.

La respiración de Hadley era un absoluto caos.

En la vuelta cincuenta y uno adelantó a Checo Pérez. Sexto.

Llegó la curva imposible, la misma donde Jesse había marcado la línea que pensaba seguir esa carrera. Todos aflojaron. El viento. La lluvia. Todos frenaron.

Jesse no.

Adelantó al Ferrari de Piastri. Quinto.

Un juego de curvas a casi trescientos kilómetros por hora.

Una recta donde voló.

Y atravesó la línea de meta.

¡Habían puntuado! ¡Diez puntos! ¡Diez malditos puntos!

El box estalló en aplausos y gritos de alegría, todos salieron despedidos hacia el circuito. Hadley se quitó los cascos y echó a correr.

Jesse se detuvo en mitad del trazado, lanzó la protección y salió del monoplaza.

Se quitó el casco, lo dejó en el asiento y empezó a caminar hacia el box.

Esa seguridad que parecía arrogancia lo bañaba de pies a cabeza mientras la gente en las gradas aplaudía como loca.

Puede que Jesse no hubiese ganado, pero sin duda alguna les había dado una carrera que tardarían mucho tiempo en olvidar.

Hadley lo vio y corrió aún más. En cuanto entró en su campo de visión, Jesse sonrió. Ella saltó a sus brazos y rodeó su cintura con las piernas. Él la estrechó contra sí y Silverstone, Inglaterra, el maldito mundo, dejaron de existir.

Hadley lo notó todo; el mono de carreras contra su piel, entre sus muslos; la respiración acelerada de Jesse; su cuerpo caliente por el esfuerzo, por la adrenalina que cabalgaba sus venas.

Jesse la notó a ella, perfecta, suya, con sus cuerpos adaptándose, sin necesitar absolutamente nada más.

—Lo has conseguido —pronunció Hadley con una sonrisa radiante. Feliz—. Gracias, gracias —dijo hundiendo la cara en el cuello de él—. Gracias, Jesse.

Él la apretó con más fuerza, aunque lo que quería de verdad era comérsela a besos, encerrarla en su camerino, en el despacho de ella, le daba exactamente igual dónde mientras pudiera tenerla debajo.

Hadley se separó y buscó los ojos de Jesse, que brillaban azules bajo el cielo británico.

—Has confiado en mí —dijo Jesse.

Empezaba a pensar que eso era lo único que importaba.

—Siempre —contestó Hadley, sincera al mil por mil.

Los dos sonrieron y Jesse la hizo girar.

Todos felicitaron a Jesse y la prensa insistió en entrevistar al piloto que había logrado los primeros diez puntos en la historia de Legacy One.

Mientras estaban en el box, rodeados de gente, en la zona de prensa, Hadley y Jesse no paraban de buscarse con la mirada una y otra vez. Las ganas, la excitación, todo se estaba cociendo a fuego lento, tan despacio que dolía, pero sin dejar de crecer un solo segundo.

Hadley tuvo que recordarse que no podía correr mientras caminaba hacia el interior del box. Por fin el último miembro de la junta se había cansado de hablar, por fin la habían dejado sola.

Levantó los nudillos para llamar a la puerta, pero esta se abrió de golpe. Una mano rodeó su muñeca y tiró de ella hacia el interior.